Flashback
El día que Patricia Highsmith pudo no ser una autora de novela negra

El día que Patricia Highsmith pudo no ser una autora de novela negra

Ana V. Clavel

Fue una mañana de invierno de 1950 en Nueva York. La nevada de la noche anterior entorpecía el tráfico y la gente buscaba refugio en los cafés de vidrieras empañadas. Los ánimos tan ateridos como los cuerpos rígidos por el frío. Al fondo de la cafetería de Lexington Avenue donde buscó refugio, un par de muchachas compartía una bufanda roja de grueso tejido como si fuera un muñeco de nieve de dos cabezas. Apenas verlas y supo que eran diferentes. Siempre le pasaba así, como si tuviera un sexto sentido para reconocerlas. Cierto que también tenía antenas para percibir el silencioso ruido interior de las personas y atisbar en un mínimo gesto, a veces tan sólo el movimiento de un meñique, la catástrofe íntima que se tambaleaba en cada uno. Ese año había publicado su primera novela, Extraños en un tren, que tuvo buenas críticas y despertaría el interés de Alfred Hitchcock para llevarla al cine con guión nada menos que de Raymond Chandler. Sus editores le habían recomendado: “Escriba otro libro del mismo género y así reforzará su reputación como…” ¿Cómo qué? Extraños en un tren se había publicado como “una novela Harper de suspense”, en Harper & Bros —como se llamaba entonces su editorial—, y de la noche a la mañana Patricia Highsmith se había convertido en una escritora de “suspense”. Aunque, en opinión de la propia autora, Extraños en un tren no era un libro de género, sino “simplemente una novela con una historia interesante” sobre dos desconocidos en un vagón, que de pronto fantasean con la posibilidad de un crimen cruzado para salir libres de toda sospecha. Pero ahora, con el manuscrito de El precio de la sal sobre la mesa donde la contemplaba taciturna una taza de café humeante, como un ojo oscuro y desdeñoso que mirara de soslayo el sobre color manila con los folios mecanografiados de esa novela sobre las relaciones lésbicas de dos mujeres, una muy joven Therese y una madura Carol a punto de divorciarse, ¿la etiquetarían entonces como escritora de libros de lesbianismo?

Corrían los años cincuenta y la homosexualidad era considerada una abyección, una enfermedad mental en los Estados Unidos y en gran parte del mundo, con toda la censura, represión y aislamiento que esto podía acarrear, incluidos la cárcel, los tratamientos psiquiátricos, electrochoques e incluso la lobotomía. No hay que olvidar que fue hasta el año de 1990 cuando se eliminó la homosexualidad del Manual de diagnóstico de trastornos mentales y la Organización Mundial de la Salud dejó de considerarla una enfermedad. Momentos antes en la cafetería, donde Patricia se había detenido en su trayecto a las oficinas de Harper&Bros, el muñeco de nieve de dos cabezas se había separado y sólo una de las chicas había terminado por enrollarse la gruesa bufanda cuando la camarera se acercó a tomarles la orden. La duda seguía en el aire: si publicaba una novela de relaciones lésbicas, ¿la etiquetarían como escritora de libros de lesbianismo? Miró de nuevo el ojo oscuro del café que ahora la escrutaba: ¿y publicarlo no equivaldría a reconocer que el tema le había interesado porque ella misma era lesbiana? Claro, era una obra de ficción pero sin duda el asunto despertaría suspicacias. Y ella apenas se estaba abriendo paso en el mundo de los libros. ¿Y si mejor firmaba el manuscrito con otro nombre y lo dejaba en la recepción de la editorial? Sacó la pluma fuente que su amiga Claire —una rubia divorciada en quien se había inspirado para confeccionar a la Carol de su nuevo libro— le regalara unos días antes. Extrajo la primera hoja del sobre donde aparecía en letras mayúsculas el título de la novela, seguido de la frase: “By Patricia Highsmith”. Rayoneó su nombre hasta que no quedó huella y comenzó a escribir: “Claire…”, pero faltaba el apellido. Atisbó por el ventanal el anuncio de una oficina bancaria. “JP Morgan Chase”. Entonces completó el pseudónimo: Claire Morgan, y así lo escribió en la primera página. Cerró el sobre, apuró el resto del café y tras dejar el dinero de su consumo, salió a la calle, sin mirar por última vez a las dos mujeres del fondo que habían sido por algunos minutos un muñeco de nieve de dos cabezas.

Incluso con otro nombre, la novela fue rechazada por Harper. Pero logró colocarla en la editorial Putnam. Apareció dos años después, en 1952, firmada con el nombre que había concebido ese día del café de Lexington Avenue. En su primer año de circulación, The Price of Salt obtuvo algunas críticas serias y respetables. Pero el verdadero éxito llegó un año después, cuando la sacaron en edición de bolsillo, y vendió cerca de un millón de ejemplares. Las cartas de los numerosos admiradores llegaban a la editorial, a la atención de Claire Morgan. Durante meses, le llegaban hasta quince cartas a la semana. Patricia no se daba abasto para contestarlas todas. ¿Cómo fue que la novela resultó tan exitosa? En el prólogo del libro Carol, reedición de El precio de la sal en 1989, ya con el nombre de su verdadera autora, Patricia Highsmith responde: “Mi joven protagonista, Therese, puede parecer ahora demasiado timorata, pero en aquellos tiempos los bares gays eran sitios secretos y recónditos de alguna parte de Manhattan, y la gente que quería ir cogía el metro y bajaba en una estación antes o una después, para no aparecer como sospechosa de homosexualidad. El atractivo de The Price of Salt era que tenía un final feliz para sus dos personajes principales, o al menos que al final las dos intentaban compartir un futuro juntas. Antes de ese libro, en las novelas estadunidenses, los hombres y las mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad —al menos, así lo afirmaban—, o cayendo en una depresión infernal. Muchas de las cartas que me llegaron incluían mensajes como «¡El suyo es el primer libro de esta especie con un final feliz! No todos nos suicidamos y a muchos nos va muy bien». Otras decían: «Gracias por escribir una historia así. Es un poco como mi propia historia». Y: «Tengo dieciocho años y vivo en una ciudad pequeña. Me siento solo porque no puedo hablar con nadie…». Según recuerdo, había tantas cartas de hombres como de mujeres, lo que consideré un buen augurio para mi libro. El augurio se confirmó. Las cartas siguieron llegando durante años… Nunca he vuelto a escribir un libro como éste. Mi siguiente libro fue The Blunderer. Me gusta evitar las etiquetas, pero, desgraciadamente, a los editores estadunidenses les encantan”.

Tuvieron que pasar veintisiete años para que Claire Morgan se descubriera como Patricia Highsmith. Dos años después de la primera edición en tapa dura de El precio de la sal, nuestra autora publicaría su siguiente novela de tema policiaco: El cuchillo (título inexacto en español para The Blunderer); y tres años más tarde la primera novela de la saga sobre Tom Ripley, el impostor y asesino amoral que consigue salirse con la suya y que tanto éxito le diera a su autora. A través de él plantea una suerte de psicología de la criminalidad marcada por tintes existencialistas que exploran la identidad del estar fuera de lugar: una condición que de algún modo compartimos todos. Su Tom Ripley nos despierta el asombro y la empatía ante la figura del impostor que busca el ascenso social y no se detiene ni siquiera ante el asesinato cuando es necesario. Por contradictorio que parezca, deseamos que no sea atrapado. Nos hacemos cómplices porque, criminales en potencia, su salvación o redención de algún modo es también la nuestra. Si pudiera resumirse la poética de la autora en una frase, yo recordaría el título de una de sus novelas cortas: Ese dulce mal (This Sweet Sickness) de 1960, pues sugiere la adicción de todo aquello que nos salva y nos pierde. Los seres humanos somos así: quizá amamos más a nuestros demonios que a nuestros ángeles.

Dueña de una penetración psicológica para sacar a la luz la penumbra de personajes comunes y anodinos, de una misoginia y una misantropía filosas como navaja de doble filo, Patricia Highsmith se labró un laureado destino como autora de género policiaco. Escritora con recursos visuales para sugerir paisajes interiores y mentales, sus novelas han sido adaptadas al cine en numerosas ocasiones. Su célebre personaje Tom Ripley ha sido interpretado nada menos que por Alain Delon, Dennis Hopper, Matt Damon, John Malkovich, entre otros actores. Incluso El precio de la sal, ya con el nombre de Carol, fue llevada en 2015 a la pantalla grande bajo la dirección de Todd Haynes. Una excelente adaptación que le da más peso al personaje de Carol (interpretado por una deslumbrante Cate Blanchett) y que la hace decir una suerte de declaración de principios de género cuando está a punto de perder la custodia de su hija pequeña, acusada de conductas aberrantes, escena que no está en la novela pero que le viene bien conforme a nuestros tiempos de inclusión y corrección política. Con todo, es una versión estupenda a nivel argumental y visual de una novela que más bien se adentra en la psique de una joven Therese de diecinueve años que está descubriendo su homosexualidad, con un desarrollo intimista, existencial, poético que no pocas veces recuerda la pluma portentosa de Virginia Woolf o del mismísimo Chejov.

Ahora que se cumplen cien años de su nacimiento y veintiséis de su partida (Fort Worth, Texas, 19 de enero de 1921-Locarno, Suiza, 4 de febrero de 1995), no he podido evitar preguntarme qué habría pasado si Patricia Highsmith hubiera publicado inicialmente El precio de la sal con su nombre propio, sin tener que preocuparse de su identidad sexual. Claro, eso hubiera supuesto otro mundo, otro jardín de senderos que se bifurcan. Tal vez no tendríamos a la gran autora de novela negra que leemos con veneración. Acaso hubiera sido una persona menos atormentada, acaso no hubiera necesitado la escritura para salvarse. O sería una gran autora con otros temas, poderosamente High pero quizá menos Smith…

 

Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007).  Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99

 

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Posted: January 18, 2021 at 9:33 pm

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