Cómo escribí un artículo sobre Mario Vargas Llosa
Maarten van Delden
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Mi hermano se suicidó el 27 de julio de 1988. Tenía veinticinco años. En el periodo que precedió a su definitiva acción, había estado internado en un hospital psiquiátrico. Recuerdo un día de verano que fuimos a visitarlo y lo encontramos acostado en su cama mientras se tapaba los ojos con un brazo. Era como si se estuviera escondiendo de la vida. En la ciudad brillaba el sol, los cafés que se alineaban al borde de los canales estaban repletos de gente ansiosa de disfrutar de aquél extraordinario día, el mundo era como un gigantesco y luminoso fruto. Comprendí que a mi hermano le dolía estar separado del incesante movimiento que giraba a su alrededor. Tenía el pelo asombrosamente rubio, blanco en realidad, y lucía una pequeña barba rojiza, que nos hacía pensar en los autorretratos de Vincent Van Gogh. En los días y meses después de su suicidio recuerdo noches de luna llena en que sentía que el color del astro era igual al color del pelo de mi hermano muerto. Me parecía que lo que contemplaba en el cielo nocturno era él, como si mi hermano estuviera flotando en la distancia. También recuerdo ocasiones en las que iba por la calle, a pie o en coche, y tenía la convicción de verlo, de reojo, o su melena en realidad, alejándose en una bicicleta o doblando la esquina de una calle. En los años anteriores a su declive psíquico estudió en la academia de arte en Amsterdam y en nuestras mentes era un pequeño Van Gogh. Cuando murió, decíamos, qué increíble, murió el mismo día que Van Gogh, exactamente noventaiocho años después. Más tarde me di cuenta de que nos habíamos equivocado. Van Gogh se había tirado un disparo el 27 de julio de 1890, pero no murió hasta dos días después.
Mi hermano no se tiró un disparo; se tiró delante de un tren. El tren lo aplastó y el conductor se debe de haberse quedado traumatizado por lo sucedido. Eran alrededor de las cuatro de la tarde. En ese mismo momento yo viajaba en un tren, en otro tren. Era un día soleado con gigantescas nubes que se acumulaban en el cielo. Venía de regreso de una visita al Consulado de Estados Unidos en Amsterdam y me sentía tranquilo y feliz. Acababa de pasar por unos días de mucha ansiedad debido a un problema con mi visado para entrar a Estados Unidos, donde estudiaba para mi doctorado. Pero todo se había solucionado esa tarde y ahora regresaba a casa con una sensación de serenidad y la convicción de que mi vida había tomado el rumbo deseado. Esa misma noche vino la policía a la casa de mi padre para informarnos de la muerte de mi hermano. El día anterior, mis padres, que se habían divorciado unos diez años atrás, tuvieron una reunión con su hijo y el psiquiatra, reunión que concluyó con la decisión de que mi hermano dejaría el hospital psiquiátrico para ir a vivir a una casa de transición. Era el momento para desarrollar una forma de vida más independiente, dictaminó el psiquiatra. Pero mi hermano tenía algo distinto en la cabeza. En vez de mudarse a la casa de transición, se quitó la vida. Quizás no deberían haberlo empujado tanto. No te sientas culpable, le dije a mi padre esa noche, de modo algo torpe. No me siento culpable, respondió mi padre, en un tono irritado.
Mi otro hermano se encontraba de vacaciones en Francia y no fue posible contactarlo antes del funeral. Sólo yo acompañé a mi madre y a mi padre. Recuerdo cómo veíamos el ataúd descender poco a poco en la tumba. La despedida me pareció inconcebiblemente lenta y pensé por un momento que todo era irreal y que mi hermano no iba a desaparecer debajo de la tierra.
Después del entierro, regresé a casa con mi madre. La acompañé durante varias semanas hasta que tomé mi vuelo a Nueva York. Mi madre se encontraba incapacitada después de la muerte de su hijo, tumbada en el sofá de la sala de estar. Escuchábamos una y otra vez las Partitas de Bach, hasta que un día mi madre dijo, no deberíamos haber comprado este disco, me hace sufrir demasiado, y ya no lo pusimos. La música se había convertido en una especie de cuchillo que rasgaba sus heridas en vez de curarlas. Un día fuimos a casa de mi padre. Me pareció muy raro ver a mi madre sentada en el sofá de la sala de estar de su ex marido, se veía tan vulnerable. Había otros invitados en la casa. No recuerdo quiénes eran, ni qué hacían en casa de mi padre. Pero nunca olvidaré la extraña conversación que surgió esa tarde entre mi madre y los amigos de mi padre. Ellos tenían algún tipo de problema, un hijo problemático, una hija confundida, no recuerdo. Y de repente mi madre se había convertido en otra persona. Yo les puedo ayudar, les decía a los amigos de mi padre. Que venga a hablar conmigo su hijo o su hija. Estaba llena de convicción. Creía de forma absoluta en sus propios poderes de curación. Se había transformado de la persona que necesitaba ayuda en la persona que la brindaba. No había podido solucionar los problemas de su propio hijo, pero iba a salvar al hijo o la hija de esta pareja que acababa de conocer. Su fracaso en el pasado era la garantía de su futuro éxito. No sé si los amigos de mi padre la creyeron. Sospecho que no. Nunca supe más de ellos. Pero siempre recordaré ese momento en que mi madre trató de encontrarle una salida a su dolor ofreciéndole una mano a otra persona.
Unos veinte años después leí Los cachorros de Mario Vargas Llosa y me acordé de mi madre. Una novela breve, de menos de cincuenta páginas, Los cachorros cuenta la historia de un horrible accidente del que es víctima un escolar llamado Cuéllar y de las secuelas del accidente. Mientras toma una ducha después de jugar a futbol en su escuela en el barrio Miraflores de Lima, el niño es atacado por un Gran danés. El perro, que se ha escapado de la jaula donde normalmente está confinado, le muerde el pene y Cuéllar queda despojado de su miembro viril. Dividida en seis secciones, la novela describe el proceso de maduración—difícil o imposible maduración debido a su accidente—del protagonista: su relación con un grupo de cuatro amigos, las estrategias que adopta para sobreponerse a su trauma, sus complicadas interacciones con las chicas de su entorno, su paulatino alejamiento de sus amigos, y, finalmente, su muerte prematura en un accidente de automóvil. La castración de Cuéllar lo convierte en un ser marginal, un inadaptado. Los cuatro amigos, cuya voz colectiva, alternando con la de un narrador externo, relata la historia, expresan empatía y solidaridad, aunque a veces mezclados con cierta indiferencia e incluso crueldad, como cuando empiezan a llamarle “Pichulita” a su amigo, en una burlona y dolorosa alusión a aquello que le falta. Hacia el final de Los cachorros, los amigos, enfocados en sus carreras y las familias que han fundado, se distancian de Cuéllar y expresan desaprobación de las locuras que comete el amigo, como conducir su auto a altísimas velocidades o arriesgar su vida corriendo olas en el océano. A la vez, sienten una gran pena por todo lo que ha sufrido debido a su accidente.
La escena que me llamó la atención en esa primera lectura ocurre cerca del final de Los cachorros. Una noche, Cuéllar y sus amigos se van de copas y visitan un burdel. El papel del joven castrado se limita a observar, comentar y bromear. Cuando la noche se va acabando, Cuéllar de repente irrumpe en llanto. ¿Qué te pasa? le preguntan los amigos, asombrados al ver las lágrimas de su compañero. En su respuesta, Cuéllar se vuelve filosófico. Dice que ha llorado por “un montón de cosas”. Cuando los amigos le piden más detalle, explica que llora porque “los hombres ofendieran tanto a Dios”. Y porque “la vida era tan aguada”. Cuéllar no le ve el propósito a nada: “uno se pasaba el tiempo trabajando, o chupando, o jaraneando, todos los días lo mismo y de repente envejecía y se moría ¿qué cojudo, no?” Los amigos de Cuéllar se sorprenden al escucharlo: “¿de eso había llorado?” le preguntan, como si no comprendieran. Él responde que sí, que por eso había llorado, y agrega otro elemento a su confesión. Su llanto también se debe a la pena que siente “por la gente pobre, por los ciegos, los cojos, por esos mendigos que iban pidiendo limosna en el jirón de la Unión, y por los canallitas que iban vendiendo ‘La Crónica’ ¿qué tonto, no? Y por esos cholitos que te lustran los zapatos en la Plaza San Martín ¿qué bobo, no?” Las preguntas de Cuéllar—¿qué tonto? ¿qué bobo?—demuestran que cuestiona sus propios sentimientos. Sus amigos lo empujan en la misma dirección, conminándolo a que se olvide de su tristeza. “Claro, qué tonto”, comentan y le dicen que la vida no es para llorar; al contrario, la vida, afirman con convicción, es “de mamey”. Muy pronto, Cuéllar empieza a tranquilizarse y los amigos se preparan para concluir la noche en un cabaret de la ciudad.
A través de toda la historia el grupo de amigos expresa una masculinidad casi estereotípica. Aman los deportes, cuando llegan a la adolescencia empiezan a perseguir a las chicas, y nunca revelan ninguna debilidad. Cuéllar, al verse despojado de su pene, no se vuelve menos masculino; al contrario, empieza a exagerar su masculinidad, en un claro esfuerzo por encontrarle una compensación a la pérdida que ha sufrido. La escena del llanto rompe con este patrón. Nos revela un Cuéllar distinto: meditativo, sensible y melancólico. Como resultado de este cambio, se abre una brecha entre él y sus cuatro amigos. No lo quieren acompañar en su sentimiento de tristeza y tratan de disuadirlo de su pesimismo. Pero, ¿de dónde surgen las lágrimas de Cuéllar? Es posible que no esté llorando por los pobres o los discapacitados, sino por sí mismo. El joven piensa en los marginados porque él mismo se siente marginado. Su vulnerabilidad lo hace más propenso a sentir empatía hacia la gente más victimizada de la sociedad. Pero no olvidemos que la pena que siente es pasajera y no produce ningún cambio en su vida. Cuéllar pronto regresará a lo que sus amigos llaman “sus andadas” y ya no habrá ninguna referencia más a la gente pobre de Lima. Si todo el cuento puede leerse como una investigación en torno a cómo una persona reacciona ante una experiencia traumática, la escena del llanto puede muy bien conectarse con este hilo. Las lágrimas de Cuéllar son una de varias estrategias que adopta para tratar de sobreponerse a la tristeza que siente a causa de su situación.
¿Por qué la lectura de Los cachorros de Vargas Llosa me recordó a mi madre tantos años después? Mi madre nunca me habló de la pena que sentía cuando pensaba en la gente pobre ni Cuéllar propone darle una mano a alguna persona necesitada. Cuéllar parece hundirse—aunque sea brevemente—en un sentido de melancolía al reflexionar sobre la tristeza del mundo mientras que mi madre parecía querer expresar un sentimiento de poder, es decir, el poder que emana de la capacidad que uno tiene de ayudar a los otros. Para ambos, la propia vulnerabilidad, el sentirse víctimas de un trauma imposible de borrar, los impulsa a salir de sí mismos. Al salir de sí mismos, se olvidan de la carga que llevan encima. Mi madre dejó por unos instantes de pensar en la muerte de su hijo; el protagonista de Los cachorros ya no se siente tan solo con su sufrimiento. En Cuéllar, la sensación de empatía es efímera y no produce ningún cambio en su relación con la gente mientras que mi madre se convirtió después de la muerte de su hijo menor en una mujer que brindaba ayuda, pero que más que nada la necesitaba. No juzgo ni a la persona ni al personaje. Creo haber aprendido de la lectura del texto de Vargas Llosa y de mis reflexiones en torno a cómo mi madre vivió la muerte de su hijo que el altruismo no se puede desligar del estado—social, psicológico—en que se encuentra el altruista.
Muchas años después de publicar Los cachorros, Vargas Llosa incluiría en su novela Travesuras de la niña mala (2007) una escena que recuerda la escena en que Cuéllar se compadece—inesperadamente—de la gente pobre y los ciegos y los cojos, etcétera. Travesuras cuenta la historia del accidentado romance entre el narrador de la novela, Ricardo Somocurcio, un limeño de clase media que emigra a París, donde trabaja principalmente como traductor, y la niña mala, a quien Ricardo conoce por primera vez a los quince años en el barrio de Miraflores en Lima, y quien en las décadas que siguen aparece y desaparece repetidamente de su vida, haciéndolo sufrir con su elusiva forma de ser y su negativa a comprometerse con él. Cada vez que aparece en la novela, la niña mala adopta una identidad distinta: en Miraflores es “la chilenita”, ya que supuestamente ésa es su nacionalidad; más tarde, en París, aparece primero como la camarada Arlette, una revolucionaria que pronto viajará a Cuba, y más tarde como Mme. Robert Arnoux, la esposa de un diplomático francés, además de adoptar otras encarnaciones en el transcurso de la historia. Las mutaciones de la niña mala expresan su necesidad de romper con su pasado y revelan un profundo egoísmo, ya que siempre va en busca de lo que más le conviene a ella. Ricardo, por el contrario, es una persona amable y generosa, quien no cesa en sus esfuerzos por ayudar a la niña mala y satisfacer sus deseos. No ha de sorprender, por lo tanto, que la niña mala le otorga a Ricardo el apodo de “niño bueno”.
En un momento de desesperación, después de haber sido abandonado una vez más por su amante, Ricardo decide quitarse la vida. Una noche, se sube a la balaustrada de uno de los puentes que cruza el Seine en París y se apresta para tirarse al río. Justo en ese momento, se le acerca un clochard quien le toma del brazo y le impide que salte. “Fait pas le con”, le dice antes de ofrecerle un trago de vino barato y mandarlo a su casa. Meses después, cuando la niña mala una vez más ha regresado para vivir con Ricardo, la pareja camina por la ciudad y se encuentra con un clochard. La niña mala está convencida de que es el mismo clochard que le salvó la vida a su amante, aunque él no esté tan seguro. Ella insiste en que Ricardo le de todo el dinero que lleva encima para regalárselo al clochard a quien le planta un beso en la mejilla como muestra de su agradecimiento. Después, la pareja regresa a casa, ella “sonriendo como una niña que ha hecho una buena acción”. Es un momento sorprendente: la gran egoísta de repente comete un acto de generosidad. Hacia el final de la novela, el lector se dará cuenta de que la niña mala ha quedado traumatizada por haber crecido en la pobreza y en un entorno marcado por el racismo. Sus constantes mudanzas de identidad son una forma de protegerse de los malos recuerdos que tiene de su infancia; no obstante, en la escena del clochard, por un momento, se quita la máscara y permite que su propia vulnerabilidad le haga sensible al sufrimiento de los otros.
Sigo recordando a mi madre y revisando el artículo sobre Vargas Llosa.
Foto de Ganapathy Kumar on Unsplash
Maarten Van Delden Es autor de Reality in Movement: Octavio Paz as Essayist and Public Intellectual (Vanderbilt University Press, 2021), Carlos Fuentes, Mexico and Modernity (Vanderbilt University Press, 1998) y con Yvon Grenier el coautor de Gunshots at the Fiesta (Vanderbilt University Press, 2009) entre otras publicaciones.
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Posted: July 7, 2026 at 8:43 pm







