Fiction
Fragmento del libro Waikikí

Fragmento del libro Waikikí

Ana García Bergua y Alfredo Núñez Lanz

5

 

Su anfitriona, toda sonrisas, entre centelleos de lentejuelas y con pasitos de danza, le indica que pase. Aquello lo confunde. En el mes que lleva trabajando en el Waikikí, nunca ha recibido la orden de entrar a ese santuario. Todos los regalos de los admiradores, como cartas, flores, e incluso los adornos, se dejan en la mesita de las patas de león, a un lado de la puerta. La Katmandú es muy selectiva con respecto a las visitas. Pocas personas están autorizadas a entrar en su camerino, que es el más grande. Además de don José y los tres caballeros que la visitan con frecuencia, a ese lugar solo entra y sale Márgara, la marimacha de perenne traje sastre, más fiel que su propia sombra. Escuchó el rumor de que es brava y la hace de secretaria. Le lleva los asuntos más diversos: la acompaña a las giras, cumple caprichos y a veces da un trago a las pócimas que ella misma prepara con hierbas y licores, para comprobar que estén en su punto, según.

Da dos pasos al frente, más que con respeto, sintiendo devoción. Pocas veces la ha visto tan de cerca, su pelo como ala de cuervo lo lleva suelto y le cubre parte del corpiño. Márgara sale del baño con dos pelucas en las manos y se acerca a Mario,
desafiante.

—Está bien, yo le dije que entrara, él me da confianza —aclara la diva mientras le ofrece a Mario una de sus tiernas sonrisas. Es de los pocos gestos de la Katmandú que él puede descifrar, pues la estrella oculta el misterio de su naturaleza. Es una voluble, dicen las tiples. Una loca trepada en un ladrillo, aseguran las ficheras. Pura envidia, piensa Mario, que ha llegado a detectarle la tristeza tan solo fijándose en sus zapatos, altos y estilizados, llenos de secretos.

—Corazón, abre la cajita de regalo por mí, que me acaban de hacer las uñas. Márgara, apúrate a peinar a la Leona, con ella voy a abrir hoy.

—Pero niña, mira cómo está, me voy a tardar en arreglarla, mejor ponte a la Tibetana.

—¿Tienen nombre? —se atreve a preguntar Mario.

La arrogancia abre paso a un gesto de travesura; Katmandú parpadea un poco y muy sonriente le presenta a sus «chicas», las pelucas:

—Aquí en el Waikikí solo bailo con tres: la Pagoda, la Tibetana y la Leona. Casi siempre cierro con la Leona, porque es toda una señora, mírala, qué porte. —Y de un movimiento brusco se la arrebata a Márgara para ponérsela.

—Niña, con cuidado —se queja la Márgara, condescendiente,
casi maternal.

—¿A poco no me veo como una reina?

—Sí, sí —dice Mario.

—Hoy quiero abrir con la Leona y no se diga más.

—Pero viene don Palomino Ferrer, que es todo un señor, la Leona es para dejarlos picados, mira nomás cómo te da personalidad, está planeada para el final del show.
La sonrisa se le desvanece de la cara a Katmandú. Esos dientes bien alineados, esas mejillas regordetas de cupido a medio volar, rechonchas y enrojecidas con rubor, se oscurecen.

—Llevas dos días insoportable, como si tú fueras la estrella.

Esta noche sale primero la Leona o Katmandú no sale, así de simple. Y la quiero bien peinada. Si en vez de opinar actuaras, ya estaría lista desde ayer. Y tú, no te quedes ahí, abre la cajita, te digo. Mario busca la navaja suiza de su pantalón, pues el obsequio
va muy bien amarrado con un moño de seda escarlata, difícil de desatar, es lo más rápido para satisfacer la curiosidad de su diva.

—Mira qué bonita, está vestida de azul —dice ella al constatar que Mario saca con mucho cuidado una muñequita china de porcelana del tamaño de su mano extendida. Él busca alguna tarjeta en el envoltorio. Nada.

—La trajo un niño —explica.

—Ponla sobre la mesa, debe ser otro regalo de Palomino, al rato le doy las gracias. Lo dejas pasar al final de la función, cuando Márgara te diga, y lo traes tú directamente, sin acompañantes.

Él asiente y hace un esfuerzo por recordar quién es ese señor. Son tantos los clientes de los sábados que se le hacen bolas, pero le preguntará a Chuy. Sale del camerino con sensación de derrota, pues está seguro de que la Katmandú no se acuerda de su nombre.

Y una vez más, él no se lo recordó. Quisiera que lo pronunciara, así como dice el del señor Palomino, con esa intención, la de buscarlo. La única forma es hacerse indispensable. Imagina que Márgara lo anuncia: Katy, allá afuera te busca el señor Mario Lucio Hernández, te trae un arreglo floral y una caja alargada, parece un collar. Sí, él le daría un collar de esmeraldas como el que vio en el Monte de Piedad, para sacarla a pasear. ¿Y a dónde llevaría a una mujer como ella?

—Ya me voy —se despide Consuelo, «la Petaquitas», sacándolo de su ensimismamiento—. Hoy agarré cama rápido, ai te encargo mis fichas, Marito, no seas malo, quién sabe dónde anda el Clavelito y se me va el cliente, no me puedo esperar a que me las cambie. Guárdalas bien, y acuérdate que son de la Petacas, mañana vengo.

No se ha atrevido a acercarse al famoso Clavelito que se encarga de las ficheras; aparte de los padrotes es el que mejor baila en la pista con su corbata azul y su clavel en la solapa, que a veces sale volando. Una responsabilidad más queda en los bolsillos de
Mario, quien verifica que sean las fichas de pasta roja y traigan la «W» original antes realzada; ahora apenas se nota con tanto uso y la poca luz. Ella le truena un beso doble por ser tan amable y se apura a salir de los camerinos. Decide ir de una vez a buscar
a Clavelito, no vayan a perderse las seis fichas y se gane un problema con las muchachas. Recorre la barra preguntando por el ayudante de don José a los garroteros que pican bloques de hielo para los vasos con ron, sube al mezzanine y sortea las charolas redondas llenas del elíxir de los parroquianos. Por fin lo encuentra, pero este lo regaña por no estar a las vivas y andar de favorcitos con las ficheras.

Es noche de impertinentes. Le toca detener riñas, sacar borrachos, pedirles taxis, acomodarlos en los asientos, dar la bienvenida a los grupos de turistas que van llegando, indicar dónde está el guardarropa, los servicios, quitarles las copas de las manos antes de que crucen la puerta y barrer los vasos que acaban estrellados en el suelo, lidiar con los árabes de la Lagunilla que llegan bien padrotes, insistiendo en pasar con todo y sus pistolas. Le toca recibir al licenciado Casas Alemán con su comitiva de lambiscones, pues se dice que va a ser el próximo presidente. Ojalá no se crucen con los afectos al general Henríquez, que luego traen la fusca escondida en la pantorrilla y según Chuy son los herederos legítimos de la Revolución. Unos y otros nunca quieren dejar en el guardarropa sus gabardinas largas que disimulan las abultadas cuarentaicinco y hay que explicarles, repetirles hasta el cansancio que si a alguno le da por menearse mucho en un boogie loco puede volarle la cabeza a su pareja de baile. Pero todos se creen muy Susanitos Peñafiel.

Reza porque este sábado no le vomiten los pies como el anterior. No está seguro de que sus zapatos hayan dejado de apestar. Ojalá no sea noche de «chingas a tu madre», sillas voladoras, puños limpios, dientes rotos y timbres de alarma que, colocados bajo la caja, llaman a los sacaborrachos para detener la trifulca o avisar a la julia antes de que brillen las navajas que lograron escapar del guardarropa o se disparen las fuscas. El miércoles pasado hasta don José acabó en el suelo atrás de la barra, comiéndose el puro a mordidas con otros tres garroteros y sujetando los picahielos a manera de defensa cuando comenzaron los disparos. Hasta los padrotes salieron corriendo y abandonaron a sus muchachas. El de la eterna boina azul que reparte la mariguana —bajita la mano— entre los parroquianos se desapareció sin pagar antes de que llegaran la julia y los inspectores a cobrar mordida para no cerrar el changarro; su amistad con Chuy permite que don José le fíe. Mario ya va entendiendo el teje maneje.

 

 

*Fragmento del libro Waikikí (Planeta, 2022), © Ana García Bergua y Alfredo Núñez Lanz. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

 

 

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos. Twitter: @BerguaAna

 

 

Alfredo Núñez Lanz. Cofundador de Textofilia Ediciones. Es autor de los libros Soy un dinosaurio (Conaculta, 2013), Veneno de abeja (Secretaría de Cultura, 2016) y El pacto de la hoguera (Ediciones Era, 2017). Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA 2014 y 2016. En 2018 obtuvo el “Premio nacional de narrativa histórica Ignacio Solares” para obra publicada por El pacto de la hoguera. Su Twiter es @NunezLanz

 

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Posted: October 24, 2022 at 10:25 pm

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