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Llego en cinco
COLUMN/COLUMNA

Llego en cinco

Julio González

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Por más tratados escritos, planes hechos en su nombre, intentos revolucionarios o conservadores de adelantarlo o detenerlo –e incluso sectas que anuncian su fin–, el tiempo sigue siendo un misterio y su dominio una dictadura. Hasta ese tiempo sin tiempo cifrado en el sueño, las vacaciones o el ocio, se rige por las manecillas, por la estricta agenda contenida entre días y minutos precisos. Por eso me sorprende cuando alguien trastoca la tiranía del reloj, pide una disculpa, y anuncia que va unos cinco minutos tarde. Siendo del todo común, tan cotidiana y normal, ¿por qué tiene tan mala fama la impuntualidad?

Cargamos hasta el día de la muerte con esa cárcel que son las improrrogables veinticuatro horas del día. Ahí cabe todo, desde las necesidades biológicas, los compromisos laborales y afectivos, las citas con el psicólogo o la tarotista, hasta el hechizo por el futuro: las esperanzas, los incomunicables deseos, las fantasías reprimidas. Ahí están también toda la serie de excusas de manual para no llegar a tiempo: el tráfico de las mañanas, los bloqueos y manifestaciones, el despertador que no escuchamos, las lluvias “atípicas” que nos convierten en Gremlins, el inesperado correo de trabajo, o el imprevisto mayor: nuestra natural impuntualidad.

Aunque quedaron atrás los tiempos de la caracterización metafísica de los pueblos, de las filosofías de lo nacional, quizá sería deseable pensar en la consustancial impuntualidad mexicana. Nuestra tendencia a malgastar el tiempo de los otros, a inventar excusas o hacernos sordos a los reclamos. Es tan impuntual el mexicano que incluso se ha dicho que llegó tarde al “banquete de la civilización”, a nuestra “cita con la historia”, a la hora del reparto de virtudes (aunque muy a tiempo para llevarse los defectos). De ahí en adelante todo ha sido una lucha perdida, un constante pedir perdón por la tardanza.

¿Somos impuntuales por autosabotaje o para agregarle emoción a la vida? Más de una vez he dicho “voy tarde, dame unos diez minutos”, cuando sé bien que, como Jesús, podría multiplicar esos minutos hasta por tres o cuatro, cuando no he puesto un pie fuera de casa o pedido el taxi. He sido impuntual para citas de trabajo, amorosas, familiares, para trámites burocráticos, para fiestas y cocteles de conocidos y de extraños, para todo aquello que requiera una precisión que mi inútil reloj interno no descifra. En eso el impuntual es democrático, no hay motivo suficiente ni persona tan importante como para apurar los pasos. Como si planear con antelación fuese contra natura, una aberración que la vida moderna nos depara como castigo por esa ingenua mordida en la manzana del Edén.

He sido también la impaciente víctima de la impuntualidad ajena, la que nos obliga a pedir sólo un vaso de agua y tomarlo a traguitos en el café, a mirar de manera exhaustiva la carta o mantener la vista fija en el celular esperando que de veras alguien cumpla su palabra, con esos escasos y eternos cinco minutos adicionales. Acaso uno se vuelve impuntual por contagio, por socialización, por costumbre, por hartazgo: para cobrarnos los minutos de espera ajenos en una deuda que pasa de mano en mano, de generación en generación. Somos lo que otros impuntuales han hecho de nosotros. Una larga estirpe que se remonta a una inenarrable espera de la que nadie se acuerda.

Aunque en principio la cortesía exige no recriminar al impuntual por su falta, hay grados y variaciones entre lo que se puede tolerar. De los cinco a los quince minutos parecería natural, de esperarse incluso. De los veinte a los treinta minutos exigirían una explicación, una disculpa creíble. Y pasados los cuarenta minutos la espera es sólo para los masoquistas, los solitarios, o quienes saborean el reclamo en persona.

Quizá habría que ser menos duros, pensar en la impuntualidad como una de las formas del halago, de la confianza: llegar tarde con alguien sin empacho implicaría ser hospitalario, decirle que ya es uno de los nuestros y que no hacen falta excusas ni explicaciones, mucho menos pedir perdón. Tan tuyo como mío es el tiempo perdido. ¿Y no es la espera un asunto que necesariamente congrega, que nos hace más cercanos? Sólo se puede llegar tarde si hay alguien esperando.

La impuntualidad tiene además un efecto multiplicador, como el de quien va subiendo la apuesta hasta perderlo todo. Los cinco minutos extra que decidimos ofrendarle a Orfeo por la mañana tienen como consecuencia una demora de media hora en alguna oficina, el desayuno hecho a medias en el transporte, la barba mal rasurada, la mirada baja del avergonzado o la sonrisita canalla del cínico que piensa en sus retrasos como una marca de la casa. El problema es que la impuntualidad supone una pequeña falta que se repara en una espiral ascendente: cinco minutos más, quizá quince para llegar; uno o dos días más para entregar una tarea o trabajo; unos meses más para terminar el proyecto… como si la vida pudiese prorrogarse indefinidamente.

Si una tirada de dados jamás podrá abolir el azar, ¿será que llegar con demora tenga un efecto mariposa? ¿Cuántas guerras se perdieron o ganaron por algún impuntual? ¿Cuántos amantes han quedado varados por una cita que no se concreta? “Dios perdona, pero el tiempo a ninguno”, dice el sabio.

Tal vez la impuntualidad es un defecto, una falla de carácter (nacional o individual), una ofensa y una muestra pura de misantropía. Me inclino por creer que es nuestra forma personal de vencer al aplastante presente y su fila interminable de compromisos. En todo caso valen las palabras que decía Unamuno: “Ved, pues, cómo para justificarme forjo teorías. Es lo humano”. Y acaso, si he de ceder, la única impuntualidad que importa, la única que no tiene remedio, es la de quien llega tarde a su propia vida.

 

Julio González. Ha escrito en Laberinto, Letras Libres y Nexos. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario.

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Posted: October 12, 2026 at 8:08 pm

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