Essay
Desaparecer
COLUMN/COLUMNA

Desaparecer

Alfredo Núñez Lanz

Dijo que estudiaría un posgrado en Canadá, esto fue allá por el 2012, poco después de que nos peleáramos. En algún momento nuestro sarcasmo se volvió demasiado ácido y corroyó la amistad. Nos saludábamos, pero ya había una fría distancia entre los dos, finalmente era el mejor amigo de mi ex y luego del divorcio tomó partido y quedó de aquel lado, como era natural.

Los años de estudio pasaron y él seguía en el norte. Tenía noticias esporádicas suyas, lo suponía aprendiendo el francés de Montreal, congelándose en el invierno, llevando su humor corrosivo a nuevas fiestas, nuevos círculos. Tengo el vago recuerdo de haber recibido unos mensajes suyos con ánimo reconciliatorio. ¿Habrá sido una llamada telefónica? El tiempo fue enterrando, bajo capas de quehaceres cotidianos, su presencia. Hasta que desapareció. Él decidió borrar todo vínculo, familiar o amistoso, sin explicaciones. De Francisco sólo quedó un perfil en Facebook casi vacío que registra sus dos misteriosas y últimas publicaciones: un extrañísimo autorretrato en escorzo donde detrás suyo asoma una sombra humanoide –¿alienígena?– que parece custodiarlo u observarlo desde atrás; él exhibe una media sonrisa enigmática. La fotografía de portada es la de un ángel alado en luces de neón, de pechos muy generosos y brazos extendidos, que dice en inglés: you have had it way too easy –lo has tenido demasiado fácil–. Ambas fotografías quizás anticipan el fantasma en que Francisco se convirtió.

¿Has sabido algo de él? ¿Qué fue lo último que te dijo? ¿Qué llevaba puesto la ocasión en que lo viste? ¿Te dijo algo extraño? ¿Alguna vez habló de desaparecer? No, jamás. Las preguntas pasaron de amigo en amigo y se quedaron sin respuesta incluso para su acongojada familia. Francisco se esfumó dejando pocos rastros. Las dos imágenes que conserva su perfil en Facebook abren la puerta a las especulaciones; pero lo más revelador es el sobrenombre que decidió usar: Franz Supertramp, aludiendo a Chris McCandless, el famoso aventurero que en 1992 se internó en Alaska sin provisiones, con sólo una escopeta para cazar y un par de viejas botas de caucho que le regalara el último hombre que lo vio con vida. Desprovisto del equipo necesario para sobrevivir al hostil ambiente, McCandless registró en un cuaderno 113 días de vida en total soledad. Adoptando el alias «Alex Supertramp», poco antes de su fatídico viaje asumió una forma de vida austera, donó sus ahorros –cerca de 25,000 dólares– a Oxfam y comenzó su travesía primero por carretera. Cuando llegó a Alaska se empeñó en sobrevivir sin brújula ni experiencia como cazador y murió de inanición a causa de un probable envenenamiento a los veinticuatro años. Su cuerpo, que pesaba tan solo 30 kilos cuando fue encontrado, reposaba en su saco de dormir dentro de un autobús en ruinas, su último hogar al que denominó magic bus en el diario. La historia inspiró al periodista y explorador John Krakauer, quien investigó más y publicó Hacia rutas salvajes. Sean Penn adaptó el libro al cine en 2007 con enorme éxito.

Las irrefrenables ganas de explorar lo inhabitable como una dura prueba hacia sí mismo, la idealización de la naturaleza, la necesidad de vivir en soledad contemplativa, sin dinero, y una actitud que evadía cualquier vínculo de amistad sólido, incluso llegando al extremo del celibato –nunca habló de chicas ni se interesó por ellas, tampoco por los miembros de su mismo sexo– quizá tuvieron como basamento sus lecturas de las obras de Henry David Thoreau, Jack London, Nikolái Gógol y Tolstoi. Comoquiera que sea, la historia de McCandless sembró un enorme interés convirtiéndose en una especie de ídolo de aventureros e incluso la inspiración de numerosos suicidas. De hecho, luego del éxito de la película de Sean Penn que contribuiría a la leyenda, el «magic bus», donde murió McCandless/Supertramp, se consolidó como un lugar de peregrinación; alcanzó tal nivel de culto que en el 2021 lo retiraron para evitar las muchas operaciones de búsqueda y rescate relacionadas con turistas que deseaban seguir los mismos pasos.

Por desgracia, se habla mucho de la desaparición forzada, pero ¿qué hay de aquella que es voluntaria? La que provoca una permanente incógnita, esa que, sospecho, cava aún más hondo heredando sólo huecos de información, fantasía, dudas y añoranza a los amigos y familiares. Aquel que desaparece voluntariamente es más difícil encontrarlo; se cambia el nombre, borra sus huellas. Acabar con todo lleva implícito que todo te ha traicionado de alguna manera, es decir, los círculos que conforman tu entorno: la casa, el trabajo, los amigos, la familia, la rutina diaria han dejado de satisfacer, o de significar. Esa pérdida de sentido debe llegar luego de una enorme decepción.

Por otro lado, ¿quién no ha ansiado romper los esquemas y apostar por una vida simple, cultivando un huerto o yéndose a la playa a montar una palapa? Nuestro mundo no tiene mucho espacio para el placer, disfrutamos poco queriendo ganar mucho. La presión del negocio nos ahoga o el jefe tirano nos empuja a una rebelión. Volver a lo básico, a la felicidad menos artificiosa y dejar de ser prisioneros del sistema es atrayente en una sociedad que ejerce la esclavitud de nuevas y sofisticadas maneras.

El que desaparece por su propio pie es equivalente al suicida, provoca la misma polarización: unos ven la valentía implicada en semejante acto, otros encuentran injusticia, egoísmo y cobardía por el daño que causan a sus seres queridos. Desaparecer puede implicar un ataque no frontal. Retirarle la palabra a alguien es una forma terrible de castigo; tal y como lo dijo Miles Davis, «el silencio es el ruido más fuerte». Y si a eso sumamos el hecho de retirar el propio cuerpo, ocultarlo, es una forma cruel, incluso un menosprecio. Lo curioso es que todos ignoramos en qué no cumplimos con Francisco, qué le faltó obtener de nuestra parte, cuál fue el error o la ofensa. Y dejarnos entre tanta duda es quizá la mayor de las condenas. Otra de las peculiaridades de su caso es que su voz no se apagó de golpe, fue desvaneciéndose poco a poco, casi imperceptiblemente, de manera que aún algunos publican en su muro de Facebook y lo felicitan en su cumpleaños. Hay quienes ignoran que desapareció.

Francisco reveló un dato importante antes de comenzar a borrarse. En una boda cerca de Cholula, Puebla, durante su última visita a México en 2016 –al menos la última que los amigos tenemos registrada– contó que había sufrido un accidente en Costa Rica, en las montañas, ocasionándole múltiples fracturas en las costillas. Estuvo tan grave que fue trasladado hasta Nueva York para ser atendido. Dijo que había pasado mucho tiempo en el hospital recuperándose de aquellas heridas y les mostró a los amigos las cicatrices de sus cirugías. Quizás aquel accidente fue un momento de epifanía, pues declaró sentirse inconforme con su vida laboral. Trabajaba en el área de finanzas de una compañía minera canadiense –típica explotadora y expropiadora de los recursos del sur global– y quería renunciar para hacer algo distinto: un emprendimiento social, una suerte de red de intercambio de bienes y servicios, todo en beneficio de pequeñas comunidades. Pienso que él estaba inconforme con la sobreexplotación de los recursos naturales, quizá también harto de la frivolidad y el consumismo.

Encuentro peligrosa la idealización de la naturaleza, quizás esta actitud reciente ante el ineludible desastre ecológico oculta una misantropía que se traduce en miles de viajeros solitarios cortando las anclas año con año, aflojando las amarras e internándose en bosques o sitios inhóspitos en busca de una espiritualidad o de sí mismos. Esta actitud no es nueva, desde siempre han existido los impulsos ermitaños –pienso en Teresa de Ávila y, antes de ella, en Simeón el Estilita que sedujo a Buñuel–, pero ahora somos tantos los decepcionados con ganas de internarnos en lo salvaje, negando nuestra condición gregaria, que de manera absurda y paradójica poblamos sitios en la egoísta búsqueda del paraíso. Ahí está, como ejemplo, Tulum, que acaba de estrenar flamante aeropuerto antes que un hospital.

Los amigos adeptos a los thrillers ven aquí una novela de conspiración por parte de las nefastas mineras: imaginan a Francisco en un lío gordo, cambiándose el nombre con tal de seguir vivo. Algunos piensan que asumió una nueva identidad, de pronto se concibió como una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre y aquella transformación a emprender, su renacimiento, requería cortar con nosotros. La causa de haber decidido borrarse puede estar en una ruptura familiar, un viejo secreto sacado a la luz, como el caso de su ídolo, Alex Supertramp, quien descubrió que el padre tenía otros hijos y seguía legalmente casado con una mujer que no era su madre. La familia de Francisco no ha hecho pública su desaparición; hace cinco años se filtró entre los amigos la historia de que un investigador al fin lo había encontrado, pero Francisco no quería restablecer ningún vínculo y sus padres se vieron obligados a respetarlo. ¿Será cierto?

A veces me imagino a Francisco conviviendo con los alces y los osos en una remota comunidad canadiense; recolectando extrañas trufas silvestres para ganarse la vida, aunque la imagen contraste con la personalidad que yo le conocí. Mi amigo, como su admirado Alexander Supertramp, provenía de una familia acomodada y me es difícil concebirlo abandonando el camino de la administración financiera. Igual que Supertramp, no tuvo relaciones duraderas ni profundas con las mujeres, rechazó varias oportunidades de noviazgo; a una de ellas le habló con entusiasmo y admiración de las andanzas de Supertramp en las primeras citas. Lo veo lidereando una comunidad de pequeños empresarios, cosechando mariguana medicinal o piscando fresas en California. Me doy cuenta de que cuando pienso en él prefiero imaginarlo empecinado en forjar un yo ascético y virtuoso, obsesionado con encontrarse a sí mismo en la libertad más absoluta, de cara a lo salvaje y lejos de las convenciones sociales, volviéndose un desobediente civil. Incluso como miembro de una secta que espera la llegada de la nave nodriza. Le construyo un aura filosófica que antes nunca portó, justifico su decepción pues yo mismo he sentido esas ganas de abandonarlo todo, construir una cabaña lejos y desde ahí ver el mundo arder. Todo esto con tal de no pensarlo muerto.

 

*Foto de Wes Hicks en Unsplash

 

Alfredo Núñez Lanz. Cofundador de Textofilia Ediciones. Es autor de los libros Soy un dinosaurio (Conaculta, 2013), Veneno de abeja (Secretaría de Cultura, 2016) y El pacto de la hoguera (Ediciones Era, 2017). Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA 2014 y 2016. En 2018 obtuvo el “Premio nacional de narrativa histórica Ignacio Solares” para obra publicada por El pacto de la hoguera. Su Twiter es @NunezLanz

 

 

 

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Posted: December 18, 2023 at 10:48 am

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