Essay
REINALDO ARENAS: ETERNO ANTÍDOTO
COLUMN/COLUMNA

REINALDO ARENAS: ETERNO ANTÍDOTO

Alfredo Núñez Lanz

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El único remedio conocido para el lector cansado es volver a leer. Hay libros que curan la enfermedad de los libros. Así lo pude atestiguar en la licenciatura, cuando me dio la primera de estas gripes, pues me sentía aburrido por el orden cronológico de las materias. Siguiendo un impulso decidí romper el “plan ideal” de estudios y cursar una asignatura dirigida a los alumnos de último semestre que llevaba un título rimbombante sobre historicidad, memoria y autobiografía. La clase de Graciela Monges Nicolau resultó ser una refrescante cascada en caída libre de la que todavía no me repongo. Ahí me curé por primera vez del mal del lector cansado. Y fue leyendo a Reinaldo Arenas.

¿Se puede escribir esto? O, mejor dicho, ¿se puede escribir así?, me pregunté desde las primeras páginas de El mundo alucinante (1969), obra genial que le abriría las puertas a la llamada “nueva novela histórica”, un fenómeno considerado por la crítica como parte del boom latinoamericano que puso en entredicho el discurso oficial, problematizó el concepto de verdad, reimaginó a los héroes, los bajó de sus pedestales y fundió todo ese bronce de efigie oxidada para crear una distorsión consciente –mediante exageraciones, comedia, anacronismos, omisiones, sátira y hasta suplantaciones de identidad– del idolatrado hecho histórico. El padre de esta nueva corriente de vena subversiva fue Alejo Carpentier, al publicar El siglo de las luces en 1962, pero Arenas le otorgó un sello personalísimo aún más transgresor.

En El mundo alucinante fray Servando Teresa de Mier es una especie de alter ego de Arenas que sigue un alocado periplo perseguido por sus ideales. Con una audacia formal e irreverente, en su segunda novela experimentó distintos subgéneros como la fábula, el relato de aventuras y la picaresca al grado de dejar perplejo al jurado del concurso de la UNEAC donde participó –Alejo Carpentier y José Antonio Portuondo eran jueces–. En la terna, sólo Virgilio Piñera fue capaz de valorar la obra y le ofreció trabajar algunos pasajes con tal de recomendarla para su publicación. Sin embargo, esto nunca ocurrió. El libro fue un éxito rotundo de crítica y ventas en el extranjero, pero en Cuba jamás llegó a las manos de los lectores y fue prohibido por el régimen de Fidel Castro.

Todavía me parece deslumbrante el primer epígrafe que eligió para invitarnos a su mundo alucinante, frase con la que realmente comienza el juego:

“Y yo también he sido desgarrado por las espinas de ese desierto, y he dejado cada día algo de mis despojos”.

La cita es de François Auguste René, vizconde de Chateaubriand. Arenas, deliberadamente, cambia el género del narrador –del femenino al masculino– y con esto nos da el primer guiño de su escritura paródica e intertextual. Para seguir el juego, en la carta-prólogo con la que abre la novela, dirigida a Fray Servando, declara: “Lo más útil fue descubrir que tú y yo somos la misma persona. De aquí que toda referencia anterior hasta llegar a este descubrimiento formidable e insoportable sea innecesaria”. Aquella simbiosis le dio una libertad total para narrar las aventuras de fray Servando, que pasó casi la mitad de su vida prisionero en conventos dominicos, fugándose o planeando sus escapes, perseguido por la Inquisición y sus detractores políticos. El fraile dominico que sedujo a Arenas termina seduciéndonos a nosotros, lectores contemporáneos de sus andanzas inverosímiles. Autor, personaje y lector emprenden juntos una aventura que los coloca en el mismo nivel.

Desde su primera novela, Celestino antes del alba (1967), Reinaldo Arenas vaticinó su heroico e incansable camino. Abordó esa vocación que él consideraba incomprendida y a la vez impostergable, a veces una condena. La verdadera protagonista de la obra es esa sed apremiante de escribir, como una necesidad fisiológica. El niño que narra la historia vive con su madre y sus abuelos en la Cuba rural; su primo fantasma, Celestino, se entrega a una actividad enajenante a ojos de los adultos: escribe en todas partes. La familia entera sospecha que su escritura es perversa. Aunque ningún miembro del clan sabe leer, los adultos quieren arrancarle el hábito de raíz, pero él, muy campante, evade los castigos escribiendo en todas las superficies que encuentra, incluidos los troncos de los árboles y se mantiene firme pese a que todos proyectan su odio en él. Igual a su personaje Celestino, que nada lo hace despertar del trance grafólogo, Arenas alimentó a lo largo de su vida una voracidad literaria que sorteó cualquier prohibición, cualquier amenaza y lo ayudó a permanecer fiel a sí mismo y al impulso vital de la imaginación. Algunos años después, perseguido por la policía cubana, él también escribiría en los árboles, antes de que anocheciera, en condiciones de urgencia y necesidad de fuga.

El propio Arenas definía Celestino antes del alba como “una defensa de la libertad y de la imaginación en un mundo contaminado por la barbarie y la ignorancia”. Este fue el único libro que lograría publicar en su país; vio la luz bajo el sello de Ediciones Unión, con un tiraje de dos mil ejemplares. Pero el arquetipo de personaje que construyó aquí continuará apareciendo en sus obras posteriores: ese tierno y apasionado rebelde perseguido a causa de sus ideas, su sexualidad, que vive experiencias refractarias a lo racional y crea refugios imaginarios para sobrevivir las violencias de su hostil medio ambiente. Desde Celestino antes del alba, que concibió como la primera de su “pentagonía” –un ciclo de novelas que conforman cinco “agonías cubanas”, como él mismo las llamó–, hasta El portero (1989) y su célebre autobiografía, Antes que anochezca (1992), hay un personaje que se enfrenta a un mundo inestable, represor y brutal.

Arenas, abiertamente homosexual, escritor y crítico feroz del sistema, reunía las condiciones para convertirse en uno de los muchos parias de la Cuba de Fidel Castro. Pero escribía pese a todo, como su Celestino, y lograba publicar fuera de la dictadura con gran éxito. La suya siempre fue una denuncia mucho más punzante que cualquier protesta deliberada y explícita, pues subyacía anclada a sus tramas, con un admirable manejo de la hipérbole, la paradoja, la ironía y la parodia. Sus novelas son carnavalescas, experimentales, construidas con ferocidad y desenfreno, pero siempre conmovedoras, tomando vuelos filosóficos, reinventado a veces las nociones de identidad y memoria.

Arenas también concebía a la escritura como una técnica eficaz para dejar un testimonio. Sus cruentas experiencias como proscrito del régimen le provocaron heridas muy profundas, incluso actitudes paranoicas que luego también asumirían sus personajes. El triunfo de la Revolución Cubana y el «Éxodo del Mariel», dos momentos de suma importancia para la historia de su país e incluso para su propia vida son temas frecuentes en su obra. Desde los primeros cuentos, escritos entre 1964 y 1968, que conformaron el libro Con los ojos cerrados editado por primera vez en 1972 en Uruguay sin su conocimiento y, posteriormente, reeditados bajo el título Termina el desfile (1981), ya pone en práctica esta noción de la escritura. “Comienza el desfile” aborda el triunfo de los rebeldes que derrocan a Fulgencio Batista sólo para instaurar otra tiranía –aún peor–, núcleo argumental que se convertirá en el más visitado por Arenas: posteriormente lo reescribe en la novela El palacio de las blanquísimas mofetas (1980) y, después, en su autobiografía Antes que anochezca (1992).

Sin embargo, más allá de la mera reivindicación social por la partia a la que amó y se vio obligado a abandonar, o la validacion de su sexualidad, como muchos críticos han intentado abordarlo, a lo largo de toda su obra Arenas se preocupó por lo atemporal:

“En la Historia los impulsos, los motivos, las secretas percepciones que instan (hacen) a un hombre no aparecen […] Por eso, más que en la Historia busco en el tiempo. Lo que nos sorprende cuando encontramos en el tiempo, en cualquier tiempo, a un personaje auténtico, desgarrador, es precisamente su intemporalidad, es decir, su actualidad; su condición de infinito. Porque infinito —y no histórico— es Aquiles por su cólera y su amor, independientemente de que haya o no existido”[1].

El tiempo, la memoria y la libertad son los motores de la mayoría de sus textos; en conjunto forman un mundo de hibridez que se resiste a las barreras formales e ideológicas. La suya es una obra inclasificable, pues también se escapa de las categorías tradicionales, transgrede y enfrenta casi toda noción de autoridad. Esto suena muy rimbombante, pero en realidad Arenas deja poco espacio para ponernos serios; su estilo es el del carnaval, la fiesta, el delirio. En él uno encuentra el juego por encima de cualquier denuncia, quizá una herencia que proviene de su maestro, el gran Virgilio Piñera, que a su vez le debe a Kafka. Confieso que atesoro sus libros, ahora difíciles de conseguir y, cada tanto, cuando las durezas de las modas literarias amenazan con traer más años de marea muerta, acudo a él en espera de limpiarme los ojos otra vez con su mar. Durante años fui dosificándome sus obras, temeroso de acabármelas demasiado pronto. Ahora mismo abro El color del verano o nuevo Jardín de las Delicias y el juego empieza en el subtítulo: “novela escrita y publicada sin privilegio imperial”. Sonrío y voy hacia la nota que nos regala, no la reproduzco aquí para que el lector corra y juegue con Reinaldo en su infinito jardín marino.

P.D. El pasado julio Reinaldo Arenas cumpliría 80 años. En 1987 lo diagnosticaron portador del virus del VIH/sida y en aquellas condiciones lanzó su última rebeldía: al regresar del hospital se arrastró hasta una foto de su maestro Virgilio Piñera que tenía colgada en la pared y le dijo: “Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres meses más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”. Y Virgilio cumplió la desmesurada petición. El 7 de diciembre de 1990, Arenas partió al Palacio de las Blanquísimas Mofetas.

[1] La cita pertenece al ensayo “Fray Servando, víctima infatigable”, publicado a manera de prólogo en la edición crítica que preparó Enrico Mario Santí de El mundo alucinante.

Alfredo Núñez Lanz. Cofundador de Textofilia Ediciones. Es autor de los libros Soy un dinosaurio (Conaculta, 2013), Veneno de abeja (Secretaría de Cultura, 2016) y El pacto de la hoguera (Ediciones Era, 2017). Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA 2014 y 2016. En 2018 obtuvo el “Premio nacional de narrativa histórica Ignacio Solares” para obra publicada por El pacto de la hoguera. Su Twiter es @NunezLanz

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Posted: August 29, 2023 at 8:56 pm

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