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Otro corazón delator

Otro corazón delator

Ana V. Clavel

En el célebre cuento “El corazón delator”, Edgar Allan Poe nos presenta a un hombre neurótico que, obsesionado por la mirada ciega de un anciano, lo espía mientras duerme. Una noche se percibe descubierto y cede al impulso de matarlo. Para ocultar su crimen, desmiembra al anciano y lo esconde bajo las maderas del piso de la habitación principal. Cuando los gendarmes acuden a revisar al día siguiente, alertados por un vecino que oyó un grito, encuentran todo en orden. En un desplante irracional, el asesino los invita a que se sienten en la habitación donde se hayan ocultos los restos del cadáver y conversa ahí con ellos. Incluso, se da el lujo de colocar su silla encima del muerto. Al poco tiempo su discurso se vuelve delirante, con un incremento del volumen de voz para acallar lo que pareciera el tic-tac de un reloj que cada vez se hace más presente. Frenético por ese vaivén que lo acosa y lo pone al borde de la locura, ante la sorpresa de los policías, el hombre confiesa su crimen, atormentado por los latidos del corazón del anciano que no ha podido acallar en su delirio. De ahí la certera precisión del título del relato: un corazón delator capaz de incriminar y acusar.

Los antiguos egipcios creían que cuando un hombre moría, su corazón era puesto en una balanza. En uno de los platos, el órgano donde se asienta del alma; en el otro una pluma, símbolo de la diosa de la justicia y la verdad. Si las acciones en vida del hombre habían sido justas, su corazón debía pesar menos que la pluma, en cuyo caso era destinado a la vida eterna con Osiris. Si, por el contrario, pesaba más que la pluma de la justicia, era condenado a la aniquilación a manos del monstruoso Ammit. Pero el veleidoso corazón en ocasiones atestiguaba en contra de su dueño. Por lo que el Libro de los muertos que acompañaba al difunto incluía un conjuro para evitar esa traición: “¡Oh corazón que me fue dado por mi madre!, ¡oh víscera de mi corazón de mis diferentes edades! ¡No levantéis falsos testimonios contra mí en el juicio de mi muerte, no os opongáis a mí ante el tribunal, no me demostréis hostilidad en presencia del guardián de la balanza!”. No es imposible que Poe leyera sobre tal plegaria pues en la época en que vivió (1809-1849) los trabajos de excavación de los egiptólogos estaban en auge, y obras como Vida y costumbres de los antiguos egipcios de Sir John Gardner Wilkinson, producto de una década de investigación, se publicó en 1837, seis años antes de que “The Tell-tale Hart”, el título original del relato de Poe, saliera a la luz. Pero también es cierto que para los reinos de la imaginación un corazón que late y que solo puede ser escuchado por unos cuantos, no resulta tan improbable y llega a ser incluso una consecuencia casi obligada en los terrenos de una mente mórbida y delirante como la del asesino de la historia.

¿Otro caso para la araña?

Más allá de la imaginación literaria y sus atisbos visionarios que nos permiten entrever zonas oscuras de nuestra realidad miserablemente humana, el relato de Poe me vino a la cabeza a raíz de una noticia que ha salpicado con letras escarlatas los medios y las redes, sorprendidos de aún conmocionarnos con el horror nuestro de cada día. En fecha reciente, varios medios y portales de noticias como Associated Press y Sin Embargo difundieron la historia de un presunto feminicida serial que fue capturado gracias a que la última de sus víctimas era esposa de un comandante de la policía mexicana. El sospechoso, de nombre Andrés y 72 años a cuestas, fue localizado en su domicilio de Atizapán de Zaragoza, Edomex, cuando el esposo de Reyna, el comandante Bruno, cansado de esperar durante varios días el auxilio de la Fiscalía a la que reportó la desaparición de su mujer, hizo averiguaciones por su cuenta. Él sabía que Reyna, su esposa de 34 años, había quedado de encontrarse con Andrés, un hombre conocido por la familia, a quien ayudaban de manera caritativa por su escasez de recursos, a fin de que la acompañara y ayudara a cargar las compras que haría en un mercado del centro donde se abastecía de modelos y refacciones para el pequeño negocio de celulares del que era dueña.

El mismo día que su esposa no llegó a casa, Bruno preguntó a Andrés sobre el paradero de Reyna, pero éste le informó que ella no se había presentado a la cita programada, que ni siquiera la había visto. Por su trabajo como policía, Bruno conocía los procedimientos y mecanismos de facto para continuar una investigación. Ante la nula respuesta del Ministerio Público, decidió acceder a las cámaras de vigilancia del domicilio de Andrés y pudo constatar que su esposa había llegado y entrado al lugar, pero que no había vuelto a salir. Entonces se presentó en la casa de Andrés, acompañado de un cuñado y varios policías que permanecieron fuera del inmueble al interior de una patrulla. Al principio Andrés se negó a dejar pasar a Bruno, pero, intimado por la presencia policiaca, terminó por aceptar diciéndole que no iba a encontrar nada. Y en efecto, tras una revisión general, ni Bruno ni su cuñado encontraron nada. Entonces el policía tuvo una corazonada: se le ocurrió marcar el número de Reyna. Otro corazón delator, el celular de su esposa comenzó a repiquetear en un área que resultó ser un sótano improvisado con una pequeña entrada.

Como una cámara de los horrores, en el sótano encontraron partes del cuerpo de Reyna, una sierra ensangrentada y un cuchillo en una trama que se antoja digna de una serie policiaca. Pero además zapatos de mujer, maquillaje, listas de nombres y tarjetas de identidad de al menos quince mujeres que habían sido reportadas como desaparecidas desde cinco años antes. También hallaron osamentas y huesos enterrados bajo el piso de la vivienda. Pero esto sucedió cuando las autoridades, ante la inminencia de los hechos, enviaron el equipo forense y tomaron las medidas precautorias del lugar. Antes, cuando el teléfono delator descubrió los restos de Reyna, su asesino trató de escapar, pero los policías que vigilaban afuera se lo impidieron. De hecho, al momento de esta narración, Andrés ha tenido que ser trasladado a una prisión especial pues, en el reclusorio donde había sido encarcelado como medida cautelar, varios presos intentaron ajusticiarlo.

Aunque el Ministerio Público se negó a ayudar a Bruno como sucede con tanta frecuencia en el país, su caso es excepcional: él contaba con medios para llevar a cabo la investigación por su cuenta, cosa que la mayoría de los mexicanos no tienen. Bruno pudo esclarecer el caso de la desaparición de su esposa y dar con el responsable. ¿Pero cuántos casos no quedan irresueltos por negligencia, apatía, burocratismo, indolencia de las autoridades (in)competentes? Más allá de las resonancias literarias y de cara a la realidad de violencias cotidianas, con el caso de Reyna y su presunto asesino, se revela una vez más una gran metáfora de descomposición social: ese otro corazón delator que palpita en los sótanos de la justicia a la mexicana, crímenes que claman ser escuchados y no quedar impunes.

 

Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007).  Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99

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Posted: June 8, 2021 at 9:14 pm

There is 1 comment for this article
  1. Oscar at 10:05 pm

    El “Buen Policía” Bruno tuvo que sufrir en carne propia lo que desgraciadamente sufren muchos mexicanos, que no solo son víctimas de la indiferencia criminal de Policías como Bruno, ministerios publicos, jueces y un largo etc., Y de paso de la poca empatía de ciudadanos como yo!!

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