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Las televisoras y la catástrofe Ucraniana

Las televisoras y la catástrofe de Ucrania

Naief Yehya

Las banderas ucranianas que ondean en las fachadas, autos, sitios públicos y perfiles de Twitter en el mundo se decoloran con el sol del verano, mientras el país que representan se transforma poco a poco en un cementerio de ruinas y cascajo. La valentía, ingenio y coraje con que han peleado los ucranianos no es suficiente para impedir que las tropas rusas sigan avanzando en su territorio. Miles de millones de dólares gastados por Estados Unidos y Europa en armas para la defensa y la resistencia de ese país no han podido detener ni revertir la incontenible marea bélica rusa. Las ridículas predicciones triunfalistas y análisis chatarra de los supuestos expertos en los medios de comunicación occidentales que aseguraban que Rusia era incapaz de ganar la guerra de Ucrania han comenzado a silenciarse. Los medios han repetido que  la intención inicial de la guerra era tomar Kiev en tres días y que el plan de Putin había fracasado pero a juzgar por la forma en que Rusia ha peleado sus guerras desde el tiempo de los zares, la campaña actual de tierra arrasada era exactamente lo que había que esperar de esta “operación especial militar”. Las interminables horas de televisión en que se mostraba con afán patéticamente panfletario y propagandístico el sufrimiento ucraniano se han ido reduciendo al pasar de los meses, como si los medios ya se hubieran rendido en su meta de manipular al público. El dolor y las tragedias de una nación que corre el auténtico riesgo de ser borrada del mapa se han multiplicado pero ya no sirven a los intereses corporativos de las televisoras. El lugar de estos horrores en las pantallas es ocupado por otros escándalos y atrocidades, con sus propias prioridades y fechas de caducidad: balaceras, inmigrantes muertos por decenas y la revocación del derecho al aborto. La indignación y la furia del telespectador expira muy pronto y aún el público consciente pierde el enfoque mientras las víctimas de las bombas se vuelven un monótono recordatorio de la imposibilidad de cambiar al mundo, por lo que mejor se cambia de tema o de canal. Putin entendió que la atención del público es efímera, calculó que el apoyo de Ucrania duraría algunos meses pero eventualmente cesaría y como en otros frentes la causa ucraniana sería olvidada.

Mientras la propaganda se desvanece, lo que las cadenas informativas auguraban en febrero y marzo parece hoy patéticamente errado. La especulación de que Putin estaba aislado, enloquecido o moribundo (varios aseguraban que tenía cáncer y que cuando no se veía gris y acabado era porque había sido sustituido por un doble, como dijeron antes de Saddam Hussein y otros líderes hostiles) eran los usuales recursos de la propaganda. Cuando se afirmaba que el líder ruso aficionado a envenenar a sus rivales o condenarlos en juicios esperpénticos, controlar las elecciones y suprimir los derechos de las minorías, había cometido un grave error de cálculo que le costaría la presidencia y posiblemente la vida, los “expertos” no tenían información ni un análisis razonable sino tan sólo una frenética confianza en sus intuiciones y en la magia de los ratings televisivos.

La Federación Rusa sigue fabricando tanques, misiles, artillería, aviones y helicópteros, sin importar que buena parte de ese material termine despedazado en el terreno de combate por las armas modernas que provee Occidente a Ucrania. A final de cuentas las fábricas de armas rusas no dejarán de producir (con lo cual la economía rusa se mantiene productiva) y en cambio eventualmente los suministros para las fuerzas ucranianas se detendrán. La amenaza de una recesión económica mundial va mermando el espíritu de solidaridad estadounidense y occidental con Ucrania. Las prioridades de la gente son el súper, la gasolina y los estrenos en Netflix. Las guerras extranjeras que se ofrecen por los medios como una perversa forma de entretenimiento pierden a su audiencia si no llega la hora de la victoria antes del estreno de la siguiente temporada de sus series predilectas. Las afirmaciones triunfalistas del Pentágono y de la OTAN no solamente pusieron en evidencia el desconocimiento de la historia militar rusa sino que además levantaron expectativas irreales en el público. Cómo olvidar cuando de manera condescendiente se hablaba de darle a Putin alguna salida, algo que pudiera presumir como una victoria para así apaciguarlo.

Nos acostumbramos a ver fracasar a las grandes potencias: veinte años de “guerra contra el terror” terminaron en un inmenso fracaso bélico estadounidense y la invasión rusa de Afganistán que duró diez años fue una catástrofe que dejó al país en la ruina económica y moral. Era fácil pensar que estábamos nuevamente ante uno de esos desastres militares y que Rusia se retiraría derrotada. La guerra que Putin se niega a reconocer como guerra contra Ucrania ha sido costosísima en términos de vidas, material y recursos pero difícilmente será un fracaso más. El Kremlin ha imaginado esta guerra como una batalla existencial, una inversión en el futuro, no un capricho pasajero o una aventura geoestratégica al estilo de las matanzas en el Medio Oriente perpetradas por Bush y sus neocones, por Obama y Trump. Para Putin no hay límite para los sacrificios humanos y económicos con tal de cumplir su sueño de reincorporar a Ucrania a la madre Rusia.

Las inmensas pérdidas del ejército ucraniano, las milicias internacionales y las brigadas irregulares, así como de la ciudadanía pudieron quizá aminorarse si en vez de la actitud desafiante de la OTAN (que constantemente insistía que no podía pensarse en un acuerdo negociado o pláticas de paz hasta que Ucrania no tuviera una posición ventajosa) se hubiera presionado por una salida diplomática. La estrategia de Occidente hasta ahora ha sido proveer armamento de punta a Ucrania para poderse defender y fortalecer su posición en las hipotéticas pláticas de paz, lo cual se puede traducir como “pelear contra Rusia hasta el último ucraniano”, en esta que puede ser la definición de una guerra subsidiaria en la que Ucrania está siendo usada para desangrar a Rusia. Además es evidente que Ucrania ha sido un pretexto para la expansión de la OTAN, así como para las empresa de armas y los políticos beligerantes que pregonan su rusofobia.

Con la caída de Severodonetsk, en la región de Luhansk, el pasado 25 de junio, podemos asumir que casi la totalidad de la región del Dombas ya ha sido tomada por Rusia y es casi imposible imaginar cómo Ucrania podría recuperarla. Desde 2014 ha habido una insurrección armada de milicias prorusas separatistas en el este del país que el gobierno de Kiev no ha podido pacificar ni eliminar. De hecho Rusia tomó la península de Crimea ese año con enorme facilidad, impuso un referéndum exprés que supuestamente legalizó la ocupación y Crimea volvió a ser territorio ruso.

Cuando esto se escribe han pasado 124 días desde el inicio de la guerra y la infraestructura ucraniana encuentra en ruinas, mientras que Rusia está intacta. Putin ha estrechado sus vínculos con China e India entre otros. El rublo se ha revaluado a niveles de enero. Rusia ha seguido vendiendo gas a Europa y cuando regrese el invierno no hay duda que sus ventas volverán a los niveles de antes de la guerra. Las sanciones occidentales han causado daño marginal. El ejemplo de McDonald’s es muy revelador de lo que sucede con los boicots y sanciones. La empresa trasnacional de comida chatarra salió de Rusia después de 32 años de operar ahí argumentando que la crisis humanitaria y la inestabilidad crearía un ambiente de operación impredecible. Vendieron la licencia y cientos de locales de sus franquicias a un empresario local, Alexander Govor, quien reabrió 15 sucursales el 12 de junio pasado con el nombre Vkusno & tchoka’s (Sabroso y eso es todo) manteniendo una imagen, logos, colores, uniformes, ingredientes, métodos de producción y servicio parecidos a los de McDonald’s. En su inauguración la nueva cadena vendió un récord de 120,000 hamburguesas, una cifra que nunca alcanzó la empresa original. La compañía rusa espera abrir 1000 sucursales en los próximos cuatro años, 150 más de los que tuvo McDonald’s en su mejor época ahí.

En los últimos días de junio se ha visto un incremento en el número de ataques rusos, especialmente con misiles cruise, hasta 60 en un día, presuntamente dirigidos contra blancos militares pero buena parte de ellos impactando civiles. Muchos de estos disparados desde Bielorrusia, lo cual parece anunciar que ese satélite del Kremlin se verá más involucrado en el combate. A menos de que la OTAN entrara directamente al conflicto, cosa que no harán porque la tercera guerra mundial no es aún un buen negocio, Ucrania será víctima de la ambición colonial de un estado imperialista brutal que no solamente desea extender sus fronteras, apropiarse de los recursos de otro pueblo e imponerle un sistema de gobierno, sino que desea borrar la identidad ucraniana, aniquilar su idioma y cultura, así como destruir sus símbolos.

Mientras tanto la nueva estrategia de las televisoras será olvidarse del asunto, guardar las banderas azules y amarillas, mirar hacia otra parte como si no hubiera pasado nada y comenzar otra campaña propagandística en cualquiera de las numerosas zonas de crisis de nuestro tiempo.

 

naief-yehya-150x150Naief Yehya es narrador, periodista y crítico cultural. Es autor, entre otros títulos, de Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios (Planeta, 2013) y de la colección de cuentos Rebanadas (DGP-Conaculta, 2012). Es columnista de Literal y de La Jornada Semanal. Twitter: @nyehya

 

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Posted: July 3, 2022 at 10:59 am

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