Fjord, del director Cristian Mungiu
Rose Mary Salum
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En su libro titulado The Origin of Satan, Elaine Pagels realiza un estudio profundo del origen etimológico del concepto que habita debajo de la palabra Satán. En sus primeras acepciones, lo satánico, explica la historiadora, se deriva del concepto de extrañeza, de lo extranjero, de aquello que no es como lo propio, lo conocido. Y esta definición la ubica en los comienzos de la Historia cuando las sociedades apenas comenzaban a organizarse y vivir en comunidad. La otredad, en ese sentido, las invasiones, lo extranjero, lo que no se podía entender, se volvió de inmediato el motor que nos traería a la conciencia el concepto de lo satánico.
Mientras veía inmovilizada el final de la película Fjord del director rumano Cristian Mungiu y que fue merecedora de La Palma de oro en Cannes este año, el recuerdo de ese libro se hizo muy presente. La historia parece sencilla, como lo puede ser un hermoso paisaje de los fiordos, pero como ellos, el filme esconde abismos emocionales muy característicos de la obra de este director.
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La escena siguiente es brutal porque sucede con una economía de palabras y contención emocional que resulta muy violenta. Vemos a dos mujeres de Protección Infantil, darle aviso a Lisbet, que se llevarán a sus hijos en ese mismo instante porque hay sospechas de que los niños han sido maltratados. Eso, le explican, es penado y se considera un crimen federal en Noruega. La tolerancia es nula y no permiten que la madre siquiera se defienda so pretexto de que todo lo que exprese, desde sus gestos corporales hasta su tono de voz, actuarán en su contra en el momento del juicio o los distintos juicios que están por venir. Ninguna de las partes puede alzar la voz y esa es, tal vez, la forma más perturbadora de la violencia: la que se ejerce en voz baja y convencida de su propia bondad.

Y aquí surge la primera pregunta que el director nos plantea y cae sobre el espectador como una piedra en aguas tranquilas: ¿hasta dónde debe interferir el Estado en la vida privada de padres e hijos? ¿Dónde termina la protección y empieza el control? Son preguntas antiguas, pero Mungiu las postula dentro de un paisaje que las ofrece como nuevas, porque nada parece más civilizado que Noruega y nada más inofensivo que una familia que reza.
A partir de este momento, las perspectivas se bifurcan, por un lado somos testigos de la visión religiosa y comunal, la que entiende a la familia como un cuerpo, a los hijos como una encomienda divina y a la autoridad paterna como un orden que no se discute. Por el otro, podemos ver la visión racional e individualista de una sociedad que se jacta de ser equitativa y pragmática y que practica el ateísmo como una virtud casi sagrada. Lo inquietante es que las dos visiones son, a su modo, dogmatismos. Y las dos tienen una amplia cabida para ejercer su violencia. Está la violencia de los padres que imponen una visión ceñida a su fe, que castigan, que prohíben a sus hijos bailar o escuchar música. Está también la estructura de poder que recae sobre sus ciudadanos, su visión atea y la irrupción en la vida privada de sus ciudadanos en una mañana cualquiera desarmando a una familia entera con la frialdad de un procedimiento administrativo.
Cada parte está segura de tener la razón, de poseer todas las certezas. Los padres saben que Dios está con ellos. Los funcionarios saben que el peso del Estado y el bienestar de los menores está de su parte. Nadie duda. Nadie es receptivo. Nadie está dispuesto a ceder para entender las posturas del Otro. Algunos críticos intenacionales han dicho que la oposición de visiones que ofrece el director es simplista, que los personajes se reducen a principios y que el Estado aparece casi caricaturizado. Pero me pregunto si esa simpleza no es justamente el retrato más fiel de nuestros tiempos. Vivimos en un mundo sin mediaciones, sin puntos de encuentro, donde cada trinchera ha decidido que la otredad no tiene rostro y si acaso hay un concepto para nombrarla es lo satánico. En ese sentido, Mungiu no inventa la simplificación, solo la muestra. Así es el comportamiento de la sociedad contemporánea, así nos juzgamos, sin matices, como dos costas que se miran a través de un agua demasiado fría para cruzarla.
Las actuaciones de los padres son extraordinarias. Stan construye a un hombre rígido, frío, que no desborda simpatía porque se sabe el jefe de una familia. Pero es Renate Reinsve la actriz representando a Lisbet quien sostiene la película desde ese mundo interior que postula la hisotira. Hay en su rostro una quietud que no es indiferencia sino represión, un dolor que se hunde como el agua de un fiordo bajo un cielo muy nublado y que con seguridad recibirá diversas nominaciones de la Academia Internacional.
¿Y el racismo que deriva del contacto con la otredad? Ese en Noruega no se pronuncia pero se ejerce. Probablemente así suceda en Rumania. La desconfianza hacia lo ajeno se cuela en los gestos amables del comité de bienvenida, en las preguntas de la fiscalía, que poco a poco dejan de interesarse por los moretones de Elia para muy pronto interesarse por la fe, por las costumbres y por el carácter rumano del personaje. El Otro es tolerado mientras se parezca a nosotros. La sociedad que se piensa a sí misma como la más abierta del mundo pone en evidencia, sin quererlo, sus propias limitaciones.
La cinematografía es espléndida pero no por ello gratuita. Los paisajes que acompañan la historia, reflejan esa dualidad: mientras afuera todo es amplitud, montañas que se abren, mar que se extiende, luz que no termina, en su interior, cada personaje sufre una violencia íntima, callada, que no encuentra salida. Lo que parece tranquilo se vuelve violento, lo que parece civilizado no necesariamente es pacífico. Los fiordos se abren al mar y los hombres se encierran en sus creencias. La naturaleza ofrece lo que la cultura niega: un lugar donde dos elementos distintos pueden convivir sin oprimirse.
Llego así a la pregunta final, la que de verdad importa y la que me acompañó al salir del cine: ¿consigue la película que la audiencia tenga un momento de reflexión, que vea en la pantalla sus propias actitudes, sus propias certezas, sus propias restricciones? ¿O se vuelve didáctica y busca convencernos e inclinarnos hacia una orilla? Quizá eso sea lo que Mungiu buscaba: no resolver la pregunta sino contarnos una historia. Provocar un encuentro con el Otro sin satanizarlo, sin exigirle que se vuelva nosotros y ver lo que resultaría de ello. Aprender que las entradas de mar y tierra, que conviven silenciosas, como la esencia de los fiordos, son muestra fehaciente de que ninguna de ellas se anula sino más bien, se complementan.
Rose Mary Salum es la fundadora y directora de Literal, Latin American Voices. Es la autora de Medio Oriente en México. Antología de escritores de orígen árabe (LP, 2024). Donde el río se toca (Sudaquia, 2022, Hablemos escritoras, 2024), Otras lunas (Libros del sargento, 2022) Tres semillas de granada, ensayos desde el inframundo (Vaso Roto, 2020), Una de ellas (Dislocados, 2020). El agua que mece el silencio (Vaso Roto, 2015), Delta de las arenas, cuentos árabes, cuentos judíos (Literal Publishing, 2013) (Versión Kindle) y Entre los espacios (Tierra Firme, 2003), entre otros títulos. Sus obras se han traducido al inglés, italiano, búlgaro y portugués. Su Twitter es @rosemarysalum
Posted: November 2, 2026 at 10:18 pm







