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Fui a otro mundo y me traje esta camiseta

Fui a otro mundo y me traje esta camiseta

Alberto Chimal

El mes pasado tuve una oportunidad inusual: fui parte de una delegación que asistió a la Convención Mundial de Ciencia Ficción (Worldcon) en San José, California.

En otra ocasión escribí aquí acerca de ese evento, que a pesar de ser llamado mundial está circunscrito al mercado y los medios estadounidenses. Su centro, después de todo, es un término acuñado en los Estados Unidos hace casi cien años y que en su origen era estrecho. La science fiction, llamada también narrativa especulativa, se concibió como una expresión artística de los ideales de progreso material y tecnológico de aquel país, y estaba ceñida casi invariablemente a las costumbres, aspiraciones y prejuicios de un solo sector de aquella sociedad: los lectores –hombres– blancos, de origen europeo. Aquella era una sociedad que no cuestionaba muchas formas de discriminación que hoy sí son criticadas.

La Worldcon actual, por otra parte, es más abierta que, por ejemplo, la Serie Mundial de Beisbol…, o que el Foro Económico Mundial. Lo que allí se difunde, comenta y premia –en ella se entregan los famosos Premios Hugo– termina por ser traducido, distribuido y consumido por lectores y aficionados al “género” en muchos otros países; lo mejor de la narrativa especulativa siempre ha tenido, por definición, la posibilidad y el impulso de imaginar condiciones de la vida humana distintas de las realmente existentes, y muchas autoras y autores cruciales del “género”, desde Aldous Huxley hasta Nnedi Okorafor, han criticado las injusticias del tiempo y el contexto en el que escribieron; por último, en tiempos recientes partes del fandom estadounidense –la comunidad de sus aficionados, y alrededor de ella las de sus distintos creadores, difusores y estudiosos– se han ampliado para incluir más mujeres, más personas LGBT+…, y este año (precisamente este año) más personas de origen mexicano.

La delegación en la que estuve, compuesta por casi cincuenta artistas, escritores y lectores mexicanos y mexicoamericanos, pudo inscribirse y figurar en el programa de la convención gracias a un proyecto de fondeo y apoyo entre el propio fandom que se llamó The Mexicanx Initiative. Éste fue idea del artista John Picacio, ilustrador y portadista de larga carrera a quien se nombró invitado de honor de la Worldcon: es la primera vez que una persona de origen mexicano recibe esa distinción. Picacio, como muchas otras personas, ha observado la postura abiertamente racista y antimexicana del gobierno actual de los Estados Unidos, y cómo los exabruptos y tuits de su presidente, Donald Trump, están “normalizando” formas de odio y extremismo que hace menos de una década hubieran sido condenadas sin vacilación. La intención de su proyecto no era sólo cultural o altruista, sino política, y desde su anuncio, a comienzos de 2018, sólo se volvió más urgente. Este es el año en que la política de “Tolerancia Cero” de la Casa Blanca llevó a que centenares de niños migrantes fueran separados de sus padres en la frontera entre México y Estados Unidos y encerrados en los que son, prácticamente, campos de concentración. Este es el año en el que se ha empezado a perseguir incluso a ciudadanos estadounidenses de origen mexicano, nacidos en aquel país, buscando excusas para retirarles la ciudadanía.

El grupo de la Mexicanx Initiative participó en exhibiciones, conferencias, lecturas y ceremonias públicas durante toda la convención. La parte mexicana incluyó desde autores de larga carrera como Gerardo Porcayo, José Luis Zárate o Pepe Rojo, que han encabezado movimientos y generaciones, hasta escritoras jóvenes como Smok, Andrea Chapela o Mariana Palova, cuyo acercamiento a la imaginación fantástica es muy diferente del de generaciones anteriores. Algunos participantes nos integramos en actividades del programa general: una mesa redonda sobre racismo y otros prejuicios en la narrativa, por ejemplo, u otra sobre el tratamiento contemporáneo de mitos y tradiciones ancestrales. Pero también hubo oportunidad de dar a conocer artes visuales y narrativa mexicanas en exposiciones y lecturas tanto en inglés como en español. Una antología bilingüe: Una realidad más amplia / A Larger Reality, financiada de forma independiente y lanzada en la convención, ofreció textos breves escritos de ambos lados de la frontera compilados por Libia Brenda Castro. Hubo mucho público para las charlas sobre la narrativa mexicana de imaginación desde la época colonial hasta el siglo XXI, y también sobre la actualidad de la literatura especulativa en México, integrada o camuflada como está en la narrativa “general” o en la infantil y juvenil, para evitar el esnobismo de la crítica nacional.

Es la primera vez que un grupo latinoamericano se presenta de esta forma en una Worldcon, un evento que se ha llevado a cabo anualmente, casi sin interrupciones, desde 1939. Y aunque nunca fuimos molestados, ni hubo señales evidentes de discriminación en ningún momento de nuestras actividades, sí hubo una preocupación constante por parte de los organizadores por nuestro bienestar, y cierta atmósfera muy peculiar, a veces inquietante, incluso más allá del recinto de la convención.

Tardamos (yo tardé) en percibir que era la atmósfera de la ciudad misma, y quizá de la mayor parte de los Estados Unidos, en este momento tan tumultuoso de su historia, en el que una de las causas más importantes de la profunda división de su sociedad es el deseo de apertura y reivindicación de “minorías”: de grupos que han estado marginados, explotados y sometidos a violencia durante siglos. En hoteles y lugares públicos, cada tanto había una televisión con imágenes del más reciente escándalo político, vertiginosas, insistentes. Trabajadores migrantes o descendientes de migrantes –que sostienen una parte importante de la economía estadounidense, como se sabe bien– estaban allí, en muchos lugares, hablando en inglés con sus clientes o empleadores y en otros idiomas, español sobre todo, entre ellos. Un día hubo una pequeña manifestación de presuntos aficionados conservadores de la ciencia ficción (más bien vinculados al submundo de los fanáticos de conspiraciones de la derecha radical) ofendidos por la presencia de más mujeres, más personas con orientaciones e identidades sexuales distintas de las “tradicionales”, más POC –persons of color: un término a la vez crucial y polémico de este momento– en la narrativa especulativa.

En la ceremonia de entrega de los Premios Hugo, la escritora N. K. Jemisin se convirtió en la primera persona en ganar tres Hugo consecutivos para las tres partes de una serie novelesca, ampliando su precedente histórico de haber sido la primera mujer afroamericana en ganar el premio en 2016; como su discurso no fue convencionalmente sentimental, sino combativo, y denunció el trato desigual del que fue víctima en varios momentos de su carrera, muchos la aplaudieron pero Robert Silverberg –gran figura de la ciencia ficción del siglo XX, ya octogenario y, sí, hombre y blanco– la criticó, lo que al saberse provocó una polémica. Ésta se agregó a las que la subcultura de la ciencia ficción estadounidense ha experimentado durante toda esta década, siempre a causa del conflicto entre los deseos de mayor diversidad de una parte y los de otra de preservar sus “tradiciones” (o sus privilegios)…

Observar estas divisiones, y entrever los numerosos sobreentendidos que engendra la desigualdad en aquella sociedad, hacen pensar, por contraste, en los modos (muy distintos y muy semejantes a la vez) de la discriminación mexicana. En ella los prejuicios raciales y de clase están más entreverados. La mayor parte de nosotros aprende, sin que nadie tenga que decírselo, que su pantone –el color de su piel– marca de forma inevitable la percepción que se tendrá de su educación, sus virtudes y sus merecimientos, sin tener que oírlo de manera explícita. Verlo desde afuera lo vuelve más indignante, y también lleva a la que para mí fue la mayor sorpresa de la convención: cómo cambia también el resto de lo mexicano cuando lo observan los mexicanos de allá.

El descubrimiento de la otra parte de la Mexicanx Initiative: los creadores nacidos o radicados en Estados Unidos pero vinculados a México, me parece necesario no sólo para quienes tuvimos la oportunidad de conocerlos y ver su trabajo en San José. Se conoce el desinterés de gran parte de la población de México por la cultura emigrada; tal vez para remediar esa falta se podría no sólo recordar la amenaza de un régimen racista, sino también apreciar cómo se transforma “lo mexicano”, aquello que apreciamos e identificamos como salido de nuestra propia cultura, cuando está lejos.

Sin la Worldcon, no hubiéramos conocido a Julia Rios, escritora y editora, ganadora de un Premio Hugo durante esta convención por su trabajo en la revista Uncanny; a Emmanuel Valtierra, creador del Codex Valtierra, una deslumbrante novela gráfica contrafactual –Europa conquistada por los antiguos aztecas– hecha a la manera de un antiguo códice; a Guadalupe García McCall, Lauren Snow, Felecia Caton, Sara Felix, Vania Soto, David Bowles, Aaron Duran, J. C. Cervantes, Patty Garcia, Gonzalo Alvarez, Dianita Cerón… Muchos de ellos utilizan temas y elementos tradicionales mexicanos para distinguirse en un entorno extremadamente competitivo y segmentado, pero en todo caso lo hacen con una desenvoltura que se echa en falta en la producción nacional, dentro y fuera de los llamados “subgéneros”. Aquí, desde luego, las posiciones sobre lo exótico mexicano, lo mexican curious, están muy polarizadas, como lo demostró el año pasado la película Coco (Lee Unkrich y Adrian Molina, 2017) del estudio Pixar. Pero parte de lo que disuade a muchos artistas de emplear motivos de “lo nacional” es el miedo de exponerse a una especie de desprecio subliminal, que se enseña como un desdén de los clichés extravagantes, pero colinda por el racismo de una élite social y cultural que desea, por encima de todo, sentirse blanca: separada de esa población “otra” a la que explota y desprecia. Uno de los muchos cambios pendientes en este país debería ser el visibilizar, combatir, superar, esta unión de posturas y prejuicios.

Mi esposa, Raquel Castro, invitada también a la convención, observó que Coco –que se proyectó allá antes de una charla con algunos de sus realizadores mexicoamericanos– tiene sentido, sobre todo, como representación idealizada, atemporal, de un México remoto: un país que deja de ser la realidad cotidiana y se convierte en recuerdo o mito, tierra de origen, fuente de sentido, y de fortaleza, en un entorno hostil. Semejante transformación, por supuesto, ha sido parte de la experiencia de millones de migrantes, y en especial de quienes han migrado para escapar de la pobreza o la violencia.

El propio John Picacio dio otro ejemplo de cómo reconvertir y repensar lo mexicano: además de que uno de sus proyectos más recientes es su propia versión, actualizada, de las figuras de la lotería tradicional, la imagen oficial de la Worldcon fue de su autoría: una Catrina Sci-Fi, lejos del tratamiento caricaturesco de Posada. La imagen se imprimió en camisetas y yo me traje una…, junto con libros, noticias y posibilidades, tal vez, de contacto posterior con los habitantes de aquel otro mundo.

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

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Posted: September 11, 2018 at 9:59 pm

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