¿Seguimos hablando del Mundial?
Naief Yehya
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El Mundial: farsa, tragedia, gloria y negocio
¿En serio, a estas alturas y con todo lo que está pasando? Me temo que sí. Cada cuatro años, la Copa del Mundo nos recuerda, tanto a los fanáticos de siempre como a los observadores ocasionales, que el futbol, especialmente al nivel internacional, es una narrativa política, histórica, económica, social y por supuesto un psicodrama universal intensamente emocional. Por tanto espero hablar aquí lo menos posible de la parte deportiva y más de todo lo demás que constituye este universo.
Desde el Mundial de México de 1970, este evento deportivo cuatrianual ha venido marcado mi vida con el entusiasmo, fascinación, tragedia, bravura, desilusión y lecciones de geografía que produce. El Mundial es el evento masivo más importante y popular del planeta. Es un termómetro del Zeitgeist y el canario en la mina de la condición humana. Cada edición de esta fábula aparatosa, está repleta de momentos hermosos y grotescos, y nos presenta con un reparto inquietante de héroes, víctimas y villanos, en donde cada partido es potencialmente un grand guignol de pasión, frustración, injusticia, vindicación, entrega y cobardía.
La FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociación), el organismo sin fines de lucro (aunque parezca un chiste) que preside y organiza las actividades futbolísticas internacionales, con el objetivo de “desarrollar el juego, globalizarlo, popularizarlo y democratizarlo”, fue creado en 1904 y en 1928 Jules Rimet, quien la dirigió por 33 años, logró concretar la organización de un torneo internacional de futbol independiente de las olimpiadas. Rimet tenía el sueño de unir al mundo, ayudar a los pobres y trascender la sordidez de la política a través del deporte. Hoy esta organización es sinónimo internacional de la más grotesca corrupción, de maniobras sucias para exprimir gobiernos y asociaciones de futbol con la bendición de sátrapas y déspotas de todos los continentes. La FIFA con sus 211 asociaciones afiliadas es un emporio opulento que hace ver a la descalabrada y marginada ONU, con sus 193 países miembros, como una reliquia moribunda. El actual presidente de la FIFA, Gianni Infantino ha logrado lo que parecía imposible: hacer que los anteriores líderes de la organización, los siniestros y corruptísimos Joao Havelange y Sepp Blatter, parezcan gente decente y bien intencionada.
Los Mundiales comenzaron con 13 equipos en Uruguay en 1930 y a partir de Italia en 1934 se pasó a invitar a 16 selecciones, aunque en Francia en 1938 solo jugaron 15 porque Austria tuvo el pequeño contratiempo de ser anexada por la Alemania nazi. La FIFA no protestó el Anschluss ni la disolución de la Federación de Futbol Austriaca, sino que aceptó que el equipo germano que saludaba con un Heil Hitler absorbiera a los jugadores austriacos (arios, por supuesto). México fue el único país del mundo que protestó oficialmente en contra de Alemania en la Liga de Naciones mientas las grandes potencias tan solo hicieron discretas muecas de asombro y frustración. El Mundial se suspendió en las ediciones de 1942 y 1946 pero volvió después de la Segunda Guerra Mundial, para llevarse a cabo en Brasil, en 1950, con la participación de 13 equipos, aunque estaban clasificados India y Turquía que se retiraron por razones financieras y Escocia porque habían declarado que solo participarían si quedaban campeones del torneo británico y no lo lograron. Durante siete ediciones, hasta 1978 en Argentina, se siguieron incluyendo 16 equipos. En 1982 el Mundial de España estrena la modalidad de invitar a 24 selecciones. Esto se repite en cuatro ediciones, hasta Estados Unidos en 1994. El Mundial de Francia de 1998 lo juegan 32 selecciones, lo cual se mantuvo hasta el presente Mundial en que se amplió la invitación a 48 países. Infantino ya coquetea con la inclusión de 64 selecciones para la edición de centenario en 2030 que tendrá lugar en Marruecos, Portugal, España y quizá Argentina Paraguay y Uruguay. Con algo de suerte y para entonces la teletransportación será común y comercialmente viable y los desplazamientos entre continentes se harán en un parpadeo. Mientras tanto la edición de 2034 ya ha sido asignada a los petrodólares de Arabia Saudita, veremos qué queda de ese país y esa región después de la guerra de Irán.
La Copa del Mundo del 2026, sostenida por primera vez en tres países: Estados Unidos, Canadá y México, fue la versión más política de las 23 que ha habido y eso incluye a una que tuvo lugar bajo el régimen fascista de Benito Mussolini en 1934 y otra bajo la dictadura militar argentina en 1978. En ambos casos el evento fue manipulado por la propaganda de las autoridades del país sede para mejorar su imagen y favorecer a su selección. En los dos casos las escuadras locales resultaron campeonas. Si hay algo que la FIFA cuida con particular esmero son sus relaciones con dictadores, déspotas y abusadores de los derechos humanos. En una inspección de los estadios chilenos en tiempos del régimen de Pinochet, cuando fueron utilizados como centros de detención, tortura y ejecución, la FIFA, concluyó: “El césped en la cancha está en perfectas condiciones”. Rusia organizó su mundial a pesar de haber invadido Crimea tan solo cuatro años antes, en 2014. La construcción de los estadios e instalaciones para el Mundial de Catar costó alrededor de 6500 vidas de trabajadores (en su mayoría inmigrantes de India, Paquistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka, con nula protección laboral) debido al clima extremo y abismales condiciones de seguridad. El reciente Mundial a pesar de tener tres anfitriones fue definitivamente un evento “americano”, no por el continente en que se llevó a cabo sino por su carácter predominantemente estadounidense y será recordado por ser la Copa del Mundo de la inmigración, la guerra, el caos tecnológico y los esfuerzos frustrados de borrar el genocidio palestino.
El 19 de julio en el estadio MetLife de New Jersey, España obtuvo su segunda copa del mundo después de un juego que dominó con talento y convicción durante el tiempo oficial, las compensaciones y gran parte de los tiempos extras. España tuvo la posesión de balón, el control absoluto de la media cancha y más de una veintena de tiros a gol, mientras que Argentina no tuvo ni una oportunidad de gol hasta los minutos finales del segundo tiempo extra en que estuvieron cerca de empatar. No hay duda que Argentina llegó a la final agotada, cargando más lesionados de los que un plantel (aun poderoso como este) puede solventar, pero también hubo fallas de planteamiento que ahora a la distancia podemos entender. España recibió un solo gol en todo el Mundial y llegaba con 37 partidos sin perder a la final. Un récord histórico. Argentina venía de ganar sus últimos partidos con gran dramatismo, enorme desgaste físico y al filo del colapso su épica se escribió en sus triunfos contra Cabo Verde (3-2), Egipto (3-1), Suiza (3-1) e Inglaterra (2-1). Partidos polémicos en los que triunfó la calidad y la astucia pero sobre todo el colmillo. La final fue un juego técnicamente notable por parte de España pero no particularmente emocionante que fue interrumpido por un absurdo y cursi espectáculo de medio tiempo que duró 27 minutos en franca burla a la limitación explícita de la FIFA de 15 minutos. Shakira fue la única energía medianamente redentora de ese entretenimiento que hubiera sido apropiado para una final de futbol americano escolar.
Loa conquista del futbol
Desde que tengo memoria los estadounidenses han querido llamar soccer al futbol. Un nombre que resuena a sucker, de tonto o de mamón. La palabra soccer aparece en Inglaterra en el siglo XIX como la abreviación en el habla común de Association Football (futbol asociación), para distinguir el futbol del rugby (que por un tiempo era también llamado football). Los estudiantes universitarios británicos, que usualmente eran de clase alta, empleaban un argot que tenía la tendencia de recortar las palabras y añadir la terminación er: Assoc. se volvió socc y luego soccer. Mientras tanto las clases bajas usaban la palabra football. Poco a poco soccer fue quedando en desuso en el Reino Unido y en otros países angloparlantes con la excepción de Australia y Estados Unidos, y en este último el término se mantiene en gran medida porque hay un problema de branding, ya que el football americano (en el que se patea el balón solo para el gol de campo, para cederlo y para iniciar el juego) es mucho más popular. Y aunque probablemente han abandonado la obsesión de imponer al mundo entero que llamen soccer al fut eso no ha neutralizado sus ambiciones de dominio y transformación de ese deporte.
Hay algo absurdo y oscuro en el hecho de que un país al que no le interesa considerablemente el futbol quiera cambiarle de nombre. Esa tentación de renombrar las cosas está presente desde su apropiación del nombre del continente, América, para hablar de sí mismos. Así como una de tantas de las bravuconadas del presidente Donald Trump que “rebautizó” el Golfo de México como Golfo de América, una tontería que pone en evidencia su rechazo o ignorancia de la geografía.
Para México el desprecio estadounidense del futbol era bienvenido ya que su equipo durante décadas no ofrecía resistencia para que nos erigiéramos en “Gigantes de la CONCACAF” y nos diera orgullo tener un deporte donde éramos potencia regional y especialmente superiores a nuestros vecinos del norte. Pero ese placer era un tanto miope ya que no consideraba la historia de la primera Copa del Mundo, en 1930, donde Estados Unidos se presentó con un equipo que incluía a cinco jugadores nacidos en Escocia y uno en Inglaterra. Los diez restantes, provenían de familias portuguesas, franco canadienses, italianas, irlandesas e inglesas. Ese equipo obtuvo un muy honroso tercer lugar, algo que México nunca ha estado ni cerca de obtener. La selección de las barras y las estrellas participó también en la Copa de 1950 donde quedaron eliminados en la fase de grupos, perdieron contra España y Chile pero regresaron a casa con el orgullo de haber derrotado a Inglaterra. Estados Unidos no volvió a calificar a un Mundial hasta 1990. Para entonces el interés en este deporte aumentaba pero más por su potencial económico y comercial que por un auténtico placer orgánico. Celebridades como el monstruoso Henry Kissinger y el Rey Pelé cabildearon intensa y exitosamente para obtener la sede de la Copa del 1994. Esto le resultó muy apetitoso a la FIFA, ya que significaba una nueva oleada de clientes, patrocinadores y mercados.
La federación de futbol o de soccer estadounidense invirtió inteligentemente en la formación de talento para niños y niñas, así como en el desarrollo de una liga competitiva. En poco tiempo levantaron la calidad de juego nacional de manera notable, comenzaron a derrotar a México regularmente y se convirtieron en una pesadilla para el resto de la CONCACAF. En la rama femenil la selección se volvió potencia mundial y una de las frecuentes campeonas del mundo, con cuatro títulos en las 12 contiendas. Como huéspedes de la Copa de 1984 el equipo masculino estadounidense llegó hasta octavos de final. Pero el sueño de ese país va más allá de ser campeones y consiste en conquistar el futbol, al que ven como una frontera salvaje que, con la imposición de nuevas reglas, están convencidos de poder domesticar y ajustar a los modelos de consumo, mercadotecnia y explotación que dominan en sus deportes (beisbol, basquetbol, football y hockey). Su forma no tan sutil de conquistar el juego se ha manifestado en innovaciones aparentemente insignificantes como poner los nombres de los jugadores en las espaldas de las camisetas (que se empezó a usar en la liga estadounidense desde los años 70 y se volvió la norma a partir del Mundial de Estados Unidos de 1994), iniciar el juego con un círculo de jugadores como el “team back” del football (que aparentemente fue un ritual obligatorio en el último Mundial) y la inclusión de las mal habidas pausas de hidratación de tres minutos que dividen cada medio tiempo en dos y fracturan el ritmo (o ausencia de este) de juego con el pretexto del bienestar de los jugadores. ¿Quién puede concentrarse por 45 minutos ininterrumpidos? ¿Quién puede soportar sin otro perro caliente o cerveza en todo ese tiempo? Las pausas Powerade (la bebida con electrolitos de Coca Cola que dio nombre a esta monstruosidad) hicieron una realidad el sueño estadounidense de dividir el juego en cuatro cuartos. En los 104 partidos del Mundial de 2026 esas pausas generaron 624 minutos más de comerciales. Es difícil de imaginar que se pueda cerrar la caja de Pandora de la ambición por lo que tendremos que hacernos a la idea de vivir con esas pausas para el resto de los tiempos, sin importar la temperatura o condiciones de juego.
El público estadounidense en general piensa que el futbol es aburrido y mísero, debido a que se anotan pocos goles. En algún momento propusieron introducir una portería más grande que la otra y al cambiar de lado eso daría oportunidad a los equipos de hacer muchos goles. Los presuntos expertos también estaban convencidos de que el juego necesitaba jugadores más atléticos, de preferencia gigantones musculosos que hicieran a este otro deporte de ciborgs como su football y basquetbol.
Otros cambios técnicos les atormentaban, como por ejemplo el dilema de las series de penaltis cuando un partido de eliminación o campeonato termina empatado. El concepto mismo del empate les causa una particular repugnancia. Consideraron mecanismos de desempate: gol de oro (que aparece en 1993, el tiempo extra termina en cuanto uno de los equipos mete gol), gol de plata (introducido en 2002, si se juegan tiempos extras y un equipo anota en la primera mitad de la prórroga no se juega la segunda mitad), tiros libres desde distintos puntos, tiempos extras con reducción de jugadores, tiempos extras que se jueguen en áreas limitadas de la cancha, tiros al estilo de hockey (un jugador sale con la pelota desde el centro de la cancha y confronta solo al portero). Afortunadamente estas innovaciones han sido rechazadas o siguen sin imponerse, pero dada la complacencia de la FIFA con los que se benefician del espectáculo es posible imaginar que eventualmente cambios como estos se aplicarán.
Además era un juego subexplotado. Los boletos eran demasiado baratos y era necesario no solo subir los precios sino adoptar el modelo de ventas dinámico, ajustando el precio en función de la “demanda en tiempo real”, como el sistema de Uber, de las aerolíneas y hoteles. Este sistema se usa en los deportes estadounidenses desde 2009 (comenzó con los Gigantes de San Francisco) y en Europa desde 2012. La FIFA decidió para el Mundial de 2026 tratar los boletos como si fueran instrumentos financieros (que subían y bajaban de precio con la oferta y demanda), con su propio mercado de reventa que cobraba tarifas de 15% a vendedores y compradores). Se adoptó por completo el modelo algorítmico de venta de taquillas y fue por mucho el torneo más caro de la historia. Era importante poner un mayor enfoque en la mercancía oficial, en llenar los bares para vender las cervezas y bebidas de los patrocinadores, así como monetizar las fiestas públicas de aficionados. Los tiempos de los partidos se ajustaron a los horarios preferenciales de la televisión estadounidense a pesar de ser un evento transcontinental.
Por supuesto que las modificaciones al juego no fueron resultado exclusivo de la injerencia estadounidense, así como tampoco lo fue la llegada del VAR o Video de Asistencia al Réferi, el cual fue desarrollado por la Real Asociación Neerlandesa de Futbol. Pero sin duda fue Estados Unidos quien presionó por su inclusión. El VAR se probó en los juegos de la Major League Soccer desde 2014 y se volvió parte normal del futbol profesional desde la Copa del Mundo de Rusia, 2018. La plataforma del VAR emplea las imágenes de 42 cámaras de transmisión: ocho de ellas proporcionan imágenes en cámara “súper” lenta y cuatro ofrecen imágenes en “ultra” cámara lenta. Además, el sistema accede a las señales de cámaras que utilizan tecnología semiautomatizada para detectar fueras de juego, así como a todas las cámaras de la cadena anfitriona de la FIFA. Hasta este Mundial el VAR ayudaba a revisar goles e infracciones que condujeran a un gol, decisiones sobre penaltis y las acciones que los provocaron, tarjetas rojas directas y casos de confusión de identidad. En este último Mundial la FIFA extendió el uso de VAR para corregir la “asignación claramente incorrecta de una segunda tarjeta amarilla” y evitar expulsiones inmerecidas. El sistema ahora puede ayudar a detectar bloqueos, empujones, fueras de juego o faltas en ataque previos a la ejecución de un tiro libre o un saque de esquina. También se implementó la llamada Regla Prestianni-Vinicius, que penaliza con la tarjeta roja a quien se cubra la boca con la mano, el brazo o la camiseta para proferir insultos discriminatorios (la cual viene del incidente entre Gianluca Prestianni y Vinicius en un partido entre Benfica y Real Madrid). El VAR trata de estandarizar los criterios de árbitros que vienen de todas partes del mundo, con grandes diferencias de juicio. No obstante, no es un delirio pensar que el objetivo es el eventual reemplazo de los árbitros humanos por robots e Inteligencias Artificiales.
El juego es ahora un extraño híbrido. El VAR supuestamente debe ofrecer más y mejor información al árbitro para tomar decisiones más justas pero la realidad es que este sistema cuestiona los criterios subjetivos y la interpretación de lo visto, lo cual pone en duda la autoridad del árbitro y a la vez lo libera de la responsabilidad. De esa manera se ha introducido una herramienta que más que ser un “apoyo para el equipo arbitral de campo” (como especifica la FIFA) es un sistema que puede servir para manipular percepciones y tratar de convencer con la autoridad supuestamente infalible y neutra de las cámaras y las representaciones digitales de la existencia de situaciones a veces invisibles. Se aplica así un rigorismo milimétrico a presuntas violaciones que muy probablemente no tendrían impacto alguno en el curso de un juego. Es totalmente común que un árbitro con criterio ignore ciertas faltas insignificantes por el bien del flujo de un partido. Si se sancionara cada vez que un jugador simula una patada o cada clavado teatral, los partidos terminarían con tres jugadores por lado. Esta obsesión con la precisión es un precedente catastrófico para el futbol que amenaza convertirlo en un deporte donde sensores hipersensibles dictarán el desarrollo de los partidos. El futbol es un juego con reglas que obedecer, no es una línea de producción computarizada. Un gol se le anuló a Irán contra Bélgica porque el trasero de Mehdi Taremi rebasaba la muralla digital imaginaria del fuera de lugar, un gol de último minuto de Colombia fue eliminado porque el dedo gordo de un pie de Davinson Sánchez rebasó esa barrera. Un fabuloso gol egipcio (sin duda uno de los más bellos del torneo) de Mostafa Zico contra Argentina que arrancó desde cerca del área de su campo fue eliminado por una cuestionable falta al inicio de la jugada cerca de 20 segundos antes de la anotación. Aquí el VAR se convirtió en una máquina del tiempo para analizar la arqueología de la jugada (la razón por la que se eligió en particular esta jugada para recorrer con microscopio la historia de un gol será siempre un misterio). Así, pase por pase, dribleo a dribleo se buscó el pecado original que condenaba el desarrollo de la jugada para enfocarse en el crimen seminal: un pisotón y un leve jalón de camiseta cuando Argentina estaba al ataque, es decir faltas comunes que son muy a menudo ignoradas cuando se está tan lejos del arco rival. ¿Dónde queda el límite, la frontera, para revisar una jugada? Este criterio retrospectivo se aplicó ahí pero no volvió a usarse. En el partido de Bélgica contra Argentina la revisión de una falta lejos de la portería llevó a una situación de “confusión de identidad” (algo así sucedió antes en el partido de Estados Unidos contra Paraguay) que le costó a la estrella suiza Breel Embolo una segunda tarjeta amarilla y la expulsión por simular una falta. Croacia quedó eliminada porque se anuló un gol de Joško Gvardiol en contra de Portugal, supuestamente porque el balón tocó un pelo de Igor Matanović. En este caso hizo falta más tecnología para probar lo invisible: el sensor que lleva dentro el balón supuestamente pudo registrar el roce del pelo. Las diferentes tomas parecen confirmar que el balón nunca lo tocó. Matanovic declaró que quizá sí había tocado la bola pero de cualquier modo la lógica para eliminar el gol era fallida y contradictoria ya que asumía que el contacto microscópico con el balón (registrado únicamente por un “blip” del sensor) equivale a un pase que deja al autor del gol fuera de lugar. Sin embargo, el contacto visible del defensor Renato Veiga, con el balón justo antes, que hubiera validado la jugada, fue considerado: “irrelevante y es una mera desviación ya que no era el destinatario previsto del pase y no se percató de que el balón lo tocó”. De esta manera el criterio final vino de una interpretación de intención apoyada por una señal digital tenue, inexplicable y espectral.
Lo paradójico es que pocos días más tarde en el partido Noruega contra Inglaterra, un despeje muy alto del portero noruego hizo que la bola pegara aparentemente en el cable que sostiene una de las cámaras aéreas. Esto cortó su vuelo y la pelota cayó casi vertical y oportunamente a los pies de Jude Bellingham que la tomó y metió gol. Esto debió marcarse inmediatamente como interferencia pero el gol fue dado por bueno. El famoso sensor del balón que detectó el roce de un cabello, que no alteró su trayectoria ni giro, no marcó contacto alguno al chocar con un cable. Hemos de asumir que la realidad es invisible a los ojos y por tanto debe ser administrada por la tecnología en el mundo de The Matrix de FIFA. No solamente el VAR terminó favoreciendo injustamente a algunos equipos y destruyendo la ilusión de transparencia, consistencia, responsabilidad y justicia que prometía, sino que además aniquiló el placer y la emoción al reducir situaciones de extrema emoción a prolongados procedimiento forenses y burocráticos. Un sistema que debía eliminar errores creó controversias innecesarias por su exagerado intervencionismo (especialmente en jugadas no determinantes), al decretar y aplicar castigos, particularmente fueras de lugar y faltas, de forma inconsistente, prejuiciada, desigual y desproporcionada. El futbol reúne esfuerzo, destreza táctica y mística. No hay triunfo verdaderamente relevante si no está acompañado de un relato, de una historia de desafío, sacrificio y dolor, como las historias religiosas. De ahí que en la pasión de las gradas y en la fe de los fanáticos se perciba un pensamiento mágico y casi religioso. La tecnología viene ahora a inyectar otro nuevo código de creencias irracionales en la imposición de una lógica divina, invisible e incuestionable que hace de las representaciones y señales digitales el equivalente a apariciones y epifanías
Guerra y futbol
El Mundial “americano” coincidió con la celebración de los 250 años de esa nación y más importante aún, tuvo lugar durante la segunda presidencia de Donald Trump. El exestrella de reality show recibió este Mundial arrastrando la complicidad sangrienta de su gobierno (y del anterior de Joe Biden) con Israel en el genocidio que siguen cometiendo en Gaza, las matanzas y limpieza étnica en Cisjordania, la devastadora invasión del sur de Líbano y la grotesca guerra de agresión contra Irán. Esto último tuvo una consecuencia inesperada: por primera vez en una Copa del Mundo apareció el dilema de que uno de los países anfitriones recibiera a un enemigo con el que está en ese momento en guerra. Esto dio lugar a condiciones imposibles para a la selección iraní, la cual debió cambiar su base de concentración de Tucson a Tijuana, y solamente se les permitía a los seleccionados y parte de su equipo técnico entrar a Estados Unidos por solo unas horas antes de sus partidos y se les exigía abandonar el país al terminar cada juego. De esta manera la FIFA aceptó que se violara su reglamento, con la excusa de que su reglas no podían ser superiores a las leyes de un país. Sin embargo, la FIFA ha usado su poder en numerosas ocasiones en el mundo para que diversos gobiernos hagan excepciones y transgredan sus propias leyes. Ejemplos sobran, basta mencionar que en el Mundial de Sudáfrica en 2010 se obligó al estado a aprobar una “ley del evento” para dar a la FIFA exclusividad de venta de productos en y alrededor de los estadios; en la Copa del Mundo de Brasil de 2014 impusieron al gobierno de ese país que se pudiera beber cerveza (pero tenía que ser Budweiser) en los estadios, lo cual había sido prohibido debido a la violencia. Aparte de hacer que se suspendan o modifiquen leyes domésticas de competencia comercial o fiscal, la FIFA ha exigido que se asigne inmunidad diplomática a su personal e Infantino ha pedido ser tratado como si fuera presidente de un país.
La FIFA no parpadeó en suspender a Rusia y prohibir su participación en todos los torneos oficiales desde febrero de 2022, después de la invasión de Ucrania. Nunca se propuso sancionar a Estados Unidos por su invasión de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro (un país que ahora gobierna el secretario de estado Marcos Rubio en calidad de virrey), tampoco se consideró sanción alguna por la agresión militar injustificada contra Irán que Washington junto con Tel Aviv lanzaron el 28 de febrero de 2026, con el asesinato del líder supremo Ali Khamenei, cientos de miembros de diferentes brazos del gobierno y 168 niños en una escuela primaria en Minab, entre cerca de 10000 víctimas. Esta brutal agresión puso aún más en ridículo a Infantino, quien inventó y otorgó el nuevo premio FIFA de la paz a Donald Trump, en uno más de sus actos de lambisconería y degradación. Obviamente los innumerables llamados a sancionar a Israel por el genocidio de Gaza han sido ignorados por Infantino y su equipo.
Hasta este momento al hablar de la “Guerra del Futbol” se pensaba en la “Guerra de las 100 horas” entre El Salvador y Honduras, que del 14 al 18 de julio de 1969 tuvieron una confrontación armada. Las tensiones entre estos países coincidieron con que jugaban las eliminatorias para la Copa del Mundo de 1970. En esa guerra se estima que murieron alrededor de 3000 personas. Cuando comenzó este torneo Trump trataba desesperadamente de terminar con su guerra, aunque el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se oponía a ello e Irán no estaba dispuesta a caer víctima una vez más de las burdas traiciones de los cese al fuego estadounidenses e israelíes. A pesar de Memorándums de Entendimiento y pláticas de paz fallidas el conflicto siguió sin resolverse y las hostilidades reiniciaron el 8 de julio. La cursilería del mensaje kitsch de paz y hermandad del Mundial no pudo ocultar que este era el Mundial de la guerra, marcado por la tensión del conflicto y la hipocresía de las instituciones y países participantes. El hecho de que ninguna de las otras 46 naciones participantes en esta justa hayan protestado oficialmente por el trato que Estados Unidos dio a Irán es de una cobardía apabullante que no será recordada con generosidad por la historia. Así como México se opuso al Anschluss, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ofreció a Irán una sede alternativa del otro lado de la frontera, cuando parecía que se les orillaba a la descalificación. Una divertida casualidad a considerar: el VAR anuló tres goles iraníes en tres partidos. La historia del mal trato a Irán hubiera sido suficiente para manchar este Mundial, pero la lista de irregularidades y aberraciones no tiene precedente.
Blanquear la nación
La Copa del Mundo 2026 tuvo lugar en un tiempo de purgas, razzias brutales, homicidios de inmigrantes y ciudadanos por la agencia ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), una especie de Gestapo redneck que es el brazo armado doméstico de la grandeza americana trumpiana. Ice lleva más de 675,000 deportaciones desde el inicio de este gobierno, con alrededor de 100 personas asesinadas en ese mismo período, incluyendo las ejecuciones extraoficiales por el “crimen” de ser testigos, de los ciudadanos estadounidenses Renee Good (7 de enero 2025) y Alex Pretti (24 de enero de 2025), que trataban de proteger a sus vecinos.
Las deportaciones masivas se ofrecen como sacrificios humanos a una base trumpiana harta de la guerra (que casi ha durado seis meses cuando les prometieron que terminaría en pocas semanas), desesperada por el aumento de precios de los combustibles y de la vida en general (en gran medida por los propios aranceles impuestos por su líder). Trump sigue perdiendo el apoyo popular pero la promesa de una “América” idílicamente blanca, purificada por la deportación sigue teniendo arrastre entre sus seguidores. La xenofobia y el odio a los inmigrantes “ilegales” es la gran fuerza de cohesión del movimiento MAGA (Make America Great Again).
Tom Homan, el director de ICE y “Zar de la frontera” amenazaba mandar a sus agentes a las ciudades sedes del Mundial para ayudar a las autoridades y de paso cazar indocumentados. Las celebraciones y felices encuentros de fanáticos de todo el mundo se vieron ensombrecidas por las políticas trumpianas que han servido para impedir que numerosos aficionados, unos cuantos jugadores, el mejor árbitro de África (Abdul Kadir Ayman) y miembros de ciertos equipos pudieran entrar al país. Por si la vulgaridad grotesca de la campaña de blanqueo estadounidense no fuera suficientemente, el avión en que transportaban a la selección portuguesa era uno de los aviones más usados de la flotilla de deportaciones de ICE y a veces entre partido y partido era usado para enviar gente a Venezuela.
El Mundial en blanco y negro
Ha dejado de sorprender que cada Copa del Mundo numerosos observadores ignorantes (y usualmente racistas) descubran que las selecciones europeas “no parecen europeas” por incluir jugadores no blancos. En 1881 un jugador negro (el futbol nace en 1863 al establecerse sus reglas), de origen guyanés, Andrew Watson fue capitán de la selección escocesa. Esta inclusión no abrió de inmediato las puertas del continente a otros jugadores negros pero a pesar de políticas discriminatorias, francas y disimuladas, hace décadas que casi todas las selecciones europeas occidentales incluyen jugadores de una diversidad de orígenes étnicos y pigmentación de la piel que reflejan su pasado colonial. Las canteras de jugadores siempre han dependido de los barrios pobres y buena parte de las zonas marginales obviamente tienen una gran concentración de inmigrantes.
El corazón batiente del futbol internacional es el nacionalismo. Los Mundiales son pequeños juegos de guerra (de preferencia sin muertos), pero con tragedias y triunfos, que se convierten en glorias y humillaciones que los pueblos asumen, gozan y padecen. En su libro World Cup Fever, Simon Kuper propone que a partir de 1945 en Europa el futbol comenzó a reemplazar a la guerra como fuente de orgullo nacional. La histeria patriotera, que podía verse mal en la política, era considerada aceptable en los estadios de futbol donde se celebraba festiva y esplendorosamente. Pero como demuestran las últimas Copas del Mundo la identidad de quienes portan la camiseta ha venido cambiando con los flujos de poblaciones y con ello la idea de nación y de pertenencia a la misma. La historia del futbol coincide con el fin de la era del colonialismo. El imposible ignorar que tres de los cuatro semifinalistas, España, Francia e Inglaterra, fueron las principales potencias coloniales europeas que conquistaron gran parte del mundo durante siglos e imprimieron las condiciones del orden mundial moderno. Esto puede ser resultado de una coincidencia derivada de la distribución inicial de los equipos en los grupos pero es también una inocultable confirmación de que el viejo orden no ha muerto o por lo menos que su relato sigue pulsante. En tiempos de gran ansiedad y manipulación ideológica por la presunta amenaza de la inmigración, las canchas reflejan las controversias de los movimientos poblacionales.
El Mundial de 2026 más que ningún otro puso en evidencia el peso de la inmigración. De los 1248 jugadores convocados 289 no juegan para el país donde nacieron, lo cual representa un 23.2% del total (en el mundial de Catar fueron 139 de 831, o 16.7%; y en Rusia, 84 de 736, es decir 11.4%). Muchos de estos jugadores tienen doble nacionalidad y las reglas de la FIFA permiten a un jugador cambiar su afiliación con tal de no haber disputado partidos oficiales en competencia como mayores de edad con otra nación. Solo ocho de las 48 selecciones del Mundial no incluyeron a jugadores que no nacieron en esos países: Sudáfrica, Austria, Brasil, Colombia, Panamá, Arabia Saudita, Chequia y Países Bajos. En el otro extremo está Curazao: 25 de sus 26 jugadores nacieron en otros países (principalmente Países bajos). La República Democrática del Congo, contaba con 20 jugadores nacidos en Francia y Bélgica, 19 de los jugadores de Marruecos, nacieron en España, Francia, Bélgica y Países Bajos, 17 de los futbolistas de Bosnia Herzegovina nacieron fuera del país (en gran medida por la guerra de los Balcanes), nueve jugadores iraquíes nacieron en Alemania, Suecia, Noruega, Dinamarca e Inglaterra (debido a que sus familias se desplazaron durante la guerra estadounidense), 16 jugadores de Argelia vienen principalmente de Francia. De los jugadores de Haití 16 nacieron en Europa y otros países de América. Túnez contó con 15 seleccionados nacidos en Francia. Cabo Verde llevó a 14 que nacieron en Portugal y Países Bajos. Qatar seleccionó a 14 que nacieron fuera de sus fronteras. La selección mexicana incluyó a cinco jugadores no nacidos en el país. Estos jugadores pudieron en teoría elegir entre la patria familiar y los países donde se criaron, aunque obviamente no todos tendrían la oportunidad de ser seleccionados en países europeos. Lo que quiere decir que muchos de estos jugadores pudieron beneficiarse de haber pertenecido a academias de futbol europeas con larga tradición y alto nivel así como de contar en general con mejores recursos que sus compañeros que se formaron en los países de origen de sus familias. La concentración de melanina en la piel de los jugadores de selecciones europeas se debe menos a las oleadas de invasores que imaginan los xenófobos y mucho más a las consecuencias a largo plazo del colonialismo y a décadas de importación de mano de obra barata. Otra paradoja postMundialista fue que el 30 de julio, después de un mes en que uno de los temas más discutidos en los medios era la inmigración y el futbol, tuvo lugar la “invasión de Ceuta”, en la que en menos de 48 horas entraron a ese territorio cerca de 60,000 inmigrantes, una crisis aparentemente manufacturada (muy probablemente con fines ideológicos y geoestratégicos) para causar conmoción y desequilibrar al gobierno español, que costó más de 100 vidas. Esta acción puede leerse como un ataque al relato de integración que la selección española representaba.
Más que imaginar a una Europa desesperada por importar talento africano (como implican algunos cantos futboleros, como el argentino que dice: “Juegan en Francia pero son todos de Angola” “Su vieja es nigeriana, Su viejo camerunés, Pero en el documento Nacionalidad: francés”), resulta que de los 99 jugadores nacidos en Francia que vinieron a este Mundial sólo 76 jugaron por su país de nacimiento.
Tragedia, farsa y comedia de una tarjeta roja
“I didn’t know what a red card is”, Donald J. Trump
El goleador de la selección estadounidense Folarin Balogun (quien anotó tres goles en este Mundial) nació en Brooklyn debido a que su madre nigeriana estaba de visita en Estados Unidos y no le permitieron regresar a su residencia en Londres debido al estado avanzado de su embarazo. Balogun juega para el Mónaco y había dado muy buenos partidos con su selección hasta que en el partido contra Bosnia recibió una tarjeta roja directa por una peligrosa falta contra Tarik Muharemovic lo cual implicaba un partido de suspensión. Perder a su mejor goleador era un golpe duro para Estados Unidos, por lo que Trump decidió entrar en acción. Llamó a Infantino para decirle que lo que había sucedido era injusto y debía ser corregido. Infantino, siempre servil, obedeció aunque dijo que la decisión era de la Comisión disciplinaria de la FIFA, que es un organismo autónomo. Sin consultar con nadie más el presidente de esa comisión, Mohammad al-Kamali pospuso el partido de suspensión al interpretar libremente el artículo 27 del código. Esto nunca había sucedido en un Mundial, pero en noviembre de 2025, Cristiano Ronaldo fue invitado a la Casa Blanca. Una semana después se le retiró el castigo de dos partidos de suspensión que le hubiera impedido jugar en la fase de grupos de la Copa.
Trump como siempre no perdió oportunidad de presumir haber salvado a Balogun y al hacerlo contradijo a Infantino, quien trataba de impedir que esta acción fuera vista como la clara interferencia política que era: una acción que debe ser sancionada con graves consecuencias y descalificación. El escándalo fue imposible de contener y en particular la UEFA, el organismo que gobierna el futbol europeo, decidió manifestar su rechazo. La impunidad de Infantino comenzó a mostrar fisuras. Balogun alineó en el partido contra Bélgica y su presencia en el campo resultó irrelevante. Estados Unidos fue totalmente superada y el marcador final fue un apabullante 4 a 1. La humillación fue contundente pero el daño a la ya de por si vapuleada honestidad de la FIFA, por subyugarse a un gobierno y demostrar su parcialidad, fue aún más grave. No se trató de un error o una decisión apresurada sino de la confirmación de la arbitrariedad descarada de la institución y su tendencia a interpretar las leyes a conveniencia de las partes que desean apoyar. Pero una vez más, como en el caso del maltrato a Irán, la mayoría de los países permanecieron en un silencio cómplice. Un día antes de este partido la Suprema Corte de justicia estadounidense había rechazado la propuesta de Trump de eliminar la ciudadanía por derecho de nacimiento a los hijos de inmigrantes no residentes, como en el caso de Balogun.
La fallida eliminación de la memoria Palestina
El 24 de junio hubo dos terremotos devastadores que afectaron a Venezuela, uno de magnitud 7.2 y otro de 7.5 a las 18:04 horas. Murieron alrededor de 5546 personas y 16740 quedaron heridos. Antes del inicio de seis partidos se guardó un minuto de silencio por las víctimas de ese desastre. Antes del juego de España contra Bélgica se hizo un homenaje semejante por las víctimas de los incendios de Almería y en el de Noruega contra Inglaterra se recordó la muerte del jugador sudafricano Jayden Adams. Hubo también minutos de silencio por el décimo aniversario del atentado de Niza; por Ginette Dechamps, la madre del entrenador de Francia, Didier Dechamps, que murió poco antes del partido de Francia contra Noruega; así por la muerte del exjeque Hamad bin Khalifa Al Thani, que fue emir de Catar. La FIFA no creyó pertinente hacer por lo menos un minuto de silencio por los más de 70,000 palestinos asesinados por Israel en el genocidio que comenzó después del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 que cobró cerca de 1200 vidas. Ni tampoco se recordó a los 517 futbolistas palestinos asesinados por Israel o a las canchas e instalaciones de futbol que han sido arrasadas en Gaza. A pesar de que el genocidio y la limpieza étnica que sufren los palestinos trataron de ser borrados, en las gradas, las calles e incluso en la cancha Palestina estuvo presente. Los fanáticos bosnios marcharon con banderas palestinas entonando canciones de solidaridad con ese pueblo, los argelinos, marroquíes, mexicanos, senegaleses, jordanos e iraquíes entre otros aprovecharon las celebraciones para pedir libertad para palestina. Javier Barden desde las gradas ondeó la bandera palestina y no se dejó de recordar que Lamine Yamal hizo lo mismo en la celebración del campeonato de la Liga con el Barcelona. Pero probablemente nadie luchó más por visibilizar el sufrimiento de Palestina que el entrenador del equipo de Egipto, Hossam Hassan, quien celebró por la cancha el triunfo de su equipo sobre Australia con la bandera palestina. En la conferencia previa al partido contra Argentina Hassan dedicó más de cuatro minutos a hablar de Palestina: “Si hay alguien en el mundo que no sienta empatía por el pueblo palestino, entonces no es humano”. Antes del inicio de ese partido como si fuera una coincidencia, una bomba israelí asesinó a Mohammad al-Waheidi, del Egyptian Relief Committee que organizaba proyecciones públicas de la Copa del Mundo en Gaza. Al-Waheidi murió junto a otras tres personas —entre ellas dos hermanos de 10 y 8 años. Quizá nada iba a cambiar si la tragedia Palestina era reconocida en los campo de juego pero como dice la autora y académica Dana El Kurd: “Las familias palestinas no van a recuperar sus hogares simplemente porque alguien ondee una bandera en un estadio. Sin embargo, los movimientos se construyen con el tiempo y a través de momentos de visibilidad, mediante la acumulación de presión y la negativa a dejar que el asunto desaparezca”.
Los relatos en conflicto: Argentina, España y FIFA
La final de esta Copa del Mundo, entre España y Argentina, fue como era de esperarse una confrontación de relatos. Por un lado el campeón del mundo venía protagonizando una serie de dramas, primero por sus angustiosos triunfos de último momento, luego por el presunto favoritismo de que era objeto por parte de la FIFA, que supuestamente quería que Messi fuera campeón otra vez (el 10 de Argentina protagonizó más del 20% de los comerciales que se repetían sin cesar durante la Copa del Mundo). Cibernautas e influencers en redes sociales señalaban con distintos niveles de histeria que los árbitros de ayudar a Argentina. Y luego estaban las acusaciones de racismo, en parte por el comportamiento hostil de algunos fans en los partidos contra Egipto y Cabo Verde (sin duda las dos selecciones que más conmovieron al mundo por su buen futbol y su formidable actitud), así como por ciertos comentarios de jugadores y finalmente por no contar con jugadores negros. Además Argentina llevó a cabo un acto desobediencia al reglamento de la FIFA que tras vencer a Inglaterra mostraron una sábana de hotel pintada que decía: “Las Malvinas son Argentinas”. Podemos estar a favor o en contra de ese acto de desafío pero donde queda plasmada la injusticia es que la FIFA lo toleró y en cambio la camiseta de la selección de Haití que rendía homenaje a los polacos que contribuyeron a su independencia fue censurada. Después comenzaron a circular teorías conspiratorias que explicaban la derrota argentina por que habían sido obligados a dejarse ganar con amenazas por haber mostrado ese reclamo de las Malvinas.
Finalmente llegó la acusación a Argentina de ser malos perdedores, de haber armado una pelea en la que participaron jugadores y parte del cuerpo técnico, justo al terminar la final y de haber dado la espalda a España en la ceremonia de premiación. Ni Lionel Messi ni Lionel Scaloni estuvieron ahí a la altura de su responsabilidad como capitán y entrenador. Ese uno, dos, tres mediático (sumado al apoyo del presidente Javier Milei a Netanyahu y al exterminio de la población palestina) resultó en una campaña de estigmatización contra Argentina, alimentada por bulos, noticias falsas, distorsiones y comentarios sacados de lugar, no sólo contra los jugadores y su público sino contra toda la nación a la que se acusaba de ser homofóbica, xenófoba y supremacista. De esta manera a los antagonistas de siempre se les sumaron personas antirracistas desinformadas, arrastradas por el fervor viralizado de justicia instagrámica-tiktokiana-twiterista (y su mecanismo algorítmico de premiar la controversia, la provocación y la furia). No es raro que las tendencias más ruines de odio y discriminación se magnifiquen en la masa de fanáticos futboleros. La indignación siguió creciendo hasta desbordar las redes y alcanzar a los medios informativos convencionales: el partido se tornó en el imaginario en una caricaturesca lucha entre la decencia deportiva y el canallismo. Se quiso presentar a España como un colectivo con figuras medianas (y una estrella ascendente pero en mal momento como Lamine Yamal) y a Argentina como 10 jugando para Messi. Obviamente esto no es cierto y el juego argentino tenía gran cantidad de variantes, sacrificio del protagonismo y cooperación. El relato contraponía el individualismo del hipercapitalismo del estridente régimen de Javier Milei contra el proyecto abierto, social y tolerante de Pedro Sánchez.
El último secreto del Mundial
El espectáculo futbolístico y los relatos que lo acompañaron terminaron dejando un buen sabor de boca que contrarrestó en buena medida al diluvio de fechorías de Infantino, incluyendo ese momento patético en abril de 2026 en que quiso obligar al presidente de la federación palestina de futbol, Jibril Rajoub, a estrechar la mano del representante de la federación israelí. Además de que propuso un partido entre jóvenes jugadores palestinos e israelíes como si eso pudiera remediar la masacre de decenas de millares, la destrucción de una sociedad, el despojo de tierras, casas y bienes que no ha cesado desde la Nakba de 1948.
Cuando parecía que las corruptelas habían alcanzado un clímax insuperable y que podríamos olvidarnos de Infantino hasta el próximo Mundial, el Presidente de la FIFA reveló que se había guardado el golpe maestro para el final. Infantino declaró que se encontraba en negociaciones avanzadas para crear una organización con fines de lucro que se encargaría de administrar los derechos comerciales de la FIFA y que vendería una participación minoritaria, inicialmente el 20 porciento, de las operaciones de la Copa del Mundo a inversionistas privados. La FIFA Forward Enterprise, sería una empresa subsidiaria con un capital de 20 mil millones de dólares, de la que Infantino soñaba ser comisionado vitalicio una vez que terminara su mandato de la FIFA. Infantino mantuvo este proyecto en secreto hasta que culminó el Mundial de manera que no hubo discusión democrática alguna sino simplemente una conspiración entre banqueros, políticos e inversionistas. Esta estrategia implicaba expandir las copas del mundo masculina y femenil así como la copa de clubes y realizarlas más regularmente. Infantino mostró a sus inversionistas no solo que el Mundial era increíblemente redituable, que los boletos de las tribunas se podían vender a precios astronómicos y aun así se agotarían, que cada partido sería un desfile de celebridades y gente famosa, que los intermedios servirían para tener shows espectaculares y las reglas del juego serían maleables para no interferir en el negocio.
Aparte de todo en esta Copa del Mundo la industria de las apuestas y el mercado de predicciones (plataformas especulativas donde se compran y venden contratos sobre resultados futuros) adquirieron una dimensión titánica. En un momento en que los límites entre los mercados bursátiles y los especulativos parecen disolverse, el Mundial vino a ofrecer una gran oportunidad de crecimiento con la “gamificación” (o ludificación, que es el uso de elementos y dinámicas propias de los juegos en actividades que no son juegos) que permite al espectador convertir cada partido en una oportunidad para apostar por goles, jugadas, cambios, estrategias y cualquier cosa imaginable. La empresa Kalshi tuvo un volumen negociado de 27 mil millones de dólares y Polymarket de 3 mil millones de dólares por los 104 partidos. Nunca antes fue tan fácil y accesible apostar el sueldo, los ahorros y la casa a que Messi metía un cuarto gol.
La operación de Infantino ofrecía el atractivo a los inversionistas de ser parte de una empresa que generó 15 mil millones de dólares en el ciclo 2022-26 principalmente en derechos de televisión, patrocinios, venta de boletos, servicios y mercancías del último Mundial. En la planeación estaba involucrado el propio Donald Trump, a través del fondo de inversión Thrive Capital, dirigido por Joshua Kushner, hermano de Jared, el yerno multiusos de Trump, que aparentemente optó por no ser muy visible en esta operación. Infantino reveló que: “La prioridad ahora es «liberar el potencial comercial y las oportunidades que tiene la FIFA» tras el éxito de la Copa Mundial de la FIFA 2026”. Para ganar el voto de las asociaciones Infantino ofrecía como soborno, entre 8 y 20 millones de dólares a cada federación (una suma que aumentaría año con año). Para las grandes federaciones como Alemania o Inglaterra esto quizá no representaba tanto pero para las naciones pequeñas como Benin, Granada, Nepal o Trinidad se trataba de una oferta que tal vez no podían rechazar.
La reacción de la UEFA, fue de rechazo absoluto y boicot. “El alma y la gobernanza del fútbol no son activos con los que comerciar, especialmente cuando existe una transparencia nula sobre quién obtiene beneficios económicos. Ninguno de nosotros es dueño del fútbol. No es algo que la FIFA pueda vender”. Y vino la amenaza contundente: “Ninguna selección nacional de la UEFA participará en competición alguna de la FIFA mientras estas propuestas sigan vigentes, a menos que dicha propuesta se abandone por completo y se ofrezcan garantías vinculantes de que la FIFA nunca volverá a abrir su gobernanza o sus competiciones a la propiedad privada”. La CONCACAF y la Federación asiática también rechazaron la propuesta. El viernes 31 de julio Infantino retiró la propuesta y con esa derrota su carrera amenaza con colapsarse. Dentro de la FIFA comenzó lo que parece un motín con la renuncia en protesta del principal asesor de Infantino, Carlos Cordeiro y las declaraciones de Kevin Lamour, el director de operaciones de FIFA, quien aseguró que este es un plan de Infantino y no de la FIFA.
Lo que se defiende al rechazar esta propuesta no es la pureza del futbol, el cual se ha comercializado hasta extremos de la indecencia desde hace años. Los intereses corporativos han influenciado al futbol por décadas y la FIFA siempre se ha beneficiado de esos acuerdos. Pero de llevarse a cabo este plan los inversionistas podrán ejercer presión que afecte el juego, los calendarios, las competencias y siempre darán prioridad a sus ganancias sobre el juego. Esto se irá manifestando poco a poco, de concesión en concesión bajo la presión creciente de los socios comerciales. Así el gran éxito comercial de la Copa del Mundo de 2026 y su mística se han convertido en su condena, al ser percibido como un apetitoso botín que es imposible de ignorar en la era de los Trumpfantinos.
Naief Yehya es narrador, periodista y crítico cultural. Es autor, entre otros títulos, de Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios (Planeta, 2013) y de la colección de cuentos Rebanadas (DGP-Conaculta, 2012). Es columnista de Literal y de La Jornada Semanal. Twitter: @nyehya
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Posted: August 9, 2026 at 10:08 pm







