Essay
Sueños de cartón
COLUMN/COLUMNA

Sueños de cartón

Gisela Kozak

Camino un domingo cualquiera por el centro de la  Ciudad de México, en ruta hacia el Metro Allende, fascinada, como siempre, ante el espectáculo  de todos los contrastes que distinguen  a mi querido país de acogida, donde puede verse lo mejor y a veces, lo peor de América Latina. Disfruto de su esplendor, distinto al espectáculo apaciguante de otras urbes de belleza antigua, sean las europeas o la querida Buenos Aires. Acostumbrada a los contrastes brutales de mi país, lo que observo jamás me ha asustado, más bien me ha empujado siempre a recordar cuáles son las razones, las explicaciones detrás de la tragedia histórica que me une con lazos indisolubles a la gente de mi tierra.

Camino con mi compañera de vida tomadas del brazo, dejándonos llevar por el azar, la mejor manera de vivir de verdad una capital que sigue teniendo sus arrestos imperiales, heredera de Tenochtitlán y del Virreinato, pariente de las altivas  Nueva York, São Paulo, Buenos Aires y París. Vengo de una ciudad de menor tamaño que alguna vez fue promesa de modernidad  y ahora es fracaso absoluto; más verde que CDMX por don de la  naturaleza y no por decisión humana, un asentamiento humano orgulloso de una montaña y no de sus logros civilizatorios; olorosa a basura y a humo;  de sabor a derrame petrolero, maíz y masa de hojaldre; que suena a pájaros, cornetazos, sirenas y fiestas de borrachos con bocinas retumbantes. Duele como una llaga en la piel porque es la ciudad más importante de mi existencia.

El centro de Ciudad de México huele a combustible, a catacumbas, a mierda, a carne asada o guisada, a comal y a maíz;  sabe a chile en nogada;  la vista goza de su atractivo de capital mucho más sexi que bonita; la piel recibe un sol que reseca y se estremece con el viento frío del invierno;  el rugido suave de ciudad sísmica y enorme siempre resuena. Cada cuerpo porta su historia: la mujer de unos 80 años que ofrece un dulce con su mano de uñas ennegrecidas; el joven veinteañero con gorra que te invita a ver su mercancía, lentes de sol; la mujer de unos cuarenta años con ropa de marca que estaba en el concierto que acabamos de escuchar; la piel traslúcida de turistas vestidos como si estuvieran en Cancún; el aire levemente taimado de los vendedores de droga; los padres y madres que pasean a su descendencia vestidos con ropa de grandes almacenes, rozagantes, contentos; la gente de fe que lleva carteles alusivos a la Virgen de Guadalupe; los mendigos y mendigas, con carteles o sin carteles, de diferentes edades y géneros.

Cada cuerpo porta una historia conocida que conduce al olvido lento de la propia historia, agarrada con uñas y dientes al presente y al futuro con las armas del pasado ¿Cómo nos veremos Lynette y yo? ¿Una pareja lesbiana madura o dos señoras turisteando? ¿Nos confundimos con quién? ¿Con mexicanas, latinoamericanas, europeas, estadounidenses, presencias frecuentes en México? Mirar y ser mirado, entender y ser entendida, vincularse o no vincularse con transeúntes que no volveremos a recordar en su singularidad sino como parte de la coreografía de la que participamos. Danzantes entrenadas por la vida, nos movemos sin tropezarnos en la ciudad del vértigo horizontal, feliz descripción de Juan Villoro. Nos desplazamos a veces con lentitud, otras con rapidez, silenciosas o conversadoras, sonreídas o no.

La mirada por azar se detiene en una familia de padre, madre, dos niñas y un niño, cuyas edades podrían oscilar entre los 2 y los 14 años. No se es una niña a los catorce años digan lo que digan; ella es distinta, seria y reconcentrada, con certeza plenamente  consciente de lo que le está pasando a ella y a su gente, a diferencia de sus hermano y hermana menores, quienes comen despreocupadamente unas papas fritas provenientes de una tienda de comida rápida. La muchacha es distante, apartada discretamente de sus progenitores, un hombre alto,  quemado por el sol, y una mujer con un toque de miel en la piel, delgada sin ser flaca. Los ojos del padre están enrojecidos, como de niño que los abre mientras nada en la playa; la verdad es que parece falto de sueño. Visten ropa de grandes almacenes con un uso que indica dificultades materiales. Su acento al hablar canta lo conocido, la tierra de mi Lynette, a la que llamaron alguna vez la tierra del sol amada, riquísima, con un enorme lago que exuda petróleo y tristeza.

Están sentados en el breve espacio entre el mostrador de una tienda y la acera. Él exhibe un cartel de cartón de bordes irregulares que reza:

Somos una familia venezolana de paso por México hacia Estados Unidos. Por favor, ayúdennos.

Mi vuelta a la patria siempre es puro dolor.

 

Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak

 

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Posted: January 18, 2023 at 8:46 pm

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