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La República Virtuosa
COLUMN/COLUMNA

La República Virtuosa

Alberto Chimal

Garantizo que este artículo hablará de la República Virtuosa. Pero antes:

¿Son malos los seres humanos?

Mejor dicho: ¿lo somos? Una vez aprendida la división entre el bien y el mal, ¿buscaremos deliberadamente, siempre que podamos, el segundo?

Si se quiere, podemos elegir otro punto de partida para la cuestión. ¿Somos animales salvajes?

A pesar de que nos llamemos civilizados, inteligentes, ¿somos en realidad bestias, gobernadas exclusivamente por instinto, disimulando nuestra ferocidad bajo una cubierta de reglas y rituales que en el fondo despreciamos?

Las dos preguntas se tocan en la frase de Anacarsis, el filósofo escita del siglo VII a.C.: “La ley es una telaraña que detiene a las moscas y deja pasar a los pájaros”. Esas palabras podrían ser el resumen de todas las historias acerca de corrupción, impunidad y abuso. Para quienes creen que somos bestias, y que esa cualidad es la que más determina todas las acciones de la especie humana, los mismos conceptos del “bien”, la “legalidad”, la “justicia” y otros por el estilo serían una ficción, creada para mantener sometidos a los débiles mientras los fuertes les (nos) pasan por encima; mientras gozan con el mundo y con su propia malignidad, seguros en el derecho que les da su poder. Tú y yo somos las moscas en la telaraña de Anacarsis; los poderosos son los pájaros.

Aunque no nos demos cuenta, aunque no pensemos en estos temas y no tengamos la menor idea de que existió alguien llamado Anacarsis, resulta que la cuestión es una de actualidad: una con la que lidiamos todos los días.

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Hace no tanto, HBO estrenó un documental de Cullen Hoback titulado Q: dentro de la tormenta. La serie de seis capítulos detalla una investigación realizada por Hoback a lo largo de varios años entre los adeptos y los posibles fundadores de QAnon, la “teoría” conspiranoica y extremista que llevó al asalto del Capitolio estadounidense, el 6 de enero de este año, por una turba de fieles del entonces presidente Donald Trump. Hoback muestra que todo comenzó como una especie de juego de rol: en foros poco conocidos de internet, donde usuarios anónimos publicaban textos en los que fingían, por pura diversión, ser tal o cual figura de autoridad, mezclando supersticiones diversas con discursos de odio y propaganda extremista amplificada por redes sociales. La comunidad que frecuentaba los foros entendía que todo se escribía (y debía leerse) en tono irónico, sin creerse la ficción; pero cuando ésta salió de aquellos espacios marginales llegó a millones de personas desprevenidas, poco informadas, que se la creyeron completa, literalmente.

Este fenómeno –la ironía tóxica: la falsedad ofrecida con guiños que se convierte en una fe casi religiosa– no es exclusivo de nuestro tiempo, pero tiene un matiz interesante en el documental. Parte de éste se dedica a la figura del programador Fredrick Brennan, el creador de 8chan, el foro donde tuvo su origen el culto de QAnon. Aquejado de osteogenia imperfecta –un trastorno congénito que vuelve los huesos extremadamente frágiles y limita el crecimiento–, Brennan ha sufrido malestares físicos toda su vida y desde su temprana adolescencia se volcó en internet en busca de desahogo y compañía. Pero lo que Brennan encontró en los espacios que frecuentaba –lo que él llama “la verdadera naturaleza humana”– fue más bien una propensión abrumadora a la crueldad: además de racismo, misoginia, etcétera, el documental muestra a Brennan compartiendo varias publicaciones a favor de que personas con enfermedades congénitas sean exterminadas, dejadas morir de hambre, muertas a tiros, expulsadas del “surtido genético” de la especie.

El anonimato de los foros permitía a sus miembros publicar cosas que hubiera sido inaceptable decir a la cara de otra persona. ¿Pero eran también escritos y memes irónicos, el pasatiempo de un grupo de alienados que no creía realmente en lo que estaba diciendo? ¿O sí lo creían, y de haberse dado las circunstancias apropiadas hubieran ido realmente a asesinar a Brennan? La línea divisoria entre el grito de angustia y la llamada sincera a cometer actos monstruosos puede ser difícil de ver: Brennan mismo llegó a escribir un artículo a favor de la esterilización forzada de personas en su situación, y durante años defendió la publicación de contenidos de odio en 8chan (hasta que se dio cuenta, declara, del daño que estaban causando en el “mundo real”).

Lo que une a éstas es un interés negativo: no que el líder los beneficie, sino que los otros, los enemigos, sufran más. Que no se les dé tregua y que paguen por sus ofensas reales o imaginadas.

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En muchos lugares del mundo actual, la política parece empeñada en sacar de internet esas muestras de los peores impulsos humanos: en explotar la creencia de que la humanidad es eso. No sólo en países francamente autoritarios es más y más fácil encontrar candidatos con menos interés en proponer –y funcionarios con menos interés en gobernar– que en interpretar ese papel. Su principal actividad, la que más difunden, es hacer exhibiciones “performativas” de odio, violencia, machismo contra sus enemigos y para regocijo de sus “bases”. Lo que une a éstas es un interés negativo: no que el líder los beneficie, sino que los otros, los enemigos, sufran más. Que no se les dé tregua y que paguen por sus ofensas reales o imaginadas.

Los precursores de estos demagogos anteceden a las redes sociales y hasta a la popularización de internet: van de Boris Yeltsin y sus bailes hasta Vicente Fox y sus declaraciones de campaña. Pero la toxicidad de las plataformas digitales más populares, que ellas mismas fomentan para atraer más y mejor la atención de sus usuarios, ha agrandado su alcance y los ha vuelto más presentes que nunca. Al mismo tiempo, el hábito de lo sensacional nos ha vuelto más receptivos a ellos y, en muchos casos, adictos al argumento (la “narrativa”, se dice ahora) de alguno de ellos: la noción de que representan a nuestro bando en una lucha interminable del “bien contra el mal”. Estos no son los monarcas absolutos de antaño, pero quieren parecer reyes, o por lo menos profetas, conductores de grandes masas. Incluso, hay quienes piensan que –sostenidos por la tecnología actual y los poderes fácticos habituales, a los que permiten actuar con impunidad– esos líderes pueden mantener a las sociedades en conflictos interminables: anunciando para siempre un enfrentamiento apocalíptico, que nunca llega, contra el enemigo malo, haciéndonos pelear a todos contra todos mientras los fuertes siguen disfrutando de su posición invencible. Aunque nada mejore ni se logre el bien en ninguna parte, en el rebaño estaremos felices con la promesa del mal y la venganza: con un surtido inagotable de gente a la que odiar en línea.

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¿Será posible librarse de quienes promueven lo peor de la conducta humana? La tarea no será simple.

Un extremo opuesto de ese reino del odio (esos muchos reinos) parecería estar en el pasado: en las ideas de Jean-Jacques Rousseau, el gran filósofo de la Ilustración, para quien los seres humanos eran buenos por la naturaleza: corruptibles, pero también capaces de desarrollar y mantener su rectitud moral.

Pero es posible que la lectura más famosa de Rousseau haya sido la de Maximilien Robespierre, líder del Comité de Seguridad Pública del gobierno revolucionario francés, quien inventó la noción de una República Virtuosa (más precisamente, una República de Virtud): un régimen sostenido por ciudadanos con esas cualidades profundas y positivas que Rousseau había vislumbrado.

El día 18 Pluvioso del año II (5 de febrero de 1794), durante el periodo del Terror, mientras el CSP peleaba con sus adversarios políticos y presidía ejecuciones constantes de muchos de ellos, Robespierre fijó en un discurso (después llamado “Sobre los principios de moral política”) muchas de sus ideas sobre virtud y gobierno. Véase lo que sucede al avanzar por este fragmento:

(…) ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, la fuerza esencial que lo sostiene y lo mueve? Es la virtud. Hablo de aquella virtud pública que tantos prodigios obró en Grecia y Roma y que en la Francia republicana deberá producir otros mucho más asombrosos, hablo de la virtud que es, en sustancia, el amor a la patria y a sus leyes. (…)

Si la fuerza del gobierno popular es, en tiempo de paz, la virtud, la fuerza del gobierno popular en tiempo de revolución es, al mismo tiempo, la virtud y el terror. La virtud, sin la cual el terror es cosa funesta; el terror, sin el cual la virtud es impotente.

El terror no es otra cosa que la justicia expeditiva, severa e inflexible: es, pues, una emanación de la virtud. Es mucho menos un principio contingente, que una consecuencia del principio general de la democracia aplicada a las necesidades más urgentes de la patria.

Se ha dicho que el terror era la fuerza del gobierno despótico. ¿Acaso vuestro terror se asemeja al del despotismo? Sí, como la espada que brilla en las manos de los héroes de la libertad se asemeja a la espada con la que están armados los esbirros de la tiranía. Que el déspota gobierne por el terror a sus súbditos embrutecidos. Como déspota, tiene razón. Domad con el terror a los enemigos de la libertad, y también vosotros, como fundadores de la República, tendréis razón.

El gobierno de la revolución es el despotismo de la libertad contra la tiranía. La fuerza no está hecha solamente para proteger el crimen. Está hecha también para fulminar las cabezas orgullosas. (…)

¿Hasta cuándo el furor de los déspotas seguirá siendo llamado justicia, y la justicia del pueblo barbarie o rebelión? ¡Cuánta ternura hay para con los opresores y cuánta inflexibilidad para con los oprimidos! (…)

Sólo se debe protección social a los ciudadanos pacíficos. Y en la República sólo son ciudadanos los republicanos. Y los realistas, los conspiradores no son para ella más que extranjeros, o más bien enemigos.

Como en muchas otras circunstancias de la Historia, los extremos se tocan.

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A Robespierre le quedaban pocos meses de vida, y la cantidad de muertos por el Terror, tanto en París como en otros lugares de Francia, pasó de las 16,000 víctimas…, incluyéndolo a él.

La virtud, pues, no se logra por decreto: no se instaura mágicamente en nuestros corazones porque alguien la anuncie. No justifica el terror como herramienta ni garantiza la vida de sus supuestos defensores.

La virtud, pues, no se logra por decreto: no se instaura mágicamente en nuestros corazones porque alguien la anuncie. No justifica el terror como herramienta ni garantiza la vida de sus supuestos defensores.

Pero no creo (no quiero creer) que esos dos extremos sean las únicas opciones disponibles en el ámbito de lo político, de acción en el mundo. No podemos tener únicamente como alternativas el terror inflexible, intermitente, de máxima intensidad, y el terror líquido, permanente, de total abandono.

No soy politólogo, así que voy a dejar de lado los detalles que están más allá de mi alcance, y también una discusión aledaña que podría plantearse si se considera que los demagogos y destructores de esta nota provienen todos de las culturas europeas. Prefiero terminar con un personaje.

A pesar de todo, Fredrick Brennan está vivo. No se le tiró a los lobos ni se le dejó morir en el descampado. Personas a su alrededor se han ocupado, siquiera de modo intermitente, de asistirlo: de impedir su muerte. Más importante: aunque las propias virtudes de Brennan son muy discutibles: aunque se perdió en su propio padecer, y probablemente ayudó a hacerle un gran daño al mundo, no mató a nadie, no ve el padecer de otros como un juego ni se esconde detrás de una pantalla. Incluso, lo más probable es que lo peor de su propia violencia –aquel texto de odio– haya estado vuelto, desde el comienzo, sólo contra sí mismo, como una forma enfermiza de autocompasión.

Si no puedo tener nada más, me quedo con esa virtud negativa, fragmentaria, que si se suma al mal no lo hace del todo, ni para siempre.


Posted: June 2, 2021 at 9:56 pm

There are 2 comments for this article
  1. Moisés González at 9:14 pm

    Mejor deja de lado todos los temas de este artículo, para alguien que los maneje con más conocimiento.

  2. Jordi Prats Pedrosa at 6:17 am

    Me gusto mucho Alberto, siempre me gusta leerte más allá del tema político entendí la profundidad de tu tema, si bien no podemos inclinarnos a los extremos, nadie es profundamente malo o bueno, pero es victima y victimario hasta reconocer los efectos de sus errores y esto conlleva a un desarrollo conceptual del individuo de si mismo. Bravo.

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