Una encuesta de lectura en 1945
Edgardo Bermejo Mora
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
En 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin, Agustín Yáñez hizo circular entre un grupo de intelectuales una pregunta: “¿Cuáles son los libros fundamentales de nuestra época?” Veintiocho hombres de distintas disciplinas aceptaron responder. Algunos entregaron títulos y autores; otros discutieron primero qué podía entenderse por época, qué volvía fundamental a una obra, o si era posible elegir sin convertir las preferencias personales en una medida universal.
La encuesta primero se publicó en dos partes en la revista Occidente y, posteriormente, como un folleto titulado Los libros fundamentales de nuestra época, el cual se imprimió en Guadalajara doce años después de realizada la consulta (Et Cætera,1957). En una breve nota inicial, Yáñez observó que conservaba su vigencia y propuso su reproducción como guía de lecturas, especialmente para maestros y estudiantes jaliscienses. Hoy podemos leerlo también como un documento que da cuenta del clima intelectual del México posrevolucionario.
Los 28 participantes fueron Narciso Bassols, Pedro Bosch Gimpera, Alfonso Caso, Antonio Caso, Antonio Castro Leal, Mario de la Cueva, Eduardo García Máynez, José Gaos, Ignacio González Guzmán, Jesús Guisa y Acevedo, Wigberto Jiménez Moreno, Gilberto Loyo, José Luis Martínez, José Medina Echavarría, Agustín Millares Carlo, Alfonso Noriega, Fernando Ocaranza, Edmundo O’Gorman, Manuel Pedroso, José Antonio Portuondo, Samuel Ramos, Luis Recaséns Siches, Alfonso Reyes, Diego Rivera, Manuel Sandoval Vallarta, Jesús Silva Herzog, José Vasconcelos y Joaquín Xirau.
Había filósofos, médicos, juristas, historiadores, científicos, escritores y un pintor. Muchos ocupaban cargos universitarios, dirigían instituciones o intervenían de manera regular en la discusión pública. Sus respuestas no equivalen, por supuesto, a las lecturas de todo México en 1945. Nos hablan de un sector influyente de su vida intelectual para el cual Europa constituía la principal referencia de la cultura universal y, por extensión, un punto de partida para pensar la cultura y la educación en México.
La primera dificultad estaba contenida en dos palabras: nuestra época. “La pregunta que se nos formula es, en mi concepto, demasiado vaga”, respondió Mario de la Cueva, porque abarcaba, según afirmaba, tantos aspectos de la cultura que “resulta difícil señalar las obras más importantes sin precisar antes el criterio”. Para unos, el presente comenzaba con las grandes transformaciones científicas y filosóficas de finales del siglo XIX. Para otros, había que remontarse mucho más atrás. Jesús Silva Herzog, por ejemplo, sostuvo que los libros fundamentales para una época no tenían por qué haber sido escritos en ella. Por eso colocó en su lista a Platón, Aristóteles, san Agustín, Cervantes y Rousseau junto a Marx, Freud y Spengler. No proponía una biblioteca de novedades, sino una genealogía de ideas todavía activas.
Vasconcelos tomó otro camino. Sugirió considerar aproximadamente el siglo transcurrido desde mediados del XIX y, una vez delimitado el periodo, declaró que en él no encontraba una obra verdaderamente fundamental para el espíritu humano. Reconocía los logros de la ciencia aplicada y concedía importancia a Bergson, pero juzgaba que su tiempo había sido más fecundo en rectificaciones que en nuevos fundamentos. Su respuesta termina, sin embargo, con una lista extensa que incluye física, filosofía, historia, religión y novela.
Yáñez había previsto parte del problema. Explicó que permitió a los invitados remontarse hasta obras anteriores cuya influencia consideraran viva y que podían escoger libros generales o propios de su especialidad. También les aclaró que no necesitaban fundamentar sus elecciones. Esa libertad hizo posible reunir respuestas muy distintas, aunque volvió más difícil compararlas. Una lista de descubrimientos médicos y otra de novelas rusas obedecían a criterios diferentes. El resultado no fue una biblioteca ideal ordenada por una sola regla, sino una conversación en la que cada participante eligió con entera libertad.
La respuesta de Diego Rivera es, probablemente, la más breve. Para él, los libros fundamentales eran las obras de Marx y Engels. En unas cuantas palabras resolvió una pregunta que a otros les exigió páginas: encontraba en la crítica de la sociedad capitalista la clave decisiva de su época. José Gaos, en cambio, ofreció cuatro nombres: Marx, Nietzsche, Freud y Proust. Su selección reunía economía, filosofía, psicoanálisis y literatura. No decía por qué había elegido precisamente esas obras, pero proponía una imagen del hombre moderno atravesada por el conflicto social, la crisis de los valores, el inconsciente y la memoria.
Alfonso Reyes respondió de una manera característica de su curiosidad universalista. Prefirió hablar de “obras o nuevos hechos de cultura” antes que limitarse a libros determinados. Mencionó la relatividad de Einstein, el psicoanálisis de Freud, las novelas de Proust y de Joyce, el espiritualismo que su generación había conocido a través de Bergson, la fenomenología de Husserl y los desarrollos de la filosofía matemática. Sumó después la lírica, el teatro norteamericano, las nuevas interpretaciones de la historia y la semántica. “Agotar el asunto me parece imposible”, señaló.
Entre la concisión de Rivera y la amplitud de Reyes caben otras maneras de leer el siglo. El físico Manuel Sandoval Vallarta circunscribió expresamente su respuesta a las ciencias físicas y sus disciplinas cercanas: Heisenberg, Dirac, Einstein, Minkowski, Eddington y De Broglie. El médico Ignacio González Guzmán eligió investigaciones sobre la rabia, la herencia, los grupos sanguíneos, la penicilina y las sulfamidas, entre otras. Para ellos, un libro fundamental podía ser un tratado o la publicación de un hallazgo capaz de modificar el conocimiento y la práctica de una profesión.
Alfonso Caso ofrece un ejemplo de tránsito entre disciplinas. En su respuesta aparecen Nietzsche, Husserl y Bergson junto a Einstein, Planck y Marie Curie; luego añade a Tolstoi, Dostoievski e Ibsen. Antonio Caso, por su parte, reúne filosofía, física y literatura en una lista donde conviven El origen del conocimiento moral, de Franz Brentano; Investigaciones lógicas, de Edmund Husserl; Madame Bovary, de Flaubert, y Crimen y castigo, de Dostoievski.
Al final del volumen se ofrece un recuento de los autores y obras mencionados más de dos veces. Henri Bergson encabeza la lista de autores con quince menciones; Einstein y Freud tienen doce cada uno, y Marx, once. Les siguen Dostoievski y Husserl, con ocho; Spengler, con siete; Unamuno, con seis.
Si pasamos de los nombres a las obras, aparecen entre las más citadas The Meaning of Relativity, de Albert Einstein; La evolución creadora, de Henri Bergson; El capital, de Karl Marx; La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, e Investigaciones lógicas, de Edmund Husserl.
El primer lugar de Bergson merece un comentario. Quien se acerque a la encuesta esperando que Marx, Freud o Einstein dominaran sin rival se sorprenderá al encontrar por encima de ellos a un filósofo cuya presencia pública es hoy menos visible. Para varios de los participantes, Bergson había abierto una alternativa frente a las explicaciones mecánicas de la vida y las certezas del positivismo. Vasconcelos le atribuye expresamente un papel liberador en ese terreno; Reyes recuerda que a través de él su generación recibió las primeras noticias de una vuelta al espiritualismo.
Einstein, Freud y Marx llegan a la encuesta por vías distintas. La relatividad alteraba las nociones heredadas de espacio y tiempo; el psicoanálisis hacía de los sueños y los conflictos íntimos materia de interpretación; la crítica de Marx ofrecía un lenguaje para comprender las relaciones entre trabajo, riqueza y poder. Resulta tentador convertir a los cuatro autores más citados en una fórmula perfecta de su idea de la modernidad al agotarse la primera mitad de la centuria. Las respuestas muestran asociaciones cambiantes: algunos incluyen a Einstein junto a Planck, otros a Freud junto a Proust, y Rivera concentra todo el peso de la época en Marx y Engels.
También importa observar qué lugar ocupa la literatura. Dostoievski reúne ocho menciones, mientras Proust y Tolstoi obtienen cinco, y Joyce, cuatro. Antonio Castro Leal se pregunta si alguno de los tres grandes novelistas que considera —Dostoievski, Proust y Joyce— puede completar por sí solo el perfil de la época. O’Gorman incluye En busca del tiempo perdido y Ulises junto a Marx, Freud, Spengler y Einstein. “¡Qué le vamos a hacer!” —comenta O’Gorman— Cuatro alemanes, un inglés y un francés, y ninguno de nuestra habla. Lo importante es reconocerlo y tratar que no vuelva a suceder”. Más adelante añade: “América no cuenta ni por aproximación”.
Una de las lecturas más agudas de la propia encuesta es la de José Luis Martínez. Antes de revelar sus preferencias, observa que muchas respuestas expresan las especialidades y convicciones de quienes las escribieron. Cada oficio, sugiere, corre el riesgo de convertir su biblioteca de trabajo en la biblioteca esencial de todos.
Por eso la encuesta es especialmente reveladora cuando las respuestas no coinciden. Rivera no concede a la ciencia ni a la literatura un espacio separado de su convicción política; Sandoval Vallarta declara desde el principio los límites de su competencia; Silva Herzog busca los antecedentes remotos del presente; Vasconcelos desconfía del valor de la producción reciente; Reyes sospecha que ningún inventario de títulos podrá agotar la pregunta. Todos aceptan participar, pero no están haciendo exactamente el mismo ejercicio. Lo que comparten es la convicción de que los libros —o las ideas que esos libros pusieron en circulación— podían servir para orientarse en un mundo cuya comprensión, tras la gran conflagración bélica, estaba en disputa.
En la lista aparecen rectores y exrectores de la Universidad Nacional, profesores, directores de institutos, funcionarios públicos, responsables de revistas y miembros de El Colegio Nacional. Reyes figura como presidente de El Colegio de México; Rivera y los hermanos Caso son identificados por su pertenencia a El Colegio Nacional. La consulta reúne, así, a personas que escribían y enseñaban, pero que además participaban en la organización de los espacios donde otros podían escribir, enseñar y publicar.
Ese entrecruzamiento permite acercarse al campo intelectual mexicano de 1945. La Universidad Nacional era un lugar de formación y debate; El Colegio de México, nacido de la experiencia de La Casa de España, reunía investigación y acogida a intelectuales exiliados; El Colegio Nacional, creado en 1943, ofrecía una tribuna pública a figuras de diversas disciplinas. A su alrededor circulaban revistas, editoriales y proyectos educativos. No se trataba de instituciones aisladas ni de una sola escuela de pensamiento. Los participantes podían coincidir en una revista y discrepar en una cátedra, compartir el reconocimiento público sin compartir una idea de la historia o de la cultura.
La presencia de Gaos y Joaquín Xirau recuerda la importancia del exilio republicano español en esa conversación (se extraña por supuesto a María Zambrano). Ambos figuran en una encuesta realizada pocos años después de su llegada a México. Sus trayectorias se cruzan con las de filósofos y universitarios mexicanos que ya discutían a Bergson, la crisis del positivismo y las posibilidades de una filosofía propia. El documento deja ver ese encuentro, aunque no autoriza a explicar cada mención de Husserl o Heidegger como consecuencia directa del exilio. Las ideas circulan por libros, traducciones, clases y relaciones personales; una lista registra el resultado visible de parte de esa circulación, no todo su recorrido.
Tampoco conviene confundir la autoridad de los encuestados con la totalidad de la cultura mexicana. En la nómina de participantes no hay mujeres. Sí aparecen en algunas respuestas nombres como el de Marie Curie, pero ninguna fue invitada a decidir qué libros definían el siglo. La diferencia es importante: ser objeto de reconocimiento y tener voz en la construcción de un canon son cosas distintas. La selección de Yáñez respondía a una idea de representatividad que el volumen presenta como equilibrada. Vista desde hoy, permite preguntar de qué espacios sociales e institucionales procedía esa autoridad y quiénes quedaban fuera de ella.
La lista de encuestados suscita otra pregunta: ¿Por qué no fueron consultados Mariano Azuela, José Clemente Orozco, Carlos Chávez, Daniel Cosío Villegas, Xavier Villaurrutia, David Alfaro Siqueiros, Salvador Novo, José Revueltas, Silvio Zavala y Octavio Paz, entre muchos otros? Todos estaban vivos en 1945 y participaban, desde distintas generaciones y disciplinas, en la vida cultural mexicana. No conocemos las razones de cada ausencia, pero la pregunta recuerda que toda encuesta comienza por una selección anterior a las respuestas: la de quiénes tendrán voz para decidir, aparentemente, qué libros importan.
Algo semejante ocurre con la geografía de los libros y autores elegidos. El predominio europeo es evidente. O’Gorman lo reconoce al revisar su propia lista, integrada por Marx, Freud, Spengler, Einstein, Proust y Joyce: ninguno escribía en español y, salvo Unamuno y Ortega y Gasset, Hispanoamérica es el gran ausente de la encuesta. Aquellos intelectuales mexicanos pensaban desde instituciones propias, pero elegían sobre todo obras europeas para describir las transformaciones universales de su época. Se abre aquí una pregunta incómoda: ¿Qué debía ocurrir para que una obra producida en México o en América Latina pudiera ser considerada fundamental bajo los mismos criterios?
La encuesta no ofrece una respuesta única. Mario de la Cueva, después de objetar la amplitud de la pregunta, señala la obra poética de Rubén Darío y Salvador Díaz Mirón entre las grandes creaciones de América Latina, aunque no menciona títulos concretos. Su respuesta introduce una excepción significativa dentro de un conjunto de elecciones dominado por autores europeos. La nula presencia de obras latinoamericanas permite observar cómo se distribuía entonces el prestigio intelectual, incluso entre quienes contribuían a fortalecer las instituciones culturales mexicanas.
Hay otra ausencia que debe leerse con cuidado. La encuesta pregunta por libros fundamentales, no por los más leídos, ni por los que transformaron la vida cotidiana del mayor número de personas. No permite saber qué había en las bibliotecas de la época, qué se enseñaba efectivamente en cada aula o qué libros circulaban fuera de los medios universitarios. Nos muestra las elecciones declaradas de un conjunto de figuras reconocidas. Su valor histórico reside justamente en eso: permite estudiar cómo un grupo con capacidad de influencia formulaba públicamente una jerarquía de conocimientos y discutía los límites de esa jerarquía.
La distancia entre 1945 y la impresión del volumen en 1957 añade una última perspectiva. Al reproducir la encuesta doce años después, Yáñez creía que seguía vigente. La encuesta de Yáñez no produjo una biblioteca definitiva. Produjo, en cambio, un retrato de quienes tenían voz para proponerla. Las coincidencias en torno a Bergson, Einstein, Freud y Marx muestran qué ideas consideraban indispensables para comprender su tiempo. Las respuestas de Rivera, Reyes, Vasconcelos o Sandoval Vallarta revelan que no estaban de acuerdo en qué debía llamarse “fundamental”: una teoría de la sociedad, un descubrimiento científico, una novela o una tradición de pensamiento. Y la ausencia de mujeres entre los encuestados, así como la de obras latinoamericanas en el recuento final, muestra los límites de aquella conversación.
La pregunta formulada en 1945 permite observar cómo se construía la autoridad cultural en México: quiénes eran convocados a elegir, desde qué instituciones hablaban y el muy escaso lugar que le concedían a los libros y autores no europeos. Aquellos veintiocho hombres intentaron identificar las obras que explicaban su presente. Sus elecciones nos ayudan ahora a entenderlos a ellos, no menos que al mundo intelectual mexicano desde el cual respondieron.

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98), del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. X: @edgardobermejo
©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.
.
Posted: September 30, 2026 at 9:30 pm







