Trampitas de los canceladores
Pablo Majluf
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No quiero aquí discutir su alegato ni las causas por las que los canceladores la cancelaron, pues mucho ya se ha dicho al respecto. Más bien, quiero desenmascarar algunas razones de los canceladores para negar que estuvieran censurando.
Los canceladores contemporáneos a menudo niegan que su censura constituya censura. Es una gran diferencia con los viejos canceladores —digamos, los más desfachatados y directos— que no se andaban con cuentos. Censura a mucha honra. Los actuales también censuran, solo que les interesa ir por el mundo negándolo, y para ello aducen algunas trampitas muy peculiares. Muchos incluso se proclaman grandes defensores de la libertad de expresión, al tiempo que cancelan. Desean ambos mundos, el control propio del autoritarismo, y las medallas del liberalismo. Es una censura políticamente correcta y preocupada por las apariencias y reputaciones: serlo, pero no parecerlo.
Las trampitas salieron muy a flote en la reciente cancelación de la escritora argentina Ariana Harwicz, invitada y luego desinvitada del “festival literario” Cultur Alh de Granada por negar que Israel estuviera cometiendo un genocidio en Gaza. Yo personalmente estoy de acuerdo con Harwicz, pero no quiero aquí discutir su alegato ni las causas por las que los canceladores la cancelaron, pues mucho ya se ha dicho al respecto. Más bien, quiero desenmascarar algunas razones de los canceladores para negar que estuvieran censurando, porque son invariablemente las mismas que escucho en otros casos de cancelación y tienen otras implicaciones.
Una fascinante y muy frecuente es que no puede ser censura si la autora ahí está y tiene muchos espacios: lectores, editoriales, redes sociales. Es más, le va muy bien. Cuál cancelación si vende mucho, la invitan a programas, podcasts, entrevistas, otros festivales. Su novela Mátate, amor fue llevada al cine por Lynne Ramsay y producida ni más ni menos que por Scorsese. Incluso venderá más después de la cancelación, por lo cual evidentemente no es tal.
La lógica es extraordinaria porque, primero, confunde un acto con un resultado. Para el cancelador contemporáneo, no basta con impedirle a alguien que hable en un lugar, habría que impedirle que hable en todos (a propósito, ¿esa es la meta?). Y segundo, utiliza el éxito que el escritor consiguió antes de la cancelación y por cuenta propia, para escudarse. Qué definición tan cómoda para el cancelador: mientras no veamos al escritor muerto de hambre, no te atrevas a llamarme censor.
Después viene la trampa más semántica. No cometimos censura, sino simplemente boicot, desinvitación, desprogramación, protesta. Todo con causa. La carta firmada por más de 500 escritores y personalidades de la cultura a favor de la exclusión de Harwicz lo dice tal cual: “Organizar un boicot pacífico no es censurar”. Qué confesión, ¿no? Y remata: “criticar no es censurar, protestar no es censurar”.
Miren cómo les importan las apariencias. Desde luego que criticar y protestar no son censurar. Pero es que Harwicz no fue solamente criticada ni solamente objeto de protesta: eso hubiera estado muy bien. Fue invitada y, tras la presión de los canceladores, desinvitada. Los canceladores puntualmente exigían reconsiderar su participación, la cual fue debidamente reconsiderada. Es fácil esconderse después en eufemismos de asepsia burocrática como “boicot” y “desprogramación” para negar que su queja haya desembocado en censura, cuando es concretamente lo que pedían.
La siguiente admite un poquito más el garrote pero sigue escudándose y es bastante popular, no tanto entre los canceladores sino entre quienes los justifican. No es censura, dicen las turbamultas, sino consecuencias por las palabras. Nos recuerdan una y otra vez que la libertad de expresión no es absoluta y que una autora polémica debe de saber que al negar un hecho consumado e incuestionable como el genocidio en Gaza, sus palabras van a irritar a los fanáticos. Ni modo. Burda tautología, ¿no? Veamos la lógica circular:
—Oiga, ¿Por qué desinvitaron a la autora?
—Por negar el genocidio.
—Es decir, ¿por sus palabras?
—No, para nada. Son simplemente las consecuencias de sus palabras.
O sea, lo que hicieron los canceladores y sus centinelas fue cambiar astutamente el nombre del castigo: de “censura” a “consecuencias por las palabras”.
De la mano va que los canceladores se arrogan el derecho de imponer “límites éticos”. Así lo dice también su carta en defensa de la cancelación: “Las instituciones culturales establecen límites éticos todo el tiempo”. De tal suerte que desinvitar no es censurar cuando la causa es moralmente justificada.
El problema es que ellos definen la causa y el límite ético que nadie puede violar. En este caso han definido irrevocablemente que lo ocurrido en Gaza es un genocidio y que el límite ético es no ponerlo en duda. ¿Qué no es acaso lo mismo que hacen los nacionalistas, revolucionarios y religiosos: creer que están protegiendo algo?
Finalmente está el pretexto de la seguridad física, quizá el más cómodo en tanto que le permite a los canceladores negar toda voluntad censora. No es que quieran cancelar: es que no tienen de otra porque no pueden garantizar la seguridad de la escritora. Harwicz aseguró que eso le comunicó la organización, que no podían garantizar su “seguridad ni tranquilidad”. La censura queda enterrada como un acto protocolario y se desplaza de quienes quieren impedir el acto hacia amenazas abstractas, que desde luego son posibles —así se las gastan—, pero eso tampoco elimina el ánimo censor.
Me temo que todas estas trampas lo único que hacen es elevar el umbral de la censura. Qué va a ser censura si la escritora sigue publicando y es exitosa. No es censura porque sólo la desinvitaron. No es, porque fueron consecuencias de sus palabras. No, porque existen límites éticos. No, porque había problemas de seguridad. Siempre falta un ingrediente, una ecuación ideal para escurrir el bulto. Hasta no ver disidentes en la mazmorra, prohibido sonar las alarmas (y ya veremos). Sobra advertir por qué estos disfraces son tan útiles para gobiernos de signo autoritario y sus propagandistas (las he visto una y otra vez en México). Les permite ser autoritarios, esquivando la etiqueta.
Pablo Majluf es autor de Confesiones de un deliberado (Literal Publishing, 2024) y El pueblo bueno y sabio, entre otros títulos. Edita el newsletter Disidencia.mx. Fue editor web de Letras Libres. X: @pablo_majluf
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Posted: October 7, 2026 at 5:15 am







