Páradais o el problema del mal
Román Alonso
Páradais. Fernanda Melchor. Literatura Random House. México, 2019. 160 pp.
ComprĂ© el libro a pesar de la horrible calcomanĂa amarilla adherida en su portada: “Fernanda Melchor hace magia cuando escribe. Activa, como quien conoce un cĂłdigo enterrado en nuestra memoria, la cadencia primitiva de la lengua”; y a pesar de la cita en la cuarta de forros que usurpa las funciones de la crĂtica literaria: “Fernanda Melchor explora la violencia y la desigualdad en esta novela brutal. Lo hace con una destreza tĂ©cnica deslumbrante, oĂdo absoluto para la oralidad y precisiĂłn de neurocirujana para la crueldad. Páradais es un breve e inexorable descenso al infierno”.
La alberca fangosa en su portada agringada, bajo un tĂtulo de grandes letras blancas, me pareciĂł aceptable en su momento, aunque ahora mismo preferirĂa una ediciĂłn del libro con otra imagen (acaso más tropical).
Páradais, la tercera novela de Fernanda Melchor (Veracruz, MĂ©xico, 1982), es un libro diseñado, claramente, para su pronta exportaciĂłn. Por lo demás, es una novela intensa y breve que se termina de leer en un dĂa.
En el frontispicio encontramos dos epĂgrafes: uno de Las batallas en el desierto, de JosĂ© Emilio Pacheco, que bien podrĂa augurar una novela sobre la nostalgia, el amor y la pĂ©rdida de la inocencia, y otro de David Lynch: un fragmento de la canciĂłn “Up in flames”, utilizada en la pelĂcula Wild at Heart, que nos promete acaso una historia de talante cinematográfico, con fuertes dosis onĂricas y de enigmática oscuridad simbĂłlica, que tendrá como posible epicentro y acaso desenlace el asesinato de una mujer (tema obsesivo en la obra de Lynch).
La acciĂłn transcurre en Veracruz, en una zona que Fernanda Melchor ha bautizado, a lo Manuel del Cabral, como el “trĂłpico negro”; sobre todo en el “exclusivo fraccionamiento” Paradise y en sus alrededores: el pueblo de Progreso y el rĂo Jamapa, la ciudad de Boca del RĂo y una vieja casona abandonada (Mina y Tierra Blanca son lugares apenas mencionados).
Los personajes son pocos, un puñado: Franco Andrade (un gordo que vaga “siempre ocioso y solitario por las calles adoquinadas” del fraccionamiento), sus abuelos y su padre (una presencia que gravita como una sombra lejana sobre el personaje); Polo (Leopoldo GarcĂa Chaparro): el jardinero del fraccionamiento, su madre, su prima Zorayda, su amigo Milton (expulsado de Progreso y obligado a trabajar en el infierno); la señora Marián, su esposo (el “calvo y chaparro”, pero famoso y millonario señor Maroño) y sus dos hijos: AndrĂ©s y Miguel (Andy y Micky). Otros personajes menos relevantes son los dos vigilantes del fraccionamiento: Cenobio y RosalĂo; Griselda (la sirvienta de los Maroño), Urquiza (el administrador del fraccionamiento) y el ingeniero Hernández (apenas mencionado), aquellos (entre ellos El Sapo) y sus empleados en Progreso.
El narrador, una conciencia que bien podrĂa ser la de Polo, o bien no serlo pues en las páginas 25, 36 y 54 existe un distanciamiento de su voz que podrĂa no ser un mero desdoblamiento, parece juzgarlo todo desde la perspectiva del jardinero.
Tal vez por eso la novela está narrada en un lenguaje obsesivo lleno de lugares comunes, aquello que se elogia bajo el nombre de oralidad: “como disco rayado”, “les darĂa una embolia”, “al chile”, “bajar en bicla”, por ejemplo) y que a ratos se vuelve soberanamente repetitivo, frondoso en adjetivos insultantes y en apodos. AsĂ, Andrade es casi siempre “el gordo”, “el muy cerdo”, “marrano” “el tarado”, “el pinche gordo”, “gĂĽero mantecoso”, “mastodonte de muchacho”, “gordo infecto”, “baboso”, “el pinche gordo de mierda”, “voz de pito”, “niño obeso”, “seboso”, “cagĂłn y puñetero”, “barril de sebo”, “pinche gĂĽerito de cagada, hijito consentido al que nada le hacĂa falta”; y Urquiza, se nos dice reiteradamente, es un “imbĂ©cil” (págs. 12, 29, 31, 33), “imbĂ©cil nalgasmeadas” (p. 107), “culero”, “pinche mayate”, “cara de huevo” (págs. 33) “huevĂłn” (p. 35), “cabezota de huevo” (p. 36), “culorroto” (p 51), “puñal” (p. 117). Â
Páradais es una novela circular que posee una estructura más bien convencional: introducciĂłn, desarrollo y desenlace, con algunos flashbacks y pasajes onĂricos que, por momentos, aparentan fundirse con la realidad, aunque lo más seguro es que representen estados mentales.
La novela se divide en tres grandes bloques. En el primero (pp. 11-47), todos los personajes aparecen construidos superficialmente, a base de estereotipos, como las actrices porno mencionadas en las páginas 19 y 20: Andrade es el predecible gordo malcriado, de “cuerpo gelatinoso” y frustrado sexualmente, que se obsesiona con una mujer mayor que además es su vecina; Polo es el tĂpico “prieto, no habĂa otra manera de decirlo” (p. 85) trabajador, pobre y acomplejado por su condiciĂłn econĂłmica que sufre injusticias y ahoga sus muchos problemas en alcohol; Urquiza, el administrador del fraccionamiento Páradais, es un ladrĂłn que dicta Ăłrdenes incongruentes (p. 57) y abusa de su autoridad amablemente. En general, todos los residentes de Páradais (Marián entre ellos) forman un enjambre compacto de seres despreocupados, hipĂłcritas, vacĂos y adinerados que suelen delegar hasta el mĂnimo trabajo en una servidumbre a la que suelen explotar con trato cordial.
Desde la primera página de la novela, queda muy claro que Andrade está obsesionado con Marián quien, se nos dice (p. 13), era “igualita a las demás señoras que vivĂan en las residencias” de Páradais: “siempre de lentes oscuros, siempre frescas y lozanas tras los vidrios polarizados de sus inmensas camionetas, los cabellos planchados y teñidos, las uñas impecablemente arregladas”. Marián “más que guapa era vistosa” (p. 14). “Una doña como tantas otras” (p. 13) que disfrutaba usar “trapos lujosos”: “faldas de seda cruda o shorts de lino pálido” (p. 14), jugar con sus hijos llevando puestas ropas de gimnasio (“short de licra y un sostĂ©n deportivo” (p. 16), usar “shortcitos” (p. 40) para salir a correr por el fraccionamiento y traje de baño para broncear y lucir su cuerpo junto a la alberca.
En suma, esta primera parte de la novela retrata dos mundos separados por fronteras sociales y econĂłmicas, incluso naturales. En Progreso, el pueblo de Polo, las calles son de tierra y las casas tienen “tejado de lámina” (p. 59), mientras que al otro lado del rĂo Jamapa, el fraccionamiento Páradais está lleno de “residencias blancas de tejas falsas”, una de las cuales pertenece a los abuelos de Franco Andrade, quien vive con ellos gozando toda clase de comodidades.
Por otra parte, los residentes de Páradais presumen sus automĂłviles de lujo; por ejemplo, los Maroño tienen una “Grand Cherokee blanca” y Urquiza tiene un automĂłvil “Golf rojo”, mientras que Polo viaja kilĂłmetros en bicicleta para llegar a su trabajo. Â
Los alimentos y las bebidas sirven tambiĂ©n en la novela para señalar las grandes diferencias entre los residentes y los “empleados del fraccionamiento”. Los primeros conocen los “cigarros mentolados” (p. 18), contratan empresas de banquetes para sus cumpleaños (p. 38), consumen champaña en Año Nuevo (p. 17), beben ron con “regusto a fruta y caramelo” (p. 71), whisky importado directamente de Inglaterra (p. 32) y vino blanco, mientras que los segundos se conforman con lo que tienen a la mano: comen “empanadas duras” (p. 68), desayunan “pan y una taza de cafĂ© tibio” (p. 56), toman “cerveza y charanda”, “infame aguardiente” preparado “con alcohol del 96” y “frutos mosqueados” (p. 32) o se empinan “una botella de anĂs dulce” tan corriente que raspa y cierra la garganta (p. 137). Â
Andrade consume “bolsas de frituras tamaño familiar” (p. 11); “horrendas frituras cubiertas de polvo naranja” (p. 49) y come “pilas de galletas y pastelillos industriales y enormes cuencos de cereales remojados en leche” (p. 18), mientras que Polo suele fumar “con fuerza” (p. 11) y soplar siempre “el humo del cigarro hacia arriba, para ahuyentar a los mosquitos que giraban en nubes vertiginosas sobre su cabeza” (p. 25) y beber alcohol para olvidarse de sus problemas; “para no tener que regresar a casa sobrio” (p. 27).
Aunque Polo comienza a juntarse con Andrade por “puro mĂ©ndigo interĂ©s” (p. 26), las cursivas son de Fernanda Melchor, pues el gordo le comparte (a cambio de su tiempo y sus oĂdos) alcohol y cigarrillos que logran comprar gracias al poco o mucho dinero que Franco logra robar a sus abuelos, al final, Andrade y Polo terminan por forjar una complicidad más que real, mezclando y compartiendo clandestinamente pensamientos y bebidas de ambos mundos: “un pomo y refrescos y vasos desechables cuando habĂa fondos suficientes, o latas de cerveza y cigarros sin filtro cuando estaban de promociĂłn, o de plano un cuarto de aguardiente de caña y un cartĂłn de jugo de naranja cuando el botĂn era más bien escaso” (p. 26) a la orilla del rĂo Jamapa, frontera natural entre Progreso y Páradais.
En realidad, todo en este primer bloque, salvo por las necesarias presentaciones y el primer esbozo de algunos sĂmbolos y escenarios, resulta prescindible e incluso predecible (aunque durante su lectura nunca desaparece la inquietante pregunta de cĂłmo se realizará, si es que se llega a realizar, el crimen).
Todo cambia para mejor a partir del segundo bloque (por páginas 49-109), cuando el reflector de la narración deja de iluminar mayormente lo que ocurre en Páradais y se traslada a sus alrededores, para retratar otro tipo de personajes, conflictos y atmósferas. Me reservo, en beneficio del lector, hablar mucho de éste y del tercer bloque (págs. 111-158).
En todo caso, con una ediciĂłn a ratos de corte cinematográfico, la novela está repleta de imágenes obsesivas que se repiten “como si las hubiera registrado una cámara de video” (p. 75), mostrando en cada nueva apariciĂłn contornos más indefinidamente inquietantes y oscuros, lo que hace que leerlas se sienta como estar despierto mirando una pesadilla: los dientes de Andrade, los zancudos hambrientos en el humo, la casona abandonada, las aguas del rĂo, por ejemplo, mientras que otros segmentos de la narraciĂłn, los mejor logrados, terminan por parecer las tomas de “una pelĂcula larguĂsima” (p. 77).
Trabajando con diferentes niveles simbĂłlicos, un recurso apreciable que Fernanda Melchor parece haber aprendido del director David Lynch, la autora consigue dotar a su novela de una mayor complejidad narrativa. AsĂ, la utilizaciĂłn de los insectos y demás sabandijas en la novela de Fernanda Melchor recuerda el uso que de ellos hace Burroughs en su Almuerzo desnudo, creando entre ellos y ciertos personajes algunas correspondencias, aunque tal vez la influencia principal de la autora sea la serie de televisiĂłn Twin Peaks de David Lynch. Entre otras cosas, los insectos tambiĂ©n representan, por ejemplo, los pensamientos revueltos, las preocupaciones y las iras: “el remolino de las cosas negras, etĂ©reas pero afiladas, que revoloteaban en su mente como un hervidero de polillas en torno a una luz solitaria” (p. 66).
Comentando otro registro no menos importante, en Páradais se hace un uso pertinente y no gratuito del erotismo, pues el “erotismo siempre en flor”, dirĂa Cabrera Infante (en “Otro inocente pornĂłgrafo”), pertenece al terreno siempre confuso de la adolescencia, de manera que la frondosa vegetaciĂłn en la novela de Fernanda Melchor se corresponde regularmente con ciertas “ferales selvas instintivas” (otra vez palabras de Cabrera Infante). Todo lo cual hace más inquietante que la vieja casona abandonada y “susurrante” (p. 49), “con sus dos pisos de ruinas enmohecidas”, permanezca, al principio, “oculta tras la maleza” (p. 27).
La mayor parte del tiempo el mundo natural dentro de la novela aparece como indiferente al mal de los personajes, pero en algunos momentos parece reflejarlo (simbolizarlo) o incluso proyectarlo. Sin embargo, no me parece obra del azar, sino más bien un acierto, que el mayor sĂmbolo del mal en la novela sea una construcciĂłn humana.
A mi parecer, más que los personajes o la historia, lo mejor escrito en la novela son ciertas atmĂłsferas lynchianas que parecen enlazar los sueños con la vigilia (págs. 60, 66-67 y 69). AsĂ, no me extraña que la obra lleve por tĂtulo el nombre del fraccionamiento Páradais, lugar que ocupa el centro de un gran escenario iluminado, rodeado siempre por la oscuridad.
Si el fuego es para Lynch un sĂmbolo del mal, Fernanda Melchor ha optado por la tormenta tropical. Un acierto más, sin duda, que nos habla de la originalidad de una escritora capaz de crecer y desarrollarse libremente a partir de ciertas influencias. En realidad, como lo presiente un lector atento desde el principio, el fraccionamiento Páradais está en el ojo de un huracán.
A mi juicio, el gran mĂ©rito, insoslayable, de la novela no es su ritmo —bastante convencional en mi opiniĂłn— ni su lenguaje —exceso de calĂł mexicano, o lo que es peor: veracruzano, que dentro de algunas dĂ©cadas no tendrá ningĂşn significado y terminará por convertirse en una rĂ©mora vetusta e incomprensible dentro del libro, como pasĂł con el lenguaje juvenil, el slang dirĂa Monsiváis, utilizado sin medida por los autores de La Onda. Mejor hubiera sido que Fernanda Melchor se inventara un lenguaje propio, atemporal, como hizo el escritor y mĂşsico Anthony Burgess en A Clockwork Orange. El gran mĂ©rito de Páradais es su tema (y el tema, que viene a ser una de las caracterĂsticas más importantes de un estilo, a menudo es ignorado por los crĂticos y editores que no saben valorar una obra más allá de su lenguaje, lo que provoca la multiplicaciĂłn y celebraciĂłn de libros bien escritos sobre temas francamente anodinos y sentimentales).
Si, como pensaba Michel Tournier en El vuelo del vampiro, la novela corta es un gĂ©nero periodĂstico, es decir, histĂłrico, y si, como sostenĂa Vico, todo el movimiento de la Historia no es más que “un vasto esfuerzo, más o menos consciente, por resolver el problema del mal”, me parece justificado anotar que Páradais de Fernanda Melchor es una novela que ha sabido enfocar sus esfuerzos al tema quintaesencial del gĂ©nero, porque el tema de toda gran novela (y de todo gran ensayo histĂłrico en general) no es otro que el problema del mal.
Por eso, acaso lo más inquietante y perturbador para el lector de Páradais sea darse cuenta, poco a poco, de que existe una fuerza siniestra que bien podrĂa ser la explicaciĂłn al mal dentro de la novela. Esta vibraciĂłn negativa, una “antigua corriente de energĂa” (p. 113), sin duda podrĂa ser una proyecciĂłn de “la oscuridad interior” (p. 138), pero tambiĂ©n podrĂa ser “una cosa palpitante y viva” que susurra desde la oscuridad y que goza de completa autonomĂa. En este punto Fernanda Melchor es ambigua, asĂ que el lector puede pensar lo que quiera, como que una leyenda funciona como la interpretaciĂłn sobrenatural que damos al mal en la Historia.
Tratando de ser lo más justo posible, he vuelto a leer la novela. Como una pelĂcula de la cual ya se conocen los periplos y el final, Páradais pierde gran parte de su interĂ©s en la relectura. Perdura la maestrĂa de ciertas atmĂłsferas siniestras y algunas fantasĂas erĂłticas o no, pero nada más. Usar un ritmo sostenido para escribir fragmentos como “Al parecer lo habĂan cachado bien pedo, la Ăşltima vez que chuparon en el embarcadero; se habĂa puesto tan burro que olvidĂł el camino de regreso a casa […]” (p. 70) no me parece digno de mayor elogio que decir: Fernanda Melchor es una escritora con oficio. Que la mayorĂa de escritores (mexicanos o no) carezcan precisamente de esta cualidad me parece una justificaciĂłn más bien pobre para vender el ritmo de la escritora como los nuevos jardines colgantes de Babilonia.
Por otra parte, el suyo es un simbolismo complejo y sin embargo descifrable (por ejemplo, el color blanco, como en las obras de David Lynch, es en Páradais un sĂmbolo del mal), al contrario de lo que ocurre con una obra como Pedro Páramo, rodeada hasta la fecha por una intensidad de luz profunda que le otorga su condiciĂłn de misterio impenetrable. La distancia es enorme: si la obra de Rulfo todavĂa es una antorcha encendida en la oscuridad arquetipal, Páradais es una lámpara de luz blanca que ilumina las frondas y los edificios de una siniestra noche veracruzana.Â
En todo caso, que Fernanda Melchor enfatice tanto el aspecto superficial de sus personajes tal vez tenga por objetivo final hacernos comprender que el mal no tiene rostro definido y se esconde detrás de cualquier máscara, desde la más ridĂcula, dĂ©bil o demacrada, hasta la más amable, hermosa o servicial. La distinciĂłn econĂłmica tampoco sirve de nada: el mal germina en todos los estratos sociales, como es evidente en el caso de Páradais, donde se terminan por unir los dos polos extremos, opuestos y complementarios del mismo, oscuro, imán. Lo que resulta acaso más difĂcil de aceptar sea que el mal tampoco es un asunto de edad: no existe una lĂnea de tiempo que alcance a precisar el momento donde acontece la pĂ©rdida de esta inocencia (la del bien), aunque la novela parece subrayar la adolescencia.Â
Como heredera del talentoso Jorge IbargĂĽengoitia de Las muertas (1977), me parece que Fernanda Melchor es la novelista que aborda, con mayor fortuna y fuerza simbĂłlica, el problema del mal en la actual narrativa mexicana.
ÂżQuĂ© es el mal? ÂżCuál es su origen y naturaleza? Páradais ensaya diferentes respuestas al problema, incluyendo una posible soluciĂłn sobrenatural. Desde luego, la novela no es capaz de arrojar una respuesta definitiva. SerĂa injusto exigirla. DespuĂ©s de todo, si Vico tenĂa razĂłn, es posible que toda la historia universal, y de paso toda la historia de la novela occidental, gire alrededor de estas preguntas y que no tenga otra finalidad más allá de responderlas.
Román Alonso (Ciudad de México, 1985) es ensayista y editor. Dirige la revista cultural Anagnórisis. Su twitter es @RomnBecerril
Posted: March 17, 2021 at 9:40 pm







