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Alucinaciones
COLUMN/COLUMNA

Alucinaciones

Angelina Muñiz-Huberman

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¿Y si todo fueran alucinaciones? Pinturas sobre la pared, parpadeantes. Colores derramados. Luces que se encienden y se apagan. Sonidos invencibles, olores imperceptibles. Tactos perdidos. El revés de las cosas. La alteración absoluta. La poesía pura.

Podría ser.

Y no podría ser.

Nos quedaríamos tan tranquilos.

Según avanzan los años la vida va siendo más y más extraña. Se entiende menos su sentido. Nacer para morir. Acumular para desechar. Reunir tantas cosas que saldrán volando. Regar las plantas que se secarán. Oír el trino del pinzón y luego el silencio total. Afinar el violín que quedó olvidado en el rincón. ¿Quién lo oirá?

Callar para siempre.

Desquiciar el entorno. Desviar la visión. Desmenuzar las rocas. Escalar la montaña antes de la depresión. Lo imposible a la vuelta de la esquina. La lágrima congelada. Ser atropellado antes de la adolescencia. Creer en la enfermedad. No poder levantar la tapa del ataúd.

Impotencia.

Abrir la puerta

y

no encontrar

a

nadie.

Hacer un hueco en la pared y he aquí que aparece el mundo entero. La historia de la humanidad se despliega y desfilan ante ti desde épocas y sucesos pasados hasta lo que adivinas que podría ser y aún más allá todavía ni siquiera existe y carece de tarjeta de identidad.

Escarbar en la arena de una playa y exponer conchas y caracoles de la antigüedad con cigarrillos apagados y un cenicero de cristal de Murano.

Crear un agujero en el cielo y provocar una lluvia de estrellas multicolores en una noche de insomnio desatado. Guardar en el puño la catarata de agua necesaria para beber toda una vida.

Creer que es surrealismo el simple desfile de una colección de dados al azar. Tocar las nubes con las manos y desmenuzar entre los dedos el algodón almacenado.

Ir a un concierto y no saber admirar y, mucho menos respetar, el valor del silencio. Toser a destiempo y estornudar cómodamente dispersando a gusto todo tipo de secreción, virus, microbio. Olvidar sacar al compás un pañuelo oportuno. Estrenar las manos aplaudientes y los silbidos desconcertados. Correr al estacionamiento para llegar a tiempo a comer y masticar alguna que otra nota de la música recién escalada. Aleluya.

Surgen alucinaciones para cualquier situación. Están las bailables. En una pantalla aparecen unas japonesas con preciosos trajes y dibujos de colores arrebatados, ejecutando lentamente danzas improvisadas.

Alucinaciones auditivas también las tenemos. Pueden ser internas. Despertarse oyendo y cantando una lejana canción olvidada de la infancia que acompaña todo el día.

O puede ser oír un ruido que no tiene lugar.

Insistente.

Extraño.

Atemorizante.

¿Y alucinaciones olfativas? Claro que las hay.

¡Ay!

Como se carece de reglas, olores van y vienen. Se confunden.

Agradables.

Irreconocibles.

Tranquilizantes.

Sorprendentes.

¿Y variables?

Por ejemplo:

Dulces.

Agrios.

Amargos.

Apetitosos.

Las alucinaciones son hijas de la imaginación. Cambiantes como el clima. De buen o mal humor. Parecidas a los sueños. De búsqueda de la verdad. De orden filosófico. Delirantes como le hubiera gustado a María Zambrano. De trazos arriba y abajo, al estilo de Paul Klee. Sin ritmo como las caminatas de Walter Benjamin. De trastrocamiento como la biblioteca circular de Aby Warburg. De atonalidades como le gustaba a Arnold Schoenberg. De relativismos como Albert Einstein. De banalidades como escandalizaba Hannah Arendt.

Es decir, las alucinaciones son como el mundo antes de haber sido creado y del estado de la oscuridad al de la iluminación sin medida. Como las piezas de un rompecabezas en total desorden y que ninguna encajara en su lugar. Como las letras de un alfabeto antes de formar palabras desquiciadas. Como los gestos de la cara y las manos en contradicción. No parar de sonreír porque esa es la moda del quedar bien. Que los políticos supieran gobernar es la mayor de las alucinaciones. Que los perros sacaran a pasear a sus dueños y llevaran una bolsita de plástico para recoger los deshechos humanos, otra gran alucinación.

En fin, es necesario desbordar el ambiente de alucinaciones para establecer cierto sentido en el absurdo del vivir. O sea, aceptar el equilibro perdido cuando se sale a una carretera y los espejismos señalan el camino. Despejar la visión y descubrir lo invisible, pues ahí están los hoyos negros y los neutrinos entrando y saliendo a su gusto sin que nadie los detecte. Mera alucinación.

¿Y el tacto? ¿También sufre alucinaciones? En efecto, puedes padecerlas al descubrir que te ha tocado ser un ente simbólico. Tocar es una relación muy íntima y con varias acepciones, desde palpar, rozar, acariciar, pegar hasta musicales como teclear, pulsar, rasguear, timbrar, afinar que pueden ser alteradas y dar lugar a situaciones extremas imposibles. Imagínense un concierto antes de empezar con el primer violinista sin el arco y sin dar el tono. O bien el director ruso Valery Gergiev dirigiendo la orquesta con un palillo de dientes. O un elefante tocando el piano con delicadeza. Alucinaciones al máximo.

Y baste de contar. Lector, lo que has leído es una alucinación.

Foto de Rene Böhmer en Unsplash

Angelina Muñiz Huberman es autora de más de 50 libros. Ha ganado el Premio Xavier Villaurrutia ,  el Premio Sor Juana Inés de la Cruz el Premio José Fuentes Mares, Magda Donato, Woman of Valor Award, Manuel Levinsky, Universidad Nacional de México, Protagonista de la Literatura Mexicana, Orden de Isabel la Católica, Premio Nacional de Lingüística y Literatura 2018, entre otros. Recibió el doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma de México y es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

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Posted: April 28, 2026 at 8:54 pm

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