Fiction
A favor de Jaime Gil de Biedma

A favor de Jaime Gil de Biedma

Helena García Mariño

Jaime,

Te llevo leyendo con compulsión cuatro meses y te robo versos cada vez que encuentro una oportunidad mínima. Aunque los fuerce, aunque suenen a expresiones de otro siglo.

Me confieso, he dicho que tengo una imposible propensión al mito y que temo la humillación imperdonable de excesiva intimidad sin haber precisado que eran palabras tuyas, porque de alguna forma así las sentía un poco -más- mías. Ahora, con mala conciencia, busco una forma de expiación y esta vez sí, citándote, te redacto la carta de amor que tú, que reivindicabas la vuelta a la correspondencia baudelariana, nunca te escribiste. No necesito que se cumplan los veinticinco años de tu muerte, ni que sea el aniversario de la publicación de tu Moralidades. Lo hago como forma de redención. Y por la justicia poética debida.

Reincido y esta vez hurto a Virginia Woolf, que escribió en uno de sus ensayos que todo aquello que es “divinely beautiful is also divinely heartless”. Veinte años después tú empezaste a entenderlo. A ambos os unía el haber nacido con un don despiadado, de la misma cepa del que anidó en el vientre de Casandra y con el que compartió años de agonía. Los dos, Virginia y tú, compartisteis la capacidad terrible de una lucidez casi profética. Sabíais que la vida, el amor, el mundo, son infinitamente hermosos y también infinitamente crueles. Entendisteis que el ser no es unívoco y que dentro de vosotros convivían varias personas en lucha constante. Virginia escuchaba sus voces expulsadas por bocas invisibles, tú te enfrentabas a ellos cada vez que mirabas una fotografía antigua. En tu interior había una guerra de guerrillas, latente y descarnada, entre el niño bien y la persona preocupada por la justicia social, el hedonista y el materialista, el hombre vital y el que busca la autodestrucción.

La única forma que encontraste para sobrevivir, igual que Virginia, fueron las palabras. Supiste convertir el arrepentimiento de los palos que no te habían dado en verbo y te hiciste, por mala conciencia, escritor de poesía social (esto es tuyo). Pero también hablaste sobre amor y sobre muerte y sobre odiar los lunes (porque, aunque nos duela, quizá,/ quizá tienen razón los días laborables) y sobre miedo y sobre miedo al paso del tiempo y sobre contemplar la luna llena entre las dos torres de Notre Dame cuando parece que el mundo se acaba (era en los buenos años de mi juventud/los años de abundancia/ del corazón, cuando dejar atrás padres y patria/ es sentirse más libre para siempre). Porque todo eso también era –es– política.

Tú, que fuiste un encajador, hiciste un trato con la vida: buscaste incansablemente la belleza y aceptaste todo el dolor que traía consigo. Te sobrevino ya adulto la valentía adquirida durante la guerra, que entonces, de niño, te parecía una fábula. Encontraste la belleza del lenguaje en el habla cotidiana y te mortificaste por no ser capaz de llenar tus versos de palabras abstractas; encontraste la belleza física en otros cuerpos y sufriste cuatrocientas veces el rechazo al tuyo –porque los misterios del amor son del alma pero un cuerpo es el libro en el que se lee (esto también es tuyo); encontraste la belleza de la transgresión y la escasez, de la riqueza y el abandono y te dejaste sujetar por la vida porque, precisamente, no era como la esperabas.

Cada vez que no sé adónde ir vuelvo a Las personas del verbo, la recopilación de lo mejor de tu poesía, que es el mapa de tu paso por la vida, la búsqueda de tu cosmogonía personal. Se abre, como los ventanales de la casa de tu familia en el campo castellano, a la lucha constante contra tu peor enemigo, tú mismo, el atormentado tirano, el Big Brother insomne, omnisciente y ubicuo: Calibán y Narciso a la vez. Dejaste que hablasen todos los seres que te habitaron, que fueron muchos y a la vez fue uno: Jaime Gil de Biedma se pelea con Jaime Gil de Biedma. Se reconcilia, se odia, se hace el amor, se critica, se escribe poemas de afecto profundo y poemas póstumos. Y esto último, si me permites que te lo diga, fue el culmen de tu genialidad, la brillantez última antes de la expiración.

Así que yo, Jaime, y nosotros, ahora, aún, no lo podemos evitar: cuando tú hablas, cuando tú nos hablas, no hay verbos alrededor.

All the rest is silence.

HelenaHelena García Mariño. Nació en Madrid hace veinticinco años. Licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Profesora de Literatura y escritora.


Posted: October 6, 2016 at 9:53 pm

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