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Genocidio en Canadá *

Genocidio en Canadá *

Martha Bátiz

Como miles de inmigrantes al Canadá, mi esposo y yo elegimos probar suerte en este país porque nos ofrecía lo que estábamos buscando: la posibilidad de afincarnos en un lugar donde pudiéramos crecer profesionalmente y criar a nuestros hijos rodeados de seguridad y estabilidad sociales. Las demás bondades las descubrimos más tarde: la escuela pública gratuita que brinda una educación de excelencia, un sistema de salud pública de primer nivel (aunque habrá quien tenga una experiencia u opinión distintas, a nosotros nos ha ido muy bien en este rubro), las mieles del multiculturalismo que invitan a formar parte del mosaico étnico, lingüístico y cultural que construye los paisajes urbanos canadienses y que, en términos prácticos y positivos, se puede resumir en conocer a gente de todo el mundo, de todas las religiones y razas, cuyo punto en común es haber elegido cobijarse bajo la bandera con la hoja de maple (o arce, para decirlo correctamente) a fin de vivir en una eterna dualidad. Somos las comunidades de origen e identidad compuestos: italo-canadienses, franco-canadienses, latino-canadieses y un sinfín de etcéteras tan variado como el mapamundi mismo. Todos construyendo una nueva vida en este suelo pleno de oportunidades para quien tenga el temple de buscarlas y soportar el clima. Y aunque nunca falte quien se queje (porque ni cómo negarlo: el frío cala, la vida es cara y, al igual que en todas partes, el racismo existe), la mayoría de quienes emigramos a esta región a la que pertenece el Polo Norte nos sentimos agradecidos. Agradecidos de vivir en un país donde las cosas, en general, funcionan, y la vida marcha sin mayores contratiempos. Por eso, el 1o de julio, Día de Canadá, nos reunimos a disfrutar del calor del verano, nos vestimos de rojo y blanco y disfrutamos de los fuegos artificiales para celebrar el cumpleaños de nuestro país de acogida. Del jovencísimo país al que le ofrendamos lo más sagrado: nuestros hijos, y la energía de nuestros más productivos años laborales.

Pero este julio es diferente. Este julio, para muchos de nosotros, tanto inmigrantes como canadienses nacidos aquí, el Día de Canadá va a tener un sabor amargo. Ha salido a la luz lo que hasta ahora había sido un secreto a voces. El pasado oscuro y criminal de esta tierra luminosa que tan distinta creíamos a las otras, con sus regímenes totalitarios, dictaduras asesinas, violaciones cotidianas a los derechos humanos. No hay países perfectos, por supuesto, y si hay un común denominador a lo largo de la historia de la civilización, es la violencia. Nulo consuelo resulta ante el “descubrimiento” de aquella que fuera perpetrada sistemáticamente, por parte del gobierno y de diversas instituciones religiosas (en especial la Iglesia Católica, aunque también participaron otras), en contra de las comunidades indígenas canadienses, de los pueblos originarios de estas latitudes y, en particular, de sus niños. Digo “descubrimiento” porque, por supuesto, las víctimas y sus familiares, sus comunidades, han estado siempre al tanto de las atrocidades que recién ahora salen a la luz en todos los medios masivos de comunicación. Pero la sociedad canadiense, esa que vive lejos de las reservaciones y se ha jactado de ser pacífica, incluyente, multicultural, un ejemplo para el mundo, no estaba al tanto. O no había querido estarlo, porque la evidencia se ha encontrado ahí durante décadas, a la vista de quien quisiera mirarla. Y ahora, pasmados, estamos mirándola todos. Testigos tardíos del horror.

En Canadá, se suele empezar cualquier evento público dirigiendo unas palabras para hacerle un reconocimiento a la tierra y a los pueblos originarios que la habitaban antes de que llegaran los colonizadores europeos. Es una manera de agradecer estar en este territorio, antes resguardado por ellos y ahora por todos nosotros también. A mí siempre me parecía ejemplar esa forma de abrir cualquier congregación. Ahora no. A la luz de los hechos recientes, me parece un acto simbólico vacío, un ornamento sin sustancia. Porque resulta que desde su nacimiento, el gobierno de Canadá ha estado en campaña de aniquilación de sus pueblos indígenas. Así como Hitler quiso deshacerse del “problema judío”, aquí por generaciones buscaron deshacerse del “problema indígena”, y lo hicieron atacando y destruyendo a sus eslabones más vulnerables: los niños.

¿Cómo empezó la pesadilla? En el siglo XIX, el gobierno canadiense decidió que se haría responsable de la educación de los pueblos aborígenes del país, los cuales se dividen en tres grupos: First Nations, Métis e Inuit. Considerándolos salvajes, decidieron imponerles el inglés o el francés como lengua principal, así como reglas de comportamiento occidentales. La idea era que esos niños, cuya identidad sería suplida por una “de hombre blanco”, les pasarían esos nuevos y civilizados “conocimientos y tradiciones” a sus hijos, de tal suerte que al cabo de algunas generaciones, la forma de vida, la lengua y las tradiciones indígenas quedaran en el olvido. Abolidas. Aniquiladas.

El gobierno desarrolló una política que llamó de “asimilación agresiva”, la cual se impartiría en escuelas fundadas y sostenidas económicamente por ellos, pero que manejarían varias Iglesias: la Católica, la Presbiteriana, la Anglicana, la Unida. Les pusieron “escuelas residenciales” porque eran internados en los que “moldearían” a los niños para insertarse en la sociedad blanca y anglófona o francófona dominante. La asistencia era obligatoria. Agentes gubernamentales se encargaron de ir a las comunidades para arrancar a los niños de los brazos de sus padres —niños de tres años en adelante— y entregárselos a monjas y curas y pastores que dedicaron su vida entera a torturarlos, golpearlos, abusar de ellos física, mental y sexualmente, e incluso asesinarlos.

Los padres muchas veces no sabían a dónde se llevaban a sus hijos ni por qué. Muchos no hablaban inglés ni francés, entonces no eran capaces de comunicarse con quienes venían a secuestrar a sus pequeños. Cuando los niños volvían, típicamente para el verano o la Navidad —aunque solo si los padres contaban con los medios económicos para ir a recogerlos a la “escuela” en el día y hora estipulados por el sacerdote en turno, bajo amenaza de que cualquier retraso derivaría en una prohibición para tener el “privilegio” de pasar la siguiente temporada con sus hijos—, les era imposible comunicarse. Ya hablaban una lengua distinta. Ya los traumas empezaban a hacer mella dentro de sí. Ya la separación empezaba a lograr el efecto deseado por gobernantes y religiosos: la ruptura del vínculo familiar. El cercenamiento de la identidad.

¿Cuántas “escuelas residenciales” hubo? Al principio, alrededor de mil cien niños asistieron a 69 escuelas en todo el país (con la excepción de las provincias de Newfoundland, Prince Edward Island y New Brunswick). En 1931, año cúspide del sistema residencial, hubo 80 escuelas en operación simultáneamente. En total, más de 130 campos de concentración disfrazados de internados para niños estuvieron en funcionamiento a partir de 1831. La fecha de cierre es estremecedora: 1996. Eso no fue hace cien años, no fue en otra vida ni otra época. Fue hace apenas un par de décadas. Ciento cincuenta mil niños fueron arrancados de sus hogares y comunidades y obligados a vivir en el infierno.

¿Por qué infierno? Porque al llegar, muy al estilo también adoptado por los nazis, a los niños los obligaban a desnudarse y bañarse para quitarse la “suciedad” asociada con su origen. Luego, les cortaban el pelo. Muchos sobrevivientes hablan del trauma que fue la amputación de sus cabelleras. Eso, sin embargo, fue apenas el principio de lo que para el 40% al 60% de ellos fue el final: dormir hacinados en habitaciones enormes con poca ventilación (al médico que puso una queja oficial ante el gobierno por las condiciones insalubres en que vivían los menores, por ser caldo de cultivo extraordinario para la transmisión de la tuberculosis, lo despidieron), recibir golpes si hablaban en su lengua nativa o se orinaban en la cama (recordemos que los más pequeños tenían tan solo tres años), comer comida podrida (y comerse su propio vómito si les ganaba el asco o se enfermaban), desarrollar artritis en las rodillas por pasar tanto tiempo hincados rezando, ser víctimas de experimentos nutricionales (“¿Cuál es el mínimo de calorías con que puede sobrevivir un aborigen? A ver, matemos de hambre a estos para ver cuánto duran”), ser torturados incluso en sillas eléctricas (hay testimonios de cómo los curas se reían de los niños que, al levantarse tras las descargas, caminaban “como borrachos” y se desvanecían [qué gracioso debe haber sido, ¿verdad?]), y por supuesto, la cereza del pastel: ser violados sexualmente por sacerdotes (no cerremos los ojos, imaginemos el pene de aquellos adultos en sotana, que predicaban la Palabra de Dios, penetrando cuerpecitos de apenas algunos añitos de edad). Y después de todo esto, morir solos y aterrados y con mucho dolor (hay testimonios de niñas que vieron morir a sus compañeras de habitación a causa de la tuberculosis, desangrándose por la boca, ahogándose en su propia sangre. O morir de frío porque las castigaban durmiendo en la terraza en pleno invierno).

¿Y luego? Bueno, a los niños muertos (pronunciemos estas palabras en voz alta para entender la gravedad, la magnitud del horror de lo que se está diciendo aquí: NIÑOS MUERTOS, asesinados por los adultos encargados de cuidarlos), los enterraban como a animales en el campo alrededor de la escuela. No se marcaron las tumbas más que con cruces de madera, a veces, que el tiempo destruyó pronto. Ante el número de escuelas y “estudiantes”, se desconoce qué tan completos son los registros que las congregaciones llevaban, aunque al parecer no documentaban todos los decesos ni se sabe quién quedó enterrado dónde ni cómo ni de qué murió. A los padres de los niños nadie les avisó de su muerte. Ni siquiera a los hermanitos, que a veces estaban en la misma escuela, les decían nada. Un día, simplemente, el niño o la niña ya no estaba más ahí, había desaparecido, y ay de aquel que hiciera preguntas. Leí hoy el testimonio de una sobreviviente cuya abuela perdió así a su hermana. La buscó por años, pensando que podría encontrarla, que se había escapado o la habían transferido a otro lugar. No. Estaba muerta desde niña, enterrada en una tumba sin identificación. En una de las miles que hay alrededor de esas escuelas y que ahora se están empezando a ubicar y a exhumar.

En la escuela residencial de Cowessess, en la provincia de Saskatchewan, hasta el momento de escribir estas líneas se han encontrado los restos de 751 niños (de tres años de edad en adelante). Un par de días antes, en lo que era otra escuela en la provincia de Columbia Británica, dieron con los restos de 215 pequeños. Hagamos cuentas: en tan solo dos “escuelas” asesinaron o dejaron morir a 966 niños. Cada uno tenía una familia, un nombre, una historia, una identidad y el derecho a vivir. No son números. ¿Cuántos cuerpos más se van a encontrar tras revisar los terrenos circundantes a las 128 “escuelas” que faltan? Si esto no es un genocidio, no sé qué es. Sin embargo, el gobierno canadiense y las entidades religiosas responsables se han negado a usar esa palabra. Han dicho que es una “tragedia”. Un “error”. ¿Un “error” el aniquilamiento sistemático de niños? El eufemismo ofende tanto como el crimen.

Aunada a la pandemia, Justin Trudeau tiene en sus manos esta bomba de largo aliento y alcance que apenas acaba de empezar a estallar. La luna de miel con la población ha terminado y, aunque muchos lo seguimos prefiriendo sobre la opción conservadora, que amenaza con traer los vicios del partido Republicano a la política canadiense, el tema ha hecho que a muchos nos hierva la sangre. Resulta que este país al que creíamos inmaculado, casi perfecto, no solo tiene un esqueleto en el closet, sino potencialmente cientos de miles, y prácticamente ninguno logró alcanzar la estatura adulta.

Las consecuencias funestas de tantos años de crímenes sostenidos contra las comunidades indígenas son evidentes. A causa del abuso físico y emocional, los sobrevivientes ni siquiera sabían lo que era una vida familiar normal, porque no la tuvieron nunca. La mayoría estuvo fuera de su casa mínimo diez meses del año durante su formación (o debería decir deformación, porque encima no les enseñaron nada de lo que un niño debe aprender en la escuela, por lo cual al crecer no pudieron encontrar empleos para sobrevivir ni ocupaciones que les permitieran insertarse en la sociedad). Toda la correspondencia “escolar” con los padres se llevaba a cabo en inglés o francés, lenguas que muchos de ellos no hablaban y menos leían. Hermanos y hermanas vivieron separados porque se segregaba a los “estudiantes” por género. Al volver a sus reservaciones, estos niños sentían que no encajaban más allí. No podían ayudarles a sus padres, no sabían manejarse en su entorno ni cazar, e incluso olvidaron su lengua materna. Y además, se sentían avergonzados de su color de piel y de su origen. La “asimilación” devino en devastación absoluta para los sobrevivientes y sus seres allegados.

Fue apenas en 1990 cuando el líder de la Asociación de Jefes de Manitoba exigió a las diversas iglesias involucradas en el manejo de las escuelas residenciales que reconocieran los abusos físicos, emocionales y sexuales que, durante décadas, sufrieron los niños a su cargo. Aquel proceso burocrático culminó en 1996, cuando se recomendó hacer una investigación pública e independiente de las escuelas residenciales. Esta recomendación simplemente no se siguió nunca. La archivaron. La historia oficial continuó exaltando la labor educativa realizada en las escuelas residenciales y el papel positivo del gobierno y las Iglesias para “civilizar” a los niños indígenas del país. Los clamores de los sobrevivientes y de sus seres cercanos siguieron sin ser escuchados por la mayoría de la población canadiense. 

Gracias a la presión ejercida por los líderes de los grupos afectados, sin embargo, el gobierno federal se vio obligado a diseñar algún plan para compensar a los antiguos “estudiantes”. En 2007, dos años después de hacer el anuncio, el gobierno formalizó un paquete de compensación de 1.9 billones de dólares para aquellas personas que fueron obligadas a asistir una escuela residencial. Eran elegibles para recibir diez mil dólares por el primer año de asistencia, y tres mil por cada año posterior. En septiembre de 2013 ya se habían pagado 1.6 billones de dólares correspondientes a 105,548 casos. Aceptar este dinero obligaba a desligar al gobierno y a las iglesias de cualquier otro daño derivado de la estancia escolar, exceptuando a aquellos casos donde hubo un abuso físico considerado serio o grave, o abuso sexual. Se estableció la llamada Truth and Reconciliation Commission para examinar el legado del sistema residencial y llegar a algún acuerdo entre el gobierno y las víctimas. El Primer Ministro Stephen Harper ofreció una disculpa oficial en junio de 2008.

En cuanto a las instancias religiosas, los anglicanos ofrecieron una disculpa en 1993. Un año más tarde, siguieron los líderes la Iglesia Prebiteriana. La Iglesia Unida se disculpó dos veces, primero en 1986 y luego en 1998. Sin embargo, a pesar de que la Iglesia Católica tuvo a su cargo tres cuartas partes de las escuelas residenciales, fueron los últimos en tocar el tema y reconocer el abuso. Ante una delegación de miembros de las Primeras Naciones del Canadá que viajó al Vaticano, el Papa Benedicto manifestó su “tristeza” por el tratamiento “deplorable” que los estudiantes indígenas sufrieron a manos de sacerdotes y monjas católicos. Nada más.

En vista de los acontecimientos recientes, el Primer Ministro Justin Trudeau dijo el 25 de junio de este año que la Iglesia Católica debe asumir su responsabilidad, y le ha pedido al Papa Francisco que venga a suelo canadiense a ofrecer una disculpa. Hasta ahora el Papa, en vez de pedir perdón, se ha limitado a decir que lamenta mucho lo ocurrido (y yo me pregunto si lo que lamenta es lo que les hicieron a los niños o que la institución homofóbica y misógina que encabeza se encuentre nuevamente en el ojo del huracán por crímenes sexuales y muertes de miles de menores de edad).   

El gobierno de Trudeau se ha comprometido a aportar los recursos necesarios para revisar los terrenos que circundan a cada uno de estos campos de concentración y de muerte disfrazados de escuelas, para ubicar los sitios en que se encuentran enterrados el resto de los niños. Entretanto, los ánimos están que arden, literalmente. En tierras indígenas ubicadas en la provincia de Columbia Británica, cuatro iglesias relacionadas con escuelas residenciales han sido incendiadas en días recientes. Otra fue vandalizada: en su portón pintaron huellas de manos con pintura roja, simulando sangre, y las palabras “WE WERE CHILDREN” (“ÉRAMOS NIÑOS”). Owen Keenan, un sacerdote que oficiaba en la parroquia Merciful Redeemer de la ciudad de Mississauga, en la zona conurbada de Toronto, tuvo que renunciar tras atreverse a criticar, en su sermón, que la gente solo hablara de “las cosas malas” que se hicieron en las escuelas residenciales, y que nadie agradeciera el “enorme bien” que se hizo en ellas. Las disculpas posteriores, ofrecidas por él mismo y por la diócesis, no pudieron detener el maremoto de indignación que causó esta inmensa muestra de insensibilidad. De indecencia humana.

A raíz de todo esto, caí en cuenta que hace un par de años conocí a alguien que sobrevivió una larga estancia en una de ellas. Al preguntarle a la amiga en común que tenemos por su historia, me dijo lo siguiente: a esta víctima, cuyo nombre no voy a mencionar, después de violarlo sexualmente, uno de los curas de su escuela lo golpeó tanto que pensó que estaba muerto. Procedió, entonces, a enterrarlo en el jardín, como está visto era común entonces. Algún milagro distrajo al cura el tiempo suficiente para que aquel niño que, en realidad, estaba fingiéndose muerto, pudiera salir de la tumba donde lo habían empezado a enterrar vivo, y escapar. Sobra decir que, tras esta experiencia, vinieron años de alcoholismo, de homelessness, de incapacidad para relacionarse, de ganas de morir. Se me hizo un nudo en la garganta. Cómo puede uno encontrarse con gente que ha vivido estas pesadillas y no enterarse; no saberlo. Toda proporción guardada, me imagino que tal vez así se debe haber sentido la gente cuando se descubrieron los horrores del Holocausto. Todavía cuesta tanto imaginar que esos horrores han sido posibles y tan recientes, tan a la vista de quien quisiera ver y, al mismo tiempo, tan ocultos. Cuesta asimilar que quien los vivió camina entre nosotros. Por eso no podemos quedarnos con los brazos cruzados.

Para quienes vivimos en Canadá, la ruta está clara: exigirle al gobierno que se haga responsable de verdad, que pague las pensiones acordadas en su totalidad (actualmente el gobierno de Trudeau está llevando a cabo un litigio ante la corte para no pagar lo que se está exigiendo, lo cual es inaceptable y escandaloso), y que mejore las condiciones de vida en las reservaciones en que todavía viven marginadas las comunidades indígenas canadienses. ¿Cómo es posible que en el país que tiene la mayor cantidad de agua dulce del mundo haya poblaciones que no tienen agua potable? Es una vergüenza. No podemos quitar el dedo del renglón: eso tiene que cambiar.

Para los católicos, es urgente contactar a las autoridades eclesiásticas y exigir que se disculpen y hagan reparaciones. Mandar mensajes y dejar un registro por escrito, además de no dar ninguna limosna ni contribución económica a los templos, es una buena forma de ejercer presión. Yo, por mi parte, entre las atrocidades que han cometido contra los niños no solo en Canadá sino en todo el mundo los sacerdotes pederastas, aunado a los intentos de los obispos estadounidenses por excomulgar al Presidente Joe Biden por su apoyo al aborto (¿en serio, habiendo tantos problemas no solo en el mundo sino en Estados Unidos, esto es lo que les importa más?), y la homofobia y misoginia que son pilares del catolicismo, no quiero saber nada de hombres ensotanados. Pero eso es un tema personal. A nivel global, estas barbas del vecino canadiense que, en este momento, están ardiendo en llamas, deberían ser un llamado para que las naciones del mundo —y en especial las latinoamericanas— hagan una revisión de su propio racismo, y de su propio historial de maltrato a las comunidades indígenas. Es urgente enmedar el camino. Es nuestra responsabilidad exigir que se haga justicia para estos pueblos tradicionalmente oprimidos, olvidados, sumidos en la pobreza.

Por todo esto, es probable que Canadá no esté de fiesta este primero de julio. De hecho, algunas ciudades, como Fredericton, la capital de la provincia de Newfoundland, han cancelado las celebraciones que tenían previstas. Es probable que otras muchas sigan su ejemplo. Algunos jefes de los diversos grupos indígenas en las zonas rurales donde la gente de la ciudad tiene sus cabañas de verano, han pedido que no se celebre con fuegos artificiales en señal de respeto al momento traumático que están viviendo. Empieza un proceso de reflexión, de autoanálisis como nación. Faltan muchas fosas por exhumar, cientos de restitos humanos por identificar y devolver a casa. La tarea va a tardar años y a reinfectar miles de heridas antes de que sane alguna.

Mi única esperanza es que, al final del camino doloroso que nos espera, este país pague su deuda con las víctimas. Y que podamos construir una nación que nos cobije a todos sus habitantes con la conciencia de los horrores del pasado, sí, pero también con confianza ante las promesas del futuro. A final de cuentas la tierra no tiene la culpa, y ésta de aquí, en la que tantos inmigrantes hemos anidado por elección propia, tan cerca del Polo Norte, es hermosa y noble. Es imperativo disculparse y enmendar las injusticias cometidas contra sus primeros habitantes. Es imperativo enfrentar el legado funesto de la colonización y encontrar un nuevo rumbo hacia el cual dirigir al país. Acaso así podamos labrarle al Canadá una segunda oportunidad para probar su grandeza. Acaso así podamos conseguir que las generaciones que nos sucedan sean mejores que nosotros. 

 

*La información y datos precisos que menciono a lo largo de este artículo los obtuve de diversos registros de noticias de la CBC (Canadian Broadcasting Corporation), así como de artículos del periódico Toronto Star

 

Martha Bátiz es escritora.  Ha ganado varios premios internacionales, entre ellos el Miguel de Unamuno de Salamanca, España, por su cuento La primera taza de café. Su primera colección de cuentos se titula A todos los voy a matar (Ed. Castillo, 2000); ha publicado la novela Boca de lobo, premiada en el certamen internacional Casa de Teatro de Santo Domingo y publicada bajo el sello de León Jimenes. Posteriormente fue publicada por el Instituto Mexiquense de Cultura (2008) junto con una versión al inglés bajo el sello de Exile Editions (2009). Martha es doctora el literatura latinoamericana, traductora profesional y fundadora del programa de escritura creativa en español que se ofrece en la Universidad de Toronto. Su Twitter @mbatiz

 

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Posted: June 27, 2021 at 12:38 pm

There are 4 comments for this article
  1. Shaudin Melgar-Foraster at 5:08 pm

    Gracias por tu artículo, Martha. Muy bien explicado.
    Quisiera añadir que hay que recordar el Indian Act, que pasó a ser ley en 1876, como herramienta imprescindible de colonización i que fue el gran promotor de las escuelas residenciales e hizo que fuera obligatorio asistir a ellas. Era lo mejor que tenían para terminar con los tratados: indígenas de las primeras naciones asimilados hasta el punto de que no se podrían llamar más indios según la ley; con ello, se liquidaban los tratados y se solucionaba el llamado “problema indio” de una vez por todas.
    El Indian Act, con unos pocos retoques, todavía es vigente.
    A mi no me sorprendieron las noticias de estos días. Me he pasado la vida leyendo sobre las culturas indígenas de Norteamérica y sobre la colonización, ya mucho antes de venir al Canadá donde, además, he tenido buenos amigos de las primeras naciones de quienes aprendí mucho también. Nada nuevo para mí, pues, los “descubrimientos” recientes. Pero siempre me ha sorprendido el poco conocimiento que tienen sobre este tema la mayoría de los canadienses, de varias generaciones o de ninguna, y las pocas ganas de enterarse cuando he abordado el tema. Parece que a todos les molesta pensar en los indígenas canadienses, como si fueran un estorbo.
    Lo que mencionas de los eventos públicos, cuando se hace un reconocimiento a los pueblos originarios, siempre me ha parecido de una gran hipocresía. Nuestra universidad, Martha, siempre está con este tipo de cosas, y me parece tan vacío, tan superficial. Muy triste todo.

  2. Maribel Acevedo Virgen at 11:08 am

    Me parece que los antecedentes aquí señalados tienen fundamentos históricos, lo que yo en lo personal no entiendo, es; primero, que diferencia hay de estos niños recientemente descubiertos, con los bebés abortados, la permisividad aqui en este país Canadiense actualmente es alta, y a nivel mundial. Según la OMS señala que año con año son 25 millones de abortos. Y a esto no se le llama genosidio? Por qué no resolver esto primero por que son de hoy y del futuro, lo pasado ya pasó, y no estoy menospreciando lo ocurrido, lo digo claramente.

    • Martha Batiz at 8:42 pm

      Con todo respeto, doña Maribel, me parece que usted está mezclando la gimnasia con la magnesia. Este texto no tiene nada que ver con el aborto. Habla de la muerte de potencialmente miles de niños ya nacidos, con identidad y nombre, que fueron deseados y queridos por sus madres y familiares, y que fueron secuestrados para encerrarlos en estas escuelas donde tanto sufrieron. ¿Qué diferencia hay entre estos niños y las víctimas del aborto? Pues eso: que estos ya eran niños, de tres años en adelante, mientras que las víctimas del aborto son fetos. Y la verdad, es una bajeza agarrarse de esta tragedia para enarbolar la bandera provida. En Canadá el aborto es legal porque se reconoce el derecho de la mujer a decidir, y la maternidad, con todas sus bondades, es una tarea muy dura como para ejercerla bajo coerción. Si quiere hacer comparaciones, hágalas entre la coerción ejercida por el gobierno para desmembrar familias aborígenes y la coerción de quienes quieren imponerles sus decisiones y valores a las mujeres para que Sean madres aunque no quieran, por una moral religiosa que, ya vimos, tiene un lado muy oscuro. Por eso hay que dar buena educación sexual a niños y adolescentes, para que no se embaracen por ignorancia. Pero eso, de nuevo, nada tiene que ver con el tema que ocupa a este artículo. Y para mejorar el futuro creo que además de lo que ya mencioné en mi escrito, hay que combatir el racismo, el odio a los demás por su color de piel o creencias y, sobre todo, las ganas de juzgar a las mujeres por lo que hagan con su cuerpo, su sexualidad y su vida. Por fortuna, Canadá es un país que en este sentido tiene las prioridades muy claras. Ahora hace falta que dé prioridad a las comunidades indígenas, que es lo que en este momento urge.

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