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The proposal, de Jill Magid

The proposal, de Jill Magid

Naief Yehya

El método de la artista conceptual Jill Magid, originaria de Bridgeport, Connecticut, pero residente de Brooklyn, consiste en insertarse como personaje en los temas que inspiran su obra, los cuales tienen que ver con estructuras de poder. Su trabajo consiste en internalizar los procedimientos impersonales y burocráticos de las instituciones que ejercen algún tipo de control anónimo y a menudo invisible sobre nuestras vidas. Entre otros trabajos en el 2004 colaboró con el Liverpool’s City Watch, un sistema de vigilancia urbana para estudiar la forma en que esas dependencias creaban archivos de nuestro paso por los espacios públicos. En 2005 trabajó con el servicio secreto holandés y tras una serie de entrevistas con agentes creó obras que más tarde fueron confiscadas. Ese mismo año desarrolló el proyecto Auto Portrait Pending, el cual consiste en un auto retrato inconcluso que será finalizado cuando parte de las cenizas mortuorias de la artista y académica de Cooper Union sean transformadas en un diamante por la empresa Lifegem, el cual será montado en un anillo que terminará en manos de un coleccionista o beneficiario. “La representación es intercambiada por la realidad”, explicó. Evidentemente este último trabajo influenció la manera en que habría de relacionarse con la obra y el legado del arquitecto Luis Barragán.

A partir de 2012 Magid comenzó a desarrollar un gran interés en la obra de Barragán, quien murió de párkinson en 1988. En 2013 se acercó a algunos de los familiares del arquitecto con la propuesta de lo que sería su próxima obra y probablemente desde entonces tenía la idea de transformar las cenizas del arquitecto en diamante. El proyecto interdisciplinario de Magid, The Barragán Archives, sería un estudio del legado de Barragán, “así como de la intersección de su identidad oficial y privada… y de las instituciones que se han vuelto los guardianes de sus archivos”. También es “una exploración de la intersección de los psicológico con lo judicial, la identidad nacional y la repatriación, los derechos internacionales de propiedad y derechos de autor, la autoría y la propiedad”.

En su intento por estudiar el archivo profesional de Barragán, descubrió que éste estaba en manos de la historiadora del arte italiana Federica Zanco. De acuerdo con un rumor que escuchó Magid y que ha sido repetido hasta el agobio (aunque nadie lo haya podido corroborar), Zanco pidió a su prometido, Rolf Fehlbaum, el heredero de la fortuna y empresa de muebles suiza Vitra, que en vez de un anillo de compromiso quería el archivo de Barragán. A partir de esta historia Magid imaginó una especie de triángulo amoroso que en realidad es un poliedro, en el cual Zanco exige el “cuerpo” de la obra de Barragán para casarse con Fehlbaum y la artista busca seducir a Zanco para acceder a Barragán. Magid le solicitó a Zanco acceso al archivo para una exposición que preparaba sobre Barragán. Zanco respondió que dada la premura de la solicitud en ese momento no era posible darle acceso. Entonces arranca una conversación epistolar entre ellas en la que con exagerada amabilidad Magid comienza a elaborar lo que parece un cortejo decimonónico en manuscrito (algo que ya había hecho con cartas a la policía) mientras trabaja en varias exposiciones, libros y un documental sobre su relación con el archivo de Barragán. Pero el elemento principal de la obra consiste en crear un diamante a partir de 525 gramos de las cenizas del ganador del premio Pritzker en 1980, para fabricar un anillo con la ridículamente cursi inscripción “I am wholeheartedly yours” y ofrecérselo a Zanco a cambio del archivo: “Le ofrezco el cuerpo a cambio del cuerpo de la obra”.

El arquitecto determinó que al morir, su archivo personal, incluyendo la biblioteca, pasaría a manos del también arquitecto Ignacio Díaz Morales, quien creó la Casa Barragán. Mientras que el archivo profesional, que incluye 13500 dibujos, 7500 fotografías, 3500 negativos, 290 publicaciones, notas, correspondencia, documentos, películas, diseños, borradores, maquetas, mockups y muebles, además de los derechos de autor, se lo dejó a su socio, amigo y vecino Raúl Ferrera. Sin embargo, Ferrera se suicidó en 1992, con lo que el archivo pasó a manos de su viuda, Rosario Uranga, quien intentó venderlo a varias instituciones mexicanas pero al no encontrar quien pagara la suma que pedía (alrededor de un millón y medio de dólares) se lo dio en consignación al galerista neoyorquino Max Protecht. Ante el interés de Fehlbaum de adquirirlo, Zanco, quien entonces aún era editora de la sección de diseño de la revista Domus, visitó la galería en Soho y recomendó que de comprarlo había que adquirirlo completo y no por partes. Vitra tiene una gran colección de arte y diseño por lo que esto no fue una transacción por capricho ni un arranque pasional. Se ha dicho que pagaron dos y medio millones de dólares por él.

El proyecto de Magid incluye la cinta documental de largometraje, The Proposal, dirigida por ella misma y producida por la también cineasta y artista Laura Poitras. La película fue exhibida en el Festival de Tribeca, de Nueva York entre otros y tendrá una corrida en cines comerciales. Aquí se cuenta la historia de sus intentos por acercarse a Barragán, desde su visita a la Casa Barragán hasta la propuesta que hace a Zanco. El hecho de que el nombre de Barragán esté ausente del título de la película es muy significativo ya que refleja la que parece la verdadera intención de la directora, para quien el arquitecto mexicano y su obra son meros pretextos para abordar los temas que realmente le interesan. Magid consiguió alojarse durante una visita de una semana a México en la Casa Luis Barragán, en Tacubaya, la cual Barragán construyó y fue donde vivió desde 1947 hasta su muerte. Esa casa se considera una especie de laboratorio de su obra, donde experimentó con elementos, espacios y vínculos que luego retrabajó en sus obras más celebradas. Ahí Magid se hace filmar leyendo, escribiendo, bañándose, peinándose, pintándose las uñas de los pies y recorriendo los espacios que habitó el artista, ingeniero y arquitecto, como si quisiera imbuirse de su espíritu. La fotografía de Jarred Alterman es sobria y refleja con tino la elegante austeridad de los espacios creados por Barragán, así como la música de T. Griffin (aunque un tanto manipuladora) es una apropiada contraparte para las imágenes editadas por Hannah Buck. El filme se desarrolla como una especie de diario cinemático donde aparte de ser la narradora en off, Magid es una presencia constante. La cámara la sigue por varias ciudades, la observa mientras camina meditabunda y parsimoniosa, la captura fumando entre los rincones de los sobrios muros de la casa y la muestra instalando su exposición en Suiza mientras conspira para llegar al momento climático de la propuesta. Magid se propuso explorar lo que significa comprar la obra de un artista, así como el peso de la censura de un patrimonio universal en manos de un coleccionista o una institución. Pero si por algún momento tenemos la peregrina noción de que este filme trata de eso, las reiteradas imágenes melancólicas de Jill nos regresan de inmediato al verdadero enfoque ombliguista de la obra.

En el filme Magid explica que Zanco, quien es la directora de la fundación Barragan (sin acento), ha negado el acceso a investigadores, académicos, artistas e historiadores durante un cuarto de siglo dando una variedad de pretextos. Esto es una verdad a medias, ya que si bien ha rechazado visitantes, incluyéndola a ella, también ha aceptado a muchos otros. Así mismo, la ilusión de que Zanco se encierra en la soledad del bunker donde se almacena el archivo, es también parcialmente falsa ya que a lo largo de los años ahí han trabajado numerosos investigadores y expertos. El archivo llegó a Suiza en 1995 y desde entonces la fundación ha colaborado con exposiciones en el Palacio de Bellas Artes, en México, el Museo de arte moderno de Nueva York, y otras instituciones, también se ha permitido el uso de reproducciones de imágenes de la obra en una variedad de proyectos. Cuando Magid cuestiona el hecho de que Zanco haya tardado más de veinte años trabajando en un catálogo razonado y no lo haya terminado insinúa que es un pretexto de una señora, probablemente diletante, una millonaria aburrida que ha secuestrado a Barragán como su hobby. Sin embargo, cualquiera que haya trabajado en una obra de esa magnitud, sabe que un proyecto semejante puede tardar varias décadas, especialmente en el caso de un artista complejo que dejó un enorme acervo de notas, fotos, borradores y dibujos. El catálogo de Zanco consistirá en dos volúmenes de casi mil páginas cada uno y tendrá alrededor de cuatro mil reproducciones.

En toda su obra Magid muestra una fascinación por los procedimientos y reglas burocráticas, las solicitudes, permisos y requisitos, la escrupulosa documentación y la manera en que estos trámites controlan nuestras vidas. Sin embargo, por ningún lado vemos en su Barragán Archives una exploración de una obra austera y solemne, grandilocuente, poética y modesta como la que él creó. Tampoco vemos rastros de la personalidad del sibarita de hábitos excéntricos, del dandy elitista con un sentido estético exquisito y tiránico. Las opiniones de Magid sobre Barragán y su obra son frívolas y superficiales y jamás justifican su supuesta obsesión ni el inmenso esfuerzo e inversión de la artista. En vez de eso tenemos un anillo que bien podría haberle parecido a Barragán una curiosidad pretenciosa, una baratija tecnológica vulgar digna de un freak show, así como un pueril caballito de plata. A la artista le interesa humanizar la frialdad de las transacciones oficiales y en este caso se obstina en ver una “historia gótica de amor”. Esta reducción resulta nociva ya que la leyenda tiende a imponerse sobre la verdad en el imaginario público. Además, la historia es extremadamente misógina ya que Zanco se convierte en esta narrativa en una enamorada y obsesiva que puede ser disuadida de su trabajo con el señuelo de un anillo de diamante.

La propuesta es obviamente un fraude y una falacia articulada a través de dos continentes, entre la legalidad y el arte, así como entre la vida y la muerte. Resulta difícil creer que Magid pensaba seriamente que su oferta (la cual Zanco describió como “extraña y triste”) sería aceptada. Si bien no tiene caso tratar de adivinar su verdadera intención lo que en realidad irrita es el seudo nacionalismo condescendiente y retrógrada que inyecta en este trabajo y con el que busca encender una pasión patriotera en una entidad abstracta como “el pueblo de México”. ¿Quién es ese pueblo que exige el regreso de un archivo arquitectónico? ¿Por qué no rescatar tantos otros acervos históricos olvidados y en ruinas que abundan en nuestra cultura? ¿Para qué quiere Magid que el pueblo tenga acceso irrestricto al archivo, para que cualquiera pueda imprimir y vender postales de las casas y jardines que diseñó, para decorar toda clase de portadas de revistas, para usarlo en sus futuras obras? Las acciones de Magid simplemente responden a su privilegio económico y de clase, así como a una ambición de apropiación. Por si hiciera falta enfatizar en la pobrísima visión que la artista tiene de México, no podía faltar en su obra una referencia al día de los muertos (ese cliché tan inevitable) en forma de un tapete de flores: The offering (2016) incluido en su exposición.

De ser legítimo su deseo de querer regresar el archivo a México hubiera tratado de encontrar a una institución pública o privada que lo recibiera, determinar qué instalaciones podrían ofrecer, cuál sería su presupuesto de trabajo, los términos y extensión de su compromiso, la manera en que protegerían los derechos de la obra y un gran número de cuestiones relacionadas con la preservación, difusión y estudio de la misma, como dijo el curador, historiador y director artístico de Zona Maco, Daniel Garza-Usabiaga. El absurdo trueque de su propuesta no resuelve nada y es obviamente un gesto teatral y egoísta, un performance en el que, como lo vio atinadamente Zanco, ella fue “convertida en un personaje de ficción”, por lo tanto, la auténtica Zanco no tiene lugar. El control de los derechos de reproducción puede parecer explotador o injusto pero Barragán tenía claro que deseaba que su obra fuera protegida y no usada de manera mercenaria e irresponsable, por lo que dejó los derechos de autor a Ferrera. Como bien dijo Zanco, “Más y más Barragán se está volviendo el Frida Kahlo de la arquitectura”, su inmensa popularidad invita a la sobre explotación de su obra en toda clase de campañas de publicidad y mercantilización burda y sin escrúpulos.

Otro elemento deleznable de la estrategia de Magid fue su acercamiento a los familiares de Barragán, quienes dan la autorización para exhumar los restos de la Rotonda de los jaliscienses ilustres en Guadalajara. Es evidente que Luis Barragán no formó una familia por decisión propia, así como no buscó entre sus sobrinos a un heredero ni hizo el menor intento por cederles la responsabilidad de su trabajo, mucho menos podemos pensar que tienen la autoridad de dictar lo que se puede o no hacer con sus restos. De acuerdo con una entrevista en Proceso en 1988, Barragán le dijo a Ferrera varias veces antes de su muerte: “Es mejor que usted salga favorecido y no mis sobrinos que no han trabajado nada.” Magid logró obtener el apoyo de uno de los sobrinos, Hugo Barragán, quien estaba muy anciano y enfermo entonces. No se sabe si estos familiares consideraron las implicaciones morales y el inminente escándalo que desataría la conversión de restos humanos en una joya en un país como México. Era evidente que se lanzarían acusaciones de profanación de tumbas y de necrofilia. La reacción obviamente beneficiaría a Magid por la cobertura mediática y el estruendo en redes sociales, pero pondría a los familiares en una situación difícil sino imposible de defender. Se ha hablado mucho de la religiosidad de Barragán, sin embargo, fue incinerado, lo cual es ya aceptado por la iglesia católica, pero lo que no se acepta es que los restos sean separados o dispersos, ya que se desea conservar la unidad del cuerpo. Sería interesante haber conocido la opinión de Luis Barragán al respecto. Porque aparte de creencias religiosas o espirituales, una vez normalizada una transacción semejante, ¿dónde se pone el límite? ¿Quién sigue? ¿Hace falta realmente subrayar que el elemento más contundente de esta obra es el morbo? Juan Villoro lo puso muy claramente al anunciar que pronto los panteones serían vistos como joyerías en potencia.

Si a Magid le preocupa el poder invisible y ciego de las instituciones es curioso que no lo cuestione cuando sirve a sus intereses, cuando se doblega a peticiones tan absurdas como la exhumación de Barragán. La artista logró sin duda insertarse en la historia de Barragán y al hacerlo un gran arquitecto quedó reducido al papel ridículo de ser protagonista de una necro comedia grotesca.

 

naief-yehya-150x150Naief Yehya es narrador, periodista y crítico cultural. Es autor, entre otros títulos, de Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios (Planeta, 2013) y de la colección de cuentos Rebanadas (DGP-Conaculta, 2012). Es columnista de Literal y de La Jornada Semanal. Twitter: @nyehya

 

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Posted: May 14, 2019 at 9:42 pm

There are 2 comments for this article
  1. Refugio Sánchez at 11:46 am

    Es necesario mencionar a (por lo menos) tres importantes cómplices de esta farsa: Juan Palomar, Viviana Kuri y Myriam Vachez, todos ellos funcionarios culturales en Jalisco. Palomar es, además, presidente de la Fundación Barragan. Fueron estos tres personajes quienes, por una combinación de protagonismo, ignorancia, corrupción y, francamente, estupidez, le pusieron la mesa a Magid para perpetrar esta payasada. Kuri y Palomar organizaron una (indebida) cena privada con Magid, los familiares de Barragán, y otras personas en el recinto del Museo de Arte de Zapopan (MAZ), del que es directora Kuri. Vachez tramitó los permisos (ilegales) para profanar la tumba en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, y le ofreció todo tipo de facilidades a Magid para que llevara a cabo su “proyecto”, deslumbrada, al parecer, por el “perfil” internacional de Magid, sin detenerse a analizar las consecuencias de sus decisiones como funcionaria pública (Secretaria de Cultura de Jalisco). No me queda claro quién exactamente permitió que Magid se alojara en la Casa Barragán de Tacubaya. ¿Desde cuándo es defendible el empleo de este monumento como un hotel en el que es posible sentarse en un sofá de la casa, con las patotas subidas en un taburete con importancia histórica, cual AirBnB? ¿En qué cabeza cabe que alguien pueda tomarse el tipo de libertades que se tomó Magid dentro de un recinto eminentemente cultural?

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