CRÓNICA DE UNA CRÓNICA NO ANUNCIADA
MANUEL PEREIRA
En 1981 yo impartĂa en la UNAM unas conferencias sobre cine cubano cuando recibĂ en mi hotel de la Zona Rosa una llamada de Gabriel GarcĂa Márquez. Me pidiĂł que acudiera enseguida a su casa, en la calle Fuego, del Pedregal. Almorzamos en una fonda cercana llamada “El perro verde”, “El perro que fuma”, o algo asĂ. QuerĂa que leyera su Ăşltima novela, tenĂa prisa, y agregĂł: “Son pocas cuartillas”. ÂżCuál serĂa el motivo de tanto apremio? ÂżAcaso apremio por un premio?
Él sabĂa que pronto yo regresarĂa a La Habana. “Puedo leerla en el aviĂłn”, sugerĂ. No, tenĂa que hacerlo en MĂ©xico, en su casa o en mi hotel. Estaba tan apurado por darme el texto mecanografiado que al salir del restaurante olvidĂł la billetera en la mesa. Se dio cuenta en su casa palpándose los bolsillos y me pidiĂł que fuera a buscarla a aquel local donde apenas lo habĂan dejado comer pues curiosos y admiradores venĂan a saludarlo y a pedirle autĂłgrafos. “El terrible precio de la fama”, pensábamos ambos sonriendo en un silencio cĂłmplice. Por suerte el camarero era decente y tenĂa guardada la billetera a pesar de estar bastante abultada, como supongo deben de engordar las carteras de los autores famosos. “Está todo”, suspirĂł el Gabo tras contar los billetes.
Me entregĂł la novela. EmpecĂ© a leerla enseguida en el sofá y, más tarde, me encerrĂ© en el hotel para continuar. Era realmente corta, además la prosa ceñida y eficaz del Gabo contribuyĂł mucho a que yo la terminara en un par de horas. Sin embargo, yo seguĂa sin saber quĂ© esperaba de mĂ el cĂ©lebre escritor. La historia de los dos hermanos que apuñalan a Santiago Nasar evidenciaba una estructura de acero: mezcla de guiĂłn cinematográfico con garra periodĂstica y factura policĂaca. Trama y subtramas fluĂan diestramente atrapando al lector desde el primer párrafo. No vi erratas. Ninguna inconsistencia conceptual.
Acostado en mi hotel, me dispuse a releerla con más calma. DesconectĂ© el telĂ©fono y colguĂ© afuera el cartel de “no molestar”. Tomando cafĂ© y fumando yo disfrutaba su prosa de orfebre, allĂ no faltaba ni sobraba una coma, los adjetivos encajaban certeros como dardos, nada de ociosos adverbios, la economĂa del texto era impecable, los personajes –depuradamente dibujados– desfilaban sin tropezar unos con otros. A veces retrocedĂa un poco para para captar la mĂşsica secreta que recorrĂa algĂşn periodo largo. Cada párrafo conservaba la cadencia desde el primer compás hasta el cierre con broche de oro. Era una novela en estado de gracia.

Me levantĂ© para estirar las piernas paseándome por la habitaciĂłn, aunque en verdad lo hice porque pronto terminarĂa mi relectura y yo no querĂa enfrentarme al vacĂo del lector que se quedĂł sin nada que leer. EntrĂ© en la ducha sin jabĂłn sĂłlo para dar riendas sueltas a mi alegrĂa, hasta cantĂ© bajo el agua pues yo era uno de los primeros en el mundo que contemplaba esa joya inĂ©dita.
Al otro dĂa temprano nos volvimos a encontrar en la calle Fuego. Entonces me dijo: “Eres el segundo lector de esta obra, despuĂ©s de Mercedes, por supuesto”.
–Es un inmenso honor –respondĂ.
Pero… ¿cuál era el misterio de tanta prisa?
Me confesĂł que Ă©l querĂa que Fidel lo autorizara a publicar ese libro.
–¿Fidel? ¿Por qué? –pregunté asombrado.
Pues porque el escritor habĂa hecho un juramento pĂşblico: no volver a publicar nada mientras Pinochet siguiera en el poder. “Y el problema es que ese cabrĂłn no se cae”, refunfuñó. Nos echamos a reĂr. “Y mientras tanto, yo escribĂ esta obra… y he pasado demasiado tiempo en silencio literario y estoy loco por publicarla”. Pero antes de romper su promesa anunciada a los cuatro vientos tenĂa que consultarlo con su amigo Fidel.
En efecto, desde El Otoño del Patriarca (1975) el Gabo no habĂa publicado nada de ficciĂłn. Demasiado mutismo para un narrador tan cotizado. HabĂa llegado la hora de romper esa autoimpuesta capacidad para aherrojarse al silencio.
–Muy bien –dije. ¿Y qué papel juego yo en todo esto?
Me explicĂł que no querĂa hablar de este asunto con Fidel, ni por telĂ©fono, ni por escrito. OĂdos y ojos indiscretos podrĂan enterarse. Tampoco querĂa recurrir a la embajada cubana, ni a su agente literario: nuestra amiga comĂşn, Carmen Balcells, que estaba en Barcelona. La Ăşnica persona en MĂ©xico de toda su confianza y que, aparte de ser novelista, viajarĂa en cuestiĂłn de horas a La Habana, era yo. “Descuida, serĂ© una tumba”, le dije dibujando un zĂper en mis labios con el dedo Ăndice y el pulgar.Â
–Quiero que le lleves este libro a Fidel –insistió. Entrega personal y secreta, no hables con nadie, no le enseñes el texto a nadie.
–En eso no hay problema, Gabo, pero toma en cuenta que yo no tengo acceso directo a la oficina ni al teléfono de Fidel.
–No importa, tĂş eres amigo de Carlos Rafael RodrĂguez, yo sĂ© que ustedes dos hablan mucho y en francĂ©s sobre literatura francesa (risas).
–Es verdad, con Carlos sà tengo acceso directo.
–Muy bien, pues entonces le das esta copia de la novela a Carlos para que él se la entregue a Fidel. Como tú sabes, sus oficinas están muy cerca.
AsentĂ, y entonces quiso conocer mi opiniĂłn sobre la obra, lo cual halagĂł al treintañero que yo era. Le dije que la novela era estupenda y que me recordaba vagamente a Rashomon –tanto los dos cuentos de Akutagawa como la pelĂcula de Kurosawa–, por aquello de los mĂşltiples testigos o las diversas versiones sobre un mismo crimen, pero Ă©l negĂł con la cabeza aduciendo que su fuente de inspiraciĂłn habĂa sido el asesinato de Julio CĂ©sar. PensĂ© en los augures etruscos observando el aciago vuelo de las aves o leyendo las vĂsceras de los animales sacrificados, recordĂ© algunos momentos de la tragedia de Shakespeare, y concluĂ que el Gabo tenĂa razĂłn, aunque yo intuĂa que ya el bichito de lo japonĂ©s se habĂa instalado en la mente del Gabo, como comprobĂ© más tarde, cuando saliĂł Memoria de mis putas tristes, tan afĂn a La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, pasiĂłn nipona que el Gabo ni siquiera se esforzĂł en ocultar como revela el epĂgrafe que abre el primer capĂtulo.
Pocas horas despuĂ©s yo aterrizaba en el aeropuerto habanero y fui directamente a entregar ese texto clandestino (no anunciado) a Carlos Rafael RodrĂguez, vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros. Carlos se puso como un niño abriendo una caja de regalo con un juguete sin estrenar. Ya le temblaban los dedos. Enseguida pidiĂł que le hicieran una copia para Ă©l, pues querĂa leerla al mismo tiempo que Fidel. Le dije que mi mamá estaba esperándome y me fui para mi casa en la Habana Vieja. Nunca le contĂ© nada a nadie, guardĂ© ese secreto tan profundamente que hasta medio se me olvidĂł toda esa extraña aventura de correo del zar. Poco despuĂ©s CrĂłnica de una muerte anunciada aparecĂa simultáneamente en Colombia, en España, en MĂ©xico y en Argentina.
Gabriel GarcĂa Márquez habĂa obtenido el imprimátur de su amigo Fidel Castro. En otra dimensiĂłn más sutil, el Gabo y yo habĂamos cruzado el RubicĂłn, pasando del inestable y circunstancial ámbito de las ideologĂas hasta pisar tierra firme en la patria eterna de la trascendencia literaria. Como decĂa Julio CĂ©sar: Alea Jacta est.

Manuel Pereira (La Habana,1948). Es novelista, ensayista, traductor, crĂtico de arte, guionista cinematográfico y pintor. SaliĂł de Cuba en enero de 1991 rumbo a BerlĂn. Es autor de El Comandante Veneno (1979) El Ruso (1982) y Toilette (ANAGRAMA, 1993), La quinta nave de los locos (Premio Nacional de la CrĂtica, La Habana 1988), Mataperros (Premio Internacional Cortes de Cádiz en 2006), El Beso Esquimal, Un viejo viaje, La estrella perro, El ornitorrinco y otros ensayos, InsolaciĂłn (2006) y Los abuelos malditos (2016). Su obra de ficciĂłn ha sido editada en Alemania, Brasil, Italia, Holanda, Checoslovaquia y NorteamĂ©rica. Su Twitter es @manuelpereiraq
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Posted: March 28, 2021 at 9:39 pm







