Pensar la izquierda otra vez
Gisela Kozak Rovero
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Magdalena López, investigadora venezolana asociada de la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos) y del Instituto Universitario de Lisboa (ISCTE-CEI, Portugal), entrevistó entre los años entre 2021 y 2024 a su madre, la historiadora y Doctora en Ciencias Sociales Margarita López Maya (1951), sobre el un tema clave para el mundo político, universitario y cultural latinoamericano: la izquierda y sus derivas autoritarias. Pensar la izquierda con Margarita López Maya (Alfa, 2026) recoge las respuestas sobre temas como la izquierda venezolana de finales del siglo pasado, el ascenso de Hugo Chávez al poder con la consiguiente polarización de la sociedad venezolana, la relación del chavismo con la intelectualidad internacional de izquierda, y la hegemonía de esta intelectualidad dentro de instituciones académicas como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y Latin American Studies Association (LASA). López Maya es profesora titular (jubilada) del Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) con una destacada trayectoria como profesora visitante en Columbia, Princeton, Notre Dame y Salamanca; también, formó parte de CLACSO y fue presidenta de LASA, además de directora de la Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales (Universidad Central de Venezuela). Su trabajo se centra en el estudio sociohistórico y sociopolítico contemporáneo de Venezuela y es autora de importantes libros y artículos sobre la política de su país, entre los que destaca Del Viernes Negro al referendo revocatorio y El ocaso del chavismo.
Han pasado veintisiete años desde que Hugo Chávez (1954-2012) ganó las elecciones en 1998, por lo que la reflexión sobre casi tres décadas de gobierno autoritario luce pertinente no solo para Venezuela sino también para el mundo universitario internacional. Más allá del asunto venezolano, la hegemonía de una izquierda que silencia o margina a sus variantes más moderadas y se niega a dialogar con otros signos políticos, obliga a reflexionar sobre el sentido y destino del pensamiento humanístico y social en la construcción de sociedades mejores. La pertinencia de Pensar la izquierda… no puede ser mayor. El libro comienza con una reflexión sobre las inquietudes y vertientes de la izquierda venezolana antes de que parte de ellas se aliara con el Movimiento Quinta República, una organización sin mayor cohesión ni claridad ideológica que agrupó a civiles y militares de distintas inclinaciones políticas, descontentos con el bipartidismo hegemónico durante cuarenta años de democracia civil (1958-1998). Dicha izquierda estaba constituida por partidos que nunca pudieron competir con la organización socialdemócrata Acción Democrática y la socialcristiana COPEI, casos de La Causa Radical y el Movimiento al Socialismo, agrupaciones que venían de un largo proceso de reflexión posterior a la guerrilla de los años 60 y que se habían distanciado de las modalidades autoritarias del socialismo real. No obstante logros importantes como gobernaciones y curules en el congreso, la izquierda democrática no llegó más lejos. Como bien le indicó a López Maya el ahora difunto Aristóbulo Istúriz, proveniente de la Causa Radical y miembro del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela, sin Chávez la izquierda no hubiese llegado al poder.
López Maya es muy clara al momento de separar el trigo de la paja: Chávez se convirtió en una figura estelar de la izquierda internacional sin haber sido claramente un hombre de izquierdas ni saber nada del socialismo. El formidable éxito de su liderazgo tuvo lugar en el vacío dejado por la caída del Muro de Berlín, sumado a la distancia entre la reflexión académica de las izquierdas, incapaz de encarnarse en proyectos políticos concretos, y al agotamiento de la socialdemocracia. El liderazgo carismático del caudillo se fortaleció con el golpe de Estado de abril del 2002, pero su escasa experiencia como estadista cerró la puerta a una acción despolarizadora sobre una sociedad cada vez más enfrentada. En esta época, López Maya, cercana a la Revolución Bolivariana, intentaba mantener un discurso crítico acerca de lo que el gobierno calificaba de “proceso revolucionario”, señalando sus derivas personalistas y autoritarias. Vale la pena mencionar una anécdota de la entrevistada: la invitaron a dar el discurso de orden en la sesión de la Asamblea Nacional que ratificaba a Chávez como presidente luego de ganar el referendo revocatorio de 2004; mientras hablaba, López Maya cayó en cuenta de la expresión de la cara de parte de la diputación oficialista cuando expresó su preocupación sobre el destino violento de una sociedad duramente enfrentada. La crítica dentro del seno del oficialismo no era bienvenida.
Ni siquiera el referendo revocatorio logró pacificar a fondo a una sociedad crispada: por una parte, la oposición dudó de los resultados y, por otra, el gobierno sólo estaba interesado en profundizar su apuesta política en detrimento de parte sustantiva de la población. Chávez interpretó su victoria electoral en las elecciones del 2006 como un gesto de apoyo masivo al socialismo visto en términos del desmontaje de la democracia liberal, no de una invención de un sistema político y económico distinto al fracasado modelo del llamado socialismo real del siglo XX. La reforma constitucional de 2007, derrotada en las urnas con un estrecho margen, fue, subraya López Maya, una prueba definitiva del talante iliberal del gobierno chavista. Cito: Por ejemplo, el poder popular apareció en esa propuesta de reforma. En el primer Gobierno de Chávez y en la Constitución de 1999 no hay ningún poder popular, lo que hay son los poderes públicos, y los poderes territoriales que son el nacional, el regional, el municipal. Los poderes públicos son el ejecutivo, el legislativo, etc. En la reforma constitucional rechazada, se proponía la emergencia de un nuevo poder llamado poder popular. Ese poder no nacería de ninguna elección, sino “naturalmente” de la configuración de la población y no sé cuánto más. ¿Qué estaba diciendo claramente? Que la democracia no es representativa en ese modelo socialista propuesto, de manera que no es liberal, sino iliberal. Había varias otras cosas de esa reforma constitucional que significarían cambios tremendos. Se debilitaba fuertemente el principio de la alternancia, pues contenía la reelección indefinida del presidente de la república.
Precisamente la naturaleza iliberal de la llamada Revolución Bolivariana, con una inmensa renta petrolera para financiar apoyos internacionales tanto partidistas como intelectuales, llamó la atención de figuras como el español Juan Carlos Monedero, quien fue director del Centro Internacional Miranda -un think tank dedicado al socialismo venezolano-, Hans Dieterich, Ramón Grosfoguel, Atilio Borón y Marta Harnecker, entre otras personalidades que acogieron el proyecto chavista ante su propia orfandad política e intelectual. La repetición de los vicios del modelo cubano, en particular durante el gobierno de Nicolás Maduro, despertó críticas emitidas en público o en privado, sin que esto significase tener en cuenta las luchas de la oposición venezolana, considerada de derecha aunque constituye la mayor parte de la población, sin distingos de clase social. Esta izquierda repite sus errores del siglo XX: apenas se conmueve por las violaciones de los derechos humanos, la migración masiva y la ruina de la gente. En definitiva, es la misma izquierda que ha justificado al régimen cubano con el pretexto del bloqueo, como bien recuerda López Maya. La escritora y crítica cultural estadounidense Susan Sontag escribió en “Fascinante fascismo” que los socialismos reales y sus defensores pecaban de una “moral utópica” , desligada de la vida real de las personas. En nombre de esta supuesta superioridad moral, los intelectuales, estilo Monedero, se callan hasta cuando no les queda más remedio que reconocer la realidad, indica la entrevistada.
En razón de los fracasos acumulados en el mundo de la política estatal, la izquierda más recalcitrante se ha refugiado en facultades y departamentos de Ciencias Sociales y Humanidades. Pensar la izquierda… le dedica sendos capítulos a su presencia en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y en Latin American Studies Association (LASA), la primera con sede en Argentina y la segunda en Estados Unidos. Con toda la honestidad del caso, la historiadora narra sus vicisitudes personales en estas organizaciones, en términos de un sustentado juicio crítico sobre las tendencias abiertamente ideológicas y militantes que predominan en CLACSO y que tienen lugar, en menor medida, en LASA. Cuando López Maya se lanzó a la presidencia del CLACSO, el politólogo argentino Atilio Borón la conminó a solicitar los buenos oficios del gobierno venezolana frente a Cuba, el gran elector de esta institución académica dado su alto número de centros de investigación conformados por figuras sumisas al régimen cubano. La narración de la conversación con el ministro de cultura cubano, Abel Prieto, no tiene desperdicio:: “Mira, yo te voy a decir una cosa, sinceramente. Nosotros en Cuba no estamos acostumbrados al pluralismo, ni estamos acostumbrados a decidir. Eso de que haya dos candidatos en Clacso, eso no puede ser porque divide a la izquierda, nos debilita, produce distorsiones…”. Se reía y siguió hablando: “Desde que nací nunca decidí entre dos cosas y es la primera vez que yo veo eso; a mí me parece eso una cosa peligrosísima para Clacso”. Y nosotros, en cambio, defendiendo el pluralismo y el debate de ideas… El ganador fue, finalmente, el politólogo y filósofo Emir Sader, rival de Atilio Borón y figura conforme con los lineamientos militantes de CLACSO, cuyos salarios para los directivos en aquella época distaban en miles de dólares de las miserias que ganan los cubanos y los venezolanos. Otra figura mencionada en el libro que ilustra a la perfección este tipo de académicos es el académico argentino Pablo Gentili, quien cuenta en su currículum con la organización de un escrache en LASA (2016) al expresidente brasileño, brillante académico y demócrata Fernando Henrique Cardozo. Por fortuna, Cardozo no asistió al ritual de humillación que le tenían preparado.
Como presidenta de la sección venezolana de LASA y, posteriormente, como presidenta de la asociación, la entrevistada se encontró con una organización mucho más profesional, con un personal experto y una gestión académica basada en el trabajo voluntario de sus directivos. Aunque topó con la misma tendencia militante e ideológicamente sesgada de CLACSO, la variedad de posturas era sin duda mayor, hasta el punto de que una figura crítica como López Maya llegó a estar al frente como presidenta. No obstante, encontró resistencias dentro de la izquierda identitaria que dudaba respecto a si ella realmente era lo suficientemente feminista y antirracista porque tuvo el atrevimiento, durante una reunión virtual, de calificar el color del emoji de una mano como “moreno”. A este tipo de sensibilidad extrema, se agregaba una típica confusión de la izquierda iliberal: parte de los miembros más radicales de LASA pensaban que cualquier agrupación debe ser equivalente a una asociación política horizontal con democracia directa. Los reclamos que recibió López Maya por el supuesto autoritarismo de LASA manifiestan una absoluta incomprensión de su naturaleza profesional y académica. Por último, y a pesar de una mayor sindéresis y apertura, LASA nunca ha condenado al régimen cubano, como bien se indica en el libro respecto al movimiento de protesta de artistas del barrio de San Isidro en 2021: Ese movimiento fue muy fuertemente reprimido por el Gobierno cubano. Llegó una petición firmada por decenas de académicos para que LASA hiciera un pronunciamiento de apoyo a la gente de San Isidro. Llegó al CE (Consejo Ejecutivo), que es donde tiene que llegar, y la mayoría de las firmas eran de miembros de LASA. Pedían al consejo que se pronunciara en rechazo a la violación de los derechos humanos que estaba sucediendo. Eso, digamos, produjo un conflicto muy fuerte, porque en ese momento el consejo era mayoritariamente procubano.
López Maya da voz a gente de la academia que hemos atestiguado y padecido la abusiva tendencia de borrar o rechazar las críticas a la hegemonía de la izquierda iliberal en las humanidades y las ciencias sociales. Quienes desde Venezuela, Nicaragua o Cuba hemos señalado tal hegemonía, pagamos el precio de la honestidad. López Maya, quien ha tenido una carrera académica muy destacada, comenta que se ha ganado cuestionamientos y perdido espacios al pronunciarse sobre asuntos que saltan a la vista sin mayor esfuerzo. Personalmente estoy convencida de que no vale la pena esperar gran cosa de estas organizaciones en favor de la democracia y los derechos humanos, a menos que se trate de apoyar a figuras de izquierda, estilo Dilma Rousseff cuando fue defenestrada. He visto cómo la misma gente que levanta la voz contra Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump -autoritarios respaldados por el voto popular- han hecho mutis en relación con las tres dictaduras caribeñas, un sesgo que evidencia una ética sumamente cuestionable desde el punto de vista académico e intelectual.
López Maya se define de izquierda y, ante todo, de demócrata porque, en consonancia con la ola autoritaria que sacude el planeta, la oposición democracia-dictadura es más importante que la de izquierda y derecha. Si bien reconoce la importancia indudable del feminismo, la lucha contra el racismo, el movimiento LGBTQ y el ecologismo, le preocupa el afán divisivo y punitivo que asola las manifestaciones más extremas de tendencias académicas y políticas poco abiertas al pluralismo y el libre debate intelectual e ideológico. Es escandaloso que las izquierdas violentas y autoritarias continúen en pie, a despecho de millones de víctimas, con el respaldo o la conveniente indiferencia de la izquierda internacional que presume de democrática. Cuando se escucha hablar a figuras autoritarias y machistas como Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele es evidente que no ocultan sus discutibles intenciones; en cambios, cuando lo hacen los líderes de la izquierda, la moral utópica intenta ocultar que en realidad prefieren callar ante Nicaragua, venezuela y Cuba, al estilo del discurso hipócrita de la iglesia católica, que durante muchísimo tiempo persistió en su inmoral negación de las innumerables víctimas de la pedofilia sacerdotal mientras pontificaba sobre la secualidad ajena. Una izquierda y una derecha democráticas son indispensables para la democracia liberal, al igual que una academia abierta a todas las corrientes del pensamiento. La izquierda, tal como se infiere de Pensar la izquierda con Margarita López Maya, de Magdalena López, tiene, una vez más, que revisarse a fondo.
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Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak
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Posted: June 18, 2026 at 11:19 pm







