Essay
Guerra en el país de Lovecraft, parte 2
COLUMN/COLUMNA

Guerra en el país de Lovecraft, parte 2

Alberto Chimal

1

Una cosa rara que sucedió en el último mes es que hicieron un meme con mi cara. No sé quién fue, ni exactamente dónde, porque ya no estoy usando Facebook. Pero un buen amigo me avisó: la foto es de hace algunos años, y bastante favorecedora en mi opinión, pero en la parte de abajo tiene una palabra en gruesas letras negras: ¡ANTILOVECRAFTIANO!

Antes de pasar a lo importante, permítanme contarles mis reacciones:

  1. Cuando me enteré (perdón), me dio risa. Obviamente, aquello era una reacción a mi artículo del mes pasado en esta columna, en el que describí la forma en la que H. P. Lovecraft se ha convertido, al menos para ciertos públicos, en un autor cuestionable. Para algunas de sus opositoras y opositores más vehementes, a Lovecraft se le debe considerar sólo para hacerlo a un lado, condenarlo, o “corregirlo” (crear obras de ideología opuesta a la suya usando sus mismos personajes y escenarios), todo debido a sus prejuicios y opiniones racistas. El artículo dice claramente quiénes piensan así, y lo que yo mismo pienso alrededor del tema, pero quien haya hecho el meme leyó lo que quiso. Qué cosa tan ridícula y qué perdedera de tiempo, como hubiera dicho mi mamá.
  2. Luego se me ocurrió una idea rara: hace 30 años, en este país, un meme así (o su equivalente en los medios de entonces) podría haber sido el momento más alto de la carrera de un intelectual mexicano. La noción del intelectual como una figura clave de la sociedad tenía mucha más fuerza entonces; incluso, aunque no siempre se dijera explícitamente, muchos creían –y enseñaban– que la relación del escritor con el poder debía llevarle no sólo a opinar acerca de temas de interés público mediante su obra, sino a obtener suficiente influencia y autoridad para llegar a ser parte del poder político. “Dejar de escribir para empezar a mandar”, como escribió el ensayista Armando González Torres. La reacción virulenta del meme parece un poco boba cuando el tema es Lovecraft, pero ¿qué tal si se me hubiera acusado de ser anti-algún político, partido, “fuerza viva” o postura ideológica? Octavio Paz fue quemado en efigie en su momento de mayor influencia política en México, y la señal de que había alcanzado esa cima fue precisamente la quema. Hubo gente que probablemente nunca lo había leído, pero lo consideraba lo bastante importante para hacer el muñeco, salir a la calle con él y prenderle fuego.
  3. Por último, recordé que nunca hice carrera de intelectual –como es evidente–, sería absurdo comenzar ahora, y de cualquier manera estamos en 2020. Esta es época de influencers, no de intelectuales. Cuando llegan a aparecer en los medios de millones de personas, los asuntos de interés público son un agregado del espectáculo que hacen quienes se vuelven depositarios de nuestra atención: nunca al contrario. Incluso quienes intentan ser los intelectuales de hoy necesitan con frecuencia crearse un personaje público: un perfil (o varios) para llenar con contenido acerca de sí mismos.

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2

Y ahora pasemos a lo importante.

Los aficionados a la obra de Lovecraft que se han ofendido por las polémicas a su alrededor se quejan de que el escritor es tratado injustamente: llaman “a separar a la obra de la persona” y, en algunos casos, critican a la llamada “cultura de la cancelación”. Pero ¿Lovecraft ha sido cancelado?

Como sucede con otros fenómenos de nuestro tiempo, ese nombre es nuevo, pero lo que designa no lo es. Ha habido condena social en otras épocas; se ha suprimido y condenado obras artísticas, y ha habido relecturas, reversiones, regurgitaciones de las mismas; ha habido altibajos en la reputación de figuras públicas, tanto antes como después de su muerte. Todo esto, junto o no, en diferentes proporciones, puede darse en la cancelación moderna, que ocurre en general como una reacción a condiciones de desigualdad y abuso de las que son víctimas poblaciones marginadas o desprotegidas. (Por ejemplo, las acusaciones contra un acosador sexual como Harvey Weinstein se entienden dentro de la lucha mayor por los derechos de las mujeres, y no sólo como la búsqueda de justicia para sus víctimas).

Las causas directas pueden ser varias: opiniones consideradas inaceptables, malas acciones en el pasado o acusaciones en tal sentido, delitos comprobados en el presente. La única constante es la consecuencia esperada: escarnio público y, tal vez, un “castigo” posterior, un efecto permanente que pueda servir de ejemplo.

algunas de las personas que defienden a J. K. Rowling pueden ser transfóbicas, pero me parece evidente que no todas lo son. Hay quienes defienden la equidad, están a favor de los derechos de la comunidad LGBTQ+, y además sienten un afecto sincero por la serie de Harry Potter.

En el caso de Lovecraft, aunque jamás fue un “supremacista blanco” (no se afilió al Ku-Klux-Klan, no participó en linchamientos ni nada parecido), es imposible negar que escribió lo que escribió: sus textos –cuentos, cartas, poemas– contienen en varios lugares declaraciones explícitas de sus prejuicios raciales. Nadie ha intentado negarlo. Este reconocimiento, me parece, es lo que está en el fondo de las peticiones de separar a los creadores de sus obras. No es tan simple salvar a la figura admirada si intentarlo nos hace dar la impresión de que defendemos algo indefendible; algo que, incluso, puede parecernos sinceramente repugnante. Por dar otro ejemplo, algunas de las personas que defienden a J. K. Rowling pueden ser transfóbicas, pero me parece evidente que no todas lo son. Hay quienes defienden la equidad, están a favor de los derechos de la comunidad LGBTQ+, y además sienten un afecto sincero por la serie de Harry Potter. Esas personas consideran a esos libros como una parte esencial de su vida lectora, e incluso pueden haber aprendido algo sobre tolerancia leyendo a Rowling en su niñez o su adolescencia; por lo tanto, rechazar o no la obra de la escritora será para ellas un auténtico dilema moral.

Algo así debe ocurrir con muchos fans de Lovecraft. Este dilema puede ser abordado de frente, hecho a un lado o respondido con ira. La última reacción es la causa del meme que mencioné al comienzo.

La psicóloga estadounidense Angela Duckworth se ha referido a un fenómeno opuesto a la cancelación: el “lavado de reputación” que ciertas personas responsables de actos cuestionables (o de plano monstruosos) intentan realizando “buenas obras”. Lo hizo Alfred Nobel, que instituyó los premios que llevan su nombre para “compensar” su mala fama como fabricante de armas e inventor de la dinamita, y lo hace Mark Zuckerberg, que ha donado cientos de millones de dólares a campañas de promoción del voto mientras su compañía, Facebook, apenas hace esfuerzos para detener la desinformación electoral (y de todo tipo) que se publica en la red social. Al hablar de casos como estos, Duckworth hace una observación que parece un koan: “No hay un ‘lavado de reputación’ cuando la reputación sigue sucia”. Tiene razón, porque la diferencia entre Nobel y Zuckerberg es que el primero tuvo, en general, éxito, mientras que el otro no lo ha tenido. Las acciones aplaudibles del primero han sobrevivido más y llegado más lejos.

Algo parecido sucede en el terreno contrario. No hay cancelación posible cuando la obra no es cancelada. Así ocurre con parte de los textos de H. P. Lovecraft, que tiene una influencia innegable en la cultura popular de los últimos ochenta años. Esta influencia no viene de que sus libros sean prontuarios racistas (existen tales cosas, pero no mencionaré ningún título aquí) ni porque sean provocadores a la Jünger o a la Houellebecq. Ni siquiera sus posturas filosóficas ni su estilo son tan importantes: lo que perdura son los monstruos, los seres tentaculados y demás horrores gigantescos de la Gran Oscuridad Exterior, y la estructura mítica que los une. Ésta sigue siendo, incluso, la base de buena parte de las obras anti-lovecraftianas, que se han vuelto tan abundantes que parecen a punto de pasar de subgénero a industria. Ya es parte del arte fantástico del mundo occidental en el siglo XXI, y en realidad hace mucho que dejó los confines del pensamiento de su creador.

Lo tiene muy claro la serie Lovecraft Country, basada en la novela de Matt Ruff y considerada polémica en la comunidad lovecraftiana por su interés en la historia real de los Estados Unidos y, en particular, en el racismo, que su reparto de personajes afroamericanos explora y critica de diferentes formas. Uno de ellos, Atticus Freeman (Jonathan Majors), es un lector empedernido de ciencia ficción en general y de Lovecraft en particular. Cuando otro personaje le hace notar el contenido racista de un libro que lee, Atticus responde: “Las historias son como la gente. Amarlas no las hace perfectas. Uno trata de quererlas y no fijarse en sus faltas”. El dilema, otra vez.

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3

El meme anti-yo no es el primero relacionado conmigo. El año pasado circuló esta imagen, que me parece mucho más exacta, en el sentido de que me gustan las historias de terror –incluyendo muchas de H. P. Lovecraft– pero yo mismo no soy un monstruo venido de la Gran Oscuridad Exterior. Lo dejo a su consideración.

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

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Posted: October 21, 2020 at 8:09 pm

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