Essay
Las simples, pequeñas cosas

Las simples, pequeñas cosas

Socorro Venegas

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—A ver si sabes qué es —me dice Piedad.

Tomo el libro nuevo que me extiende. La voz de las cosas. Poemas e ilustraciones de Piedad Bonnet (Lumen 2026), se lee en la tapa dura. Por un momento logro aislarme del bullicio del restaurante, el lugar en que encallamos después de las actividades en la Feria del Libro de Bogotá. Sopeso el volumen, ligero, de formato apaisado, propicio para el despliegue de los breves textos que voy descubriendo junto a las ilustraciones. Paso despacio las páginas, aunque desde que vi en la tapa ese saco en su percha, suspendido en la nada, y la silla vacía, supe: “Son las cosas de su hijo”.

:::::: Ya no hay afuera ni tampoco adentro.
:::::Sólo umbral, destello de luz, línea de quiebre.

Son dibujos hechos a lápiz, sin pretensiones. Trazos que el alma necesita. Una coherencia de sobreviviente guía la carrera del grafito, solo el lápiz sabe a dónde va. Detrás del ventanal hay un árbol y un arbusto. De este lado, una mesa despejada sobre la que descansa un teléfono, de esos con disco para marcar y bocina. Un cuchillo inofensivo, el que casi nunca usas en la comida y alguien ha olvidado recoger. La cabecera de una cama y una almohada. La desnudez de las cosas.

Y ni torso, ni mano, ni caricia.

— Son las cosas de alguien —respondo al fin, tímidamente.

Piedad sonríe satisfecha.

:::::: —Me han entrevistado un montón de periodistas. Ninguno lo pensó. A nadie se le ocurrió. Sí, son las cosas de Daniel.

El hijo de Piedad. Si quiero recordar su rostro puedo verlo en la foto que ella pone en su perfil de WhatsApp. Quién podría olvidar la historia de esa pérdida, narrada en otro libro, una obra llamada a perdurar: Lo que no tiene nombre.

La voraz memoria de los objetos, me digo a mí misma. La frase emana de mis pérdidas y lo que de ellas he escrito. Una puede sobrevivir, si quiere. O si puede. Estoy pensando en Marjane Satrapi, es tan reciente su partida. Se murió de tristeza, dicen los medios. Cada una se irá un día, nada se compara con la eternidad ecuánime de los objetos. Las pequeñas, simples cosas, de las que uno se despide insensiblemente, dice la canción. Imagino que un día Piedad se puso a observarlas y a dibujarlas. Una manera de acariciar.

:::::: — ¿Usaste acuarelas, pasteles?— le pregunto.
:::::: — Colores de esos que vienen en una caja, como los de los niños —contesta.

Regreso a las guardas grises. Una pequeña cámara fotográfica aparece en el lado derecho de la parte inferior de la página. Imagino que alguien detrás mira y aprieta el botón obturador. El click de la foto capturada. Un sonido, como el de la máquina de escribir, casi olvidado. Después, cuando vaya leyendo en el avión, escribiré sobre la página, encima de esa cámara solita: La vida está aquí detrás. Y deseamos que dure.

::::::  Aquí sigue la vida escurridiza
:::::: Detrás del ojo muerto de la cámara

Sabemos, por este álbum, que Daniel fue dueño de un alebrije, un globo terráqueo y dos trompos. De una corbata.

::::::  No es el hombre disfrazado de niño,
:::::: sino el niño
:::::: que cumple la tarea de ser hombre.

En sus estantes la pequeña biblioteca acoge volúmenes de diversos tamaños y tonalidades con juguetes. O libros juguete, como El animalario, de Javier Sáez y Miguel Murugarren, un clásico del Fondo de Cultura Económica. Piedad recrea los rasgos esenciales de su portada, un trazo de color, ni siquiera coloca título o autores, y sin embargo es perfectamente reconocible. ¿Sería uno de los artefactos favoritos de Daniel? ¿Cuántas combinaciones de animales fantásticos encontraría?

:::::¿Qué es una biblioteca sino tiempo?
:::::: ¿Y el futuro?
:::::: Ese libro donde no está tu nombre.
:::::: Ayer hecho presente.

Quizá dibujar sea la manera más pacífica de rebobinar la vida. Ilustrar la memoria. Colorear sin salirte de los márgenes que delimitan universos personales. No hay que desbordarse, eso ya lo hizo ¿el destino? ¿la vida? ¿Dios? ¿Quién se lleva lo que amas?

:::::: La muerte nunca ríe.
:::::Es solemne y feroz como una máscara.

La hospitalidad de este libro de Piedad Bonnett va más allá. Al final, las páginas de cortesía parecen invitarme a hacer mis propios dibujos. A solas, en el avión que me devuelve a México, escribo con lápiz sobre unos días lejanos, de otra vida, en Bogotá. Decido que no serán recuerdos tristes, que le harán justicia a una historia que pudo ser aun más hermosa, pero encontró sus bordes, sus razones de finitud. “El amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo”, dice la canción. No hay historia sin objetos, los enumero: el poemario de una joven colombiana sobre su padre, la dedicatoria en un precioso catálogo de gran formato de árboles dibujados; chocolates de Perú o Ecuador, un plato de cerámica que fue horneado con una hoja de árbol en su fondo, el fuego la grabó para siempre. Ese para siempre de las simples y pequeñas cosas. Benditas sean, gracias a ellas la herida nunca será olvido. Como aquel personaje de Faulkner que ha perdido a su amada, si hay que elegir entre la pena y la nada, elijo la pena. Y un libro de Piedad Bonnett.

 

Foto de Allec Gomes en Unsplash

Socorro Venegas es escritora y editora. Es autora de Ceniza roja (Páginas de Espuma, 2022). Ha publicado, entre otros, el libro de cuentos La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019), las novelas Vestido de novia (Tusquets, 2014) y La noche será negra y blanca (Era, 2009), que serán publicadas en España por la editorial Contraseña. Ha recibido el Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, Premio Nacional de Novela Ópera Prima “Carlos Fuentes”, Premio al Fomento de la Lectura de la Feria del Libro de León. Ha dirigido proyectos editoriales en el Fondo de Cultura Económica, donde creó la colección de álbum ilustrado “Resonancias”. Es directora general de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, donde creó la colección de novela y memoria “Vindictas”, que recupera la obra de escritoras marginalizadas del siglo pasado. Su Twitter es @SocorroVenegas

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Posted: June 23, 2026 at 6:52 am

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