Essay
Salutación a Eugenio Montejo

Salutación a Eugenio Montejo

Adolfo Castañón

¿Por qué estamos aquí? En el marco de la VII Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, que la Universidad de los Andes de la ciudad venezolana de Mérida organiza junto con la Fundación “Casa de las Letras Mariano Picón Salas”, hemos venido a saludar el doctorado Honoris Causa que esta ilustre Universidad ha decidido imponer al poeta Eugenio Montejo.

¿Pero quién es Eugenio Montejo? ¿Qué merecimiento tiene para que esta eminente casa le conceda su más alta distinción? ¿Qué significa un grado académico de este orden? ¿Qué se encuentra en juego en este ceremonial que parece prometido por su misma condición a reiterarse y reinar en el tiempo? ¿Qué singular clave une los destinos y los escritos de Mariano Picón Salas y de Eugenio Montejo?

Nacido en Caracas en 1938 (como él mismo recuerda en el “terrible año de la muerte de Lugones, de Vallejo, de Maldenstam. Una herencia demasiado fuerte que he compartido con Óscar Hahn, Miyó Vestrini y con nuestro inolvidable Francisco de Cervantes”) y luego crecido en la Valencia venezolana, Eugenio Montejo es, junto con Rafael Cadenas y Ramón Palomares, uno de los tres nombres que dan vida hoy, en el año 2007, a la poesía en Venezuela, nación de nombres tan eminentes como Andrés Bello, José Antonio Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez y Juan Liscano, entre los más significativos.

Eugenio Montejo es autor de una obra rica, innovadora y compleja, que se vierte sobre todo en libros de versos y poemas. Varias facetas innovadoras conviven en su diamante. Dos, sin embargo, saltan a la vista como decisivas: la primera tiene que ver con su idea o más bien, para recordar al poeta italiano Guseppe Ungaretti, con su inteligente sentimiento del tiempo —idea o sentimiento que se afinca y enraíza en una profunda experiencia amorosa en la que cristalizan y culminan las experiencias y, a veces, los experimentos de la piedad, la compasión amorosa y la afinidad o afinación órfica— registros, todos, que hacen de la poesía lírica y dramática de Eugenio Montejo, un ente, un ser que dialoga, un ser hecho para el diálogo y el coloquio.

La segunda faceta ahonda y prologa la primera a través de líneas simétricas, paralelas, tangenciales y asíntotas de esas otras personas o máscaras poéticas que, a partir de Fernando Pessoa, Antonio Machado y Octavio Paz, se conviene en llamar heterónimos. Esta legión lírica, engendrada en la garganta mental del poeta, la conforman autores como Blas Coll, el insigne tutor originario de los colígrafos, el sueco Tomás Linden con su indescriptible Hacha de seda, don Lino Cervantes, y otros contertulios, quienes voluntaria e involuntariamente ayudan al lector a calibrar mejor, a situar con mayor exactitud la obra en expansión de este Eugenio Montejo que se presenta con las apariencias tímidas del que camina por los abismos como un despreocupado equilibrista que casi parece pedir perdón al público por la inquietud que le pudieran causar sus proezas. Es un poco, Eugenio, como ese Charlot, Charlie Chaplin, tan admirado por la poeta y ensayista cubana Fina García Marruz, que sale ileso de todos los desastres por el poder de la inocencia y el amor. Detrás o dentro de cada una de estas facetas u horizontes están en juego asuntos de no poca trascendencia: el sentimiento del tiempo (afincado en el amor) y la pulsión órfica y dialogante, que pondrán en crisis muchas cosas pero, en primer lugar, están las nociones de sucesión, representación, autoridad y originalidad, como se puede ver en este poema:

TIEMPO TRANSFIGURADO

a Antonio Ramos Rosa

La casa donde mi padre va a nacer
no está concluida,
le falta una pared que no han hecho mis manos.

Sus pasos, que ahora me buscan por la tierra,
vienen hacia esta calle.

No logro oírlos, todavía no me alcanzan.

Detrás de aquella puerta se oyen ecos
y voces que a leguas reconozco,
pero son dichas por los retratos.

El rostro que no se ve en ningún espejo
porque tarda en nacer o ya no existe,
puede ser de cualquiera de nosotros
—a todos se parece.

En esa tumba no están mis huesos
sino los del bisnieto Zacarías,
que usaba bastón y seudónimo.
Mis restos ya se perdieron.

Este poema fue escrito en otro siglo,
por mí, por otro, no recuerdo,
alguna noche junto a un cabo de vela.
El tiempo dio cuenta de la llama
y entre mis manos quedó a oscuras
sin haberlo leído.
Cuando vuelva a alumbrar ya estaré ausente.

La otra faceta, la de la pluralidad creadora que se asienta y traduce en la fábrica de heterónimos, siembra la semilla del des-concierto en muchos órdenes, pero principalmente en dos: las nociones de enseñanza, prosperidad y riqueza. Don Blas Coll se inscribe en esa genealogía que acaso tiene un remoto lugar de origen en Platón pero que en el mundo moderno arranca en el Zaratustra de Nietzsche, Monsieur Teste de Paul Valéry, sigue con el Juan de Mairena de Antonio Machado, el Oliver Alstone del norteamericano Van Wyck Brooks y el Lord Chandos del austriaco Hoffmanstal; dicha genealogía se prolonga, por supuesto, en Álvaro de Campos del propio Fernando Pessoa y desemboca en esas figuras hilarantes y corrosivas que son el Bustos Domecq y el César Paladión de Borges y Bioy Casares, el Gorrondona y el Leñada de Alejandro Rossi, el Eduardo Torres de Augusto Monterroso, y acaso —cómo no— en el Maqroll de Álvaro Mutis.

Todos estos nombres declinan a su modo plural una sola sombra corrosiva: la crítica de la enseñanza. Ponen en crisis la noción de aprendizaje y de riqueza o prosperidad. Eugenio Montejo dibuja a don Blas Coll y a su Taller Blanco como una suerte de Robinson Crusoe hispanoamericano que ha sido capaz de sobrevivir en el recóndito Puerto Malo a las estruendosas y vacuas convulsiones de una civilización que perdió la brújula hace mucho tiempo. Una de las ideas rectoras de Coll es la de un minimalismo desvelado por reducir y condensar donde otros quieren ampliar y explayar. Esta idea, enunciada desde una América que ha puesto su esperanza en su tamaño (de ahí el título de aquel libro juvenil que Jorge Luis Borges supo censurar juiciosamente: El tamaño de mi esperanza) no deja de ser subversiva y de tener un potencial más que explosivo, catalizador. Y esta palabra catálisis, de origen químico y casi bioquímico, pues alude a la disolución, me parece conveniente para ensayar una caracterización de la obra de Eugenio Montejo como un doble tubo de ensayo o sistema de vasos comunicantes en el cual se da como necesaria una operación de conversión o transmutación incesante, de catálisis a través de la palabra. A su vez, la palabra transmutación remite a la praxis peligrosa de la alquimia que buscaba transformar el plomo en oro y prometía a sus amorosos oficiantes una íntima y radical transformación. Y algo tiene nuestro Eugenio Montejo del alquimista sigiloso que vierte en el atanor del lenguaje sus menas, sus gangas, sus ganas y sabe transfigurarlos en oro, platino y otros metales radioactivos, como si fuese una suerte de Paracelso criollo, familiarizado con los espíritus elementales de las plantas, las piedras y, desde luego, los insectos y el resto de la fauna.

La radioactividad que encierran sus obras es, como la de Fernando Pessoa y Jorge Luis Borges, contagiosa, aunque no infecciosa, pues en su proceso o proyecto biomimético, Eugenio Montejo se ha cuidado en cada paso de la estilización y de la copia de sus propios procedimientos retóricos que, él como buen alquimista y celoso boticario, sabe tener bien guardados en la alacena.

Vivimos en una edad de radical instrumentalización y mercantilización del saber y de la inteligencia, y una obra ondulante pero inconmovible como la de Eugenio Montejo es una buena medicina para bajarnos las fiebres de la movilización total, porque apunta a la conservación y mantenimiento de eso que no se puede mover ni movilizar que es la reserva de inocencia y de sentido común, la sensata razón humana que sale en busca de su bebida y alimento no a las plazas donde corean las multitudes sino a los claros del bosque donde el zumbido de la sangre se confunden con el estridular de las luciérnagas y su música. Dice el poeta:

PARTITURA DE LA CIGARRA
(Sólo cito dos poemas de la serie)

II
Nunca será sólo sonido
lo que escribe el verano
en la partitura de la cigarra.
Los muertos oyen y saben.
La blanca partitura nevada de la cigarra,
nevada de tiza y cal amarga.
Nunca será sólo sonido lo que mueve el viento
en el rumor de los árboles.
La partitura leída con los ojos de palo
de la cigarra.
¿Qué mano sostiene la verde batuta?
¿Quién afina los coros al fondo del bosque?
Aún puede oírse la sónica nieve que cae
aunque el insecto se calle,
y los muertos escuchan y saben,
unos y otros tan hondamente escritos
con sus nombres cortos y sus nombres largos,
con sus nombres sin nombres que borra la lluvia
en la partitura de la cigarra,
donde la sónica nieve prodiga sus copos
de tiza y cal y voces sin palabras.

V
Cigarra a la puerta de este bosque,
cigarra asida de su grito,
ella y su sombra,
ella y sus sonidos…
Cigarra que nos convierte en árboles
a la orilla de la tierra en que trabaja,
ella y la cósmica presencia
con que su canto separa los objetos,
cuando divide un bosque en varios bosques,
su voz en varias voces.

Cada nota vibrando se fragmenta,
se oye siempre una cigarra y otra cosa,
algo que no cabe en su canto pero lo menciona,
algo que no muere con ella pero la acompaña,
algo que precisa de la cigarra para escucharse,
la otra mitad de su silencio que dura tanto,
el otro pedazo de sombra que el sol le guarda…

Cigarra sola a la puerta de la galaxia,
ella y sus alas,
ella y los sonidos que duermen en el viento,
cigarra mística en el templo más verde,
cigarra que conoce el camino del Tao,
el camino del silencio que canta,
ella y el dios que la fabrica,
ella y su música de arboleda y paisaje.

Apunta la amena y fértil obra de Eugenio Montejo a la conservación de ese oasis inteligente y espiritual que se abre en el paréntesis del tiempo libre investido en la contemplación, la lectura, la crítica y la autocrítica. Es un buen signo que, en la altiva Mérida venezolana, cuna del ensayista Mariano Picón Salas, poderosa y fecunda inteligencia que supo amistar con Alfonso Reyes y Octavio Paz, se le otorgue a un poeta y casi se diría a un grupo de poetas como los que conviven bajo la epidermis de Eugenio Montejo, una distinción como ésta del doctorado Honoris Causa concedido por la Universidad de los Andes que con este acto que lo honra y se honra, da muestras (ella, la Universidad) de una honestidad intelectual que es poco común en nuestro tiempo.

¿Qué significa pues que un poeta reciba un doctorado Honoris Causa por parte de una prestigiosa Universidad? ¿Acaso se puede enseñar lo innenseñable, transmitir lo intrasmisible? ¿Qué enseña un poeta y cuáles, si los hay, son los procedimientos o métodos de enseñanza? ¿Cuál es la materia de su conocimiento? ¿Cuál es su sylabbus, su plan de estudios, su trivium y su cuadrivium? Un poeta ¿es un científico, un técnico, un artista, un actor, un bibliotecario? ¿Qué representa, ante quién se da esa representación?

El instrumento de un poeta es el lenguaje y su materia es ese mismo idioma preñado de emociones públicas y privadas. Pero el poeta, para citar una conocida frase de John Keats expresada en una carta a su amigo Lord Houghton —traducida por Julio Cortazar—: “no tiene identidad propia, es todo o es nada, vive sin cesar en otro cuerpo”. Es cierto que esta renuncia a la identidad propia llama la atención viniendo de labios de un poeta que representa la flor del romanticismo inglés, pero también es cierto que suena espontánea y natural, pues el oficio de la poesía consiste, según una antigua sabiduría china retomada por Ezra Pound, en el proceso de rectificar los nombres, enderezar el sentido de los vocablos y restituir la pureza de su sonido originario a las palabras de la tribu, para evocar otra consigna, la de Stéphane Mallarmé. La poesía es flor y canto, lluvia de flores para el corazón, dicen los antiguos Cantares náhuas. La poesía es antes que nada música, dice Paul Verlaine en una de sus Chansons, “y lo demás es literatura”, o como diría Monterroso, haciendo juego con Shakespeare: lo demás es silencio.

El poeta viene del silencio elemental y pasa por la vida, la escritura y la historia antes de llegar a ese segundo silencio, que es como el que queda vibrando en la sala cuando el violinista termina de tocar y todavía no estallan los aplausos o como ese silencio, inasible e insondable que, en forma de blanco, separa un poema del otro o como ese otro silencio de los enamorados que se quedan inmóviles y al acecho del relámpago suspendido suspenso entre abrazo y abrazo, entre beso y beso. Pero el poeta no sólo está en su propio cuerpo y en el del otro o la otra. La poesía, como quiere Octavio Paz en El arco y la lira: “…es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos, alimento maldito”. No sólo es una forma y un arte de vivir, es también una forma de convivir y de estar en la ciudad a través del lenguaje, a través del uso cuidadoso, meticuloso, crítico del idioma. De ahí que un poeta, entonces, no pueda entregarse al placer de la cháchara, al ludibrio del bla-bla irresponsable, al automatismo sonámbulo y mecánico del que dice sin decir, lee sin leer y escribe sin escribir, tan en boga en el clima demótico que ya se va haciendo estación de nuestra edad mecanizada y virtual.

De ahí entonces el valor —en diversas acepciones de la palabra— de una obra como la de Eugenio Montejo. Obra compleja y a la par transparente, sencilla y redonda como una fruta pero henchida y embebida de juegos imprevistos y zumos inéditos, articulada desde la perspectiva o la actitud implícita en los diversos géneros de su ceremonial oficio. Porque éste es uno de los misterios felices de la enseñanza que es lección de Eugenio Montejo: su gobernada versatilidad, su ondulante transvase o injerto de poema en poema, de prosa ajena en himno propio, de ensayo en estudioso diagnóstico de las artes plásticas —como en sus luminosas aproximaciones al pintor y escultor Alirio Palacios—, y de vuelta a la canción, al aforismo, a la sentencia proferida por un maestro imaginario. Aquí tocamos una de las claves de esa apasionada y discretamente vehemente “defensa de la poesía” (Schelley), que es uno de los baluartes de este caballero andante de las letras que es Eugenio Montejo, el poeta venezolano que es como pariente fonético y acaso poético y rítmico, del italiano Eugenio Montale con quien, por cierto, tiene algunos huesos de sepia en común.

Dije: “…la sentencia proferida por un maestro imaginario…” Pues, a reserva de ir descubriendo y reconociendo a cada uno de sus maestros en las letras y en la vida —y se me ocurre mencionar a tres: Juan Sánchez Peláez, José Bianco, Alejandro Rossi—, la obra poética y crítica de Eugenio Montejo parece haber sido compuesta como un diálogo real con un maestro imaginario, quien es a su vez discípulo de un inalcanzable maestro interior al que nada se le escapa.

En esas tensas partidas, entre el uno y el otro; entre Montejo-Montejo y Blas Coll y su cohorte de pensadores y mustios mitógrafos, no sólo se ajusta y condensa una peculiar evolución de las estructuras líricas elocuentes sino que se despliegan, siempre desde el foro de la página, otras lecciones a veces críticas y a veces plásticas.

El diálogo con el maestro imaginario tiene en la voz, casi diríase en la garganta, del poeta un efecto polinizador que lo lleva a decir y deslindar ésa su pasión por el conocimiento y en especial por el conocimiento poético. Eugenio Montejo ha venido creando a lo largo y a lo ancho de numerosos libros un estilo y algo más: un hábitat, un territorio imaginario, una inconfundible esfera mental y anímica, en la cual, como en un microcosmos, se reproducen y amplían otras esferas de la sensibilidad y del conocimiento. Esas son algunas de las razones que lo han hecho merecer esta toga invisible y honrada. ¡Felicidades y honores al doctor en Letras Humanas y divinas! ¡Gloria al doctor demiúrgico: Eugenio Montejo!

¡Gratitud para esta insigne Universidad que, con esta designación se deslinda de los nombres del instante!


Posted: April 11, 2012 at 7:09 pm

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