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El vendedor de silencio. Un descenso a los infiernos

El vendedor de silencio. Un descenso a los infiernos

Alfredo Núñez Lanz

“Así quería vivir, con un cuchillo entre los dientes,
alzado en vilo por el ímpetu dionisiaco.
Lo demás era reptar en las blandas arenas del tedio”.
Enrique Serna.

En nuestros tiempos de piel sensible, donde nos amparamos hasta para hacer chistes bajo el falso abrigo de lo políticamente correcto, quizá nos resulta extraño, un tanto ajeno que haya existido un periodista como Carlos Denegri. Un hombre de naturaleza dual: seductor con las mujeres, a quienes acosaba, y a la vez conocido por sus arrebatos misóginos; temido por sus influencias y cuyo poder residía en su palabra. Políglota y sagaz, estas dos habilidades le abrieron las puertas del Excélsior, el periódico que lo arropó –y utilizó– casi toda su vida y donde formó una carrera tan brillante como truculenta. En sus inicios sostuvo una lucha encarnizada por obtener reconocimiento, aceptación, y durante el sexenio propicio de Ávila Camacho logró el ascenso a las altas cumbres del poder. En las páginas del diario “de la vida nacional” fue construyendo una voz influyente y predictiva que le generó una fortuna a base de extorsiones y amenazas. Una vez en la cima, sus propios demonios se confabularon para destronarlo, alimentados con el elixir del alcohol. Hasta la llegada de Julio Scherer, quien por fin encontró la fórmula de librarse de su peligroso poder alejándolo de la vida política nacional, Denegri gozó de una fama que lo volvía inmune a sus crímenes. El vendedor de silencio  (Alfaguara, 2019), la más reciente novela de Enrique Serna configura un retrato individual tan portentoso que le alcanza para indagar en la naturaleza del ser humano, pero no la naturaleza más noble, limpia o cultivada, sino la abyecta, donde la imagen de los instintos salvajes luchan contra el débil velo de la mesura.

Enrique Serna nos entrega a un Carlos Denegri que por momentos recuerda al gran antihéroe de Patricia Highsmith, Tom Ripley, un elegante, inteligente y amoral asesino. Con su punzante pluma es capaz de exponer los resortes internos de este siniestro periodista, dotándolos de una frialdad emocional que amedrenta al lector. Así como Highsmith nos coloca en un dilema moral al conseguir que simpaticemos con los criminales de sus novelas, Serna logra adentrarnos en las cavernas de un hombre alcohólico y violento a quien resulta imposible abandonar; sus tropelías, por más escabrosas y terribles que nos resulten poseen un encanto a veces paródico y otras tantas fársico. Como los asesinos de Highsmith, el Denegri de Serna es un hombre de mundo, elegante y de personalidad cautivadora, lambiscón cuando encuentra la oportunidad de lograr sus objetivos y espera la coyuntura precisa para vengarse de sus enemigos. Igual que Highsmith, Serna intuye que situar el punto de vista de la narración al lado del delincuente tiene implicaciones que permiten y facilitan el trabajo psicológico. Y ese es uno de sus grandes logros. Para el Denegri de papel no hay éxito que alcance a llenar sus vacíos, aun a costa de la propia opinión pública que, escandalizada y a la vez temerosa, lo amenaza: “El incentivo de saberse odiado era una droga muy eficaz para salir de las depresiones. Cuanta más gente sufriera con su éxito, más lo estimularía para sostenerse en el candelero”. Vacilante entre la ambición y la patética necesidad de afecto, este antihéroe conquista por su cinismo y despierta con mucho acierto el morbo del lector.

El viaje subterráneo al que nos arrastra El vendedor de silencio también expone las cloacas de la dictadura perfecta y arroja luz sobre la serpiente policéfala de la corrupción mexicana. Aquí la radiografía de un solo hombre alcanza a retratar todo un tejido social, el caldo de cultivo que alimentó el presidencialismo. Serna le otorga a su Denegri un espíritu gregario, pues se somete a las costumbres de su época y es un digno representante de ellas. Por ejemplo, el énfasis en su gusto por la charrería donde claramente la masculinidad adornada sirve para pintar un cuadro compuesto de clases, grupos, e industrias. El efecto que produce en el lector es el de ser testigos de un mundo podrido en todas sus esferas. Los episodios más cruentos de misoginia nos indignan como testigos mudos de una multitud que acepta y tolera, calla por miedo, pero también por clasismo y costumbre. Serna se apoya sin restricciones en su extraordinaria documentación, la devora y la asimila, consigue que le proporcione aspectos de la vida en esas décadas que hoy nos resultan escandalosos. Como él mismo lo ha afirmado en una entrevista reciente, “la novela es el teatro donde los hombres libran una lucha interna con sus demonios. Es el género que mejor lo puede describir”.

La trama comienza a principios del año 68, un año decisivo para México y que le sirve al autor como umbral para el descenso a los infiernos de su protagonista. Es el año del declive, cuando por fin se destapa la opresión del régimen y el momento en que Denegri se arroja a la espiral de decadencia. El pasado del personaje nos es narrado mediante flashbacks y así conocemos su primera juventud al lado de un padrastro que trabaja en el servicio exterior, idealista al principio y que acaba por ceder a la ola del tráfico de influencias de la época post revolucionaria. Una madre consecuente, coqueta y descarada solapa los primeros pecados de Denegri mientras la familia vive arropada por la inmunidad diplomática en plena Guerra Civil Española. Estos episodios constituyen las semillas podridas, sembradas en terreno fértil para el ascenso de este antihéroe y están narradas en tono de sabrosa novela negra. Más adelante, una larga conversación con el periodista Jorge Piñó Sandoval sirve de excusa para el repaso de otros pasajes de la vida de Denegri, como su primer matrimonio y los pleitos conyugales. En esta parte se teje con maestría la vida pública y la vida privada –sexual– de Denegri; tanto los secretos del pasado como los desafíos del presente. Todo esto mediante el diálogo, otro de los grandes aciertos de la novela. Denegri, frente a un interlocutor que lo arremete y lo cuestiona, escarba en sus propias entrañas y jamás cede a los fuetazos morales que Piñó le lanza, acusándolo de “vocero oficial del gobierno más rapaz que ha tenido México”, el de Miguel Alemán. Al mismo tiempo, la soberbia y el poderío se imponen en su lecho conyugal, como si la sed histérica de dominio no le bastara en el ámbito político y también considerara suyo los cuerpos de su esposa –Lorena– y amante –Noemí–, pseudónimos de las reales.

No es la primera vez que el autor nos ofrece sus inquietudes en torno a las implicaciones ideológicas del sexo en la sociedad. En su cuento distópico “El orgasmógrafo” el poder político rige la conducta de los ciudadanos en una suerte de dictadura sexual. En el micromundo invertido que Serna construye, las noticias difunden con desparpajo una comisión de fomento a la masturbación infantil y promueven todo tipo de conductas lujuriosas con un único fin: acumular orgasmos. Paradójicamente, esta sociedad mexicana del futuro, ya sin tapujos ni golpes de pecho, no sabe vivir lejos de la opresión. En el cuento, la abolición de las fronteras no garantiza la ausencia de la hegemonía: Laura, la protagonista, sufre toda clase de humillaciones y rechazo social por su decisión de mantenerse casta en medio de una sociedad adormecida por toda una industria del deseo y el sexo. De igual forma, en El vendedor de silencio el poder político y el poder sexual corren como dos líneas temáticas que se entrelazan en un rictus de podredumbre. El Carlos Denegri de Serna es incapaz de satisfacer su frenético impulso de donjuán, mucho menos de llenar sus arcas. El deseo de poder del protagonista no se reduce a su injerencia en el destino de cualquier aspirante a ejercer un puesto público, él busca el dominio de sus mujeres, controlar sus fantasías y deseos: “Para efectos disciplinarios una buena cogida era más eficaz que cien latigazos”. Hacia el final de la novela resulta muy interesante que el personaje confiese el placer oscuro e irredento que le trae el señorío de ambos territorios, el de la carne y el político: “Las delicias del poder lo envolvieron en una nube narcótica. Ningún placer comparable al de aplastar cucarachas en cada teclazo”.

La naturaleza de un proyecto tan ambicioso como El vendedor de silencio donde lo mismo desfilan secretos políticos, acusaciones, personalidades de la farándula, empresarios glamorosos y periodistas de leyenda, conlleva sus riesgos y no está exenta de traspiés. Es tan grande el archivo-cloaca que el autor pretende destapar –un bonito paralelismo con el archivo maldito que su protagonista clasifica por colores y terminó quemando– que se descuidan algunos aspectos, como la configuración de los personajes femeninos. Todas las mujeres de la novela parecen cortadas con la misma tijera: la de la víctima. Sólo Natalia exhibe una actitud distinta a la sumisión, por obvias razones. Por otro lado, para fines literarios, hubiera sido mejor que se evitara la explicación psicologista de la conducta de Denegri, pues se vuelve una salida estrecha, una puerta falsa. Dejar abierto el enigma de su misoginia y conducta perversa habría colocado a la novela en el ajo de la indagación filosófica sobre la naturaleza del mal, incluso en la especulación sociológica del machismo. Vaya, habría abierto el camino al debate y la especulación. Aquel era precisamente el único hilo de la trama que no necesitaba ser “amarrado”. Ofrecerle al lector en bandeja de plata el gran secreto de la maldad de Denegri –oculto en la semilla de un viejo rencor hacia su progenitora– cumple con las leyes del melodrama. La sugerencia implícita del inconmensurable poder cristiano del perdón como posible redención que finalmente evade este gran pecador me resulta una satisfacción ramplona, una respuesta que otorga calma y achata los efectos logrados. Hubiera preferido quedarme con la pregunta y prolongar la historia de tan ruin personaje, aunque inquietara mi conciencia por tiempo indefinido. Peccata minuta en este gran mural del México del siglo xx que tiene graves resonancias con el actual, todavía incapaz de librarse de la opresión y el autoritarismo de sus gobernantes. 

 

Alfredo Núñez Lanz. Cofundador de Textofilia Ediciones. Es autor de los libros Soy un dinosaurio (conaculta, 2013), Veneno de abeja (Secretaría de Cultura, 2016) y El pacto de la hoguera (Ediciones Era, 2017). Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA 2014 y 2016. En 2018 obtuvo el “Premio nacional de narrativa histórica Ignacio Solares” para obra publicada por El pacto de la hogueraSu Twiter es @NunezLanz

 

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Posted: November 17, 2019 at 11:08 pm

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