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La mujer que sabía demasiado
COLUMN/COLUMNA

La mujer que sabía demasiado

Miriam Mabel Martínez

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Durante 64 años, a la sociedad global le ha interesado descubrir si la muerte Marilyn Monroe fue consecuencia de un suicidio o de un asesinato. Sin embargo, este año toca celebrar el centenario de su nacimiento. Tal vez sabía demasiado, y de ser así qué sabía. Bien es cierto que sabía demasiado, sabía lo que implicaba ser una inadaptada fuera de la pantalla. Un personaje más sombrío que Roslyn, que el interpretado en The Misfits (1961), su última película, dirigida por John Huston. Para el statu quo siempre fue una inadaptada. Ella lo sabía.

Desde su debut cinematográfico, hace aproximadamente 81 años (antes de su debut oficial en The Asphalt Jungle de John Huston), se han escrito casi ochocientos libros sobre ella, miles de artículos en revistas y periódicos, se le han dedicado millones de menciones, por lo menos cuarenta biopics y documentales, más o menos veinte obras de teatro, cantidad similar de novelas, dos musicales, un ballet y una ópera y canciones varias como Candle in the Wind, de Elton John; Who Killed Marilyn Monroe? de Glenn Danzig; durante los años ochenta fue musa desde Def Leppard, (Photograph), Los Prisioneros (¿Quién mató a Marilyn?); Madonna (Material Girl), hasta el rock en tu idioma tuvo su Marilyn Monroe de Manolo Tena (“que nunca logra dormir, a veces ni con píldoras lo puede conseguir…”); ya en los dosmiles Bryan Ferry le compuso Goddess of Love; Lady Gaga, Government Hooker y hasta hay un hip hop de Nicki Minaj (Marilyn Monroe), entre las más sonadas. Habría que revisar el porcentaje de autoría femenina en los trabajos sobre Marilyn, quizá en ese porcentaje radica la manera en la que se le sigue percibiendo: “Marilyn Monroe, el juguete sexual con triste final”. La revictimizamos aún en la memoria. La pobre Marilyn “que nunca logra dormir”, como dice la canción, o que “se siente una idiota porque de algunos libros no entiende ni jota”, dice la misma canción… La hija ilegítima, la violada, la bomba sexual, la primera portada de Playboy, la que tuvo 14 abortos, la adicta a los barbitúricos, la amante del presidente, la que le cantó al presidente, la que no pudo ser madre, la depresiva, la alcohólica… al final de lo que se trata de hablar es de que los caballeros las prefieren rubias. Y ahí está el detalle, eso es lo que quieren los caballeros, a quienes no les gusta pensar que esa hermosa mujer también era inteligente, solidaria, creativa, que sí entendía lo que leía y hasta escribía. Sí era un ser humano triste, pero ¿qué la tristeza se reserva el derecho de admisión? Porque para los caballeros que las prefieren rubias, las mujeres deben estar siempre dispuestas y felices. La belleza es el valor favorito de la misoginia. Y, ¿cómo la preferimos nosotras? La queremos también por su gracia, por el disfrute de su cuerpo, por supuesto, pero sobre todo la preferimos porque trató.

La queremos por loca e inadaptada. Porque como otros actores masculinos, sin disculparla, también ejerció su derecho a ser una pesadilla. Marylin es más que un objeto de deseo. En vida y después de su muerte fue perseguida por la prensa. Admiración, le llaman algunos eufemísticamente. Semanas después de su fallecimiento, Andy Wahrol exhibió el Díptico Marilyn, una serigrafía sobre lienzo (3 x 1.50 metros aproximadamente), en la que se repite cincuenta veces una imagen tomada del filme Niágara, pieza que hoy forma parte del acervo de la Tate Modern de Londres. Un negocio que no se detiene. En 2015, la pieza Cuatro Marilyns, también de Warhol, se subastó en Christie’s en 36 millones de dólares.

Y no sólo ha sido un producto redituable, nunca, ni siquiera muerta ha dejado de ser acosada. El 30 de septiembre 2017, el fundador de Playboy, Hugh Hefner fue enterrado en el nicho contiguo a Marilyn, en el Pierce Brothers Westwood Village Memorial Park de Los Ángeles. Sí, el señor que siempre andaba en pijama con gorro de capitán de barco compró en 1992 dicho espacio por poco más de 75 mil dólares. En su momento declaró al periódico Los Angeles Times: “Creo en lo simbólico. Pasar la eternidad junto a Marilyn es demasiado dulce para no hacerlo”. ¿Qué se podía esperar de un hombre que en 1953 uso sin consentimiento de la actriz las fotos desnuda que había hecho años antes? La revista vendió más de cincuenta mil ejemplares.

Ese 1953 sería su “consagración”. Se estrenó Niágara (1953, Henry Hathaway), el primer film noir a color. Ella , por supuesto, personificó a la femme fatale que mata al esposo. Ese mismo año su interpretación de Diamonds are a girl’s best friend, en Gentlemen prefer Blondes (dirigida por Howard Hawks), la convirtió en el ideal de ellos y en el deber de ellas. Y para rematar la película How to Marry a Millionaire (dirigida por Jean Negulesco) consolidó el cliché tan necesario para sostener el statu quo. Y, sin embargo, esa rubia simultáneamente exhibía las oscuridades de Hollywood en un texto publicado, en ese mismo año, en la revista Motion Picture and Television Magazine: “Los lobos que he conocido”[1], en el que hablaba abiertamente y sin miedo del acoso sexual de directores y productores de Hollywood de la época. Con una claridad repelente a la ingenuidad describía en primera persona la cotidianidad de muchas: “Dicen que soy una chica a la que todos silban. Podría ser, pero no paro de conocer a hombres que no paran con un silbido. He aprendido a manejarlos a todos”[2]. Su testimonio pasó desapercibido.

“Hay muchos tipos de lobos. Algunos son siniestros, otros son simplemente juerguistas que intentan conseguir algo a cambio de nada y otros lo convierten en un juego”[3]. ¿De qué se quejaba esa actriz más famosa que debía pintarse el pelo y conformarse con ser deseada? Pero esa grácil damisela, lejos de conformarse, buscaba salidas a eso llamado vacío existencial. La sensual y bella Marilyn también invertía sus ganancias en algo más que lipticks y Chanel No. 5, ¡compraba libros! En 1999, Christie’s subastó artículos personales de Marilyn Monroe, entre ellos una colección de 390 libros que incluyen The Portable Dorothy Parker de Dorothy Parker; Mi Ántonia de Willa Cather; varios de la francesa Colette (Cheri, The Last of Chéri, The Other Woman, Duo, Cats y Claudine); The Little Disturbances of Mande Grace Paley y The Ballad of the Sad Café de Carson McCullers, con quien –por cierto– sostuvo una amistad.

Aunque la palabra sisterhood se popularizó después de su muerte, Marilyn la ejercía. Por ejemplo, le advirtió a una jovencísima Joan Collins sobre los lobos de Hollywood a los que ya había denunciado: “si no consiguen lo que quieren, abandonarán tu contrato”. Y apoyó a mujeres sin importar el color. En una entrevista de 1972, Ella Fitzgerald narró la intervención de Marilyn para que actuara en el Mocambo, el club más famoso de Los Ángeles, donde no se le consideró “lo suficientemente glamorosa”. Monroe le prometió al propietario, Charlie Morrison, que si contrataba a la cantante, ella asistiría a todos los shows, y lo cumplió. Ella la consideró una mujer adelantada a su tiempo, que constantemente rompía estereotipos. Combatió también la desigualdad salarial y la imposición de proyectos. Luchó contra la 20th Century Fox legalmente hasta conseguir un acuerdo con un salario más alto –más cercano al de sus coetáneos masculinos-y la posibilidad de elegir guiones, directores con quienes trabajar– como también hacían muchos actores. Por si fuera poco, en 1955 creó Marilyn Monroe Productions, con la que produjo The Prince and the Showgirl (1957), dirigida por Lawrence Olivier. Resultó la segunda mujer de Estados Unidos, después de Mary Pickford, en crear su propia productora. Por cierto, Pickford, fue una de las fundadoras de United Artists y promotora de la creación de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Aunque tuvo que defenderse de los lobos, también ejerció libremente su sexualidad. Tuvo amantes, seguramente muchos menos de los que la leyenda exige (entre el trabajo, lidiar con la prensa, los barbitúricos, el alcohol, la depresión, los tres maridos, los divorcios, los rodajes… ¿a qué hora?). Asimismo, rompió con el tabú de que entre un hombre y una mujer no puede existir una amistad. Marlon Brando, otra belleza y fuerza de la naturaleza, fue su gran amigo y una de las pocas estrellas masculinas que la defendió de esa industria cinematográfica que se la estaba tragando. Otro inadaptado y exiliado del sistema. Aunque también tuvo que soportar la celotipia de su marido Joe DiMaggio y los egos de actores como Robert Mitchum, su co-protagonista en River of No Return (1955, dirigida por Otto Preminger), quien en su autobiografía declaró que con la única compañera de reparto con la que no se había acostado había sido Deborah Kerr, o como Tony Curtis, con quien compartió créditos en The Seven Year Itch (1955) y luego en Some like it Hot (1959), ambas dirigidas por Billy Wilder. Curtis, como buen caballero que sí tiene memoria, en su libro American Prince: A Memoir presumió no solo haber sostenido una larga aventura con Marilyn, mientras él estaba casado con Janet Leigh y ella con Arthur Miller, sino que aseguró haberla embarazado, y durante el rodaje de la segunda película, en la que compartieron créditos, hasta se dio el lujo de bromear al decir que besar a Marilyn era como besar a Hitler. Aunque la fama insistiera en encasillarla, luchaba por desmarcarse. En una entrevista para la revista Life, publicada antes de morir, Monroe le advirtió al entrevistador “No me importa hacer bromas, pero no quiero parecer una”. Tenía un sentido del humor tan inteligente como el de su amigo Truman Capote, quien por cierto quería que ella fuera la protagonista Desayuno en Tiffany’s. No lo logró.

Marilyn no sólo puso en jaque a la industria del cine, también descolocó al FBI, a las buenas costumbres y se rebeló ante el deber ser. Siempre entendió su papel e intentó darle la vuelta. Aprendió – en sus palabras-“a manejarlos a todos”, y pese a ello nunca estuvo conforme, tanto que en la cúspide de su carrera decidió aprender más. Si  bien Capote ya le había aconsejado tomar clases de teatro con Constance Collier, la muerte repentina de esta actriz británica en 1955 propició su siguiente paso: matricularse en el Actors Studio, apoyada  por Marlon Brando. Lee y Paula Strasberg entendieron la necesidad de Marilyn de romper con el estereotipo y reconocieron en ella la inteligencia, la pasión y el talento para interpretar papeles profundos, como se confirmó en su último filme. Los Strasberg fueron sus cómplices para demostrar sus capacidades. Gracias a esa amistad, hoy sabemos que Marilyn también escribía. Al morir, le legó sus objetos personales a su mentor, Lee Strasberg, quien los guardó hasta su muerte en 1982, cuando su tercera Anna Mizrahi (con quien se casó y tuvo hijos después de la muerte de Paula en 1966) encontró dos cajas con textos y poemas de Marilyn que fueron editados, gracias a Adam y David (los hijos de Anna y Lee Strasberg), quienes entregaron el material a los editores Bernard Comment y Stanley Buchthal. De ahí surgió Fragments: Poems, Intimate Notes and Letters (2012). Marilyn hizo todo lo posible. Trató, buscó respuestas. Experimentó el psicoanálisis, primero con Margaret Hohenberg, en Nueva York, luego con Ralph Greenson en Los Ángeles. Trató.

¿Se suicidó, fue amante de los hermanos Kennedy, se acostó con Elia Kazan, con Frank Sinatra y con Sammy Davis, et-al? Quizá se acostó con todos los productores y directores o con ninguno, quizá fue amante de todos y de todas sus compañeros y compañeras de reparto, incluida Joan Crawford. Quizá tuvo catorce abortos, aún más  o ninguno. Más allá de la mercantilización que ha acompañado el mito , su aportación al cine clásico norteamericano es innegable.

En The Misfits, su última película con guión de quien fuera su marido durante cuatro años, Arthur Miller, hay una línea que dice: “¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?”. Fue una persona compleja, sensible, contradictoria, sensual, atrevida, una inadaptada. Una inconforme a la que celebramos globalmente en el centenario de su nacimiento.

Marilyn Monroe sabía demasiado. Sabía, como ella misma escribió, que “Hollywood es un lugar en el que te pagarán mil dólares por un beso y 50 centavos por tu alma”. Sabía eso que mucho años después, en el documental de Delphine Seyring, Sois belle et tais-toi (1976), la actriz y maestra Delia Salvi señaló con tanta claridad: “El cine no es más que un enorme fantasma masculino”.

[1] Tomado de clarin.com artículo “Marilyn Monroe y los lobos”, https://www.clarin.com/opinion/marilyn-lobos_0_RkQsAKfu6.html

[2] Ídem.

[3] Ídem.

Foto de Marilyn Monroe leyendo Ulises, Long Island, Nueva York, en 1954.

Miriam Mabel Martínez es escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016). Coordinó las antologías Oríllese a la izquierda Mujeres  (2019) y Mujeres. El mundo es nuestro (2021) ambas bajo el sello Universo de Libros.

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Posted: June 1, 2026 at 3:45 pm

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