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Gisela Kozak

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El Museo Nacional de Colombia protagoniza una polémica en razón del retiro de  30 obras por orden del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, cuya titular es Paola Holguín, exsenadora por el Centro Democrático y sin experiencia en el área en la que actualmente se desempeña. De acuerdo a informaciones disponibles, dos salas han sido especialmente afectadas: “Hacer Sociedad” y “Tierra como recurso”, con temáticas LGBTIQ+, feministas y relativas a los acuerdos de paz firmados en 2016 que involucran a grupos de extrema izquierda como las FARC. Si Donald Trump se entera, seguramente aplaudirá una decisión que dará por sabia, digna de la censura de libros en estados republicanos en Estados Unidos o de las supervisiones del gobierno de Jair Bolsonaro en alguna  feria de libros de Brasil para evitar la corrupción de la infancia. Regímenes como los de Irán, Rusia, China, Afganistán e India también simpatizarían con la iniciativa. O quienes lograron que la exposición del pintor mexicano Fabián Cháirez, “La venida del señor” (2025), considerada blasfema por grupos católicos, fuese suspendida.

Abelardo de la Espriella, quien termina sus discursos con un “Viva Cristo Rey”, lo dijo muy claramente durante su campaña política: la religión, la tradición y la familia iban a ser el centro de su gestión, una postura nada conveniente respecto a la separación entre la iglesia y el Estado, pero que fue respaldada por poco más de la mitad del electorado colombiano. La “batalla cultural” es clave para esta derecha que cree a pies juntillas que una pintura con motivo LGBTQ+ tiene el poder de cambiar la sexualidad o la identidad de género de quien la vea. La ministra es la generala en batalla contra el adoctrinamiento político y las agendas activistas en el arte. Se supone que los museos deben representar a toda Colombia (sea lo que sea que esto signifique) y no a una parcialidad política.

No se ha hecho esperar la respuesta del sector cultural a quien le interesan los museos, un grupo poblacional nunca muy extenso en nuestros países. Varios museos -los de Arte Moderno de Bogotá, Barranquilla, Medellín, Tolima y el Museo Rayo-  emitieron una impecable declaración conjunta: el arte expresa la complejidad y contradicciones de la historia común y es imprescindible  ampliar las voces y puntos de vista sobre el pasado. Me gusta en particular una frase de la declaración: “añadir capas a la narración”; también la insistencia en que no deben retirarse obras de un museo por razones ideológicas. Estoy segura de que se sumarán adhesiones y no solo dentro de Colombia.

Desde luego, la censura derechista está mal vista. ¿Qué pasa cuando viene de la izquierda?  Desinvitar a Ariana Harwicz del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades CULTUR-ALH de Granada (2026), producto de las presiones de grupos propalestinos, causó una polémica incendiaria en la que participaron escritores de diversas ideologías y posturas respecto al tema palestino-israelí. Quienes apoyaron la censura de la escritora, lo hicieron en nombre de la verdad del genocidio perpetrado por Israel, el mismo argumento del gobierno de la Espriella: los activistas no pueden imponerle su verdad a una institución que le pertenece a los colombianos. La suspensión de la exposición  “Tembló acá un delirio”, de la argentina Ana Gallardo en el MUAC (2024), en Ciudad de México, significó un cuestionamiento a  la curaduría del museo, lo mismo que hace el gobierno de de la Espriella con las propuestas curatoriales del Museo Nacional. En estos dos casos se consideró que dichas  propuestas son parciales, falaces y contrarias a los valores y la ética. Los gobiernos de Cuba, Nicaragua y Venezuela se han cansado de censurar contenidos en nombre de la verdad revolucionaria. La palabra “verdad” en estos ejemplos no admite “añadir capas a la narración” ni cuestionar la censura por motivos ideológicos.

El poder es relativo al campo específico en el que se desenvuelve. Obviamente, visto desde una perspectiva proporcional, el poder de un gobierno es mucho mayor que el de un grupo de activistas que se manifiestan contra una exposición, caso de las personas  que protestaron contra Gallardo. Pero, la respuesta del museo admitió que estos grupos tienen  el poder suficiente para dar de baja a una artista. El activismo en el arte es la constante de esta época y se ha caído en la complacencia y en la sobreproducción de contenidos unívocos y fáciles para el consumo de élites culturales adormecidas por la ideología, cosa que conozco perfectamente por mi experiencia como académica, escritora y feminista lésbica. Es innegable que la hegemonía de la izquierda más o menos radical en las humanidades, en los museos y en los movimientos sociales no permite un debate mucho más plural, amplio y democrático que nos arrope a todos y todas, pero esta situación no se arregla con las contraproducentes medidas estilo de la Espriella o estilo Donald Trump con sus recortes a las universidades, sino con la defensa de la libertad de expresión y de pensamiento.

No puede haber un doble rasero con la censura: si viene de la izquierda, me sirve; si viene de la derecha, no me sirve; o, viceversa. Qué puede hacerse público, dónde y con cuáles audiencias ha sido, es y será un eterno motivo de debate que no puede zanjarse fácilmente, en especial cuando hablamos de la niñez, la adolescencia, la libertad religiosa, los sectores vulnerables y el pluralismo político. Lo que está pasando en Colombia es muy grave porque supone que con la pura y simple hegemonía estatal se resuelve el problema: si quien manda es de izquierda, permitirá unas cosas; sin quien manda es de derecha, permitirá otras. Hay que luchar por la autonomía del campo artístico, literario e intelectual desde las más diversas perspectivas si queremos instituciones educativas y culturales fuertes, con prestigio y ascendencia en lugar de escenarios en los que se imponga el silencio para no molestar a los poderes en juego. El arte, el pensamiento y  la literatura requieren de la libertad más radical, aquella que no pueden permitirse otros sectores, como los gobiernos, que deben estar supeditados a las leyes y a los consensos.

Malos tiempos para la libertad, definitivamente.

 

 

Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak

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Posted: October 20, 2026 at 8:31 pm

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