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¿Y si no merece la pena ser cristiano?
COLUMN/COLUMNA

¿Y si no merece la pena ser cristiano?

Andrés Ortiz Moyano

Supongo que todos tenemos una imagen de la Navidad. Me refiero a una imagen concreta, una estampa, una fotografía que se proyecta en nuestra mente cuando escuchamos o pensamos en las Pascuas. En mi caso, desde la niñez, siempre fue el Belén que mi padre monta en la sala de estar. Desde niño me fascina; hoy, por la belleza de las figuras y el esmero del constructor a la hora de representar panorámicas espléndidas; entonces, porque el Belén era siempre el heraldo de las vacaciones.

Ahora, sin embargo, no soy capaz de ver ninguna imagen. Me ciegan las luces; esas horribles y cegadoras luces navideñas que lo inundan todo desde mediados de noviembre, tan temprano en el calendario que en ocasiones el frío ni siquiera ha llegado al hemisferio norte.

No, no puedo ver nada; las luces me funden los iris. Pero es que tampoco me dicen nada, no me transmiten nada; son cataratas estridentes del todo vacuas. Se supone que debo rendirme a la belleza, a la emoción de las fechas. Pero, por más que me esfuerzo, en esos horribles fogonazos de mil colores solo percibo la fría firma de la ecuanimidad radical.

Esas luces, no obstante, me resultan paradigmáticas. Da la sensación de que las que deben ser las grandes fiestas cristianas, las hemos convertido en la mayor manifestación de desapasionamiento del mundo occidental. Un desapasionamiento aceptado gustoso por los gobiernos, quienes abrazando el laicismo extremo han desdeñado la inconmensurable riqueza del patrimonio cultural e histórico de occidente. Pero no perdamos el tiempo con los políticos.

El laicismo objetivo es necesario, pero si se traduce en celebrar el nacimiento de Jesús sin Jesús se transforma en un absurdo y huero poso de negación de las emociones, las pasiones y la fe.

Sí, en efecto, como decía, las dichosas luces son paradigmáticas de los tiempos que vivimos. En los que, llegados a este punto de descreimiento, cinismo y frivolidad, me pregunto si merece la pena ser cristiano. Porque esas luces aberrantes puede que sean otra demostración más de que el cristianismo, sobre todo el catolicismo, no tenga futuro. Honestamente, esto, lejos de ser un aforismo pesimista, es más bien una posibilidad propuesta, qué pena, por los hechos y no por las opiniones.

Ser cristiano hoy día es profesar uno de los credos más desfasados e inútiles, aceptando ese cruel e inexorable baremo usado por la sociedad actual, que ya se ha llevado por delante a insignes escuelas del pasado como la filosofía o el análisis crítico. El cristianismo apenas puede apelar a dogmas trasnochados cuando la ciencia y la tecnología responden a la inmensa mayoría de preguntas. Y así es imposible, oiga.

Y es que creer, valga el pleonasmo, es un acto de fe. Y esto, en un mundo cada vez más descreído y cínico, resulta sumamente difícil. Difícil, por ejemplo, por el propio riesgo social que supone decir “yo creo”; la presión es descarnada por parte de aquellos quienes, en tiempo récord, ha decidido recelar de todo lo ínfimamente beatillo o con olor parroquial, adhiriéndole, porque sí, etiquetas de debilidad, ingenuidad, estupidez, o vaya usted a saber.

Vivimos en un mundo cada vez más tecnificado, donde se da la extraña paradoja de que multiplicamos nuestro respeto por supersticiones y bulos hasta hace poco ridículos (véase el terraplanismo o el movimiento antivacunas), mientras que nos esforzamos en castigar las creencias tradicionales. Bueno, cualquiera tiene derecho a ser idiota.

En este sentido, hemos alcanzado un extraño punto de ideologización de las creencias, en el que la propia fe de unos y otros se califican entre la progresía y lo carca. Y no deja de ser curioso (o más bien espeluznante) que combatir la vacunación represente un acto de modernidad pese a que provoque la muerte de niños, adultos y ancianos, mientras que creer que una virgen dio a luz al hijo de Dios hace dos mil años te transforme en una suerte de Torquemada anacrónico. “Nobody expects the Spanish inquisition”, creo que decían los Monty Python. Y, sin embargo, el cristianismo pierde estas fáciles batallas.

Hiperbolicemos el debate. Díganme, por favor, si tiene futuro un credo perseguido en los cinco continentes de forma hostil y creciente. No en vano, los cristianos representan el grupo religioso más acosado desde China hasta Nigeria, desde Libia hasta Siria; desde Irán hasta Turquía. Por favor, que alguien niegue que no es deporte de riesgo ser hoy día copto en Libia, caldeo en Irak o maronita en Líbano. ¿Merece la pena?

Por otra parte, los problemas nunca vienen sólo desde fuera. En el propio seno cristiano se vive una competición encarnizada entre evangélicos y católicos, alcanzando un cruento escenario por la agresividad de los primeros y la pasividad de los segundos. El auge del poder de los evangélicos resulta preocupante dada la rotundidad de sus postulados, más propios de grupos nacionalistas o de burdos lobbies de poder, que se han traducido en verdaderas oleadas de actividad política en países como, por ejemplo, Brasil, donde la victoria de Bolsonaro no se entiende sin el apoyo decidido de pastores de ultraderecha que teledirigen el voto de sus cada vez más numerosos feligreses. Fíjense qué casualidad, que el propio Nicolás Maduro se ha interesado por esta posibilidad al arrimarse a movimientos evangélicos en Venezuela. ¿Qué puede salir mal?

La demolición del cristianismo quizás sea otra muestra más de este mundo cada vez más extremo, al que estamos estirando so cierto riesgo de romperlo por la mitad. Entre ellos y nosotros, azules y rojos, blancos y negros, mujeres y hombres, diestros y siniestros. ¿No se lo creen? Dense una vuelta por Twitter.

Quizás la religión, las creencias de cada uno, sea una víctima más de esa polarización estratégica de quien nos quiere siempre crispados. Porque tan sospechoso me parecen aquellos que escabechan la Navidad de cualquier elemento mínimamente cristiano, como esos otros que reclaman la fe, fíjese usted qué casualidad, para justificar sus anhelos nacionalistas. ¿El último ejemplo? El vibrante discurso navideño de Boris Johnson.

Por ello, me resulta realmente difícil hoy día ser cristiano. Desde la propia concepción de la fe, la tendencia al agnosticismo (no ateísmo) parece la conclusión más razonable. Como dice David Attenborough, si todo esto lo hubiese creado Dios, tendríamos que asumir que son igual de gloriosas las cataratas Victorias que la existencia de un parásito que sólo puede vivir en la córnea de un niño recién nacido. Es imposible apostar por algo que sólo plantea dudas, que nos obliga a pensar. Es, del todo, intolerable.

Las dudas son insoportables. Son tan… humanas, que en este mundo apresurado no se nos está permitido experimentar con los interrogantes. Si hoy día es pecado mortal preguntarte simplemente “¿por qué?”, son esos enemigos de la maravillosa complejidad de las personas los que no quieren que te compliques la vida. Es su particular ministerio de la Verdad, que proponía con asombroso tino el maestro Orwell.

Pero, ¿y si, como postula precisamente el humanismo cristiano, la duda es la base de la riqueza espiritual? Dudas tuvieron siempre los grandes hombres y mujeres de la historia. Oscar Wilde criticaba a aquellos que hablaban mucho de la belleza de la certidumbre como si ignorasen la belleza sutil de la duda. “Creer es muy monótono; la duda es apasionante”, decía, siempre provocador.

A lo mejor es, no lo sé, esa duda lo que necesitamos. Una duda que revitalice la religión menos atractiva y a la vez más necesaria en estos tiempos de persecución y de pensamiento único. Desde el pragmatismo calvinista que separa a los humanos útiles de los inútiles; desde el fanatismo de los evangélicos, hasta los estragos de la yihad y la relatividad de los orientales.

En esta fantástica aventura que es Occidente, a pesar de sus enormes sombras, de sus intolerables altibajos, la santísima trinidad la han formado el derecho romano, la filosofía griega y la caridad cristiana. Considerar que esa aportación crítica a la humanidad no es más que un elemento pop, irrelevante o incluso pernicioso es, sencillamente, suicidarnos de todo lo que nos hace grandes. Desde el respeto y libertad individual, incluso por encima del estado, hasta el convencimiento de los Derechos Humanos.

En cualquier caso, a mí no me pregunten. Sólo tengo dudas.

 

Andrés Ortiz Moyano, periodista y escritor. Autor de Los falsos profetasClaves de la propaganda yihadista; #YIHAD. Cómo el Estado Islámico ha conquistado internet y los medios de comunicación; Yo, Shepard y Adalides del Este: Creación. Twitter: @andresortmoy

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Posted: February 10, 2020 at 10:56 pm

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