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Leer, ¿para qué?
COLUMN/COLUMNA

Leer, ¿para qué?

Angelina Muñiz-Huberman

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Leer es una excéntrica actividad. Lo primero es saber llevarla a cabo, o sea, saber leer. Luego, tener un libro y unas manos dispuestas a detenerlo. Un buen sillón en el cual pasar unas horas. Aunque también se puede leer en un parque, en un automóvil, en un tren, en un avión, en un barco. En una cama, sobre todo. En una biblioteca, no digamos. En un caballo no sería recomendable.

Y, sobre todo, hace falta tener tiempo.

Una actividad que se realiza en un lugar en silencio y en quietud. Solamente con mover los ojos es suficiente. No hace falta una condición física específica ni cualidades deportivas. Si se aprendió en la infancia eso es lo máximo a lo que puede aspirarse. Incluso si se carece de visión, la lectura en Braille lo resuelve o bien los audiolibros.

Así que es una actividad muy simpática

y que acompaña toda la vida,

lo quieras o no.

¿De qué sirve la lectura? Para aprender, para estudiar, para preguntar, para especializarse, para divertirse, para consolar, para llorar, para horrorizarse, para compadecerse. En fin, para que el desfile de emociones, pero también de razones, pase ante ti. Se pasee ante ti. Un nuevo mundo por descubrir. Mientras le das vuelta a las páginas. A pesar de que hay una costumbre que no me gusta de humedecer con saliva el pulgar para pasar la página.

Los libros más antiguos estaban escritos sobre piedras o sobre arcilla. Por ejemplo, la epopeya de Gilgamesh, escrita entre 2500 y 2000 a.C., que generó tanta influencia en siglos venideros. Es muy famosa la Piedra Rosetta de 196 a. C.  en tres versiones diferentes: jeroglíficos egipcios, escritura demótica y en griego antiguo. Podemos seguir mencionando otras escrituras como la cuneiforme, la ideográfica, la alfabética y tantas más.

El caso es leerlas

de algún modo.

Igual que en este momento.

            Al leer se estimula el sistema nervioso y se involucran los lóbulos occipital, frontal, temporal y parietal, sin que lo notemos ni lo sintamos. Sólo percibimos que estamos aprendiendo algo. O en el caso de la poesía, una sensación de belleza.

Sin embargo, se puede vivir sin leer.

Y muy bien.

Sin enterarse

de lo que no hace falta.

Y dedicar el tiempo

a contemplar la naturaleza

a observar el vuelo de los pájaros

a ver correr el agua del río

a los ciervos en el bosque

a las mariposas en el cielo.

¿Para qué leer?

Nada más.

Leer para atrapar lo pasajero. Detener el vuelo de los pájaros, el agua del   río, los ciervos y las mariposas. Es una cuestión de tiempo.

Tiempo relativo para acumular lecturas. Libros pendientes de ser leídos van formando columnas. Los futuros lectores no saben por cuál empezar. Están los libros de aprendizaje y los de información, de entretenimiento y de placer, los recomendados y los recién descubiertos, los nuevos y los antiguos, los de moda y los premiados, los adaptados para cine o televisión. En fin, para todo tipo de asunto.

Verdad o mentira, lo que se lee. Al internarnos por las páginas desconocemos lo que vamos a encontrar. Es, pues, una aventura que no sabemos si creer o no. Si vale la pena. ¿Será una pena leer?

A veces, hacemos trampa al leer y nos saltamos páginas para saber cómo va a acabar lo que se está describiendo. Lo que no es como nuestras vidas, de las que no podemos saber con antelación el futuro. No hay manera de jugar con el destino. En cambio, es la ventaja de los libros cuyas vidas de personajes suelen estar completas. Cuestión de saltarse páginas.

Llegó el momento de citar a Irene Vallejo y su abarcante obra El infinito en un junco en donde pasa revista al surgimiento de alfabetos, libros, bibliotecas y el gran salto de la humanidad. “Después del alfabeto, nada volvió a ser igual”, en palabras de Vallejo. ¿Nos irá a pasar lo mismo con la virtualidad? Para bien o para mal, agrego yo.

El gran salto

está lleno

de

variantes.

La más sorprendente es la fenicia con la idea de sólo escribir consonantes y que las vocales sean producto de la imaginación. Si sólo escribo CS puede ser “caso”, “cosa”, “cese”. Leer se vuelve un proceso de adivinación o de lógica. Por el contexto encontraré la vocal adecuada.

Otra peculiaridad de las lenguas semitas (sobre todo la hebrea y la árabe)  es su lectura de derecha a izquierda. Libros, revistas, periódicos deben abrirse por el final ya que la última página es la primera.

En cambio, hay idiomas como el francés que se escribe con muchas vocales y se pronuncia o lee como una sola. Por ejemplo: beau se pronuncia “bo”  (aproximado).

Para leer chino hay que aprender y memorizar los signos llamados sinogramas también utilizados para los idiomas japonés, coreano y otros de Asia Oriental. En última instancia, queda el recurso de acudir a traducciones.

En fin, todo un abanico de posibilidades gracias a que aprendimos a leer.

Y, sin embargo,

¿para qué leer?

¿acaso me gusta leer?

Pues sí.

Sí.

Foto de Sergei Nikulin en Unsplash

Angelina Muñiz Huberman es autora de más de 50 libros. Ha ganado el Premio Xavier Villaurrutia ,  el Premio Sor Juana Inés de la Cruz el Premio José Fuentes Mares, Magda Donato, Woman of Valor Award, Manuel Levinsky, Universidad Nacional de México, Protagonista de la Literatura Mexicana, Orden de Isabel la Católica, Premio Nacional de Lingüística y Literatura 2018, entre otros. Recibió el doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma de México y es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

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Posted: June 7, 2026 at 2:39 pm

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