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Coleccionista de desencantos

Coleccionista de desencantos

Ricardo López Si

Hace tiempo descubrí con profunda tristeza que los pingüinos no eran monógamos, y que, según el testimonio de un ornitólogo barcelonés, en la mayoría de las diecisiete especies «los machos tratan por todos los medios de conseguir cópulas extramaritales». En medio de la tormenta que desencadenó semejante revelación, me encontré con la emocionante historia de Mustafa, un solitario pingüino de Humboldt que se enamoró perdidamente de la asediada Marcusa, tras enviudar de Pipa, su pareja, al quedársele a ésta atascado un huevo. Aquel fue un momento especialmente aleccionador: se derribó ante mis ojos el mito de la fidelidad entre pingüinos y el del Kevin Costner de Luis Mandoki como la única reivindicación del amor tras la viudez.

Luego de la decepción que me provocaron en el pasado algunos registros históricos que desmitificaban la belleza genuina y arrebatadora de Cleopatra, me había prometido ser más mesurado con mis reverencias y ceremonias de culto. El caso es que al poco tiempo, con Diane Kruger interpretando a Helena de Esparta —que no de Troya— en una famosa cinta del alemán Wolfgang Petersen, volví a fracasar estrepitosamente. Pasé, contra mi voluntad, varios días evocando la leyenda de la mujer de Menelao como una suerte de Nena Daconte garciamarquiana.

La cadena de circunstancias que me tienen sumido en un desencanto que se acerca peligrosamente al nihilismo se hiperbolizó tras descubrir que Rembrandt, uno de los grandes hitos culturales de la historia de Ámsterdam, fue abandonado a su suerte sin dinero ni reconocimiento por las élites de la ciudad pese a su inagotable genio creativo, algo no muy distante a lo que padeció Franz Kakfa con los checos por elegir el alemán como lengua literaria y con los alemanes por su condición de judío. No puedo imaginar lo desmoralizador que debe ser contemplar el mastodóntico óleo de La ronda de noche en el Rijksmuseum o el inquietante Buey desollado en el Louvre sabiendo que su autor fue castigado en vida con varias dosis de tiránica indiferencia.

Posteriormente, como preludio al cataclismo, llegó otra devastadora noticia: El País, el único periódico abiertamente consagrado a los prosistas, se transformaba en un medio de comunicación plenamente digital en toda América. Esto significaba privarme, entre otras cosas, de emprender una furiosa embestida matinal al Sanborns más cercano y de dejar en las cafeterías la contraportada de cara como testigo revolucionario, especialmente los miércoles de Leila Guerriero, los viernes de Juan José Millás, los sábados de Fernando Savater y los domingos de Manuel Vicent.

Luego, como ya se sabe, se desató una pandemia mundial, una circunstancia fatal que ha cobrado la vida de más de un millón de personas en todo el mundo, y que tiene a mucha gente sumida en la más absoluta desesperanza y a otra tanta, como yo, embebida de una nostalgia paralizante por lo que pudo ser y no fue. Fue precisamente durante el confinamiento, al asumir mi papel de coleccionista de desencantos, que me encontré con una reflexión en la edición impresa del semanario del New York Times, que buscaba, intuyo, emerger como la semilla de la reconciliación entre los murciélagos y los seres humanos. Una empresa compleja y honorable, tomando como referencia que los murciélagos han sido el foco de contagio del virus Río Bravo —relacionado con el de la fiebre amarilla—, el de Marburgo y el síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés), que apareció en 2002. Bajo sospecha también se le atribuye el ebolavirus de Zaire y el ya célebre y dolorosamente histórico covid-19. Para crear conciencia, David Quammen, escritor de ciencia, naturaleza y viajes, advirtió no sólo del efecto de propagación sino de vulnerabilidad de los murciélagos en la transmisión de enfermedades. Resulta que desde hace catorce años los seres humanos fungimos como el vector de un virus proveniente de Europa que está exterminando murciélagos en buena parte de América del Norte. El denominado síndrome de la nariz blanca (WNS), provocado por un hongo patógeno, ha reducido el noventa por ciento de la población conocida de tres especies de murciélago, además de pérdidas significativas en al menos otras cuatro.

No soy el más indicado para exigir rendición de cuentas respecto a la estigmatización de los murciélagos en la cultura popular —hace no mucho estuve merodeando los Cárpatos transilvanos en honor a Vlad Tepes, el origen de la leyenda de Drácula—, pero al ver la indiferencia e irresponsabilidad con la que estamos afrontando la pandemia como sociedad, prefiero defender causas más dignas. El desencanto es inminente, lo sé, pero después de todo, me siento capaz de soportarlo.

 

*Imagen de Michael Pennay

Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi

 

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Posted: February 2, 2021 at 10:26 pm

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