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El hombre que quiso comerse a la realidad
COLUMN/COLUMNA

El hombre que quiso comerse a la realidad

Alberto Chimal

El 28 de octubre de 2021, Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Facebook, anunció que su empresa iba a cambiar de nombre. Desde ese día, se llama Meta Platforms, Inc., o Meta, para abreviar. El aviso llegó al final de un largo video corporativo en el que Zuckerberg describió, además, un cambio de rumbo para la compañía. Sin abandonar ni rebautizar sus fuentes de ingresos más conocidas –como Facebook, Instagram y WhatsApp– el centro de sus esfuerzos será ahora el metaverso (metaverse): un entorno puramente digital en el que la gente podrá realizar numerosas actividades sin salir de su casa, desde pasar un rato con amigos hasta comprar, vender y trabajar. Todo será posible gracias a tecnologías de realidad virtual o aumentada que nos permitirán, dijo Zuckerberg, “sentirnos” en las aplicaciones, en vez de únicamente verlas a través de una pantalla. Un universo “más allá” (de acuerdo el significado del prefijo griego meta-).

En el video, la figura humana de Zuckerberg era reemplazada por su avatar, es decir, una representación digital y simplificada de él mismo, que iba de un escenario renderizado a otro y departía con otros avatares. Éstos pertenecían a diferentes personas, a quienes se llegó a ver poniéndose audífonos y lentes de realidad virtual, que es como se supone que percibiremos el metaverso. Para subrayar que su proyecto va en serio, el empresario habló de 150’000,000 de dólares de inversión inicial, 10,000 millones durante el próximo año y decenas de miles de nuevas contrataciones. También hizo una letanía de promesas. La más llamativa: que el metaverso será el siguiente paso del desarrollo de la informática, llevando la misión de “conectar a la gente” (que según Zuckerberg siempre ha sido el noble objetivo de Facebook) más allá de lo que pueden lograr computadoras, teléfonos inteligentes y cualquier otro aparato de la actualidad. Una internet corporizada, en la que todo hardware y todo software podrán coexistir sin fricción y se liberará la creatividad y productividad de individuos, y organizaciones, hasta niveles hoy inimaginables. Un lugar nuevo desde el cual existir, y en el que todos entenderemos de modo distinto incluso nuestros cuerpos, nuestras familias, nuestros muertos, nuestros fantasmas.

Los medios de comunicación se dejaron llevar por la palabrería: numerosas notas publicadas tras el anuncio dijeron de plano que Zuckerberg “inauguró”, “inventó”, “lanzó” el metaverso aquel día, que ya era un hecho consumado y una realidad, y que además era algo sin precedentes.

Pero es exactamente al contrario: el metaverso de Meta no está implementado todavía, y no es una idea que Zuckerberg haya tenido…, porque no es nada nuevo. El término proviene de la novela Snow Crash (1992) del estadounidense Neal Stephenson –uno de los últimos autores de la primera ola del movimiento cyberpunk– y no es más que un sinónimo de ciberespacio. Esta otra palabra fue acuñada diez años antes por el canadiense William Gibson, iniciador del cyberpunk, en su cuento “Quemando cromo”, y en la actualidad podemos intuir su significado incluso sin investigarlo: es “el entorno imaginario en el que interactúan los usuarios de computadoras interconectadas”. Una ilusión compartida y más o menos facilitada por la tecnología digital, que puede conceptualizarse como “otra dimensión”, separada del mundo físico.

Luego de que Gibson, Stephenson y otras autoras y autores permitieran nombrar aquella idea, ingenieros, programadores y otros han estado intentando realizarla durante al menos tres décadas. Y no les ha ido mal: junto con muchos fracasos o éxitos a medias, hay entornos virtuales que se han mantenido ya durante años y son conocidos por millones de personas. Muchos de ellos pertenecen a videojuegos como Minecraft o Roblox; está también Second Life, que se concibió como un amplio territorio electrónico para comercio. Más todavía: aunque la imagen más popular del ciberespacio o metaverso incluye ayudas artificiales para los ojos y los oídos (como las del video de Zuckerberg y miles de representaciones previas en la cultura popular), ésta no es la única, simplemente porque –a pesar de la publicidad– semejante tecnología, que omite el olfato, el tacto, el gusto y varios otros receptores del cuerpo humano, jamás sería suficiente para suplantar, sin ayuda, nuestra conciencia del mundo físico.

En un extremo de la narrativa especulativa, se han imaginado tecnologías de absoluta privación y sustitución sensorial, como la que se ve en la serie Matrix de Lana y Lilly Wachowski: en estas películas, hace falta que cada cerebro humano esté “conectado” desde la gestación y jamás reciba estímulos en sus órganos sensoriales para que acepte su vida simulada. Pero en el otro extremo están las primeras formas reales que tuvo la realidad virtual. Son tan rudimentarias que no tienen video ni siquiera imágenes estáticas, y en cambio se basan en texto escrito, comandos de teclado y la buena voluntad de sus usuarios. Antes de que se volviera habitual la potencia de las imágenes generadas por computadora (CGI) de la actualidad, así eran todos los juegos de rol en línea: los participantes simplemente estaban dispersos por una red informática en vez de juntos en un solo lugar.

En el fondo, el metaverso es una metáfora tomada como verdad literal: una imagen hipertrofiada del proceso interior de la imaginación, y en particular de la imaginación lectora. Para retroceder solamente hasta el siglo XVII, se puede poner de ejemplo el comienzo del soneto “Desde la torre” de Francisco de Quevedo:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

¿No es la imagen del poeta que conversa con los muertos la evocación –en un solo verso– de un entorno virtual, siglos antes de que el concepto se inventara? La verdad es que el lenguaje nos ha revelado siempre, sin necesidad de ninguna otra tecnología, otras dimensiones: las de nuestro propio interior.

*

Por supuesto, imaginar en nuestro propio “espacio” interior no es lo mismo que participar en la imaginación de un “espacio” compartido con otras personas a través de un sistema de cómputo. Una diferencia crucial, además de las obvias, es que la tecnología empleada puede existir con independencia de los deseos de quien la utiliza y explotarse comercialmente. Más allá de los clichés que Mark Zuckerberg repitió en su video promocional, esa es la misión de Facebook (o Meta): obtener el mayor beneficio económico posible para sus dueños…, es decir, principalmente para el propio Mark Zuckerberg, quien es propietario de la mayor parte de las acciones de la compañía.

Es por esto que, para muchas personas, el anuncio del metaverso suena a autoengaño, o incluso a estrategia de manipulación. Zuckerberg logró obtener publicidad gratuita de aquellos medios que le creyeron ingenuamente, y que anunciaron como gran innovación algo que no lo es y ni siquiera existe todavía. Pero ¿espera realmente que toda la población del mundo le crea, incluyendo a sus competidores en el ramo tecnológico? ¿O quiere, tal vez, desviar la atención de las dificultades que actualmente tiene su compañía? Facebook, la red social, así como la empresa que antes compartía su nombre, son actualmente investigadas por autoridades de los Estados Unidos y el Reino Unido; Frances Haugen, exempleada de Facebook y ahora denunciante en su contra, filtró abundantes documentos de la operación interna de la compañía y respaldó con ellos lo que ya se sospechaba desde hace años: que la red social es un vector de desinformación e incitaciones al odio; que estos discursos tóxicos circulan sin ningún tipo de freno en muchas partes del mundo no angloparlante; que los algoritmos que controlan cuál información llega a cada usuario pueden causar efectos negativos en la salud mental (lo cual se ve más claramente todavía en Instagram, la otra red popular de Meta); que Facebook tiene un doble rasero en su moderación de contenidos, por el que algunos políticos considerados influyentes pueden publicar lo que deseen sin supervisión, al contrario de los usuarios comunes; que los directivos de la empresa saben todo lo anterior –e incluso han patrocinado investigaciones al respecto– y no hacen nada, porque regular mejor el contenido de sus plataformas podría reducir sus ganancias.

Puede que el cambio de razón social (rebranding, que lo llaman) tenga entre sus fines “desviar la conversación” de los problemas ya mencionados, o del otro que tiene Facebook: que ya no está captando nuevos usuarios jóvenes a la misma velocidad que en sus inicios, y por lo tanto ve amenazado su crecimiento a largo plazo. Puede que el deseo de Meta sea únicamente asustar a sus rivales con una demostración de fuerza, o lograr que se le unan en el desarrollo de un nuevo “territorio” por explotar, o bien impresionar a los políticos que podrían tratar de regular más fuertemente a la empresa, y que son famosamente ignorantes de qué son en realidad, y cómo se usan, las herramientas y plataformas de internet.

Las discusiones de la prensa tecnológica cercana a las empresas de Silicon Valley llegan, cuando mucho, a recordar que Snow Crash es una novela distópica, en la que el metaverso a) se vuelve popular porque la realidad es demasiado horrible para la mayoría de las personas, y b) resulta ser el medio de transmisión de un “virus” que afecta y destruye mentes humanas en vez de software. ¿Será posible (se preguntan) que Mark Zuckerberg no se haya dado cuenta de lo que realmente dice su fuente literaria? ¿Será posible que no le importe? ¿O lo está haciendo a propósito? ¿Está anunciando su deseo de conquistar el mundo, es decir, de monetizar también el resto del tiempo, el que no pasamos delante de una pantalla? ¿Quiere obligarnos, por pura insistencia y gastos multimillonarios, a llevar sus lentes y sus audífonos a todas horas, a vestirnos exclusivamente con skins para cuerpos virtuales comprados en sus tiendas, a tener videollamadas todo el día dentro de un cuarto simulado, a socializar y educarnos y criar a nuestros hijos y enterrar a nuestros muertos exclusivamente en línea?

¿Va a comerse la realidad entera, de forma que en el siglo que viene tengamos que definir el mundo físico como aquel que no pertenece por completo al poderoso imperio de Meta?

Si lo anterior suena demasiado alarmista, les propongo una conclusión menos estridente. Hay algo que sí me parece indudable: que Meta, su director ejecutivo y su círculo interno tienen una perspectiva increíblemente limitada. Todas sus decisiones se basan en lo que sucede en su país de origen, en su estrato social de consumo fácil y rápido, de escasa responsabilidad social, y muy poco más. No tienen conciencia de que Silicon Valley, o los Estados Unidos, no son el mundo entero. ¿Cuántas personas fuera de esas regiones podrán costearse todo el hardware necesario para unirse al metaverso de Zuckerberg y pasar su vida en él? ¿Cuántas podrán con los gastos de energía necesarios? ¿Cuántas necesitan realmente una sala de juntas virtual abierta las 24 horas? ¿Cuántas entienden ya a sus cuerpos, sus familias, sus muertos y sus fantasmas de modo distinto de como lo hacen los blancos de origen europeo? ¿Cuántas, por vivir en ciertos países, deberán optar por una versión rusa o china del metaverso, suponiendo que las empresas de aquellos países decidan crear una? ¿Cuántas más, por vivir en situación de calle, de guerra, de vulnerabilidad, se van a quedar fuera del experimento? ¿Qué se hará con ellas?

¿Cuánto más va a incrementarse la emisión global de contaminantes con las nuevas exigencias de espacio de almacenamiento y capacidad de cómputo para aplicaciones y negocios metaversales?

¿Es esta la mejor manera de emplear conocimientos, esfuerzos y recursos de la especie, y en especial de los más poderosos y ricos entre sus miembros, precisamente ahora, que tenemos encima –por lo menos– una catástrofe ambiental sin precedentes en la historia registrada?

¿Creen que nadie más les va a hacer esta última pregunta?

Habrá un metaverso abierto al público y controlado por una compañía llamada Meta. Pero no va a suplir, ni instantánea ni absolutamente, al mundo sensible. A Zuckerberg, como al resto de nosotros, le va a costar.

El hombre que (tal vez) quiere comerse a la realidad no la conoce lo suficiente.

 

*Imagen de Alessio Jaccona

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

 

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Posted: November 21, 2021 at 1:57 pm

There are 6 comments for this article
      • Sebastian Chavez at 9:07 am

        Para Estados Unidos el mundo empieza con ellos. También me gustó como mencionas que este proyecto que pretende unir a muchas personas, esta completamente alejado de realidad de muchos países pues solo los mejores compradores tendrán acceso a esta realidad, te recomiendo ver ready player one, y sobre todo poner atención a lo que se plantea respecto a la realidad física y la virtual 😉
        Saludos!

  1. Valeria Hernández Reyes at 10:19 am

    Me encantó el repaso que se hizo sobre la literatura y el cine para abordar que esta propuesta no es original. Lo primero que pensé cuando vi el comercial de Zuckerberg fue que yo no quiero ser parte de esto. No es necesario, creo que con el nivel de tecnología que alcanzamos en internet estamos bien y que los esfuerzos deberían ser orientados a disminuir la brecha digital no aumentarla.

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