Latin American Suite: Cumbres borrascosas
Tanya Huntington
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Varios directores cinematográficos que, sin ser independientes, califican como excéntricos dentro del sistema hollywoodense se han dedicado últimamente a realizar adaptaciones de algunas de mis historias de miedo predilectas, lo cual me ha motivado a dedicar esta columna a una relectura de los textos originales y análisis de estas nuevas versiones para la pantalla. En una entrega anterior, dediqué mis esfuerzos a Frankenstein (Mary Shelley, 1818; Guillermo del Toro, 2025). Ahora toca el turno a Cumbres borrascosas (Emily Brontë, 1847; Emerald Fennel, 2026).
Empecemos con la novela.
Considerada ahora como una piedra angular de la literatura inglesa, Cumbres borrascosas fue producto de una improbable residencia literaria: el hogar victoriano de la familia Brontë. Su autora, Emily, creció en un entorno aislado sin mucho más que hacer que leer y escribir, acompañada por interlocutores con quienes solía fantasear sobre tierras inventadas –sus hermanas Charlotte y Anne, más un hermano problemático conocido por su segundo nombre, Branwell. En esa residencia había ausencias palpables. La madre de la familia había muerto poco después de dar a luz a Anne, y las dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth, sucumbieron a la tuberculosis en el internado donde estaban inscritas, razón por la cual la trayectoria académica de las sobrevivientes fue truncada.
Los niños Brontë contaban con poca supervisión adulta en una ubicación remota. La villa de Haworth está situada en los mismos páramos desolados de Yorkshire que forman el paisaje de Cumbres borrascosas. Las futuras autoras y su hermano, la oveja negra, crecieron con la misma libertad salvaje que luego caracterizaría la infancia de los protagonistas de la novela de Emily. Para entretenerse, creaban libros diminutos que contenían obras de teatro o cuentos sobre tierras imaginarias como Angria o Gondal.

Las hermanas Brontë retratadas por su hermano, Branwell circa 1834
Con los años, estas narraciones se fueron madurando y agrandando hasta convertirse en novelas. Las tres hermanas llegarían a producir siete en total durante sus breves vidas. La primera publicación de las hermanas fue una antología poética que apareció bajo los pseudónimos masculinos de Currer, Ellis y Acton Bell –conservando las mismas iniciales que las verdaderas autoras— en 1845. Fue un fracaso rotundo, lo cual no las disuadió de publicar Jane Eyre bajo la autoría de Currer Bell en 1847 y, meses después, Cumbres borrascosas bajo la de Ellis. Al año siguiente apareció El Inquilino de Wildfell Hall bajo la de Acton. Al reunirse con sus hermanas menores en la casa de su infancia después de una separación de varios años, Charlotte había encontrado aquel extraño manuscrito en el puño y letra de Emily en un cajón y convencido a su hermana renuente a sacarlo al mundo. Jane Eyre fue un fenómeno de ventas de inmediato y El Inquilino fue controvertido, pero bien recibido; en cambio la novela de Emily, por ser tan extraña y violenta, tardó décadas en encontrar un público afín.
Emily y Anne no tuvieron la oportunidad de preocuparse por la recepción de sus obras. Fueron segadas, igual que Branwell, por el omnipresente mal tísico entre los veintinueve y treinta y dos años. Después de dedicarse a editar y promover sus obras la mayor, Charlotte, murió a los treinta y ocho –al parecer debido a complicaciones de un embarazo relacionadas con la hiperémesis o náusea descontrolada. Su padre Patrick se convertiría así en el único sobreviviente de la familia entera.
Las sucesivas muertes familiares que Emily había presenciado conforman tan solo una de las violencias que permean Cumbres borrascosas, cuyos personajes son propensos a fallecer por tuberculosis o por complicaciones del parto. Otra forma de agresión sería la narcótica: misma que consumió a su hermano Branwell, desatada por el consumo excesivo de alcohol y las opiáceas y que sería replicado en el personaje de Hindley Earnshaw en la novela. Otra es la violencia social: el clasismo rígido que sofoca la llama de la relación entre el expósito gitano Heathcliff y la burguesa arribista Catherine Earnshaw. Y por último, la violencia ambiental de los páramos inhóspitos con sus vientos y tormentas implacables, descritos por el narrador como el lugar más alejado del revuelo de la sociedad en toda Inglaterra.
El producto de este entorno lúgubre es una historia tan brutalmente perturbadora que, en el prólogo a la segunda edición, Charlotte ofrece disculpas por sus excesos, achacándolos no a la fantasía desbordada de su hermana, curiosamente, sino a la falta de educación que la llevó a desarrollar una visión más empírica que literaria. Quizás a eso se deba mi impresión de que más allá de la novela gótica de fantasmas, Cumbres borrascosas califica como una temprana obra de realismo social.
Con esta relectura, me puse a enumerar otros aspectos de la novela que me siguen entusiasmando años después del impacto de mi lectura inicial como joven adolescente. Primero, la ambigüedad estructural: la tragedia de Heathcliff y Catherine Earnshaw es presentada como una narración oral que ofrece Ellen Dean, mejor conocida como Nelly, la ama de llaves que ha atestiguado la historia entera. Es una mujer muy leída y observadora que ha sido provista con un material salaz, repleto del escándalo que exige cualquier chisme sabroso. Pero es a la vez una narradora desleal, cuyas preferencias y antipatías se vislumbran a lo largo de la novela. Esta versión es registrada a su vez por la pluma del inquilino Lockwood, quien al huir de la alta sociedad londinense ha arribado intempestivamente en medio del desenlace de las maquinaciones de Heathcliff. Este forastero perplejo, arrojado por las incesantes tormentas de nieve a buscar refugio en Cumbres Borrascosas, se topa primero con un breve pasaje del diario infantil que llevaba Cathy y luego, entre sueños afiebrados, con su fantasma. La escena en que Lockwood describe cómo la niña muerta se aferra de él a través de una ventana rota, interrumpida por los celos explosivos de Heathcliff ante esta tremebunda aparición son, para mí, de las páginas más escalofriantes legadas por la novela gótica. La indeterminación narratológica –producto del paradójico encuentro entre un caballero urbano despistado y una ama de llaves más enterada que una mosca en la pared—contribuye a la sensación de incertidumbre y morbo que permean la novela. El desequilibrio es palpable hasta en la estructura narrativa.
Segundo, la caracterización de Catherine y Heathcliff: hermanos adoptivos convertidos en amantes que se han inmortalizado en el panteón de los antihéroes literarios. Emily logra seducirnos con dos personajes tan objetivamente malos, que ellos mismos se empeñan en convertir su historia de amor en una de odio. Catherine es tan frívola como Heathcliff es bestial y ambos son no solo incorregibles, sino implacables.
Finalmente, la figura de Heathcliff en particular me parece insólita y fascinante. En estricto sentido, él es el protagonista de la novela; es decir, es el único que está presente de principio a fin. Debe vencer a antagonistas formidables: su hermano adoptivo Hindley que cambia el lazo fraternal por un látigo, recordándole su estatus social inferior a base de humillaciones y golpizas, y el vecino Edgar Linton que lo priva del gran amor de su vida al casarse con Catherine. En sí, Heathcliff es un misterio absoluto. Carece de apellido y lleva un nombre asignado por la familia Earnshaw. Aparece de manera súbita como un niño expósito de Liverpool, rescatado por el padre de Catherine en un acto caprichoso y llevado de vuelta a Cumbres Borrascosas. Hasta su identidad racial es ambigua, aunque se describe como oscuro y foráneo en contraste con los rubios niños Linton de la granja vecina de Thrushcross. De igual manera, cuando después de desaparecer algunos años para buscar su fortuna Heathcliff vuelve transformado en un hombre rico, no sabemos cómo o dónde adquirió este cambio de estatus radical. Es de esta nada, a partir de este vacío, que Emily Brontë logra construir uno de los personajes más irresistibles de la historia literaria.
Más allá de estos enigmas, veo en Heathcliff los rasgos de la tragedia de venganza: la sed por destruir a Hindley y Edgar lo lleva a devolver con creces las violencias que sufrió a sus manos, perdiendo en el proceso su humanidad al grado de convertirse en un auténtico demonio. Mata al perro de Isabella, la hermana de Edgar, al fugarse con ella y en cuanto se casan, la maltrata y violenta. Profana la tumba de Catherine. Aprovecha las adicciones de Hindley para quitarle Cumbres Borrascosas y exilia su hijo Hareton a los establos. Secuestra a la hija de su amada Cathy y la obliga a casarse con su propio hijo moribundo, Linton, para despojarla de su herencia. Solo con la determinación final de Heathcliff de buscar a Catherine más allá de la muerte se reestablece el equilibrio dentro de la siguiente generación de Earnshaws y Lintons –y también el de los dos amantes, reunidos como fantasmas por la leyenda popular.
Ahora, porque lo prometido es deuda, dedicaré unas líneas a la reciente adaptación fílmica de Cumbres borrascosas por Emerald Fennel. En pocas palabras, es un bodrio. En mi columna anterior, defendí la adaptación de Guillermo Del Toro de Frankenstein de Mary Shelley a pesar de las muchas libertades que tomó como director. Sentí que el homenaje que rindió a la fuente literaria fue de igual o mayor peso que cualquier profanación. Aquí, en cambio, se cometieron puras traiciones injustificables.
Tenía cierta ilusión de que no fuera así. En una entrevista, Fennel había afirmado que fue inspirada por su lectura inicial de la novela a los catorce años, una experiencia que comparto con ella. Confieso que además Fennel me intrigaba porque se ha mostrado dispuesta a transgredir ciertos límites con películas como Una joven prometedora (2020) o Saltburn (2023). Justamente cuando parecería que ya nada puede escandalizarnos, ambas cintas se ganaron la reputación de ser provocadores por su exploración de fijaciones malsanas: la protagonista de la primera, Cassie (Carrey Mulligan), se obsesiona con vengar la violación y posterior suicidio de su mejor amiga y el de la segunda, Oliver (Barry Keoghan), con depredar a los miembros de una decadente familia aristocrática. Ambas tienen desenlaces tan sorprendentes como inauditos, culminando con la exitosa ejecución de estas monomanías. Así, Fennel rompe con la tradición de aplicar algún castigo ejemplar a las faltas espectaculares de equilibrio.
Por ende Cumbres borrascosas me parecía una historia muy afín a su trayectoria, con todo y protagonistas sin frenos. A diferencia de otras adaptaciones que suavizan a Heathcliff con tal de convirtirlo en un héroe romántico más ameno, pensé que Fennel sin duda llevaría esta tragedia de venganza al límite. Pero, ¡oh, decepción!, dejó la novela más podada que un árbol bonsái para así convertir lo que era una espectacular tragedia de odio en una historia insulsa de amor perverso.
Bajo las tijeras de Fennel, van para fuera las narraciones ambiguas de Nelly y de Lockwood. Nelly permanece como personaje, pero convertida en la resentida hija ilegítima de un aristócrata. También va para fuera Hindley, el hermano adoptivo antagonista. Permanece el sirviente Joseph, pero en lugar de ser un malvado fanático religioso con un acento impenetrable, se representa aquí como un sadomasoquista inverosímilmente jovial. El guion, que conserva del argumento original lo que una abreviatura deSelecciones, elimina una generación entera: Catherine, Linton y Hareton, los hijos de Catherine y Edward, Heathcliff e Isabella y Hindley y Frances respectivamente (es decir, la última mitad de la novela.) El erotismo que en la novela permanece entre líneas aquí anda hasta en la sopa. En lugar del duro realismo social, las escenificaciones y disfraces cinematográficas reproducen la estética de películas animadas por Disney de los años sesenta, como La cenicienta o La bella durmiente, mas intervenidas por una desviación plástica contemporánea. Quizás todo eso lo podría haber perdonado, igual que la muy desafortunada selección de Margot Robbie como Catherine, si no fuera por el hecho de que en esta versión no hay ni un solo fantasma –solo pura vulgaridad humana— lo cual me parece una ofensa que atenta contra la mera esencia gótica de Cumbres borrascosas.
No tuve más remedio que apagar la pantalla, prender una vela y volver a las páginas de Emily Brontë, que me acobijaron como un sueño afiebrado durante varios días y me dejaron igual de impresionada que en mi lectura inicial.
Foto de atelierbyvineeth … en Unsplash
Tanya Huntington is the author of Martín Luis Guzmán: Entre el águila y la serpiente, A Dozen Sonnets for Different Lovers, and Return. Her most recent book is Solastalgia (Almadía / UAA, 2018). She is Managing Editor of Literal. Her Twitter is @Tanya Huntington
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Posted: May 3, 2026 at 6:57 pm







