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Quédese en casa…, con todos sus privilegios

Quédese en casa…, con todos sus privilegios

Alejandro Badillo

Uno

Están en las redes sociales, preocupados por el medio ambiente y llamando a ejercer nuestras responsabilidades ciudadanas: no tirar basura, no contaminar, respetar el paso de los peatones, ser bondadosos con los animales. Se unen a las mejores causas, aquellas que, en el papel, nadie discute porque promueven un mundo mejor: energías renovables, reciclaje, transporte en bicicleta, slow food. Se comprometen con la causa de las mujeres y exigen una respuesta inmediata de las autoridades ante problemas como el ambulantaje, la violencia y la corrupción. ¿Los reconoce? Quizás tenga a varios entre sus contactos en las redes sociales. Quizás piense que me estoy dirigiendo a usted porque, a decir verdad, muchos usamos las redes para denunciar los males del mundo, a veces más como desahogo que esperando un resultado inmediato o provocar un movimiento social. Sin embargo, me refiero a denunciantes que pertenecen a un sector minoritario, un sector que puede permitirse un estilo de vida que, para el grueso de la población, es imposible aspirar. Este grupo de personas, en distintas partes del globo, tiene enormes ventajas desde su nacimiento y forma parte de una élite que, por más esfuerzos que haga, no podrá empatizar con la realidad de miles de millones –cifra que ya está aumentando por el impacto del coronavirus– porque, simplemente, vive en un universo diferente. Esta élite, comprendiendo sólo superficialmente la emergencia climática y social, se siente con la suficiente legitimidad para demandar reformas a un sistema que, directa o indirectamente, la sostiene y beneficia. Por supuesto, no estamos ante una élite suicida que busca abolir sus privilegios para marchar con los desheredados del planeta. Estamos, más bien, ante personas que sufren una especie de ignorancia o ceguera acerca del lugar que ocupan en la sociedad. Si se hiciera una encuesta o se pudiera entrevistar a los miembros de este sector de la población descubriríamos, con sorpresa, que se asumen como víctimas del mundo que les tocó vivir y, seguramente, nos describirían las innumerables calamidades que sufren provocadas por los gobiernos, entre otros actores que los afectan. Incapaces de asumir sus privilegios o contrastar su vida con la de la gente de a pie, aquella que se expone en el transporte público viajando largas distancias hasta sus trabajos o que apenas puede planear sus quincenas por los magros salarios que cobran, se sienten vulnerables y, sobre todo, ofendidos por el estado de las cosas. De esta forma, adoptan para sí mismos el discurso de los inconformes, de los rebeldes, de pensar “fuera de la caja”, cuando, en realidad, su modus vivendi inutiliza, por contradictorias, sus proclamas. 

Dos

Hace unos días el periódico El País publicó un artículo de título kilométrico: “El fenómeno de mostrar cuarentenas privilegiadas en redes abre el debate de la brecha social en Internet”. El artículo, acompañado por fotografías y videos, describe la nueva moda entre artistas, empresarios y socialités: presumir los faraónicos interiores de sus mansiones mientras disfrutan la cuarentena obligada por el coronavirus. Algunos aprenden nuevas habilidades, como cocinar, o, simplemente, dedican sus días a la tranquila observación de los jardines inmensos que rodean sus hogares. Por supuesto, esto no ha pasado desapercibido para algunos internautas que han criticado que, mientras millones pierden sus empleos o se enferman gravemente por el modo en que se ganan la vida, los influencers y privilegiados del siglo XXI se pregunten en sus bitácoras virtuales si deben comer salmón a la parrilla o al horno.

Los privilegiados en cuarentena, sin poder presumir sus viajes al extranjero o su vida en el exterior, presumen algo más importante, algo que pueden disfrutar en sus casonas y que, para los damnificados de la desigualdad, son bienes escasos: tranquilidad, silencio y tiempo. Esos bienes intangibles, disponibles a libre demanda para los que están arriba de la pirámide, son quimeras extrañas para los repartidores de comida que trabajan para plataformas de internet que les niegan derechos laborales mientras transitan por calles llenas de autos, de contaminación y de peligros. El silencio y distraer el ocio mientras cae la tarde en un amplio jardín es un lujo desconocido para quien vive en un departamento o casa minúsculos, para quien tiene dos o más trabajos y apenas le alcanza el tiempo para distracciones que lo alejen de su realidad, aunque sea por un par de horas, como el futbol o una película en la televisión. Desde esos retiros de lujo, la élite –además de las previsibles quejas por las acciones tomadas contra el coronavirus– pide acabar con la desigualdad, reforestar los bosques, cuidar el agua, apoyar las energías renovables para no usar los combustibles fósiles que están incendiando el planeta. También insisten, a través de sus redes sociales, en mejorar la arquitectura de las ciudades, construir banquetas anchas, rehabilitar parques o promover un diseño urbano incluyente. ¿Quién estaría en contra de esas ideas? Nadie. Pero cuando esto viene de un sector de la población que ha acumulado su riqueza explotando, con muy pocos límites, recursos naturales y humanos, el asunto queda sólo en un gesto vacío, creíble sólo para los ingenuos. Una acción verdadera que, además, está en sus manos, sería asumir los costos de su estilo de vida, es decir, revisar el origen de su prosperidad más allá de sus casas llenas de celdas fotovoltaicas, sistemas de recolección pluvial, bicicletas para transportarse y reciclaje. De esa forma descubrirían que la disparidad y el consumo desbocado son el verdadero problema. Si no se solucionan las desigualdades, si no hay una distribución más justa de los recursos, los cambios que promueve la gente de arriba serán aprovechados por los mismos ciudadanos que han estado y estarán en la cúspide. La sustentabilidad y ecología serán, como ya se puede ver en innumerables ciudades, bienes de lujo, utopías para la gente cuya única posibilidad es luchar por su sobrevivencia. 

Cambiar un sistema que ha depredado el medio ambiente y a generaciones enteras de seres humanos, debe ir más allá de la individualidad para buscar la organización colectiva. De otra forma, por más que se afirme o trate de demostrar lo contrario, la llamada “conciencia social” será, simplemente, una nueva etiqueta para “el buen vivir”. La lucha social y ecológica emprendidas desde el privilegio serán un placebo o, en el mejor de los casos, iniciativas que se concretarán en los pequeños guetos de lujo en los que vive la élite. Desde ahí seguirán pontificando, aleccionando a los necios que transitan en las calles contaminando o a los ciudadanos poco educados que no quieren cambiar sus costumbres dañinas. Por supuesto, hay una responsabilidad que involucra a las personas que viven en los márgenes de la prosperidad, pero los privilegiados les endilgan la misma capacidad de acción que tienen ellos porque, simplemente, no los conocen y, por lo tanto, no pueden imaginar cómo son sus días. ¿Tendrá oportunidad de usar la bicicleta y combatir la contaminación el empleado que sale del turno en la noche y que vive muy lejos de su trabajo? ¿Podrá acceder a la comida orgánica la familia que, a duras penas, puede costear la despensa conformada por alimentos producidos de forma masiva? ¿Podrán ser ecológicos y sustentables los que sufren por el suministro de agua potable? ¿Habrán tomado talleres de cómo reciclar si la basura se acumula en sus calles?

Por estas razones la conciencia social de la élite es, la mayor parte de las veces, un lujo estético. A través de sus demandas buscan mejorar las ciudades para que la vista, a través de las ventanas de sus grandes casas, encuadre mejor con la escenografía en la que se mueven diariamente. Luchan contra la contaminación visual y sonora porque desentona con sus caminatas o sus viajes en bicicleta. Si observan un grupo de vendedores ambulantes los calificarán como un grupo de gente irresponsable que ocupa sin permiso la vía pública sin pensar en las causas que los llevaron a las calles. Sin embargo, las empresas y fábricas de ellos, la élite con conciencia social, a menudo explotan indiscriminadamente los recursos naturales, aunque tengan programas de reciclaje; también se benefician de los salarios poco dignos que les pagan a sus empleados, aunque les den, en el mejor de los casos, seguridad social y una magra pensión que será insuficiente cuando llegue la hora del retiro. La lucha por un mundo mejor, como lo refieren muchos académicos y activistas, no puede desvincularse de una reorganización social que garantice un sistema mucho más igualitario. De otra forma, tendremos ciudades dentro de ciudades, lugares amurallados en los que se pueden realizar todas las utopías ecológicas y sociales, pero cuyo funcionamiento seguirá dependiendo de los de afuera, los que contaminan porque no tienen otra opción, los que se comportan irresponsablemente porque nunca tuvieron la oportunidad de hacer otra cosa y que son los obreros, empleados, asistentes, ayudantes o consumidores que mueven al mundo. 

Tres

La élite que puede gozar del silencio, la naturaleza y del canto de los pájaros, se asemeja al funcionamiento de muchos países del primer mundo. Pensemos en el ejemplo de los países escandinavos o vecinos de ellos como Holanda o Bélgica. Todos, a pesar de su infraestructura ciclista, su reciclaje ejemplar, sus energías renovables y sus políticas de avanzada, tienen huellas ecológicas muy grandes, sólo debajo de los países más contaminantes como los Emiratos Árabes Unidos y Qatar. ¿Cómo puede suceder esto? La respuesta es el consumo: mientras no se detenga esta variable, su huella ecológica, es decir, la cantidad de recursos que usan los habitantes de esas naciones para vivir, seguirá en ascenso. Por más políticas ecológicas que promuevan estos países, si no piensan globalmente, si construyen su prosperidad a costa de los otros, particularmente de los países del tercer mundo, no se conseguirán los altos ideales que proclaman. Estos países, al igual que la élite con aparente conciencia social, externalizan los efectos secundarios de su éxito y, por eso, creen que pueden cambiar al mundo sin mover, ni un centímetro, el libre mercado, la competencia voraz que esquilma a los más pobres y la desregulación financiera que ha convertido a la economía en un casino virtual. Por afuera muestran una actitud ejemplar y, quizás, convencen a algunos de que la ruta que siguen ayudará, por ejemplo, a combatir problemas como el cambio climático. En contraste, fuera de los reflectores, seguirán extrayendo materias primas, deforestando bosques, pagando salarios bajos, aprovechándose de los migrantes, inundando de basura tecnológica a países africanos haciéndola pasar como “mercancía de segunda mano”. La conciencia social debe ser, en todo momento, y más aún en periodos críticos como la cuarentena obligada por el coronavirus, un acto colectivo y no acciones individuales, hechas para goce personal que, a la postre, evaden poner sobre la mesa de discusión las causas profundas de la desigualdad, la depredación y la injusticia global.

 

Alejandro Badillo, es escritor y crítico literario. Es autor de Ella sigue dormida, Tolvaneras, Vidas volátiles, La mujer de los macacos, La Herrumbre y las Huellas. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Ha sido reconocido con el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela. Su Twitter es @alebadilloc

 

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Posted: April 29, 2020 at 8:31 pm

There is 1 comment for this article
  1. J. Andrés at 4:23 pm

    ¡Ja! Tal cual hace Europa con el resto del mundo. Primero deshizo, industrializó, arrasó… hoy nos educa para darle una respiración a la Tierra y larga vida a la humanidad. Vienen con sus euros de un mes a comprar hectáreas que uno no compra con el trabajo de 10 años… pero vienen a hacerlo bien. Así se remarcó, pero a lo individual: universitarios hablando de una conciencia que lograron hasta tener el beneficio de estudiar en una gran institución a costa de miles que no irán a ella; hippies con doctorado que viven del estado desde los 20 (¡a sus 40!) súper conscientes, cero kitsh, muy anarcos, que se quejan de… ¿de todo?

    ¿El siglo XXI descubierto en la pandemia? No lo creo, pero qué bueno que se visibilicen sus lujos. El fascismo hoy es muy aceptado porque lo reparten los “buena onda” a diestra y siniestra y anteponiendo una máscara de pura rebeldía light, revolución pasiva y mucha conciencia. Hasta la burocracia usa lenguaje incluyente y no se uniforma… ¡qué va!

    Hacen falta más textos al respecto, pero también mucha autocrítica. O cinismo, cuando menos, para hablar bien derecho.

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