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¡Delante de los niños, no!
COLUMN/COLUMNA

¡Delante de los niños, no!

Eduardo Huchín Sosa

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Fiel a mi costumbre y al título general de esta columna, llego tarde al centenario de René Goscinny (1926-1977), que debí haber cubierto en agosto. Aunque casi todo mundo lo conozca por sus guiones de Ásterix, Iznogud y Lucky Luke, mi cosa favorita salida de su pluma son las aventuras del Pequeño Nicolás, que descubrí a mis treinta años y que abandoné no sé muy bien por qué. A últimas fechas, Nicolás volvió a mi vida, gracias a unas bonitas ediciones de Libros del Zorzal, que ha sacado los 14 tomos de la colección completa, bien diseñados y cuidados, a pesar de que, de repente, la editorial argentina tome algunas decisiones raras como clavarte un prólogo de la hija de Goscinny –Anne, responsable también de rescatar varios de los cuentos–, un prólogo del editor, un prólogo del traductor, un glosario de argentinismos y un collage de opiniones por parte de humoristas, escritores y hasta psicoanalistas, lo que acaso me parezca ya demasiado.*

Según nos enteramos en uno de los textos introductorios, el germen del Pequeño Nicolás se encuentra en una historieta a página completa que Goscinny, al lado del ilustrador Jean-Jacques Sempé, había desarrollado para el periódico belga Le Moustique a mediados de la década del cincuenta. La premisa básica era poner a un pequeño travieso y en edad escolar –y no sólo a él, sino a su familia, vecinos y amigos del colegio– en cualquier cantidad de situaciones ridículas, con el consabido remate humorístico en el recuadro final. El experimento duró apenas un año, no en el punto más alto, para ser honestos; pero cuando el guionista y el dibujante retomaron a su personaje en 1959 –a petición del suplemento dominical Sud-Ouest Dimanche– buscaron otra manera de contar aquellas aventuras: en lugar de la página a 11 o 12 viñetas, optaron por un relato escrito en primera persona, acompañado de 3 o 4 ilustraciones en blanco y negro. El éxito fue tal que el Sud-Ouest Dimanche llegó a publicar una historia de Nicolás cada semana a lo largo de siete años.

Libros del Zorzal ha tenido el buen tino de poner en circulación no solo la totalidad de la saga sino el volumen que compila las primeras 28 planchas de la historieta original, precedidas por un emotivo recuerdo de Sempé acerca de su amigo Goscinny y una apropiada explicación de contexto por parte del editor. El tamaño de libro-álbum ayuda a apreciar el cómic, pero sus últimas páginas logran algo más interesante: permiten entender cómo una historieta más o menos convencional llegó a convertirse en una serie de cuentos revolucionaria, adictiva y de verdad hilarante, capaz de pasar la prueba del tiempo, de las diferencias culturales y de las edades. Al intercalar algunas historias inicialmente concebidas para el cómic y su posterior transformación en relatos ilustrados, el libro obliga a pensar en el conjunto de hallazgos gráficos y literarios que tanto Sempé como Goscinny tuvieron que perfeccionar para que su criatura no se hundiera en la irrelevancia como la primera vez.

De entrada, está el cambio de punto de vista. La historieta original abordaba las aventuras de Nicolás desde fuera, lo cual significa que el efecto cómico dependía de su representación gráfica. Es decir: de las caídas, situaciones vergonzosas o malentendidos que pudieran resolverse con una acción o un globo de diálogo. Los cuentos de la etapa literaria dependen de la voz de Nicolás, una primera persona que no está ahí para mostrar “el mundo interior” del niño, como se ha dicho tantas veces, sino para poner en crisis la posesión misma del relato. Nicolás podrá contar los hechos como mejor le apetezca, retratarse a sí mismo y a su entorno a conveniencia, pero el lector siempre puede entrever el otro lado de la historia: las intenciones ocultas, la verdad dentro de las simulaciones, los dobles discursos. Grandes y pequeños se mueven en estos cuentos entre lo que son y lo que aparentan ser, y no exagero si digo que el tema central de la serie es la imposibilidad de guardar esas apariencias.

El segundo hallazgo fue la representación de los niños como una entidad colectiva. Según Goscinny y Sempé esa fue siempre su intención: retratar a un grupo de infantes y no tanto a un niño en particular. En las historietas, cada recuadro limitaba cuántos personajes podías meter a escena. Como relato ilustrado, los autores se dieron el lujo de incluir cantidades infames de gente, no solo en escenarios extraordinarios, como la playa o la estación de tren, sino en espacios del día a día, como el patio de la escuela, que ofrecían oportunidades renovadas para la aventura. Ya sea durante un juego infantil en el que nadie se pone de acuerdo o durante un campamento de verano a oscuras, todo siempre se desmadra y se recompone, en un movimiento coordinado, casi de ballet.

Una buena parte de este último logro corresponde sin duda a Sempé, que aprovechó la libertad que le daba el cuento ilustrado para eso que conocemos como “hacer un Sempé”: es decir, para situar a seres humanos diminutos en lugares espaciosos, intentando en la medida de lo posible conservar sus individualidades. Las muchedumbres en Sempé son algo más que masas indiferenciadas, preocupado, como está, por los detalles y las posiciones de cada cuerpo. Basta con ojear otros libros suyos –especialmente los que hizo en solitario, como Un poco de París o Nada es fácil, también en Libros del Zorzal– para identificar su gusto por los lugares públicos, las arquitecturas con identidad, los diseños de interiores y los conjuntos a veces muy grandes de personas. Ya emancipadas de las líneas que separan una viñeta de otra, las ilustraciones de Sempé dan la sensación de flotar sobre, debajo, al lado o por fuera del relato. Aparecen donde sea, a veces ocupando una pequeña esquina con mucho texto alrededor o, en otros casos, desplegándose a lo largo y ancho de dos páginas completas. Si en la historieta del Pequeño Nicolás una imagen sigue a otra en una relación de causa-y-consecuencia, o al menos en una de antes-y-después, las ilustraciones de los cuentos obedecen a su propia lógica. Hacen referencia a cosas que ya han sucedido, que van a suceder o que nunca sucedieron, pero de una forma tan peculiar y desconcertante que nunca arruinan el efecto sorpresa tan caro a Goscinny.

Una cuarta cosa digna de admirarse es el amplio repertorio de situaciones a las que se ven sometidos los personajes. Algunas dependen de escenarios potencialmente desastrosos: la ida a la peluquería, el viaje en coche a casa de la abuela, la visita del plomero, la cena con los jefes de papá. Otras dejan caer un elemento disruptivo entre Nicolás y su círculo de amigos o entre Nicolás y su entorno familiar: una linterna, una ruleta de casino, un chiste infalible, una mala palabra que se escuchó por azar. Las mejores historias, sin embargo, juegan a mi modo de ver con una lección de vida que nunca llega. Los cuentos dedicados a la enseñanza vial o a las bondades de pedir regalos para los demás (y no para nosotros mismos) ponen en cuestión no sólo cierta manera de instruir a los niños sino el valor de la educación en su conjunto. ¿Qué debería aprender un pequeño de los adultos, cuando son ellos mismos los que buscan disimular sus problemas de convivencia? “¡Delante del pequeño, no!”, le dice la mamá de Nicolás al papá, cuando la realidad de la pareja –con sus rencillas económicas y familiares– amenaza con mostrarse tal como es.

El lector está consciente de la clase de sociedad que les presentan Goscinny y Sempé. Los niños de la saga son malcriados (llama la atención la facilidad con la que se dicen “imbéciles” unos a otros), berrinchudos (amenazan a menudo con irse de casa o ya de plano dejarse morir, si no les cumplen un capricho) y propensos a pelearse por el poder (quién debe ser el jefe de la manada, el que gira la ruleta, el que gana el juego). Pero, colocados al lado de las figuras de autoridad, no son muy distintos de los adultos que pretenden meterlos en cintura. Y, aunque Goscinny y Sempé son conscientes de que lo único que pone orden en ese mundo es la coerción, su crítica política está al servicio del humor y no al revés. Los cuentos de la serie derrochan alegría, en ocasiones ternura, y una curiosa sensación de que nadie se está haciendo daño en serio, de que el inconveniente en cuestión puede más o menos olvidarse, a fin de que la vida continúe. A lo mejor por eso, ninguno de sus personajes es de verdad desagradable, y a la vez todos proyectan esa parte ridícula e impulsiva –común a las personas sin importar la época, la edad o la cultura– que nos hace pelear por tonterías la mayor parte del tiempo.

* Los volúmenes de la saga son: El Pequeño Nicolás, Los recreos del Pequeño Nicolás, Las vacaciones del Pequeño Nicolás, El Pequeño Nicolás y sus amigos, El Pequeño Nicolás tiene problemas, El Pequeño Nicolás. ¡Empiezan las clases!, Las travesuras del Pequeño Nicolás, El Pequeño Nicolás y sus vecinos, Los viajes del Pequeño Nicolás, Las sorpresas del Pequeño Nicolás, El Pequeño Nicolás. ¡Es Navidad!, El Pequeño Nicolás se divierte, Las peleas del Pequeño Nicolás y El Pequeño Nicolás. El globo, a los que hay que añadir El Pequeño Nicolás. La historieta original.

 

Eduardo Huchín Sosa es escritor y editor literario de la revista Letras Libres. Sus libros más recientes son Calla y escucha. Ensayos sobre música: de Bach a los Beatles y La consagración de la maldita primavera. Escritos sobre música y libros.

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Posted: October 8, 2026 at 7:31 am

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