Essay
El “secuestro” sui generis de Nellie Campobello
COLUMN/COLUMNA

El “secuestro” sui generis de Nellie Campobello

Tanya Huntington

¿Cómo se define un secuestro? ¿En qué consiste? Según el Diccionario de uso del español compilado por María Moliner, la tercera acepción del verbo secuestrar consiste en “‘Raptar’. Robar a una persona para obtener dinero por su rescate.” 

El secuestro. 

¡El secuestro!

Si se compusiera una lista de los peores miedos que sufrimos, no cabe duda de que ser víctima de un secuestro figuraría entre ellos. Quizás debido a ese terror primordial, el rapto califica como un hilo negro perdurable y universal que recorre desde la mitología griega hasta los cuentos de hadas, desde las aventuras de bandidos y piratas hasta las novelas detectivescas y policiacas.

Alienígenas y hombres de negro aparte, lejos de ser una fantasía paranoica, es para nuestro desasosiego común un miedo muy bien fundado: según una página web informativa de la UNAM, aproximadamente cinco mexicanos son secuestrados cada día, y las víctimas, o bien sus familiares, son personas de “conocida solvencia económica”, aunque eso no significa que sean necesariamente de clase alta, o ni siquiera de clase media: la solvencia es cuestión de perspectiva, dentro de la peculiar industria del rapto que se ha desarrollado aquí. Más del 75% de estos casos se solucionan con el pago de un rescate, y solo uno de cada sesenta, aproximadamente, se denuncian formalmente, según el INEGI. Los tipos –porque hasta este tema tiene sus variantes– oscilan entre el secuestro exprés, el colectivo, el extorsivo y el virtual.

La bizarra historia de la muerte de la célebre autora y coreógrafa Nellie Campobello califica como la crónica de un secuestro, según el título publicado hace un lustro por el crítico e investigador en artes escénicas César Delgado Martínez,[1] quien participó personalmente en la lucha por esclarecer su paradero. Sin embargo, me parece que toma prestado de varias de las cuatro categorías oficiales mencionadas arriba sin caber nítidamente en ninguna de ellas. Es un caso tan extraño que me parece que transcurrió de manera entrecomillada: más que una desaparición, fue una “desaparición”; más que un secuestro, un “secuestro”.

Generalmente pensamos en el secuestro como el acto de llevar a una persona a un lugar desconocido en contra de su voluntad. La esencia de este crimen estriba en que a la persona se le priva de uno de los mecanismos básicos de su relación con el mundo: su mapa mental, el que le permite saber dónde está. La falta de ese dato pertinente vuelve aún más indefensa a la víctima, algo que es manipulado por los propios delincuentes. La violencia del secuestro se ejerce a través de esos dos actos simultáneos –el de privarnos de nuestra libertad de movimiento, por un lado, y el de insertarnos dentro de un contexto desconocido por el otro, borrando así nuestro mapa cognitivo. Se puede agregar a ello el hecho de apartar a la víctima de la vista de los demás, para que nadie –ni los familiares que la buscan, ni los medios, ni la policía– pueda socorrerla. Para poder rescatar a alguien hay que saber primero dónde está.

Ahora bien, antes de empezar a contar esta historia, hace falta aclarar por principio el hecho de que nunca vamos a saber con absoluta certeza qué le pasó a Nellie Campobello. Se trata no solo de un misterio sin resolver, sino de un misterio irresoluble. Lo que sí sabemos es que, durante mucho tiempo, se encontraba presuntamente “secuestrada” por una exalumna suya, María Cristina Belmont Aguilar, y por el esposo de ésta, Claudio Fuentes Figueroa, bajo las narices de todo el mundo. Fue todo lo contrario a la modalidad del secuestro exprés, dado que sucedió a fuego muy lento a lo largo de varios años a principios de la década de 1980. Además, transcurrió casi enteramente dentro de la propia casona de Campobello, ubicada en Ezequiel Montes 28 de la colonia Tabacalera de la Ciudad de México. Es decir, fue prolongado e in situ.

Pero estas no son las únicas anomalías del caso Campobello: también hay que considerar el motivo. El de cualquier secuestro es el dinero, salvo unas esporádicas tomas colectivas de rehenes con fines políticos. Una extorsión tradicional suele efectuarse por medio de la exigencia de que los familiares de la persona secuestrada paguen un rescate. Sin embargo, a sus ochenta y pico de años, Nellie Campobello ya no tenía familiares. Al parecer, fue privada de su libertad para así facilitar el robo y la venta hormiga de su colección de arte, joyas y manuscritos. 

Hasta el momento, no he podido encontrar una valoración concreta de este patrimonio, aunque se repite en varios medios que valía “millones de dólares”. Según Delgado Martínez, en “la vieja casona tenía muebles de la época porfirista, joyas, pieles, libros, bocetos, óleos, acuarelas, gouaches y telones, confeccionados para el Ballet de la Ciudad de México, por José Clemente Orozco, Carlos Mérida, Roberto Montenegro, Antonio Ruiz (el Corcito) y otros pintores”.[2]

De que la colección era impresionante y la casa lúgubre, no cabe duda. Da la casualidad de que mi mentora de tesis doctoral, la investigadora académica feminista de teatro y de letras Sandra Messinger Cypess, visitó a Nellie Campobello varios años antes de su “desaparición” gracias a un contacto hecho a través de Emilio Carballido. Cuenta en una ponencia que la casa de Campobello le recordaba la de Aura, de Carlos Fuentes. En cuanto a la autora, la percibía como “erguida, hecha y derecha, con su cuerpo elegante, su cabello atado en un moño, sin una sola cana”.[3] Durante su visita pudo constatar la grandeza de la colección de arte de Nellie, que había heredado de su hermana Gloria cuando ésta murió en 1968. Sandra me cuenta que se acuerda tanto de los intensos olores de las decenas de gatos como de los intensos colores de las decenas de cuadros que José Clemente Orozco había regalado a su hermana.

Ostensiblemente lo más valioso habrá sido esta colección de arte, aunque resulta difícil encontrar datos específicos acerca de ella, dado que, al parecer, nunca fue sometida a un inventario o catalogación formal. Cuando los consulté, historiadores de arte mexicano como Ana Garduño y James Oles, sin estar familiarizados con el caso Campobello específicamente, expresaron su escepticismo ante la posibilidad de que esta colección haya representado una fortuna multimillonaria, debido a que estaba conformada principalmente por regalos personales y no obras adquiridas. En resumidas cuentas, hasta donde he podido investigar, no existen certezas acerca del contenido preciso de la obra que colgaba en las paredes de Ezequiel Montes 28.

Hasta la fecha, de hecho, se desconoce el paradero de todo menos unas cuantas piezas, específicamente los diecisiete telones escenográficos que se encontraron muchos años después en 1999 en un estado muy deteriorado dentro la propiedad ya abandonada, en un golpe de suerte parecido al hallazgo impresionante del flamante guardarropa y otros efectos personales de Frida Kahlo en el baño de la Casa Azul que tuvo lugar en 2006, aunque desafortunadamente estas piezas no estaban en las mismas buenas condiciones. Delgado Martínez revela que también aparecieron unos bocetos de Orozco que Claudio Fuentes Figueroa había vendido en 1987 al arquitecto madrileño Zacarías Martín Garciandía, quien los devolvió posteriormente al enterarse de la controversia que circundaba el caso de Nellie Campobello.[4]

Sobre el paradero de todo este patrimonio solo hay rumores. Delgado Martínez afirma que, según Felipe Segura, un primer bailarín que había estudiado con Campobello y posteriormente también fue director de la Compañía Nacional de Danza, “muchas de esas obras habían sido subastadas en Nueva York”, mientras que “(o)tros dijeron que se encontraban en las casas de algunos políticos, y ‘alguien’ más aseguró que las habían adquirido algunos narcos”.[5] 

El patrimonio de Nellie Campobello se esfumó antes de que nadie pudiera cerciorarse de su dimensión o de su valor preciso. Pero la verdadera innovación criminal no fue el éxito rotundo de este despilfarro masivo, sino primero el haber aniquilado la voluntad de Campobello a tal grado que negara que estuviera secuestrada en más de una ocasión para facilitar así el robo de todas sus pertenencias, y segundo, el haber distraído a todos los que intentaban ver a la autora y coreógrafa durante más de una década con el secuestro virtual más original de la historia: el de una mujer que ya estaba muerta.

Sobre esto reflexionaré en mi siguiente entrega…

 

Tanya Huntington is the author of Martín Luis Guzmán: Entre el águila y la serpienteA Dozen Sonnets for Different Lovers,  and Return. Her most recent book is Solastalgia (Almadía / UAA, 2018). She is Managing Editor of Literal. Her Twitter is @Tanya Huntington

 

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NOTAS:

César Delgado Martínez, Nellie Campobello: Crónica de un secuestro, Xalapa: Universidad Veracruzana, 2015. Edición Kindle.

2 Idem, Loc 177-187.

3 Sandra Messinger Cypess, “En la casa de Nellie Campobello”, Latin American Women Writers: Yesterday and Today: Selected Proceedings from the Conference on Women Writers from Latin America, March 15-16, 1975, compilado por Yvette E. Miller y Charles M. Tatum, Texas: University of Texas, 1977.

4 Según Delgado Martínez, se había constatado que la casa había sido saqueada diez años antes de que el presunto secuestrador Claudio Fuentes Figueroa presentara una demanda en septiembre de 1997, afirmando que “habían entrado a robar la mansión de Ezequiel Montes 28 y se habían llevado la colección de arte completa: seis telones para ballets y treinta y cinco obras más de Orozco, Mérida y el Corcito, además de muebles y documentos que incluían la escritura de la casa”. Nellie Campobello: La crónica de un secuestro, Loc 669-678, Loc 688.

5 Idem, Loc 708.


Posted: June 21, 2020 at 4:23 pm

There are 2 comments for this article
    • Tanya Huntington at 3:34 pm

      Gracias por su comentario – los cognados verdaderos y falsos siempre me intrigan. En efecto, según la RAE, “bizarro” en castellano y en inglés son “falsos amigos”; sin embargo, el Diccionario compilado por María Moliner que cito arriba admite la acepción afrancesada de “extravagante, sorprendente o gracioso”. Y he encontrado alguna prueba de que pronto la RAE también la incluirá, dado que lleva más de un siglo empleándose así en la prensa de las Américas.

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