Essay
En busca del tema

En busca del tema

Mónica Lavín

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Mi nieto jugaba por las noches a cargar su mercancía en una bolsa amarrada con cuerdas porque ahí viene la policía. Ante nuestra perplejidad nos explicaba que era africano.

Diciembre en Madrid. Sin plan de escritura, sin computadora, sin tomar notas. Arrebatada por las luces navideñas, por el río de personas en la Gran Vía, por la mirada a los tejados de Malasaña desde el noveno piso, por el atardecer entre dos edificios de esquinas redondeadas por donde se filtra el constante parpadeo del Cabaret New Girls. Atenta al presente, aunque el Madrid de mi historia se cuela por todos lados, el Madrid de mi abuela y de mi madre que corre con los niños del Retiro y con mi nieto que tiene la edad de mi madre cuando salió para siempre de la ciudad con la guerra. Mientras estoy allá no pienso en la tragedia, en las sirenas de las bombas y en mi madre y sus hermanos bajando a los refugios. Miro a mi nieto asombrado por el mundo que desfila a su alrededor como los cientos de Santa Closes en motocicleta y a mi nieta que también emula los pasos de mi madre creciendo en su ciudad y que caracolea una mano gitana. Mientras convivimos y diseñamos los días, el ahora lo ocupa todo. Los niños son constante cambio, nos requiere su cuidado y el deleite por sus preguntas y reacciones; los adultos estamos volcados en ellos. También salgo para patear la noche madrileña y estar en mí tan cargada de pasado y de la sensación del reloj de arena precipitándose a la vejez, que aún no admito.

Pero he vuelto y la novela me llama, es una voz sofocada, lejana, no la reconozco bien. Me tardaré en conectar con su reclamo, su pulpa viva, su incertidumbre. Apenas comienzo la calistenia de encarar las palabras. ¿Por qué escribo? Son ellas. Las palabras tienen la culpa porque engarzarlas me lleva a sitios: espacios y estados del ánimo, porque elegirlas y adosarlas es entrar en el filón vivo de descubrir algo, o estar en algo, es tocar la carne o la luz, o la mueca o el tiempo o la ostra que de la concha hostil resbaló a mi boca y esparció su placer para incitarme a repetir la ceremonia de esa comunión con lo vivo y lo misterioso. ¿Escribir es como comer ostras? Apenas me ando quitando de los ojos el presente del viaje y tocando el llamado de la lógica y la forma y la duda y la posibilidad de la novela que escribiré. Viajar con tu prole, con los tuyos, vaya privilegio, no lo iba a perder de vista durante los días madrileños; ya de vuelta mientras busco tema para escribir sé que cada uno de los que fuimos me plantea un misterio, un interés. Lo que el viaje me reveló. Podría escribir sobre mi hija mayor y el libro de matemáticas que se compró ahora que mudó la investigación antropológica, la relación del usuario y la tecnología por las relaciones públicas, del flujo de sistemas a la materia humana. Necesita usar la cabeza, me dice. O mi hija menor que siempre, aún en el viaje de grupo, se las arregla para defender un área de tranquilidad, un estar con ella misma y su pequeña, un paseo por los museos a su aire, un tener su tiempo mientras comparte el tiempo. O sobre mi yerno tan apasionado del deporte que incluso mi nieta reconoce balones en los letreros, escucha la palabra pelota y a su año y meses exclama gol. Vamos al teatro, propuso mi pareja, que es paciente con las escenas familiares y quiso asombrarse con El silencio de bodas de sangre, con una puesta inteligente a base de flamenco, parlamento, rupturas, vaivenes. Lorca mirado por una adaptación china, y una puesta en escena japonesa con actores y guitarrista españoles. El brío y el silencio de las culturas empatado en el escenario.

Mi nieto jugaba por las noches a cargar su mercancía en una bolsa amarrada con cuerdas porque ahí viene la policía. Ante nuestra perplejidad nos explicaba que era africano. Vio las hileras de vendedores sobre la acera que no sueltan las cuerdas de la tela donde están sus productos y miran a los lados apercibidos del peligro de ser levantados. Le expliqué un día quiénes eran. Mi nieto y su juego en un mundo globalizado, dispar, de flujos migrantes, me revelan la atención al tema que su mirada fresca registró: sobrevivir. Lo esencial en juego en la urbe vestida de luces de Navidad.

Ese es el tema, aquello que nos enfrenta a nosotros mismos para subrayarlo, cuestionarlo:  volverlo palabra escrita. Escribir es sobrevivir.

 

*Foto de Florian Wehde en Unsplash

 

Mónica Lavín (México, 1955) Es autora de más de 30 libros y pertenece al SNCA desde 2003. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 1996. Premio del Club de Periodistas 1997 por el programa radiofónico de divulgación de la ciencia “Muy Interesante”. Premio Nacional Narrativa Colima para obra publicada 2001 por Café cortado. En 2010, recibió el Premio Governor General de Canadá por la promoción de la literatura canadiense en México y en 2011 obtuvo el Premio Nacional Malinalli por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez de Tabasco. (Crédito de la imagen: PlanetaEditores). Twitter:  @mlavinm

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Posted: January 16, 2024 at 10:14 pm

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