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Días de encierro

Días de encierro

Lorea Canales

18 de marzo, 2020

Tercer o cuarto o quinto día de encierro. El viernes fue el último día que vimos amigos, aún podía hacer como si no pasara nada. Tuve suerte, o quizás lo opuesto a la suerte, el cuatro de marzo fui a New Brunswick en New Jersey a ver a Louis C.K. El auditorio de mil ochocientas personas estaba lleno. Todos preferían la comedia a la pandemia. Aunque era un público, como dicen los americanos, auto-seleccionado “self-selected”. Un grupo de personas dispuestas a perdonar a Louis C.K. de sus abusos, mal juicio o indiscreciones –como se le quiera clasificar a lo que hizo; quien no sepa de lo que hablo, ahí está Google, júzguelo como quiera. Dos personas sentadas a mi lado salieron del auditorio porque la “comedia” les pareció de mal gusto. Lo era, era de mal gusto, era ofensiva y provocadora, ese era el chiste. Para mí fue refrescante escuchar voces que se rehúsan a ser censuradas, que expresan lo que muchos piensan pero nadie dice. Adrienne Iappaluci, quien abrió para él, comentó en voz seria y recatada lo más indecible, nadie salía ileso de su sátira y su mordaz ironía.

Chistes que he recibido desde la pandemia: ¿Existe algo más poético que Trump derrotado por un virus chino llamado como una cerveza mexicana?

Este chiste lo recibí en inglés y lo escribió alguien tan monolingüe que asocia Corona con cerveza y no con ese sombrero de oro y diamantes que usan los monarcas.

La ironía. Caravaggio y su círculo romano en 1600 pensaban que la ironía era una fuerza real que existía en el mundo haciendo una especie de contrapeso a la realidad. La ironía no era sólo algo que ocurría de repente y del cual uno comenta “¡qué irónico!”. Como la famosa canción de Alanis Morrisette, la cual ni siquiera logra encontrar ejemplos realmente irónicos. Lluvia en el día de tu boda no es irónico, es simplemente azaroso.

Es difícil entender racionalmente la pandemia. En 2020 incluso la Iglesia católica ha suspendido las misas, pero menos en México con unos sacerdotes excepcionalmente retrógrados ¿O también esto es un epíteto? Una redundancia, los sacerdotes por definición son retrógrados, pero los de México aún más. Porque mientras en otros países han suspendido las misas en México todavía le piden a los feligreses congregarse. La Iglesia no ha culpado a Dios del virus. La iglesia ha reconocido que un virus es un virus que se esparce por contacto con la saliva y que es mejor evitar contactos. La iglesia esta vez ha aceptado a la ciencia.

El virus entonces no es maldición, no es mala pata, no es más que una mutación celular que tiene como propósito reproducirse como Dios manda.

Entiendo la teoría de frenar la curva y hacer todo lo posible para no colapsar los sistemas de salud que ya de por sí están frágiles. Pero mi mente no puede procesar los escenarios a los que nos enfrentamos. El viernes 13 había una fila que daba la vuelta a la manzana para entrar al Trader Joe’s cercano a mi casa. No hice la fila pensando que sería inútil, pues una vez que entrara a la tienda todo ya estaría agotado. Tengo alimentos en mi alacena y otros súperes cerca tenían comida en abundancia. He visto los videos en internet de los italianos y españoles filmándose desde casa aguantando el encierro. Pero nunca en toda mi vida he estado dos semanas en casa. Desde que Trump fue electo presidente me cuesta trabajo pensar que esa es la realidad, ver a los niños en detención, a las familias separadas. Me sucede algo similar al ver los videos de López Obrador y las sandeces que dice, parece una parodia, un mal chiste y no la realidad. Esto se ha exacerbado con el COVID-19. La distopía, la entropía nos ha alcanzado. La realidad está aquí.

23 de marzo, 2020

Empieza la segunda semana de encierro casero. Dicen en Twitter que no les interesa “tu diario de la cuarentena, tu novela del coronavirus, etc.” Que ya están hartos del tema. Mejor, sugieren, inventar algo nuevo.

Una de las últimas exposiciones que vi antes de recluirme fue la de Gerhard Richter en el Met Breuer. El título de la exposición es: Painting After All. Que se traduce algo así como: Pintar después de todo. Se dice que es quizás la última gran exposición en la vida de Richter quien tiene 88 años, y la última del Met Breuer que ahora —o al menos eso es lo que se planeaba antes— va a albergar la colección Frick, en lo que ese museo sea renovado.

Jason Farago, en su reseña para el New York Times dice que el pintor, a pesar de su estratosférico éxito en el mercado, se pregunta: “¿para qué realmente es el arte contemporáneo? ¿Puede hacer algo? ¿He logrado yo algo?” Y responde con la cita del compositor John Cage, aquel de los famosos cuatro minutos de silencio, que declara: “No tengo nada que decir y lo estoy diciendo”, pues igualmente aplica para Richter.

Las preguntas son válidas. ¿De qué sirve la pintura? Desde el Da Vinci multivisitado, que inspira a millones a acudir ante la emblemática sonrisa, hasta el dibujo de un niño o el garabato que hacemos al margen de un cuaderno. ¿De qué sirve el Quijote? Además de venta para pésimos escultores que llenan con Rocinante oficinas de abogados. ¿De qué sirve tu diario del encierro? Tu poema escrito sobre una servilleta en la barra de un bar que nadie leyó, ni leerá, pero por alguna razón no has tirado a la basura. ¿De qué sirven unos caballos pintados con carbón sobre la pared de una cueva hace miles de años?

La pregunta también puede ser: ¿qué esperamos de la funcionalidad? ¿Qué es lo verdaderamente valioso? Más allá de los chistes sobre la carencia del papel del baño, sabemos que esto cambia con las circunstancias. Se suele decir que el arte tiene lugar una vez que las necesidades básicas de agua y comida están cubiertas, lo cual todavía no es una realidad para muchas personas. Pero el arte tiene además otra funcionalidad, que es la de intentar explicar nuestra humanidad. Una humanidad —todas nuestras vidas— que son en cierta forma inútiles. Richter se pregunta de qué han servido los sesenta años que se ha dedicado a pintar. Richter es considerado un genio. Sus cuadros venden por decenas de millones de dólares, al menos ese es un valor determinado por algunos. Pero Richter tiene razón en preguntarse eso, él sabe que va a morir y sabe también que su arte fue inútil para amainar el sufrimiento humano. Su arte no logró convencer a nadie de hacer un mejor mundo o si sí, no convenció a los suficientes o a los poderosos. “No tengo nada que decir y lo estoy diciendo”. Mi diario de la cuarentena no sirve de nada. O como dijo José Alfredo: “La vida no vale nada”. Y sin embargo qué ganas le echamos para que valga algo mientras dure, darle belleza, significado y sentirnos un poquito acompañados.

 

LoreaLorea Canales es autora de Apenas Marta (Becoming Marta, 2011),  Los perros (The Dogs, 2013) y Mínimas despedidas (Dharma Books, 2019). Ha sido incluida en diversas antologías. Su Twitter es @loreac

 

 

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Posted: March 28, 2020 at 10:15 am

There are 2 comments for this article
  1. Oscar at 11:23 am

    Buen día, soy un mal lector o hay algo en tu opinión que no termina por convencerme, si un sacerdote “retrògrada” (yo también creo que lo son), invita a los creyentes a misa en plena cuarentena por COVID-19, es según tu jugar a una especie de ruleta rusa, pero tú asistes a un teatro de 1800 personas a escuchar las ironías de un comediante, me puedes explicar quién está expuesto a contraer el virus, el que escucha la sátira o el que escucha el sermón?, El virus es selectivo?

    • Lorea Canales at 8:33 am

      Tienes toda la razón. El virus no distingue. La diferencia supongo está en el libre albedrío, en quien toma la decisión. También los eventos sucedieron en fechas distintas, el 4 de marzo, era muy al inicio del virus. En que en uno nosotros decidimos arriesgar, y en que el otro, una “autoridad” te indica que acudas. Pero el virus es virus y sólo le interesa propagarse. No logro entender cómo pensar de todo esto, por eso intento escribirlo, y si no te suena nada lógico es porque no lo es. Mi lógica está descompuesta. Saludos y gracias por la lectura.

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