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SOBRE “LA QUEMA DE LA CORRESPONDENCIA”
COLUMN/COLUMNA

SOBRE “LA QUEMA DE LA CORRESPONDENCIA”

Ana García Bergua

Yo prefiero el soplo, el susurro
Que se mueve suave, el sonido va y viene,
Más quedo, como voces…
Un diálogo o una sola voz que responde
A mi inquietud, mejor, a mi plegaria.
Roberto Ransom, “Los primeros de abril”

Hace algunos años, cuando viajé a Chihuahua para una feria del libro, mi amigo Roberto Ransom y su esposa Rosa María me invitaron a comer a su hermosa casa. Muchos recuerdos gratos guardo de aquellas horas que pasé con ellos, en los que agradecí su confianza, la cálida compañía y la comida deliciosa, hay que decirlo, que Rosa María preparó para nosotros. Entre ellos una imagen –no sé si la soñé– se me ha quedado fija a través del tiempo, y es el del espacio de trabajo de Roberto, su escritorio que tenía apoyado contra la pared, y en éste, una miríada de notas y papeles, dibujos, un universo que me recordó a aquellos donde los detectives de las películas pegan las fotos y las pistas de los casos que van resolviendo. Roberto señaló los papeles y me dijo: esta es la novela en la que estoy trabajando.  La imagen me impresionó, desde luego, en primer lugar porque mis costumbres de escritura son quizá demasiado parcas, pero más que eso, me pareció muy revelador de un modo de emprender la escritura: ahí, pensé, puede un escritor trazar el mapa de su novela y, merced al hecho de tener todo tan a la vista, como todos los viajeros, no perder la orientación.

Conocí a Roberto hace muchos años, cuando éramos becarios y él estaba escribiendo A tale of Two Lions. Desde entonces he seguido su obra con gran interés; una amistad entre escritores pasa por la realidad que cada generación comparte, por el entrecruzamiento y la comunicación de intereses, lecturas, obsesiones, la vida y la obra de cada uno que se van reflejando en un cauce cuyo movimiento se condensa libro a libro. No cabe duda que los años compartidos de amistad han sido años complejos en términos personales y también en lo que respecta a nuestro maltrecho país: ¿llegamos a imaginar, cuando éramos unos jóvenes becarios, la compleja y dolorosa realidad que llevamos viviendo desde hace ya muchos años? Sin duda pensábamos en otros temas, más frescos, y nuestra literatura se acotaba a mundos más personales. En los últimos años, sin embargo, da la impresión de que la realidad devora todo lo que uno escribe: quizá necesitamos mapas para orientar la escritura en medio del apocalipsis que nos ha tocado vivir. 

De alguna manera, en La quema de la correspondencia asistimos a un mapa vital de la escritura de Roberto Ransom, uno muy necesario, incuso similar a aquel que entreví en aquella visita a su casa.  Un mapa al que él llama poética y podría llamarse de otras maneras pero sí, es una poética porque abarca todo lo que en un momento dado interviene en la escritura: los símbolos, las lecturas, los viajes, los sueños, pero también las enfermedades, las dudas, la crisis, los recuerdos del pasado, la religión, el mal, el amor. Una poética no es sólo el “deber ser” de los libros que el escritor se propone, sino también todo lo que va modificando esa idea central:

“Siempre tuve una imagen desde comenzar a trabajar: Nos conocemos de antes es un buque que es hundido en el mar para crear un gran arrecife artificial, fragmentos de prosa, cascos de metal que dejo caer en lo que seguido me parece un mar gris y casi muerto, para que ahí se vaya acumulando la vida. Es asunto de espera, de sedimentación y saturación… ¿Que cómo crece aquello? Azaroso, multitudinario, yermo en partes, del sol y el aire ha pasado al sol y el agua, una multitud de organismos, pero crecen junto con lo que se les parece o, mejor, con lo que les corresponde. “

La creación es, parece decirnos Roberto, un ente orgánico, un ser que va creciendo según se asocian sus componentes múltiples y al final se sedimenta. Podríamos decir que los textos que se suceden y acompañan en este libro son como aquellos fragmentos y cascos que se han ido reuniendo y abarcan diversos aspectos de esta poética vital. Para entender a un escritor, quizá, deberíamos traerlo a la casa con sus libros. Seguramente un día nos diría una cosa, otro día otra sobre el mismo tema; seguro se arrepentiría de lo que escribió la semana pasada, quizá lo volvería escribir. Así, por ejemplo, en uno de los textos Roberto Ransom comparte las notas para su novela en proceso Cuerpo que se va entre las manos, Escarabeo o el insomnio de Grégor, divida a su vez en varios libros más. Estos pequeños textos comparten certezas y zozobras, planes, descubrimientos, iluminaciones. Sería la famosa escaleta de los novelistas, pero enriquecida con citas, ideas, esas que pocas veces se publican, si acaso como parte de un estudio académico sobre un escritor.

Es el Antiguo Testamento al Nuevo Testamento de La metamorfosis de Kafka. El AT también puede entenderse como las notas del futuro autor de La Metamorfosis. No pelearme con mi inclinación hacia lo fragmentario, sino explotar esto: pedacería, listas, géneros…, lo contrario a una «novela bien hecha». En esa otra tierra, Historia de dos leones, La línea del agua, Te guardaré la espalda, Los días sin Bárbara… todas han sido fragmentarias.

En la poética que nos comparte Roberto aparecen las huellas del camino vivido, junto con el transcurrir de la obra, que como las personas se va modificando al paso del tiempo. Hace años, hablando de su libro de relatos Vidas colapsadas (Aldus, 2012), escribí: “…este narrador nacido en la Ciudad de México en 1960 desarrolla en su obra un estilo de resonancias que, más que decir, sugiere. Así, sus novelas y relatos no son tanto la sucesión de ciertas acciones acomodadas de maneras diversas (una especie de gimnasia narrativa muy en boga, que corre el riesgo de esconder tras el embrollo formal la falta de fondo), sino el desarrollo de un clima emocional a partir de una situación que parece complicarse desde adentro, desde su mismo comienzo.”

No es extraña entonces la manera en que la autobiografía y la política se imbrican en estos textos: tanto la fuerte depresión clínica que el autor padeció durante la escritura de una de sus novelas y los sucesos traumáticos que ocurrieron con sus hijos –el secuestro y recuperación milagrosa de Ana Paula, el rescate del ahogamiento de Roberto Elías, hechos que cambian radicalmente a cualquier persona–, como el clima de interminable violencia en que el país ha vivido sumergido desde la presidencia de Felipe Calderón, cuando el autor participó en la formación del Movimiento por la Justicia y la Dignidad encabezado por el poeta Javier Sicilia, son quizá el centro doloroso de las novelas que perfila el libro, especialmente Escarabeo, que aborda La metamorfosis de Kafka antes de que Gregorio Samsa amanezca convertido en escarabajo.  ¿Qué necesita vivir alguien para transformarse de esa manera?, se pregunta Roberto Ransom. ¿Qué necesitamos vivir para volver a ser los de antes y no escarabajos?

Después de la visita a la casa de Roberto, aquella vez, quedé con la impresión de que la familia había pasado por una tormenta de arena como la que relata en uno de sus cuentos de Vidas colapsadas, en el que la casa familiar es casi invadida por la arena. Nunca supe si fue sueño o si realmente sucedió, pero era claro que el vendaval había pasado por sus vidas. Quizá los vendavales, las tormentas, dejan a su paso pedazos de papel, enseres, huellas y trozos como aquellos que reúne Roberto en La quema de la correspondencia.

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos. Twitter: @BerguaAna

 

 

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Posted: October 17, 2021 at 6:12 pm

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