Essay
Latinoamérica en Washington   
COLUMN/COLUMNA

Latinoamérica en Washington   

David Medina Portillo

El progresismo constituye la versión profana de la redención por la moral y la fe, el perfeccionamiento humano debido a la penitencia que nos hace dignos a los ojos de la Providencia. Sustituyamos ésta por el mito secular del Progreso y arribaremos a la superioridad moral del progresismo.

1. Hace algunos años traduje un fragmento de Ill fares the land, de Tony Judt. El autor murió en 2010 y mi traducción debió coincidir con sus últimos meses de vida. Se trata de un libro publicado de manera póstuma, dictado a Eugene Rusyn, unos de sus alumnos y colaboradores más cercanos en esos momentos. A Judt se le diagnosticó en 2008 una esclerosis lateral amiotrófica que le inmovilizaría todo el cuerpo. En esos dos años finales escribió tres de sus títulos más intensos, Ill Fares the Land, Thinking the Twentieth Century y The Memory Chalet. En ellos sobresale el Judt más lúcido y amargo sobre la crisis de un Occidente inmediatamente previo al ascenso de los populismos en Estados Unidos y Europa, cunas del liberalismo democrático.

La traducción de aquel fragmento, aparecido primero como colaboración en The New York Review of Books, me llevó al libro publicado pocos meses después. Son muchas las ideas y reflexiones como múltiples las alarmas y augurios en torno a la crisis de la democracia liberal. Al reseñar el deterioro generalizado de los servicios de salud y educación junto con sus instalaciones públicas, reflejo no solo inocultable sino espejo obscenamente expuesto, según Judt, de la acelerada e histórica desigualdad de las tres o cuatro décadas pasadas, uno no puede evitar la comparación y escandalizarse por la paulatina latinoamericanización de Estados Unidos. Eso fue lo que pensé al leer Ill Fares the Land. Ignoro si la observación alberga algún pecado políticamente incorrecto. Como sea, el contraste da qué pensar.

Los acontecimientos que sobrevinieron después han obligado a considerar el deterioro de la democracia liberal con otros ojos, más impacientes. Si la creciente desigualdad invadió la metrópoli, aún faltaba el rasgo definitivo para equipararla, justamente, con la tradición de antiliberalismo endémico en la historia latinoamericana. Judt no vio el arribo de Trump con el que se inauguró el populismo posmoderno norteamericano. En cambio, alertó muy temprano en contra del fenómeno que ha marcado la era post Bush: la oposición entre un liberalismo identitario y beligerante (política oficial con Obama y Hilary Clinton) y su también vociferante némesis, el populismo antiglobal. El rechazo de Trump —alentado desde sus redes— contra los resultados electorales de 2020 y el espectacular asalto al Capitolio por parte de sus militantes para exigir la anulación de esas elecciones, parecía ratificar el símil. Latinoamérica en Washington.

2. Más allá de que la comparación puede parecer retórica, lo cierto es que el populismo moderno tiene denominación de origen y es latinoamericano. Uno de los ensayos mejor documentados y agudos a este respecto es Del fascismo al populismo en la historia, de Federico Finchelstein, quien destaca precisamente esta reinvención de la imaginación antiliberal: “Perón no quería imitar ese pasado derrotado [el del despotismo mussoliniano]. Quería liberar al peronismo de la carga del fascismo, y el resultado fue una versión posfascista, autoritaria y antiliberal de la democracia”. Sin embargo, lo que el autor no advierte es que el peronismo constituye, en realidad, solo un episodio en nuestra añeja tradición antimoderna, donde modernidad y liberalismo han sido, a su vez, sinónimos de la paulatina pero irrefrenable secularización de las sociedades.

3. A cada generación le gusta creer en su condición inédita, la novedad indiscutible de su experiencia. El fenómeno es parte de nuestra concepción de la historia, marcada por una idea de progreso en donde el hoy supera al ayer y el futuro, necesariamente, es mejor. Superamos etapas: a una era de oscurantismo le sucede la luz. El pasado caduca rápidamente y la juventud parece una superación, la ley del progreso. La vejez es naturalmente conservadora y la juventud fatalmente revolucionaria. Etcétera. A su vez, este modelo de superación tiene un equivalente moral, político y social: el progresismo para el que las sociedades contemporáneas son, indiscutiblemente, prueba palpable de nuestro paulatino e irrevocable perfeccionamiento. El progresismo constituye la versión profana de la redención por la moral y la fe, el perfeccionamiento humano debido a la penitencia que nos hace dignos a los ojos de la Providencia. Sustituyamos ésta por el mito secular del Progreso y arribaremos a la superioridad moral del progresismo.

En efecto, creímos que el oscurantismo había quedado atrás. Sin embargo, lo único nuevo es que ese pasado no ha vuelto por la puerta trasera sino de manera espectacular, asumiendo el poder en las metrópolis del progresismo triunfante. De ahí la sorpresa a la que nadie se sobrepone aún porque, en lugar de ceder, el fenómeno del populismo se ha vuelto endémico y hay que aprender a vivir con él. Al menos en un futuro cercano.

4. El liberalismo democrático latinoamericano es episódico en contraste con nuestra recia tradición autoritaria. La historia oficial diría lo contrario en la medida que la leyenda liberal está ligada indisolublemente a las gestas de Independencia. Sin embargo, nuestro liberalismo siempre ha sido ostentosamente autoritario, jacobino. La historia latinoamericana registra una vieja simbiosis entre esta mentalidad jacobina y las misiones jesuitas. Ahora bien, la militancia de la razón versus las milicias de la fe suscribe una oposición cómoda que oculta sus lazos profundos.

Ya es común que para explicar la actual ola de populismo los especialistas se remonten a uno de los más célebres antiliberales: el ideólogo del nacionalsocialismo Carl Schmitt. Menos obvio es acudir a los precursores de Schmitt, entre ellos a uno de los orígenes secretos pero decisivos de la teología política contemporánea: Donoso Cortés. En este punto la imaginación antiliberal posmoderna se reencuentra con una de sus fuentes aún fértiles: el catolicismo hispánico, cuya genealogía intelectual ha estado relacionada en más de un momento con una concepción reaccionaria de la historia.

El populismo es reaccionario y sus revoluciones, revueltas dirigidas a restablecer una armonía rota, la unanimidad del bien moralmente irrefutable. Cualquier universo simbólico (y el populismo no es más que eso, una sopa de símbolos) escapa a la razón y el argumento y es, por definición, inmune a la racionalidad del Progreso.

5. La revolución populista no responde al modelo de las revoluciones del siglo XX, corolario directo del Siglo de las Luces, la revolución industrial y el racionalismo científico. El populismo es reaccionario y sus revoluciones, revueltas dirigidas a restablecer una armonía rota, la unanimidad del bien moralmente irrefutable. Cualquier universo simbólico (y el populismo no es más que eso, una sopa de símbolos) escapa a la razón y el argumento y es, por definición, inmune a la racionalidad del Progreso.

el populismo se injerta sobre un antiguo y robusto tronco. A la caducidad del hombre y a la imperfección de la historia, opone el llamado a un pueblo mítico, eterno, incontaminado. La unanimidad, la unidad orgánica del pueblo que el populismo evoca, no es un pacto racional, sino una comunidad de fe que protege del pecado y de los peligros del mundo. En tal sentido, el populismo es un fenómeno de origen religioso o mejor: es un modo religioso de entender la vida y la historia. (Loris Zanatta, Populismo jesuita: Perón, Fidel, Chávez, Bergoglio, Buenos Aires, Edhasa, 2021).

6. Los populismos de izquierda latinoamericanos y de derecha norteamericanos coinciden en su renovado antiliberalismo, unos de raíz religiosa y otros con demandas identitarias raciales o culturales —o una mezcla indiscriminada y hasta radical de todo. Adelantándose a ello Judt condenó el fenómeno de la antipolítica liderada entonces por movimientos como el paleoconservadurismo y el Tea Party, a los que se sumaron después el voto de la Middle America (con sus estereotipos rednecks y white trash), el activismo del Dark Enlightenment y la Alt-Right posmoderna que, como sabemos, allanarían el camino a Trump.

El fenómeno de la antipolítica no viaja solo. Desde la segunda mitad del siglo XX ha patrocinado diversas manifestaciones hostiles al pacto racional democrático en favor —según el modo edificante— de la política como eje moralizador de la vida pública. En lugar del Estado secular se reivindica una suerte de Estado ético y hasta étnico, desterrando el individualismo y la codicia (lacras del mercantilismo) para dar paso a las quimeras de la imaginación radical.

7. La explicación marxista sobre los orígenes económicos del fascismo no fue abandonada nunca por la izquierda cultural y académica, particularmente en Latinoamérica donde ostenta una autoridad imperturbable desde los años sesenta a la fecha. El antiliberalismo latinoamericano ha mantenido una hostilidad histórica a la democracia liberal en la medida en que identifica al liberalismo con el patrocinio y custodia del capital, esto es y en términos crudos, con una larga tradición oligárquica. En contraste con las democracias consolidadas, el desarrollo del capitalismo en la región ha sido el del enriquecimiento de esas oligarquías. Contra esa historia, la izquierda latinoamericana reanima de cuando en cuando un milenarismo revolucionario en donde la revolución solo es una de las formas privilegiadas de emancipación y la redención. La pulsión religiosa se reconoce como imaginación revolucionaria: aunque no cualquier religión, solo aquella en guerra contra la modernidad y sus dobles, el liberalismo democrático, el mercado y la apología secular del progreso. En nuestra historia, “conservador” solo es aquel que no comulga con el milenarismo redentor de nuestros populismos, enemigos atávicos de la democracia liberal.

La pulsión religiosa se reconoce como imaginación revolucionaria: aunque no cualquier religión, solo aquella en guerra contra la modernidad y sus dobles, el liberalismo democrático, el mercado y la apología secular del progreso. En nuestra historia, “conservador” solo es aquel que no comulga con el milenarismo redentor de nuestros populismos…

Durante las crisis periódicas de las sociedades abiertas renacen las quimeras de la imaginación antimoderna. A este respecto existe toda una tradición con nombres que comparten incluso el beneplácito de reaccionarios y revolucionarios, teólogos y teóricos del fascismo y el nacionalsocialismo como Schmitt quien, inesperadamente, surca el pensamiento de la izquierda cultural al lado de otras figuras del santoral habituales, como Benjamin o Gramsci. La fascinación por el pensamiento de derecha ha sido parte de la vulgata radical de izquierda y el caso de Schmitt es apenas uno de los ejemplos más recientes. El fenómeno inverso no era común hasta la llegada del populismo posmoderno.

8. Quienes lo conocieron afirman que Andrew Breitbart, cofundador y fundador de Huffington Post y Breitbart News, respectivamente, era capaz de citar en un mismo hilo a Foucault, Ayn Rand y Sarah Palin. Richard Spenser, creador y al parecer responsable de consolidar el término Alt Right, se graduó disertando sobre T.W. Adorno en la Universidad de Chicago. Asimismo, en su momento causó escándalo entre la derecha tradicional —y por supuesto, entre la izquierda cultural—, la declaración de Steve Bannon donde se confiesa leninista:

“Soy leninista”, le dijo Steve Bannon a un redactor de The Daily Beast, a finales de 2013. “Lenin quería la destrucción del Estado y ese es mi objetivo también. Quiero que todo se derrumbe, destruir íntegro el establishment contemporáneo” [información cotejada por The New Yorker].

Los extremos se tocan, ya se sabe. Esta modalidad de poder ahora es global y multipolar. Es de quien seduce con el uso retórico de la antipolítica, la demagogia que promete la solución definitiva al agravio colectivo de la política, del poder sin autoridad ni legitimidad superior. Es de izquierda y derecha y, a veces, de la grosera confusión de ambas. Así, y por vez primera en la historia, el populismo antiliberal toma el Capitolio en un gesto más que escenográfico de golpe de Estado. No tenían al ejército, aunque sí a un poder con aspiraciones autocráticas. Latinoamérica en Washington.

 

 

David Medina Portillo. Ensayista, editor y traductor. Editor-In-Chief de Literal Magazine. Twitter: @davidmportillo

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Posted: February 17, 2022 at 11:07 pm

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