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Séptima semana

Séptima semana

Lorea Canales

1 de Mayo 2020

Termina la séptima semana de encierro. Empieza mayo. Afuera llueve. Hoy se celebra en otros países el Día del Trabajo. En Estados Unidos no se conmemora, porque aquí no triunfó el movimiento laboral. Acá, los trabajadores sin sindicato siguen siendo explotados en las plantas procesadoras de carnes, en el campo, en los almacenes de Amazon y de Walmart. Aquí reina el libre mercado, pero los salarios más bajos son diez veces más altos que en México. Diez veces es un aproximado, depende del tipo de cambio y de los estados, pero mientras lo mínimo que exige un trabajador son 7 a 15 dólares la hora, aun siendo ilegal, en México son 10-15 pesos. De todas formas, estos números son irrelevantes porque ahora hay 30 millones de desempleados formales en Estados Unidos. Qué importa cuánto es el salario mínimo cuando no hay trabajo.

Dicen algunos que los gobiernos se han equivocado privilegiando “la economía” sobre las vidas humanas, que los gobiernos son cómplices de miles de muertes por no haber actuado a tiempo. Dicen otros que no hemos dimensionado el costo humano de estar en cautiverio, mencionan los incrementos en llamadas a las líneas de auxilio, hay niños y mujeres que están encerradas con su abusador. En México, de enero a marzo, se han contado mil asesinatos de mujeres.

Discúlpenme por recordarles aquello que intentamos olvidar. Entiendo que olvidar es un privilegio. Entiendo que si tu mamá o tu hija es una de las víctimas o desaparecidas, no hay nada que puedas olvidar. Entiendo que si no tienes trabajo o comida o amaneciste con un ojo amoratado o con la quijada dislocada, sea más difícil, quizás imposible, olvidarlo. Pero también entiendo, porque nadie es inmune a la tragedia, que no hay de otra. Que la situación más atroz, más inmunda, exige una salida.

Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, describe en otro de sus libros a un piloto que cae en un paisaje yermo rodeado de nieve, camina tanto como puede, utiliza sus víveres con sabiduría, hasta que llega un momento en el que el hombre se da cuenta que va a morir. Enciende su último cerillo. Sus manos apenas logran moverse. Sus pies están congelados. Miles de kilómetros lo separan de cualquier lugar habitado. Reconoce que va a morir. Como ya va a morir y lo sabe, no hay nada que pueda hacer para evitarlo, decide dar un último paso. Al lograr este paso decide dar otro. El hombre se salva.

En Nueva York, un dron toma fotos de fosas comunes en Hart Island. La imagen es desoladora, como también lo es la de los cadáveres en camiones refrigerados, y la de los cadáveres descompuestos. Se suman a las imágenes de las fosas en México, de los cadáveres calcinados, de los cuerpos de mujeres. Dicen los americanos que ya superaron los muertos a los caídos en Vietnam. Voces los corrigen, la cifra es mayor a los americanos muertos en Vietnam pero no a la de los vietnamitas, cuyos muertos se cuentan por millones. El precio de una vida se calcula por nacionalidad.

Leo “Crónicas de mi no-existencia”, de Rebecca Solnit. En este último libro, la autora rememora sus inicios como escritora y recuerda un mundo que buscaba silenciarla. Un mundo en donde su insistencia por vivir sola y caminar por las calles, era una afrenta. Un mundo en el que la libertad era castigada con el acoso sexual o la violación. Nunca me violaron, dice, pero pasé toda mi juventud en un intento por evitarlo.

El libro de Solnit me remonta a los tiempos antes de la pandemia, donde las mujeres marchaban cada vez con más insistencia reclamando nuestro derecho a existir sin violencia. Donde estos reclamos, algunas veces hechos con pintas a monumentos, se criticaban por violentos, sin que se pudiera sentir el origen del reclamo. Solnit describe cómo es que una mujer no tiene derecho a enojarse, una mujer enojada es una loca. Nunca la mujer es sujeto de razón, nunca su enojo es provocado, nunca es coherente al reclamar.

Ahora, con el confinamiento, la mujer vuelve forzosamente a la casa, al cuidado de los niños, a la cocina, a la amenaza de los puños. Tampoco ahora se puede enojar una mujer. ¿Cómo puede enojarse? Si tiene techo, comida, familia. El enojo, en todo caso, pertenece a los hombres desempleados —no hablemos del trabajo no remunerado— o a los menos afortunados. Calculo que ustedes leerán esto alrededor del 10 de mayo, que no es el día del trabajo como hoy, sino el día de la madre. Calculo que todavía no podrán invitar a las mamacitas a restaurantes o regalarles los tradicionales ramos de flores. Espero que este 10 de mayo se celebre de otra manera, quizás siendo el Estado el que reconozca y remunere el trabajo materno. Quizás con la obtención del derecho a enojarnos. Quizás con la atención al derecho de vivir sin violencia. Mientras que el virus hizo que casi todos los gobiernos del mundo tomaran medidas precautorias, la violencia contra la mujer sigue ignorándose. Las mujeres seguimos siendo asesinadas, pero eso no importa, porque pertenece a una esfera privada, porque lo público es macho y machista. 

 

LoreaLorea Canales es autora de los títulos:  Apenas Marta (Becoming Marta, 2011)  y Los perros (The Dogs, 2013) . Ha sido incluida en diversas antologías. Su Twitter es @loreac

 

 

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Posted: May 8, 2020 at 8:03 am

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