Expedición a los Backrooms
Alberto Chimal
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Todas las culturas tienen leyendas sobre lugares mágicos: sitios encantados, donde las cosas “son distintas”, ajenos al mundo cotidiano pero al alcance de algunos seres humanos. Estos lugares pueden ser bellos, pacíficos, o bien terribles: espacios siniestros. Estos últimos albergan el mal, son siempre peligrosos, y tal vez reflejan experiencias antiquísimas de nuestra especie, de los tiempos en que los primeros grupos humanos sobrevivían manteniéndose juntos en un mundo amenazante.
Quien se aparta de su comunidad y se arriesga a entrar allí, dicen las historias, se pone en riesgo de perder la vida, la cordura, o más.
Tradicionalmente, se llega a los espacios siniestros cruzando zonas apartadas y salvajes. Por ejemplo, la selva donde está la entrada al infierno de Xibalbá (descrito en el Popol Vuh), o los bosques alrededor de Burkittsville, Maryland, donde está la casa de la Bruja de Blair (como se ve en El proyecto de la Bruja de Blair, de 1999, dirigida por Daniel Myrick y Eduardo Sánchez). Aunque las historias de las que forman parte provienen de épocas y culturas muy diferentes, ambas regiones son mitemas, unidades de sentido dentro de un mito, que cumplen la misma función de indicar el alejamiento gradual de lo conocido, lo comprensible y lo seguro.
En la actualidad, sin embargo, a estos espacios siniestros se agregan otros, que son o parecen ser obra humana y no exigen travesía alguna: que son en sí mismos espacios liminares, de transición. El ejemplo más famoso es el de los Backrooms (Cuartos Traseros), a los que se llega por aberturas en zonas urbanas, a veces visibles y a veces no. Quien entra en los Cuartos Traseros cree ver, usualmente, algo como un piso de oficinas desierto, descuidado, con las paredes tapizadas de amarillo, luces fluorescentes en el techo y una alfombra de color parduzco. Puede pensar que sólo ha llegado a otra parte del edificio en el que se encontraba. Pero se equivoca: los Cuartos Traseros no están en el universo físico, no existen para ser utilizados, tienen un “diseño” sin sentido práctico alguno, y los estorban obstáculos y objetos sin uso aparente (o posible). El incauto que ha entrado puede perderse y no volver a salir. En las esquinas más oscuras hay monstruos, que atacan sin provocación.
Esta es una leyenda nacida en internet, y más en concreto de una imagen: la foto que sigue, publicada de forma anónima en un foro del sitio 4chan en 2019.
Después se ha averiguado que la foto se tomó en 2003, en un local en remodelación en el pueblo de Oshkosh, Wisconsin. Pero eso no importa: el mito ha rebasado por mucho su origen trivial. La imagen se publicó en respuesta a una convocatoria a ofrecer “imágenes inquietantes que simplemente se sientan ‘raras’” (disquieting images that just feel ‘off’) y luego apareció, en otro foro, con texto agregado por otro usuario anónimo:
Si no tienes cuidado y haces noclip fuera de la realidad en las áreas equivocadas, acabarás en los Cuartos Traseros, donde no hay nada salvo el olor a alfombra vieja y húmeda, la locura del puro amarillo, el incesante ruido de fondo de luces fluorescentes zumbando al máximo, y aproximadamente seiscientos millones de millas cuadradas de cuartos vacíos, aleatoriamente segmentados, en los que quedar atrapado. Y Dios te ayude si oyes algo vagando cerca, porque de seguro ya te ha oído a ti.
Noclip es un término que proviene de la programación de videojuegos, y significa usar un código especial para poder atravesar paredes y superar otros límites que se presentan a los jugadores en una partida común. Otra forma de infringir las reglas. A partir de aquella foto y aquel párrafo empezó a crecer una auténtica mitología, alimentada por textos, imágenes y videos de miles de personas que formaron rápidamente un conjunto de saberes y narraciones compartidos. La mayor parte de esta comunidad es muy joven, nacida ya en este siglo y nativa digital, y criada en un periodo que también ha sido transicional: les tocó el ascenso de las redes sociales y la economía de la atención, la erosión del concepto de realidad compartida, el debilitamiento de los regímenes democráticos, el desplome de los niveles de lectura y pensamiento crítico, la descomposición social y material de muchos países. La aceleración de este declive a partir de la pandemia de COVID en 2020 y 2021 provocó aún más fascinación por los espacios vacíos, los límites, los no lugares carentes de todo propósito.
En el trabajo colectivo de esta comunidad, los Cuartos Traseros se convierten en un espacio aterrador, pero a la vez ambiguo. Siempre existe la sensación de que podrían llevar a alguna otra parte, aunque en la práctica sean infinitos. Son letales, pero al mismo tiempo son tentadores: para algunos, son un escape de una realidad asfixiante y sin futuro, que únicamente ofrece obligaciones imposibles de cumplir, agotamiento y angustia constantes y la sensación de que la existencia entera es un espacio siniestro, hecho para seres que no son humanos, con fines que desconocemos.
No hay una historia central en los mitos de los Cuartos Traseros, del mismo modo que no hay un solo autor, pero el folklore acumulado apunta en varias direcciones reconocibles. Hay narraciones de horror, de aventuras, de extractivismo y explotación, de nostalgia por un pasado irrecuperable; hay paseos, es decir, obras no narrativas, más cerca del ensayo o la poesía visual; también, de manera más previsible, hay territorios y personajes recurrentes, argumentos repetidos e intentos de crear un canon rígido, unificado, de obras de la comunidad. Hasta hace muy poco, todo esto sucedía sin atención de los medios masivos, pero este año se ha estrenado la primera película comercial basada en una parte de la mitología: Backrooms: Sin Salida, en la que debuta como director Kane Parsons, un youtuber de apenas 20 años. Parsons se dio a conocer dentro de la comunidad de los Cuartos Traseros, con una serie de videos de animación digital, a medio camino entre el metraje encontrado y el playthrough de videojuego, donde se sugiere una gran historia abarcadora del espacio siniestro sin explicitarla del todo.
El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán ha publicado un artículo estupendo acerca de la “arquitectura infinita” de los Cuartos Traseros, con referencias de literatura y teoría –de Jorge Luis Borges a Beatriz Sarlo o Mark Z. Danielewski– que ayudan a explicar la pertinencia de los mitos (y de la película de Parsons) en la cultura contemporánea. Lo sorprendente es que Kane Parsons no tiene idea de ninguna de esas referencias, ni siquiera de sus equivalentes o sucesoras en el cine. En una charla con Sam Esmail, el guionista y creador de la serie Mr. Robot, Parsons contó recientemente que sus influencias provienen exclusivamente de YouTube y llegaron a él durante los encierros pandémicos de 2020 y 2021, cuando apenas tenía catorce o quince años.
Dado que su película –aun si no es una obra maestra– es de lo más oportuna para nuestro tiempo de fracturas y desesperanza, tal vez el éxito de Parsons sea una evidencia de que ahora sí ha llegado el fin de la lectura. Se está anunciando actualmente (y se ha anunciado muchas veces antes): la desaparición de la cultura escrita como forma importante de comprensión del mundo, sin nada que la sustituya.
Yo no estoy seguro. Parte importante del folklore de los Cuartos Traseros sigue siendo escrita, después de todo, como aquel primer párrafo tan agrio y severo. Y tal vez también haya texto, y capacidad de raciocinio, en esos laberintos interminables y alarmantes. Borges escribió de eso, precisamente de eso, hace 85 años, en su cuento “La biblioteca de Babel”.
foto: Alberto Chimal

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Posted: July 12, 2026 at 4:21 pm






