Essay
Quauhnáhuac: ciudad e infierno
COLUMN/COLUMNA

Quauhnáhuac: ciudad e infierno

Socorro Venegas

“Dos cordilleras atraviesan la República más o menos de Norte a Sur, y forman entre ellas varios valles y mesetas. Por sobre uno de esos valles, que dominan dos volcanes, se encuentra, a dos mil metros por encima del mar, la ciudad de Quauhnáhuac”. Tal es la ubicación de Cuernavaca en las primeras líneas de esa novela enorme que es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. No solo él pensó en esta ciudad como el infierno en la tierra, uno que se se abría en pleno Día de Muertos para dejar paso franco a las almas. Creo recordar una crónica de Manuel Gutiérrez Nájera donde le pregunta a Dios para qué creó el infierno si ya existía Cuernavaca. Algo de descenso hay: quien ha hecho el viaje por carretera desde la Ciudad de México notará el declive en el trayecto, mientras se sortean curvas mortales, especialmente la de La Pera.

Otro asiduo viajero al lugar fue Alfonso Reyes, su poema Homero en Cuernavaca comienza así:

 

A Cuernavaca voy, dulce retiro,

cuando, por veleidad o desaliento,

cedo al afán de interrumpir el cuento

y dar a mi relato algún respiro.

A Cuernavaca voy, que sólo aspiro

a disfrutar sus auras un momento:

pausa de libertad y esparcimiento

a la breve distancia de un suspiro

(…)

 

Sí, la ciudad también ha sido idílica. Yo pasé toda mi infancia y parte de la adolescencia en ella cuando aún justificaba el sobrenombre de la “Eterna primavera” y daba respiro a turistas que llegaban de cualquier lugar del mundo. Hoy diría que de esto queda poco. De clima tan amable que la lluvia esperaba a la noche para caer, atrajo a muchos viajeros, al propio Lowry, pero también a personajes de otras geografías, como Mohammad Reza Pahlaví, sha de Irán, Pablo Neruda, Gutierre Tibón, Barbara Hutton (heredera de Frank Woolworth), David Alfaro Siqueiros, que fincó su casa-estudio aquí, a Elena Garro, a quien visité en un pequeño departamento de la colonia Chapultepec, mientras varios gatos nos rondaban y las vueltas del ventilador de techo no bastaban para aligerar ese calor asfixiante de la eterna primavera. Con razón me dijo ella: “Pídele que llueva a la virgen de la cueva”.

Todos los caminos llevan a Roma, y también parecería que todos son aptos para acercarnos al inframundo. En poco años el descenso a Cuernavaca se ha vuelto mucho más peligroso. Lo que nuestra historia reciente nos enseña es que justamente la privilegiada ubicación, que Lowry describe con detalle en el primer capítulo de su novela (a la distancia de un suspiro, decía Reyes, de la capital del país, pero también un paso hacia Acapulco, gran polo turístico), es una de las razones por las que se volvió una plaza codiciada por el crimen organizado.

Otra gran novela que nos deja ver el proceso de degradación de la ciudad y de todo el país es La tierra de la gran promesa (Alfagura, 2021), de Juan Villoro. En estas páginas tropecé con el lugar en que crecí, muy distinto al de ahora. En el siglo pasado, cuenta Villoro, arraigaron allí sus vidas, y sus grandes proyectos, personajes esenciales como Lemercier, Eric Fromm, el obispo Méndez Arceo e Ivan Illich, quienes fundaron un epicentro de pensamiento crítico de avanzada. Hoy sabemos de Cuernavaca porque es un territorio en disputa por los criminales, una ciudad en manos de pésimos administradores, incapaces de garantizar ni la seguridad de sus habitantes ni los más elementales servicios públicos.

Juan Villoro le toma el pulso al país y a una época “que puso las esperanzas en oferta”. Como el extraordinario narrador que es, nos muestra el territorio minado que habitamos en una exploración a través de personajes ambivalentes, en lucha con sus propias parcelas de dolor y corrupción. En este libro no hay ilesos y eso también se traslada a los lectores, que no podemos evitar algún arañazo y algún que otro golpe en la boca del estómago.

Lo que le sucede a los personajes de La tierra de la gran promesa puede ocurrirle a cualquiera: ser secuestrado, orillado a dejar el país, convertirse en un títere de los poderosos (y casi da lo mismo que éstos sean los del crimen organizado o los políticos del crimen desorganizado), todos podemos llegar a necesitar ocultar un pasado inasumible, sentir una culpa sin redención que nos lleva, como a Diego, protagonista de esta historia, a darnos contra la pared una y otra y otra vez. Por eso Juan escribe: “cuando la realidad es mexicana, no es color de rosa”.

La narración tiene en muchos momentos la atmósfera de la crónica, de aquello que inmediatamente nos duele, lo que lastra a México. Vivimos en el país de los más de: 150 mil muertos, 30 mil desaparecidos, diez mujeres son asesinadas a diario. Bajo este registro leemos frases que tienen la letalidad de un dardo envenenado. Citaré algunas:

“El gran recurso natural de este país: los delitos”.

“El crimen es la nueva tradición”.

“En este país el responsable del derrumbe de un edificio siempre es el velador”.

No es gratuito que en la novela se mencione La jaula de la melancolía, como se conoce en forma económica al libro de Roger Bartra, pero las palabras que completan el título podrían quizás subtitular la obra de Villoro: “Identidad y metamorfosis del mexicano”. Encontrar el perfil que descifra a los mexicanos parecería ser una de las ambiciones de la novela; las viejas cicatrices de los personajes condicionan sus mutaciones, su manera de crear códigos culturales, sus respuestas irónicas.

Es cierto también lo que aprecia Hugo Hiriart en la obra de Juan: ese movimiento de la melancolía al humor. Los personajes de la novela vuelven a un pasado que no solo les explica sus metamorfosis psíquicas y emocionales, sus periplos destructivos, y es el humor lo que los deja respirar, a ellos y a nosotros, lectores. Así, nos encontramos con un “criminal perfumado”: un narcotraficante al que apodan El Vainillo; observamos lo que Juan llama “El progresivo deterioro de la heráldica del crimen: los Caballeros Templarios, Jalisco Nueva Generación, Los Viagras…”. Podemos reírnos, y lo necesitamos.

Escribe Villoro: “Quería vivir en un sitio donde no le diera miedo que se le acercara un desconocido”. Tengo la sensación de que ese lugar ya no se encuentra en este país.

 

-Imagen de los Hermanos Schlattman. Diciembre de 1897

 

Socorro Venegas es escritora y editora. Ha publicado el libro de cuentos La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019),  las novelas Vestido de novia (Tusquets, 2014) y La noche será negra y blanca (Era, 2009); los libros de cuentos Todas las islas (UABJO, 2003), La muerte más blanca (ICM, 2000) y La risa de las azucenas(Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997 y 2002).  Ha recibido el Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, Premio Nacional de Novela Ópera Prima “Carlos Fuentes”, Premio al Fomento de la Lectura de la Feria del Libro de León.  Es directora general de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. Su Twitter es @SocorroVenegas

 

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Posted: September 14, 2022 at 10:00 pm

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