Essay
RETRATO DEL AUTOR CON PERRO

RETRATO DEL AUTOR CON PERRO

Ricardo Pohlenz

Cuando Sergio Pitol llegó a México a finales de los ochenta, después de un largo periplo cultural y diplomático por el viejo mundo, era un autor casi secreto. Era una figura evanescente, más un rastro que una presencia y lo que me demostraba su existencia eran unas fotografías y varios libros publicados. Incluso sabía que había recibido el Premio Villaurrutia en 1982, por un tal Nocturno de Bujara: colección de cuentos cuya exuberante contención, escenarios exóticos y cuidada fantasmagoría me hacían pensar en un Pierre Loti castizo. Ser embajador de México en Checoslovaquia le daba una lejanía tan espectral como la geografía centroeuropea de sus relatos. Y lo leía con la ilusión cosmopolita de hacer caber en la literatura amerindia un imaginario europeo. Lo conocí por su autobiografía precoz publicada en los sesenta y por sus libros de memorias El Arte de la Fuga y El Viaje, donde se convierte en su propio personaje un personaje.  Sergio Pitol echa mano de un colonialismo existencial para tender puentes a lo remoto. Su regreso, como el de Ulises, nos trae una geografía conquistada.

Una tarde de tantas, estaba sentado (valga la falta de originalidad) en la terraza del Parnaso con un ejemplar recién comprado del Baiakai de Gombrowicz, me asomé a la página legal y tuve la ocurrencia de leer en voz alta el nombre del traductor. Era Sergio Pitol, quien pasaba en ese momento frente al café, llevado por su can. Se detuvo en seco al oír su nombre, fijado en el instante por lo inoportuno de la coincidencia. Un momento después asintió a manera de saludo y, temeroso de la perspectiva de una conversación, jaló de la correa de su perro (lanudo y temperamental) para que lo siguiera arrastrando.

Sé que le atribuyo a esta viñeta esa fatalidad fingida que, como tara, articula lo literario. Algo que, dicho,  permea los lugares que hacen posible la historia al revelar su maquinaria. Si cambiáramos algunos nombres, aderezáramos el incidente con un aura que fuera a la vez fársica, trágica y dada a la trascendencia de lo nimio, podríamos tener un pasaje narrativo digno de Pitol. O tal vez no. Tal vez exagero, y al hacerme personaje, junto a él, de tal designio, busco ejemplificar uno de sus rotundos homenajes a la necedad humana.

Conocí a Sergio Pitol cuando todavía era una celebridad secreta recién llegada de Checoslovaquia (aún existía Checoslovaquia), durante la presentación de un libro de entrevistas a Monterroso (un extraño juego literario, hecho con Boswell y Johnson en mente, alevoso en su fondo periodístico). Impulsado por el lúcido rayo de la gracia, le pregunté a bocajarro quién había matado a Pistauer (figura y acontecimiento en torno a los cuales se desarrolla, sin una solución final, El desfile del amor). Pitol se olvidó de la cortesía profesional que había aprendido en sus años de diplomático, suspiró y dejó pasar un momento. Como parte de un misterio del que no se acaba de especular, me dio, junto con sus motivos, un par de nombres de los que se sospechaba. Con una pregunta impetuosa e inoportuna le daba una apostilla al libro, que entonces continuaba no porque Pistauer, a quien pensaba un personaje de ficción, quedara convertido en alguien que había muerto en realidad esa noche en el Edificio Minerva (gemelo libresco de la Casa de las Brujas situado en la Plaza Río de Janeiro en la colonia Roma), sino porque lo pongo por escrito, como nuevo brazo de un libro que no es mío, y que se continúa en tantos libros más. No se trata de hacerle glosa o comentario, sino de saberse contagiado de este mundo de posibilidades, vínculos y coincidencias que se abre a nuestro pies, producto de lo literario y donde, como Ulises en el Hades, hacemos como nigromantes.

Si algo caracteriza a los personajes de Pitol son la lejanía y el extrañamiento; esa noción de destierro que padecen como única posibilidad para manifestarse. Desde El tañido de una flauta hasta La vida conyugal el fantasma del expatriado habita sus páginas, no como la cosmopolitización de lo castizo (labor que Carlos Fuentes perpetro por décadas) sino exactamente como su contraparte. Los mexicanos errantes de Pitol hacen de Roma, Venecia, Varsovia, Londres, e incluso de Estambul, pálidos dioramas donde viven sus limitaciones humanas. Sus sueños de grandeza fallida contrastan con la intemporalidad histórica de los marcos en los que transitan, su propia mezquindad se ve revelada en el desenmascaramiento de esos entornos tras los que han querido disfrazarse. Es el eco del viajero que vive al día descubriendo cómo lo remoto acaba por reducirse a bisuterías turísticas. Pitol consigue contraponer lo sublime con lo chocante. No en vano va hasta Turquía para descubrir cierto rito coprológico de los Altos de Jalisco. La víctima en turno, Dante C. de la Estrella (protagonista de Domar a la divina garza), se verá alcanzada por esa patria de la que huye (y que niega) para contagiarse (tan lejos del rito y tan próximo a él) para repetirlo como condena y expiación. Todo esto atenido a la más pura y tortuosa tradición del realismo grotesco del medioevo tardío (como menciona y explica Pitol en su prefacio).

Tuve la oportunidad de visitar a Sergio Pitol en su casa en el barrio de San Lucas en Coyoacán, escala provisional en un periplo íntimo que lo llevaría, aún, hasta Xalapa. Le llevaba el largo capítulo inicial de una novela con la esperanza de que lo leyera y me recomendara para una beca que no me darían. En nuestra conversación no hubo nada trascendental: una novela malograda sobre Praga (escrita por un mexicano) que había salido publicada por ese entonces. Me dijo que cuando fuera a Alemania no perdiera la oportunidad de seguirme hasta Praga, la cual, según me describió, es una ciudad donde el diablo acecha en cada esquina. Hubo algo sobre el libro de Bajktin, al que mencionó como fuente para su Domar a la Divina Garza y también, algo de Mann, que yo aventuraba como una de las fuentes formales de su novela, en esa vocación por lo decadente como vehículo de transformación. Pude ver cierta satisfacción en su semblante, en cuanto a un enigma que –implícito en la novela– ha sido resuelto. Fuimos a su biblioteca y me mostró sus libros de Mann, y en particular sus diarios. Yo había conjeturado que Pitol, en el primer capítulo de Domar a la Divina Garza, compartía algo del espíritu que Mann le da al Ausenbach de Muerte en Venecia cuando está a punto de emprender su último viaje. La fuente no era esa sino el diario, que según me dijo, leyó mientras lo escribía. Al despedirnos fui tan impertinente como para preguntarle de esa vez en que tuvo la feliz ocurrencia de estar ahí justo cuando leía su nombre como traductor de Gombrowicz. Adjudicó su gesto a su natural timidez, todavía tuvo la cortesía de regalarme su Nostalgia de la tribu (recién salida por entonces) con una dedicatoria en la que me deseaba lo mejor para mi incipiente carrera literaria.

Todavía tuvo que aguantar otros encuentros. En alguno quise decirle que gracias a las ofuscadas desavenencias de Jacqueline Cascorro, personaje de su La vida conyugal, había entendido finalmente el rasgo entrañable que –según él presumía– tenían sus monstruos femeninos. De hecho, si se le preguntaba sobre la misoginia con la que trata a las mujeres que transitan por su obra, Pitol, de forma muy cortés, no sólo la negaba, sino que argumentaba que su intención había sido más bien hacer de ellas seres encantadores. Billie Upward, la anti-heroína anticlimática de la anti-novela Juegos Florales, con su excentricidad y su don para la grosería, no deja de ser luminosa, carismática y digna de simpatía. Algo de su perverso candor se puede distinguir en ese personaje que arma de oídas en su relato veneciano. Esa magia enferma y ruinosa que hace de este retablo heredado de Mann un hijo natural de la comedia del arte y el cuento de hadas. Cascorro, trágico súcubo menor que no posee el refinamiento y mundo de sus antecesoras, que suple esta carencia con un malogrado instinto asesino (mismo que la puede llevar a hacer realidad sus sueños de quinceañera apolillada). Pero los sueños en la narrativa de Pitol se cumplen como los deseos pedidos a La garra de mono de W.W. Jacobs: de la peor manera posible. Jacqueline, que no ansía otra cosa que ver a su marido muerto, no podrá anticipar que éste, además de ser su némesis accidental, será por siempre su más caro incondicional; ironías que tiene el destino.

Le llegué a preguntarle, de hecho, qué tanto había de verdad en sus novelas. Fue muy reservado al respecto, me dijo que en gran medida eran ficción. ¿Qué catálogo vital pudo haber armado a Billie Upward? ¿Hay una Billie Upward, exagerada para darle verosimilitud? La pregunta se agota en sí misma, la tensión entre vida y novela queda reducida al cotilleo. Si se deja a un lado la extraña relatividad que provoca escribir la propia obra, queda la tentación borgeana de inventar incidencias biográficas en aras de la ficción. Algo a lo que no se resiste Enrique Vila-Matas a propósito de su paseo mexicano en su novela Lejos de Veracruz, donde convierte su experiencia en una desaforada criatura digna de Robert Walser, y a Sergio Pitol en un motivo que trasciende esa indefinición que tiene –por inacabada– toda vida. Lo hace con una frase que replica la amistad con un personaje de ficción, lo vuelve figurado, una invención que comparte con su modelo tantas cosas como puedan ser escritas sobre él.

Durante una breve llamada telefónica que le hice a Xalapa me dijo que investigaba sobre sesiones espiritistas para su nueva novela, cuyo proyecto se alargaría para transformarse en El arte de la fuga, híbrido memorioso que lo convertía –con un misterio semejante al que tuvo Nabokov para distanciarse de sí mismo– en personaje literario, sobrepasado en su ficción de la realidad que todavía presume.

Ricardo Pohlenz es escritor, poeta y crítico. Ha colaborado en diversas publicaciones, entre las que destacan Flash Art, Art NexusVueltaLetras LibresErrrIcónicaMula Blanca, entre otras. Es autor del libro de relatos Lounge, los libros de poemas El azul del cieloCetacea Bac Kga Mon y el libro de varia invención La vocación de submarino. Conduce el programa “La vocación renacentista del mil usos” en radio.centrocultura,digital.mx e imparte el Taller de poesía visual en Taller Prosperidad.

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Posted: April 15, 2018 at 10:45 pm

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