La posibilidad de una ventana
Ioana Gruia
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Durante años enseñé El proceso de Kafka. Seguía fundamentalmente la lectura literal que propone Sultana Wahnón en Kafka y la tragedia judía (Riopiedras Ediciones, 2003, reimpresión en 2024), sin duda uno de los estudios más iluminadores sobre El proceso: Josef K. no tiene ninguna culpa y es víctima de un proceso político en un contexto que se ha transformado en represivo. Cuando llegaba al final de la novela, me detenía en un fragmento que siempre me ha obsesionado: mientras los ejecutores de Josef K. se pasan el uno al otro un cuchillo por encima de K., este levanta la mirada hacia “el último piso de la casa que lindaba con la cantera. Del mismo modo en que palpita una luz, así se abrieron de par en par los cristales de una ventana; una persona, débil y delgada por la distancia y la altura, se inclinó de golpe hacia adelante y extendió los brazos aún más hacia adelante. ¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Una buena persona? ¿Uno que tomaba parte en ello? ¿Uno que quería ayudar? ¿Era uno solo? ¿Eran todos? ¿Era aún una ayuda? […] Sin duda la lógica es inconmovible, pero no se resiste a una persona que quiere vivir.”[1]
¿Quién se asoma a la última ventana de El proceso? ¿Quería imaginar esta figura misteriosa alguna posibilidad de salvación?
Recordé todo eso al leer Maite (Tusquets, 2025), la novela más reciente y magnífica de Fernando Aramburu, que cuenta al mismo tiempo la historia personal de la protagonista y la historia colectiva durante tres días que conmocionaron España: el secuestro y la ejecución de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA en julio de 1997. Mientras pasea por San Sebastián y atiende a su madre (convaleciente de un ictus) y a su hermana Elene (que regresa a la ciudad después de muchos años en Estados Unidos), Maite se imagina a veces lo que Aramburu llama “la posibilidad de un castillo” (El castillo es tal vez la novela más enigmática de Kafka).
“La posibilidad de un castillo” (título de uno de los capítulos) empieza en el ámbito personal: la protagonista se cuenta una historia amable con respecto a una situación íntima que amenaza con volverse peliaguda. Pero a medida que la novela avanza “la posibilidad de un castillo” da un salto y se proyecta a la desgraciada circunstancia histórica: por la cabeza de Maite pasan fotogramas en los que intenta salvar la vida del concejal secuestrado. Se trata de un ejercicio que la filósofa americana Martha Nusbaum llama en Paisajes del pensamiento “la imaginación compasiva”.
Una sociedad justa, afirma Nussbaum, necesita de ciudadanos compasivos y Maite lo es (de hecho, arriesga su integridad física al participar con un lazo azul en una manifestación pidiendo paz). Hay dos clases de espejismos: los atroces (como los delirios reivindicados por ETA) y los bondadosos, ejercicios de “imaginación compasiva” como los que lleva a cabo Maite y que pueden alimentar formas buenas y liberadoras de imaginación política. El permanente salto de lo personal a lo colectivo está aquí muy sabiamente planteado, introduciendo las diferencias de rigor: si las mentiras que nos contamos a nosotros mismos porque no soportamos demasiada verdad son un recurso habitual de los seres humanos (ver la desgarradora historia de Elene, que ella intenta hasta el último momento presentar bajo una forma distorsionada), cuando estas mentiras tienen impacto en lo colectivo (por ejemplo, al justificar desde el entorno familiar y social la violencia de los terroristas atribuyéndola a “los buenos sentimientos”) el resultado es trágico.
Como (tal vez) la figura misteriosa de Kafka, Maite intenta asomarse a la una ventana que se construye ella misma para hacer el bien. A diferencia de otros personajes, no rehúye la verdad ni tiene pequeñas cobardías. La cuestión de la cobardía es clave en la novela (donde de hecho aparecen también grandes cobardías). La bondad no implica por supuesto falta de lucidez: Maite sabe que la banda terrorista no solo no tiene compasión, sino que la desprecia.
Kafka deja abierta la posibilidad de un espejismo bondadoso a finales de El proceso. Aramburu la concreta, en el retrato de una protagonista admirable y conmovedora. “No es fácil para absolutamente nadie construir un relato que llegue al corazón”, afirma sabiamente Nussbaum en Paisajes del pensamiento. Una vez más Aramburu lo consigue con creces.
[1] Traducción de Isabel Hernández, Madrid, Cátedra, 2001, p. 276.
Foto de Chandler Cruttenden en Unsplash
Ioana Gruia (Bucarest, 1978) es autora de El sol en la fruta (Premio Andalucía Joven de Poesía, 2011) y de las novelas La vendedora de tiempo (2013) y El expediente Albertina (Premio Tiflos, 2016). Su último libro de poesía publicado es Carrusel (Premio Emilio Alarcos, 2016).
©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.
Posted: July 15, 2026 at 9:48 pm







