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Ropa dura
COLUMN/COLUMNA

Ropa dura

Alberto Chimal

El otro día, mi esposa me pasó este tuit de la escritora y artista Tanya Huntington:

Yo creo que debemos adoptar de inmediato el concepto de ropa dura y reconocer que es uno de los mejores que han aparecido en este año y fracción de pandemia. Es mejor que otras invenciones de estos meses, como nueva normalidad, y que términos ya existentes, pero vueltos populares, como inmunidad de rebaño. Se entiende perfectamente sin necesidad de mayor elucidación (como hubiera dicho más de un autor clásico) si se ha vivido cualquier periodo prolongado de cuarentena. Y tiene implicaciones de lo más interesante.*

Para empezar, la dureza no es solamente la del material (el cuello tieso de una camisa, la cintura ceñida de una falda). Descubrimos la categoría de la ropa dura por reflejo: vistiendo la “blanda”, la otra, durante meses. Si podíamos no salir, fuimos descubriendo que podíamos usar prendas más cómodas, casi con seguridad más baratas, al no tener la obligación social de mostrar una “imagen pública”. Desde los pies descalzos o con zapatos blandos, huaraches o calcetines hasta la playera que dobla como pijama, y que muchos han (hemos) usado durante varios días seguidos, estas ropas no tienen nada que ver con la tela de los trajes y los vestidos, los zapatos de tacón, la ropa interior elástica, los cinturones apretados y todo lo demás a lo que nos obligan normas de belleza, decoro y señalamiento de posición social que no inventamos y que, básicamente, nos son impuestas durante toda la vida. Esa es la dureza que realmente importa, y que muchas personas, probablemente, nunca habrían llegado a percibir como tal de no haber ocurrido la interrupción extraordinaria de la cuarentena.

Para seguir, la ropa dura también resulta signo de otros ideales o exigencias. En el occidente hay una larga historia de imágenes romantizadas tanto de las catástrofes como de las respuestas humana al aislamiento o la adversidad. Pero ninguna comunidad se comportó, ni se vistió, como los soldados en las películas de guerra, los marinos en las historias nostálgicas sobre el ascenso colonial europeo, ni los supervivientes de los incontables apocalipsis zombis. (La serie The Walking Dead, al margen de sus ocasionales hallazgos visuales y la uniformidad aburrida y cruel de sus argumentos, es un gran escaparate de apocalypse chic: bien limpios, maquillados para verse sucios, minuciosamente despeinados, los personajes lucen los chalecos, los pantalones y las botas de estilo militar, los colores alegres cuidadosamente manchados, las chaquetas de cuero vagamente Mad Max y todos los accesorios del individualista bien armado, a quien el derrumbe de una civilización le da licencia para vivir todas sus fantasías de poder e independencia.)

Mantener el uso de la ropa dura durante todos los días de la vida en casa hubiera necesitado un esprit de corps global, o al menos nacional, que no está en ningún lado en nuestro tiempo, que sabemos dominado por oligarcas sin interés por nadie salvo ellos mismos. Además, aunque aprendemos que no hay nada mejor en la vida que la atención de los demás, también sabemos que esa aspiración quedará siempre insatisfecha: que salvo casos extremadamente afortunados de personas que nacen o se producen con éxito, nunca lograremos esa cantidad de vistas, de likes, de tendencias en las redes con nuestro nombre o nuestras palabras. Millones de personas encerradas se ponen ropa dura todos los días, pero exclusivamente de la cintura para arriba, si necesitan participar en una videollamada de trabajo o si (peor) están sujetos a amos más inhumanos que el promedio y deben mantenerse ante una cámara, a la espera de órdenes, durante todas sus horas “de oficina”. En estos casos, la ropa dura sigue siendo una atadura. Sólo se puede convertir en algo distinto cuando es una elección, una opción expresiva, en “privado”, más cerca de lo estrictamente personal aun si semejante situación parece, en ocasiones, un límite inalcanzable. Un ejemplo son las citas virtuales que el dibujante Adrian Tomine retrató con humor y belleza a fines del año pasado, en esta portada memorable de The New Yorker:

No sé si vamos a aprender algo, como especie, de esta sacudida brutal pero lentísima, y que aún no termina. Ciertamente, los políticos siguen explotando los acontecimientos para sus propios fines, la desinformación sigue dominando grandes espacios de los medios de comunicación públicos y privados, y ni la muerte de personas cercanas consigue que algunos “crean” en las vacunas o en la misma pandemia. Pero quizá podríamos pensar en otros conceptos nuevos, realzados por el vuelco de tantas cosas a nuestro alrededor: categorías semejantes a la de la ropa dura que nos permitieran ver un poco mejor nuestras propias circunstancias.

Ni siquiera es necesario inventarlas desde cero: algunas ya existen, sepultadas en la memoria colectiva o la cultura popular, y todo lo que hace falta es rescatarlas: volver a ponerlas a flote y en circulación.

Un ejemplo: el encierro debido a la pandemia me hizo recordar una frase precisa de mi infancia. ¿Alguien más se acordará de cómo, a fines del siglo XX, se hablaba del planeta Tierra como de una inmensa nave espacial? Lo decían en programas de divulgación, en series infantiles…, y resulta que es cierto. La coraza que nos protege del vacío del espacio no es de metal, sino de aire. Nuestros recursos son, en su escala, igual de limitados que los de las cápsulas de Yuri Gagarin y Alan Shepard, aquellos primeros astronautas. Más allá de nuestras escasas protecciones, de los biomas en que vivimos y a los que estamos habituados, hay un ambiente hostil, en el que la vida es imposible. Y (salvo poquísimas personas: aquellas que como Shepard y Gagarin han salido en efecto a la órbita terrestre, o cuando mucho a la Luna) todos compartimos ese interior enorme, ese que vemos por nuestras ventanas, durante todos los días de nuestra vida. Las “burbujas” en que nos aislamos son ilusorias. Los virus, como el deterioro de la atmósfera, no se detienen en las fronteras ni favorecen a ideología alguna. Recordar lo frágiles y vulnerables que realmente somos no es una experiencia generalizada; si algunas personas más de lo usual han podido tenerla en el último año, mejor para todos nosotros.

* Por supuesto, muchas personas en el mundo y en mi país, México, no han tenido cuarentena porque no han podido tenerla. En muchos otros lugares se puede encontrar discusiones enriquecedoras (o de las otras) respecto de si el haber podido estar en cuarentena es un privilegio, y si éste debería provocar un sentimiento de culpa, como la que traería un examen sincero de conciencia respecto de otros privilegios y desigualdades. Este artículo, como ya se vio, no menciona el tema. Sí me permito recordar los numerosos casos de personas que, durante este año, han querido y podido mantener su sana distancia y –lejos de vivir un año de ocio y despreocupación– han quedado expuestas a violencia doméstica, explotación laboral a distancia, etcétera.

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

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Posted: April 4, 2021 at 4:06 pm

There is 1 comment for this article
  1. Rocio Flores Rodriguez at 1:02 am

    Muy buena reflexión.

    El problema es cuando la “ropa dura” ya no te queda como antes, o es bastante holgada o apretada. El cuerpo en cuarentena se ha transformado.

    Resido en una de las ciudades-frontera con Estados Unidos y no sé a dónde ir – en mi país- a comprar ropa y calzado. Todo, absolutamente todo, lo compraba en “el otro lado”. Este aspecto quizás, habría que materializarlo en otro artículo.

    Hoy mi padre me observó concluyendo con la frase superficial de: “Necesitas comprar ropa”.

    Saludos.

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