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¿Darías tu rostro a un robot por 2 millones?

¿Darías tu rostro a un robot por 2 millones?

Ana V. Clavel

La ciudad es el orden que los seres humanos contraponen a lo sagrado y a la naturaleza. El hombre que huye de la oscuridad primigenia, que busca acercarse al fuego de la civilización, crea y se refugia en ese rostro aparentemente confiable, reflejo de la sociedad y del individuo que es la ciudad.

En la base de las religiones monoteístas,  la representación de la divinidad está prohibida; una divinidad sin rostro rige el destino de sus creaciones, en contraste con los numerosos rostros de la mitología griega, o los “veinte millones de dioses del panteón hindú”, según Astérix. Lo sagrado tenía un papel fundamental en estas civilizaciones en contraste con la sociedad contemporánea que como hidra enloquecida, comienza a devorarse a sí misma. Los antiguos judíos, los primeros cristianos y los musulmanes, evitaban darle un rostro a su Dios, si bien es cierto que a partir de la Edad Media y particularmente el Renacimiento, el arte religioso cristiano se volvió una herramienta doctrinaria y pedagógica. Pensemos en las escenas del Génesis y de Jesús de Masaccio, la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, el autorretrato de Durero inspirado en el Cristo Pantocrator.

Además de la fundación de la ciudad, la humanidad ha acariciado un largo sueño: hacer las veces de la divinidad y crear seres a su imagen y semejanza en la figura de golems, autómatas, androides, robots. Recientemente la empresa londinense Geomiq ha lanzado una convocatoria singular: pagar cien mil euros, poco más de 2 millones de pesos, a la persona de rostro amigable que ceda los derechos de reproducción para replicar su cara en miles de robots de compañía para personas mayores. La oferta se plantea a manera de casting y quien sea seleccionado, admite la empresa, tendrá que ser consciente de la crucial decisión de ver su rostro reproducido en robots en serie, autómatas que harán las veces de amigos virtuales para personas de la tercera edad, necesitadas de compañía. Lógicamente, el rostro seleccionado tendrá que reunir ciertas características y ofrecer un aspecto confiable y amistoso.

Neotenia y rostros inofensivos

La neotenia nos habla de cómo ciertos rostros provocan una reacción más positiva al despertar un estímulo de confiabilidad o protección, manteniendo características infantiles o juveniles en la fisionomía de las personas, lo cual puede ser acentuado artificialmente. En este sentido, el estímulo visual es muy importante. La acción de ver es una de las más complejas a nivel neurológico, puesto que usamos una buena parte del cerebro para realizar esa función: la corteza visual. Especialistas en inteligencia artificial se han encontrado con serias complicaciones a la hora de dotar a sus robots de la capacidad de “ver” para percibir y reaccionar ante el entorno. Ver implica captar la vida que hay detrás de todas las cosas. Si uno recuerda la escena de American Beauty en que se muestra el video de una bolsa de plástico danzando al ritmo del viento y que lleva al personaje de Ricky a decir: “Algunas veces hay demasiada belleza en el mundo… que siento que no puedo soportarla”, se comprenderá la tarea titánica que estriba en dotar a un androide de una visión abarcadora y total, cercana a la epifanía, la comunión, o incluso el éxtasis.

La vida que hay detrás de las cosas y todo lo que hay detrás de un robot con rostro humano. Por una parte están los efectos para el donador del rostro en cuestión, que quizás terminará perdido en un mar de espejos como alguien con una crisis de despersonalización o alucinación psicótica, percibiendo rostros en todas partes como sucede con la famosa pareidolia. Y por otra parte las necesidades de la empresa para volver a su robot amigable. Hay un referente en los maniquíes de rescate cardiopulmonar, bautizados con el nombre de Resusci Anne, que toman el rostro sonriente de una mujer de fines del XIX que, según la leyenda, murió ahogada pero a quien la muerte no pudo arrebatarle la sonrisa tenue que hechizó a poetas, pintores, escultores que la bautizaron como la Desconocida del Sena. Cada vez que un aprendiz de rescatista ensaya a dar respiración artificial al maniquí de fabricación noruega, se topa con una cara risueña que le facilita la tarea de practicar el “beso de la vida”.

El rostro como reflejo de la interioridad

El rostro de una persona llega a ser tan emblemático de la personalidad, que en la novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, el protagonista, un joven caballero inglés, guapo y de buena familia, formula un deseo cuando ve el retrato que un amigo pintor le ha hecho: que sea la pintura la que envejezca mientras él permanece joven y bello. Así parece sellar un pacto con una deidad o fuerza invisible: a partir de entonces será el rostro pintado el que muestre la degradación moral y física de Dorian, mientras el original mantiene un rostro lozano e inocente, a pesar de la indolencia y amoralidad que lo llevan al crimen y la abyección.

Si uno recuerda al ángel Damiel de la cinta de Win Wenders, Las alas del deseo, que envidia a los seres humanos por su capacidad de elegir, de poseer libre albedrío; o los replicantes de Blade Runner de Ridley Scott, que aspiran a ser “más que humanos”, no deja de ser desconcertante que los humanos aceptemos formas de en-ajenación o despersonalización para curarnos de la insoportable carga de ser quienes somos.

Con la oferta de la empresa Geomiq no sólo es patente la necesidad de humanizar a un robot para volverlo amigable y útil a la compañía de humanos, sino una paradoja que parece estar implícita: nuestra locura para disfrazar la soledad, cuando tal vez sería más efectivo contratar personas para que cuiden y abracen a los ancianos como ya está sucediendo en algún lugar del primer mundo. ¿No es acaso como un tema de novela o película de ciencia ficción? El anuncio siguiente podría decir: ¿Temes envejecer solo? Te creamos un robot amable que te hará compañía —siempre y cuando puedas pagarlo.

Sin duda resulta delirante, tanto como una muñeca inflable para paliar el instinto, o como un cementerio de Real Dolls descuartizadas –esas muñecas sexuadas de hechura perfecta y supercostosas–. Entonces, regresando a la pregunta inicial, ¿le venderías tu alma, tu identidad, tu rostro a un diablo disfrazado de mercadotecnia y evolución artificial?

 

Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007).  Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99

 

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Posted: January 9, 2020 at 9:33 pm

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