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Fukuyama y el liberalismo

Fukuyama y el liberalismo

José Antonio Aguilar Rivera

Fukuyama concede demasiado a los críticos. Propone categorías expansivas, bloques civilizacionales hegelianos. […] En la crítica al neoliberalismo hay también un resabio posiblemente straussiano: el desprecio por la sociedad “consumista”.

 

Propios y extraños: Fukuyama y el liberalismo

Cuando se publicó el ensayo canónico de Francis Fukuyama, “El fin de la historia” en la revista The National Interest en 1989 estudiaba la licenciatura en relaciones internacionales en El Colegio de México. Un año antes el país fue cimbrado por la histórica elección de 1988. Mis compañeros y yo teníamos la certeza de que nos había tocado vivir un tiempo extraordinario: la caída del muro de Berlín y la crisis del sistema político posrevolucionario. El fin de la historia se convirtió en una de las ideas más debatidas, rechazadas e incomprendidas de mi generación. Recuerdo perfectamente al embajador Jorge Alberto Lozoya –no en clase sino durante la feria internacional de Sevilla en 1992, ciudad donde era cónsul– explicándome la potencia de la tesis de Fukuyama, que ha sido malentendida por décadas. Era una proposición inspirada por Kojéve, un hegeliano que enseñaba en Francia en los años 30.  En esa tradición dialéctica la historia se mueve como resultado de la contraposición de tesis y antítesis. El capitalismo y la democracia liberal eran la tesis y un sistema alternativo: político, económico y social (el comunismo) era su antítesis. Ese choque dialéctico era el motor que movía a la historia. Lo que había ocurrido frente a nuestros propios ojos fue la implosión de la antítesis. De ahí la idea de que la historia habría terminado. No tenía que ver con el triunfalismo ramplón del capitalismo que unos aplaudían y otros lamentaban. Ese mismo año llegué a la Universidad de Chicago. Estaba ahí Stephen Holmes, quien unos cuantos meses antes escribió una aguda crítica al libro de Fukuyama en que se convirtió el ensayo de 1989: The End of History and the Last Man y que apareció ese mismo año. Holmes era un liberal que reprobaba, con buenas razones, el triunfalismo liberal en las postrimerías de la extinción soviética.

Recordé la crítica de Holmes cuando leí el último libro de Fukuyama, Liberalism and Its Discontents (2022). Ese libro es un regreso meditado a su tesis original después de treinta años de revisiones y ajustes. Hace algunos días tuve una conversación pública con Fukuyama, (a quien conocí en el 2006 cuando, a sugerencia mía, fue invitado por el Instituto Federal Electoral a dictar una conferencia sobre la confianza en las vísperas de las malhadadas elecciones de ese año) sobre las tesis central de su nueva obra. Le pregunté qué había aprendido en tres décadas desde la aparición de “El fin de la historia”. Muchas cosas, respondió, sobre todo el papel central de las instituciones. De ahí que escribiera dos libros sobre cómo surge el orden político y por qué decae.

El argumento de Liberalism and Its Discontents es que los retos centrales del liberalismo son sus deformaciones, (el neoliberalismo y  la política de la identidad). No es evidente, pero esta idea confirma la tesis de “el fin de la historia”. La amenaza, desaparecido el comunismo y cualquier otra alternativa universal y omnicomprensiva, sólo puede provenir del propio liberalismo. De ahí la noción de que ambas patologías son el resultado de contradicciones internas. El origen de estas enfermedades es el valor liberal de la autonomía individual. Según Fukuyama, la exageración de este principio condujo a la derecha a endiosar a la libertad económica y a la izquierda a reificar las identidades grupales. Ambas han llevado los principios del liberalismo (lo único que quedó después de 1989) a sus extremos.  El descontento, pues, es el producto de las andanzas de hijos pródigos, vástagos descarriados del liberalismo.

La fidelidad a la idea central del ensayo de 1989 –en muchos sentidos impecable aún– tiene el resultado de nublar el análisis hoy. Como señaló Holmes hace tres décadas, Fukuyama da por descontada cualquier oposición ideológica al liberalismo que no constituya una visión omnicomprensiva y alternativa a la democracia liberal y el capitalismo.[1] Sin embargo, esto es un error: los enemigos no son menos enemigos porque sus alcances ideológicos sean más modestos que los del comunismo. Por esta razón parecería que Fukuyama ha abandonado su ambiciosa matriz intelectual al ocuparse del “neoliberalismo” y la política de la identidad. Para el politólogo el malestar es en realidad una querella familiar. Ambos extremos –neoliberalismo y política de la identidad– son hijos del liberalismo: no son propiamente el otro, como ciertamente lo fue el comunismo. El resultado de esta redefinida genealogía del descontento es bastante paradójico: describir lo ajeno como propio.

En primer lugar, adopta como válida la categoría analítica de “neoliberalismo”, un término de combate, estropeado analíticamente por Foucault, como si este describiera una realidad concreta. Sin embargo, las economías de mercado en los últimos treinta años han seguido caminos bastante variados. La adopción de reformas económicas muchas veces no ha sido un asunto ideológico sino pragmático. “Liberalismo” es un término expansivo para describir realidades económicas y políticas muy distintas. Funciona como sinónimo de “economía de mercado” sin una sociología política que lo aterrice en experiencias concretas. Así, Fukuyama concede demasiado a los críticos. Propone categorías expansivas, bloques civilizacionales hegelianos. Los “excesos” de los reformadores  podrán ser muchos, pero no constituyen un fenómeno unívoco en el mundo. En la crítica al neoliberalismo hay también un resabio posiblemente straussiano: el desprecio por la sociedad “consumista”. Como señaló Holmes en 1992, Fukuyama sigue protestando contra lo que concibe como la caricatura reduccionista de las motivaciones humanas de la economía neoclásica.

Algo similar ocurre con el otro supuesto hijo pródigo del liberalismo: la política de la identidad. No se trata de un pólipo: por el contrario, es un cuerpo extraño que abreva de doctrinas ajenas y secularmente opuestas a los principios liberales. La reivindicación de la primacía de las identidades colectivas no es una expansión de la idea de autonomía individual, sino que es parte de una antropología política ajena al liberalismo. Su origen no es el individualismo moral.  Aquí la anteojera del fin de la historia impide, literalmente, ver al otro. Al extraño lo imagina como un pariente extremista que ha perdido el rumbo. Otra razón de la debilidad de Fukuyama por las reivindicaciones identitarias es su matriz hegeliana, que valora el reconocimiento como una necesidad humana central. El guiño a Charles Taylor estaba en 1992 y se mantiene aún.

Al tiempo que el conflicto ideológico ha sido redefinido como un asunto de familia, la guerra internacional ha perdido su singularidad ideológica. “Los rusos ya no tienen el marxismo”, concluyó Fukuyama, “pero tienen tanques. Y eso es lo que importa”. Los tanques, sin embargo, no son ideas. Y la guerra internacional no significa el fin de la historia.

 

NOTA: [1] Stephen Holmes, “The Scowl of Minerva”, The New Republic, March 1992.

 

© Imagen: Francis Fukuyama, Fronteiras do Pensamento | Flickr: Greg Salibian 

 

José Antonio Aguilar Rivera (Ph.D. Ciencia Política, Universidad de Chicago) es profesor de Ciencia Política en la División de Estudios Políticos del CIDE. Es autor, entre otros libros, de El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos (Taurus, 2004) y La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 (FCE, 2010). Publica regularmente sus columnas Panóptico, en Nexos, y Amicus Curiae en Literal Magazine. Twitter: @jaaguila1

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Posted: June 29, 2022 at 8:16 pm

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