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El legado
COLUMN/COLUMNA

El legado

Armando Chaguaceda

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Viendo en Netflix una serie (Star City) meditaba cuánto había cambiado el curso de la historia de la humanidad aquel triunfo, en la Rusia de 1917, de la insurrección bolchevique. Traté de pasar balance, con una perspectiva histórica, sociológica y filosófica, sobre cuáles han sido los impactos para la integridad y expansión de la (entonces) joven democracia liberal, de la aparición y toma del poder, en el Imperio zarista, de un grupo organizado de vanguardia revolucionaria comprometido con la construcción de un régimen y sociedad inéditos: el totalitarismo originario de vertiente comunista.

Un nuevo orden capaz de superar, en capacidad de control social y de destrucción y degradación de las relaciones interpersonales, las formas tradicionales de ejercer el poder y de relacionarse entre las personas vigentes en los Estados monárquicos y liberales de los siglos XIX y primeros años del XX. Y, al final, intenté imaginar cómo habría evolucionado el orden político global y los tipos de regímenes existentes si no hubiese triunfado entonces el bolchevismo. Lo que sigue es una síntesis de ese ejercicio de balance e imaginación, sobre un fenómeno que aún afecta nuestro ejercicio y defensa de la libertad.

Una novedad organizativa… y ontológica

Lo que aparece en 1917 no es simplemente un golpe de Estado o un cambio de élite gobernante, sino un tipo de organización política sin precedentes en la historia europea. El partido bolchevique, tal como lo define Lenin en ¿Qué hacer? (1902), no es un partido de opinión ni de representación de intereses sociales, sino una vanguardia de profesionales revolucionarios organizada según el llamado “centralismo democrático”: disciplina jerárquica absoluta, monopolio de la interpretación ideológica correcta (“línea correcta”) y disposición a sustituir a la clase obrera empírica —insuficientemente consciente— por el partido mismo como portador de la conciencia histórica.

Esto es filosóficamente decisivo: mientras los déspotas ilustrados, los zares o las monarquías del XIX pretendían gobernar sobre la sociedad (controlando su comportamiento externo, su obediencia fiscal y militar), el proyecto bolchevique —y esto lo formalizará después el estalinismo— aspira a rehacer al ser humano desde dentro: sus creencias, su lenguaje, su vida afectiva, su memoria histórica. El nuevo partido y el orden estatal que inaugura traen de la mano una diferencia cualitativa, en la forma de exacerbado control social y notable degradación de las relaciones interpersonales. Los regímenes monárquicos y los primeros liberalismos censitarios del XIX ejercían un poder extensivo pero superficial: exigían obediencia política y fiscal, pero rara vez pretendían controlar la conciencia. El totalitarismo leninista-estalinista introduce mecanismos cualitativamente distintos.

Con el ejercicio sistemático de la delación como deber cívico, la sociedad soviética convirtió la denuncia del vecino, del colega o incluso del familiar en un acto de virtud revolucionaria, destruyendo la confianza interpersonal en su base misma. Los casos de hijos denunciando a padres (el mito de Pavlik Morózov) simbolizan la subordinación de todo vínculo primario a la lealtad ideológica. Acompañando lo anterior, el paulatino desarrollo de un doble lenguaje (dvoeverie/dvoedushie) hizo que los ciudadanos —en realidad, población carente de autonomía cívica— aprendiesen a mantener un discurso público de adhesión y una vida privada de silencio o disenso, lo que generaba —según describe Czesław Miłosz en El pensamiento cautivo (1953)— una escisión psicológica permanente entre la persona pública y la privada.

Como consecuencia de lo anterior, lejos de fomentar nuevas modalidades de emancipación y solidaridad entre personas libres, el comunismo realmente existente solo generó la peor desconfianza y atomización social. Arendt, en su lúcido análisis, reconoció que el totalitarismo no buscaba solo obediencia, sino una soledad radical: destruir cualquier vínculo social intermedio (gremios, iglesias, familias extensas, asociaciones) que pudiera servir de refugio frente al Estado, dejando al individuo desnudo ante el poder,  acompañado por una radical ingeniería del “hombre nuevo”: a diferencia del despotismo tradicional, que se conforma con la sumisión, el proyecto soviético aspiraba a producir un tipo antropológico distinto —el Homo sovieticus— mediante la reeducación, el Gulag como instrumento correctivo (no solo punitivo) y el control total de la información y la memoria histórica.

Esta es la razón por la que autores tan distintos como Karl Popper (La sociedad abierta y sus enemigos, 1945), Raymond Aron e Isaiah Berlin coincidieron en tratar al totalitarismo leninista-estalinista como una amenaza cualitativamente nueva para la libertad, distinta del despotismo clásico que Montesquieu o Tocqueville habían analizado. En sintonía con esas percepciones, Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (1951), y Juan Linz, en su distinción canónica entre regímenes autoritarios y totalitarios, coinciden en señalar que el rasgo distintivo no es el grado de represión, sino la pretensión totalizante: no dejar zona alguna —familia, arte, ciencia, ocio— fuera del alcance ideológico del Estado-partido.

El triunfo bolchevique convirtió la revolución social en una posibilidad institucional concreta y no solo teórica, lo que radicaliza tanto a la izquierda como a la derecha europeas. El miedo al “contagio bolchevique” alimentó directamente el ascenso del fascismo y el nazismo: Mussolini y luego Hitler se presentan explícitamente como diques anticomunistas, y sectores de las élites conservadoras los toleraron o financiaron precisamente por temor a la alternativa soviética. [1] Posteriormente, aunque paradójicamente, la amenaza comunista hizo atractiva la democracia liberal en Europa occidental al legitimar el Estado de Bienestar como respuesta necesaria —una “socialdemocracia defensiva”— hacia las clases trabajadoras. Su sombra contribuyó a erosionar la integridad democrática en Occidente mediante fenómenos como el macartismo en EE. UU., la persecución de disidentes reales o imaginarios y la instrumentalización de golpes de Estado anticomunistas en el Tercer Mundo.

Un ejercicio contrafactual: ¿y si el bolchevismo no triunfase en 1917?

Todo ejercicio contrafactual histórico es por naturaleza especulativo. Por ende, se trata simplemente de proyectar imaginativamente —pero atendiendo a las evidencias— algunas posibilidades razonadas, no predicciones, de lo que pudo ocurrir. En ese sentido, considerando que la Historia hubiese tomado otro rumbo, aparecen en el horizonte ciertos escenarios probables.

Sin la toma bolchevique de octubre, es plausible que el Gobierno Provisional ruso —bajo una coalición socialista moderada bajo Kerenski o incluso con un régimen de derechas— hubiera intentado sostener el esfuerzo de guerra convocando en paralelo a una Asamblea Constituyente efectiva; para la que, de hecho, ya se habían celebrado elecciones en noviembre de 1917, ganadas por los socialistas revolucionarios. Esto sugiere una Rusia post-zarista posiblemente republicana, federal y parlamentaria, aunque con altísima inestabilidad social, económica y étnica, sin garantía alguna de consolidación democrática exitosa.

En el entorno regional, aunque es dudoso que las semillas del fascismo y el nazismo desaparecieran sin más —pues sus causas endógenas, como la humillación de Versalles, la crisis económica de posguerra, el hipernacionalismo y el antisemitismo, entre otros, habrían seguido operando— es razonable pensar que, sin un “enemigo rojo” tangible y triunfante que sirviera de coartada legitimadora, el fascismo habría tenido menos apoyo de las élites conservadoras europeas que toleraron a Mussolini y a Hitler al verlos como diques anticomunistas.

En una mayor temporalidad y escala geopolíticas globales, es probable que el sistema internacional de entreguerras hubiera evolucionado hacia un multipolarismo de potencias liberales y semi-liberales en competencia imperial (Reino Unido, Francia, EE. UU., Japón, quizás una Rusia debilitada pero no soviética), sin la Guerra Fría como estructura organizadora de la segunda mitad del siglo XX. Esto habría alterado radicalmente procesos como la descolonización (impulsada en parte por la competencia entre bloques por el Tercer Mundo), el desarrollo del Estado de Bienestar occidental (motivado en parte por la necesidad de “vacunar” a las clases trabajadoras contra el atractivo comunista) y la propia carrera espacial y armamentística desatada entre la URSS y los EEUU.

Creo, en resumen, que sin el advenimiento de Lenin y sus camaradas habríamos tenido un mundo probablemente menos catastrófico, pero no necesariamente más libre, en un sentido ideal. Se puede argumentar razonablemente que sin 1917 no habría existido el Holodomor, el Gran Terror, el Gulag ni el bloque soviético de posguerra; generando todo ello una reducción muy significativa del sufrimiento humano del siglo XX. Pero esto no implica automáticamente un triunfo global de la democracia liberal: los imperios coloniales europeos podrían haber tardado más en desmantelarse sin la presión ideológica anticolonial que el comunismo (aunque instrumentalizándola) proporcionó, ya que las propias potencias liberales del periodo de entreguerras (Francia, Reino Unido) mantenían regímenes censitarios, coloniales y con fuertes exclusiones internas.

Un legado peligrosamente vivo

Aquel leninismo de 1917 no destruyó a la democracia liberal, pero la sometió a un siglo de tensión existencial que la transformó profundamente: la obligó a definirse por oposición, a reformarse internamente por temor al contagio revolucionario y, finalmente, sobrevivió a su desafío más serio precisamente cuando el modelo soviético colapsó bajo el peso de sus propias contradicciones económicas y morales en 1989-1991. Porque el leninismo fue y es un modo especialmente deshumanizante de concebir las relaciones entre las personas y de estas con quienes nos gobiernan, que nos dejó como legado, incluso tras su colapso global de 1989/91, un conjunto de técnicas de control (partido único, policía política, propaganda totalizante) replicadas incluso por regímenes no comunistas.

Pero acaso lo más nocivo ha sido la sobrevivencia y relanzamiento de un modelo depurado —hoy revivido en China— de capitalismo autoritario gestionado por un partido-Estado leninista, lo que demuestra que la forma organizativa leninista puede sobrevivir al abandono de su contenido ideológico original. Su innovación más perdurable no fue tanto política como antropológica: demostró que el poder moderno, armado de ideología total y tecnología burocrática, puede aspirar a colonizar la interioridad humana de un modo que ni los déspotas más brutales del pasado habían imaginado siquiera como posibilidad.

 

Nota

[1] Este es un tema de debate historiográfico, donde autores como Ernst Nolte y François Furet sostuvieron la existencia de una relación causal-reactiva entre el terror bolchevique y la violencia fascista; mientras otros historiadores (Ian Kershaw, por ejemplo) subrayaban las causas autóctonas del fascismo (tradicional nacionalismo prusiano, crisis de Versalles, cuestión social no resuelta, etc.) que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial.

Armando Chaguaceda. Politólogo e historiador, profesor visitante de la cátedra Karl Loewenstein en Amherst College. Investigador en el think tank Gobierno y Análisis Político (GAPAC). Con 30 años de experiencia docente en Cuba, México, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Nicaragua y Venezuela. Experto del proyecto V-Dem especializado en el estudio de los procesos de democratización y autocratización en América Latina y Rusia. Editor, coautor y/o autor de numerosas publicaciones sobre esas temáticas. X: @DMando21

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Posted: September 27, 2026 at 7:29 am

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