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Nuevo orden, de Michel Franco

Nuevo orden, de Michel Franco

Naief Yehya

Como era de esperarse el sexto largometraje de Michel Franco (1979) es una obra incómoda, preocupante y ácida, que una vez más logra provocar retortijones intelectuales y emocionales hasta a los auditorios más tolerantes, desinhibidos e indiferentes. Esto le ha ganado al director de Daniel y Ana (2009), Después de Lucía (2012) y Chronic (2015) seguidores fieles, así como detractores feroces de su cine al que acusan de misantrópico y cínico por atentar contra su zona de confort. Sin embargo, su reciente película Nuevo Orden, ha llevado los ataques a otro nivel, a ser denunciado por su clasismo, sexismo y racismo. Esto pone en evidencia varias cosas, lo principal es la torva miopía de la interpretación selectiva, así como la incapacidad de leer un discurso complejo que hace eco a la realidad pero mantiene una distancia de los hechos, y en particular el reduccionismo patológico y los prejuicios de clase y color de piel de ciertos críticos y opinadores que denuncian el filme, muchos de ellos sin haberlo visto. Debido a las cuerdas sensibles que toca y al momento histórico es importante iniciar el análisis de esta cinta catalizador y catarsis apuntando que así como no invita a la conciliación de opiniones tampoco es para todo mundo.

Tras un prólogo de imágenes inquietantes con una cascada de agua verde en unas escaleras; misteriosas jaulas vacías y la protagonista Marianne (Naian González Norvind) desnuda, pintada de ese mismo color (que algunos han querido ver como el verde de las manifestaciones feministas pro aborto, aunque es bastante obvio que es una evocación de uno de los colores patrios —el legendario verde de los pastizales y los uniformes militares— que empata y complementa cromática y simbólicamente con el rojo de la sangre), la vemos probándose un vestido de novia en una tienda mientras afuera alguien lanza pintura verde contra el aparador y recostada con una expresión de ansiedad en una cama. Son las imágenes del presente, pasado y futuro de la protagonista quien entrelaza los sucesos políticos y sociales con la intimidad familiar.

Una multitud irrumpe en una sala de hospital del IMSS, desalojan a los enfermos (la primera en ser expulsada es significativamente una mujer rubia) para reemplazarlos por sus compañeros heridos en una manifestación, con la intrigante complicidad del personal médico. Una toma cenital nos muestra docenas de muertos civiles pintados de verde y de ahí Franco hace un contrapunto al llevarnos a la lujosa mansión del Pedregal donde una familia acomodada (como reza el eufemismo) celebra la boda de Marianne y Alan (Darío Yazbek), protegidos del mundo exterior por guardias de seguridad y altos muros. En la fiesta corre el alcohol, la cocaína y sobre todo los alardes de influencias, conexiones, corrupción, mordidas y poder. La propia Marianne sabe que los generosos sobres de dinero que recibe como regalos de bodas son parte del botín político empresarial de la familia, lo cual expresa muy elocuentemente mientras está sentada en el excusado. Embriagados por los estimulantes y el narcisismo, los asistentes y anfitriones ignoran los disturbios callejeros hasta que agua verde comienza a correr por las llaves del baño y los invitados llegan pintados y estremecidos.

El giro de tono viene cuando un viejo empleado de la familia, Rolando (Eligio Meléndez) se presenta a pedir un préstamo urgente a sus expatrones para una operación de emergencia que necesita su esposa, a quien vimos ser expulsada de su cama de hospital. La madre de la novia le da poco más del quince porciento de lo que necesita. Al enterarse Marianne quiere darle la cantidad completa que necesita pero descubre que no tiene autoridad sobre su propio dinero y requiere del permiso de su padre y novio para disponer de él. Reconocerse impotente la enfurece y provoca que salga con su tarjeta de crédito y acompañada de Cristian (Fernando Cuautle) uno de sus empleados doméstico, que poco antes vimos preparando drogas para los invitados, a la casa de Rolando para pagar ella misma por la operación. Este desplante que ha sido señalado como de “salvadora blanca” es en realidad un intento por reafirmar su agencia. Afuera la ciudad se ha convertido en un campo de batalla. Al salir de su burbuja comienza el descenso a los infiernos del abuso, la tortura y la violación que parecen insólitos a los privilegiados pero irónicamente son la cotidianidad contemporánea en buena parte de la república. ¿Qué más se puede decir con certeza en un país con un mínimo de diez feminicidios al día?

Nuevo orden, que también escribió Franco, es su obra más política (que no quiere decir comprometida), fue reconocida con el Gran premio del Jurado de la bienal de la Mostra de cine de Venecia y parte de la crítica por la manera en que plantea cómo a partir de lo que parece una manifestación popular masiva en contra del gobierno (las pancartas leen mensajes sospechosamente genéricos: “No al gobierno”, “Basta” y “Somos 60 millones de pobres”) se derivan acciones de vandalismo (pintas: “Ricos putos”, destrucción e incendio de comercios, casas y vehículos), saqueos y asesinatos en colonias adineradas. El salto de la violencia callejera a las invasiones multihomicidas de residencias privadas implica una ira desquiciada, un punto de no retorno y desaparición del miedo a las consecuencias. Pero antes de que terminen de arder los incendios, que el resentimiento popular haya sido satisfecho o que la masa triunfe en el derrocamiento del viejo orden, el ejército recupera el control y aprovecha el miedo y la consternación por el caos para a su vez saquear, asesinar y secuestrar, pero lo más importante, para reacomodarse como salvadores de la nación e imponer un Nuevo orden sin libertad de circulación ni expresión, pero con toques de queda, impunidad para el abuso, pases de trabajo estrictamente regulados, vallas de seguridad para proteger ciertas zonas residenciales y ejecuciones públicas. Para mostrar esto con eficiencia Franco se vale de la fotografía precisa, vertiginosa y desoladora de Yves Cape, así como del uso de una pista sonora, dominada por ruidos de helicópteros, sirenas, balas, gritos y altavoces.

La película es tan relevante por lo que muestra como por lo que deliberadamente omite. No hay una explicación de la rebelión, no se sabe si tiene líderes, nadie grita consignas específicas, no se ofrecen muestras de estrategia de lucha, ideología u objetivo alguno, o si es el resultado de la manipulación de las propias instituciones para consolidad y aumentar su poder (Escuchamos en la radio a los reporteros preguntarse intrigados por qué las fuerzas del orden no intervienen para impedir la violencia). Así, aunque el filme parece ofrecer una confrontación entre clases sociales lo que en realidad hace es mostrar una conspiración y un pacto entre políticos, oligarcas y militares que usan al pueblo como chivo expiatorio, lo cual queda inconfundiblemente claro en la secuencia final. Franco no da voz ni nombre ni rostro (salvo a los sirvientes y guardias que se unen a la rebelión) pero sí tez morena a los manifestantes-alzados. Pero presenta igualmente planos y desarticulados a los engreídos y detestables asistentes a la fiesta, quienes podrán tener la piel clara, nombres, apellidos y diálogos pero están en el mismo plano deshumanizado que sus adversarios. En gran medida las imágenes de la fiesta que pueden rayar en la caricatura son el retrato más realista del filme y sirven para establecer culpas y complicidades, así como evaporar cualquier pretensión de inocencia de la clase privilegiada. Más que una celebración es el andamiaje del saqueo del país.

Lo que nos ofrece Franco es la percepción y desprecio que tiene la elite de los manifestantes, con los que sólo pueden relacionarse desde su posición de superioridad, y les es imposible cualquier forma de empatía que les distraiga de sus intereses, así como cualquier comunicación que no se limite a darles órdenes. Retratos de la cisma social entre patrones y sirvientes han sido expuestos recientemente en cintas como Roma, de Cuarón y la Camarista, de Avilésn (ambas de 2018), en donde se exhibe la posición de la servidumbre en una sociedad que depende de ella pero la explota, invisibiliza, infantiliza y desecha a la menor provocación. El retrato aquí es mucho más crudo. No obstante, junto con el racismo y clasismo de los patrones, inevitablemente blancos, se enfatiza que tanto los alzados como la tropa juzgan a sus victimas y enemigos por su color de piel, la ropa que llevan, sus apellidos y posesiones. Racismo y clasismo siempre han ido de la mano en México, donde la interiorización del pantone epidérmico es un atributo nacional. Pero si el pecado de la nación es la racialización y castificación, resulta aún más tóxico el oportunismo político que los explota para sus ambiciones.

Si el horror de la invasión domestica es electrizante, la brutalidad del ejército, dividido aparentemente en bandas de secuestradores y asesinos uniformados en los distintos rangos, es aún más impactante. Marianne se cree rescatada hasta que una soldada le exige que le entregue su teléfono, sus aretes y sus joyas. Todo es cuesta abajo a partir de ese momento de revelación. Lamentablemente Franco no parece exagerar en su retrato de la corrupción y crueldad militar.

El cine desde sus orígenes y la imagen de un tren llegando a la estación de la Ciotat, de los hermanos Lumière (1895) se definió inevitablemente como un espectáculo sensacionalista, uno que mantiene su fascinación en parte por ofrecer estímulos novedosos y sin precedente. Periódicamente se estrenan películas que muestran imágenes o representaciones violentas o estremecedoras, así como transgresiones escandalizantes que, independientemente de su valor estético, narrativo o fílmico son a menudo acusadas de ser muestras de sadismo repulsivo o de obsesiones grotescas. Esta táctica es a la vez un dispositivo de marketing para atraer al público como un recurso fundamental de este medio para transmitir ideas poderosas y actuales de maneras novedosas. Entre los muchos acusados de explotar las emociones del público están Hitchcock por Psicosis (1960), Powell por Peeping Tom (1960), Pasolini por Saló (1975) y Escalante por Heli (2013). ¿Decir que mostrar violencia es gratuito no sería como decir que la realidad es gratuita, y que la ficcionalización debe ser prudente y apetecible aunque describa el oprobio y la abyección?

En el caso de Nuevo orden se ha criticado que se muestre que los soldados degraden, abusen y violen a sus cautivas de “buenas familias” o que un preso sea sodomizado con una picana, curiosamente las ejecuciones a sangre fría han causado menos reacciones airadas. Ha molestado la inclusión de un cartel que dice “Ni una más”, con lo que se ha implicado que Franco está en campaña contra las mujeres, a esto suman que no enseña un solo desnudo frontal masculino y en cambio varios femeninos. El viejo dilema de mostrar o no mostrar sigue dividiendo al público y casi siempre el lado que se opone a ver ofrece razones supinas, metafísicas e inevitablemente moralistas para censurar.

Parte del éxito y furor de la película se debe a las obvias resonancias que tiene con la realidad mexicana: la ascensión del ejército en la vida pública a partir del gobierno de Calderón y su creciente control del ámbito civil en la era de López Obrador (aeropuertos, acciones policiales, vacunación, obras de infraestructura), el temor histérico de las clases altas de estar al borde de una venezuelización o cubanización, la ansiedad que producen los discursos populistas y la marcada polarización social que afecta a nuestro país.

Pero el impacto de la propuesta, como señalamos al inicio, no se limita a México. En esa turba enfebrecida tenemos un reflejo de la masa trumpiana de autodenominados deplorables (que en gran medida eran clasemedieros pauperizados), que inspirados por teorías conspiratorias en línea y un presidente populista y demagogo, tomó por asalto el capitolio el 6 de enero de 2021 exigiendo la eliminación del proceso democrático electoral. Los seguidores del culto QAnon (que son docenas de millones) claman por la instalación de una dictadura militar en Estados Unidos, la imposición de un estado de sitio y ejecuciones públicas de políticos y celebridades. Lo que algunos ven en la cinta de Franco como una visión política confusa a incoherente es un reflejo de la ausencia de opciones, de la aterradora y aparentemente irreconciliable fragmentación social y de la distorsión que crean las redes sociales (que, no sorprende a nadie, han sido el espacio donde se ha crucificado con mayor vehemencia a esta película) y sus algoritmos al favorecer lo que Paul Virilio llamó las política de lo peor, que inevitablemente conducen a la muerte del espíritu en un tiempo de zombificación mediática.

Es imposible pensar en el trabajo de Franco sin evocar a Herzog o a Haneke, y en este caso no faltará quien recuerde a la aguda comedia social Parásitos, de Bong Joon-ho (2019). Nuevo orden funciona de una forma diferente, no es realmente una alegoría ni un relato épico ni un ejercicio de realismo sórdido. La fuerza del cine de Franco radica en que en sus retratos de las relaciones de poder no compromete nunca sus imágenes a la redención fácil de las buenas intenciones o el absolutismo de las ideologías. Su transgresión nihilista consiste en no caer en los usuales motivos e ilusiones complacientes del cine, en los tradicionales mecanismo que sostienen que la humanidad en el fondo es digna y honrada. Su gélida visceralidad no da explicaciones ni señales esperanzadoras ni mucho menos guías emocionales o políticas para descifrar la caída al abismo del caos. La única pista que ofrece es que la pieza icono central de la historia es la pintura que cuelga en la casa de Marianne: Solo los muertos han visto el fin de la guerra, de Omar Rodríguez-Graham, de 2019 y que debe su título a una frase atribuida a Platón. Con ese mensaje de desesperanza Franco se sacude etiquetas y desafía las convenciones narrativas. Aún los actos de solidaridad y sacrificio terminan revelando su inutilidad en una sociedad irremediablemente descompuesta en donde la única certeza es que el Nuevo Orden será tan injusto, depravado y cruel como el antiguo. Como dice el zorro en Anticristo, de Lars von Trier (2009): “El caos reina”.

 

naief-yehya-150x150Naief Yehya es narrador, periodista y crítico cultural. Es autor, entre otros títulos, de Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios (Planeta, 2013) y de la colección de cuentos Rebanadas (DGP-Conaculta, 2012). Es columnista de Literal y de La Jornada Semanal. Twitter: @nyehya

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Posted: May 2, 2021 at 3:59 pm

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